Sunday, October 01, 2006

La Orimulsión – Las Cuentas del Gran Capitán


Luis A. Pacheco
La expresión “Las cuentas del Gran Capitán” es muy utilizada para referirse, de forma familiar y en sentido figurado, a las cuentas en donde figuran partidas exorbitantes, o a aquellas que están hechas de modo arbitrario y sin la debida justificación. El dicho tiene como base histórica las tan discutidas cuentas que el general don Gonzalo Fernández de Córdoba (1453-1515), de sobrenombre Gran Capitán, presentó a los Reyes Católicos, después de haber conquistado para ellos Nápoles y Sicilia.
Esta vieja frase viene a la mente al leer en la prensa nacional la decisión de la administración de la petrolera estatal de no continuar produciendo Orimulsión y la reiteración de la vieja argumentación sobre la no rentabilidad de usar los recursos de hidrocarburos extra-pesados de la faja del Orinoco para la producción de este novedoso combustible.

Los argumentos que la actual administración petrolera usa para justificar su decisión, están barnizados de una engañosa racionalidad, pero detrás de esa fachada aparentemente objetiva uno puede identificar rígidas posiciones dogmáticas, revanchismo político y la existencia de una visión cortoplacista sobre el recurso petrolero.

Aquellos que han adversado la Orimulsión desde su concepción, y es justo recordar que esta innovación ha tenido a lo largo de su historia tantos adversarios como aliados, han usado como principal argumento que dirigir el recurso de la faja a un mercado diferente al del mercado tradicional de refinación en el sector del transporte, es un uso innoble de un recurso no renovable. 

El corolario de este argumento, reza la plegaria, es que si el estado (léase gobierno de turno) no puede obtener por cada barril la misma renta que potencialmente se puede obtener en el mercado Premium de gasolinas, es preferible dejarlo dormir en su morada subterránea, a la espera de ese futuro en que la eventualidad de tal renta ocurra.

Todos los otros argumentos que uno escucha son subsidiarios a lo que acabamos de describir: que si la regalía no representa el verdadero “valor del crudo”, afirma el Profesor Mommer con dudosa autoridad académica; que si es una estafa al país, hace eco el Ministro; que si viola la cuota OPEP, asoma nuestro representante en Viena; que es una conspiración imperialista, todos a una; y el inquilino de Miraflores nos ofrece su silencio, no vaya a ser que la Nación recuerde su apasionada defensa de la Orimulsión hace tan solo unos años, cuando otros eran sus asesores.

Los astutos lectores, sin embargo, tienen derecho a pensar que el argumento principal de la administración es razonable, y que sin duda los actores antes mencionados están en lo correcto al criticar a la Orimulsión y sus impulsores. No es el objetivo de estos párrafos tratar de contestar uno a uno los ataques a la Orimulsión, su éxito en el mercado internacional y su capacidad de atraer inversión extranjera debe ser prueba suficiente de su factibilidad técnica, rentabilidad y oportunidad estratégica. Pero en aras de evitar aquello de “Quien Calla Otorga”, tratemos de escudriñar detrás de la aparente racionalidad del argumento oficial.

Para ello recurramos a un pueblo imaginario cuyo sustento es la explotación de una mina cuyo mineral es muy deseado. Para los propósitos del ejercicio asumiremos que después de profundos estudios se ha determinado que la mina contiene 100.000 toneladas del precioso material. Asumamos igualmente que el mejor plan de mercado de la compañía minera que la explota conduce a una producción anual de 400 Toneladas. Una sencilla operación aritmética nos permite afirmar que la mina podrá ser explotada por casi ¡250 años! Pero no seamos tan poco ambiciosos, y propongamos que el mercado permitirá duplicar la producción en muy corto plazo, lo cual nos lleva a afirmar que la mina podrá ser explotada por “solo” 125 años. Todo esto a un precio que a los dueños de la mina no solo les parece justo, sino atractivo; y que aunque no les permite a todos los habitantes del pueblo salir de su mísera situación económica, mantiene a sus administradores en seguro bienestar.

Permitámonos ahora imaginar que un emprendedor poblador le propone a los administradores que le asignen parte de la mina, en sus galerías más periféricas, y que le permitan producir 40 toneladas adicionales al año destinadas a lo q pareciera ser una nueva demanda en un pueblo vecino. El soñador argumenta que aunque el precio de venta de esta veta de menor calidad es mas bajo que el del resto de la mina, la explotación es rentable y adicionalmente creará nuevas fuentes de trabajo que tan necesarias son el pueblo. Además, dice nuestro emprendedor, de que nos sirve una veta sin explotar cuando los vecinos del pueblo pasan necesidades.

Los administradores de la mina, después de sesudos análisis y de largas deliberaciones con el respetado maestro del pueblo, arriban a una sorprendente decisión. Acusan al incauto de trabajar en contra de los intereses del pueblo. Argumentan que si el proyecto se lleva a cabo, esta nueva producción (40 toneladas) destruirá los precios no solo de las 400 toneladas que el pueblo produce, sino también el precio de las 10.000 toneladas que otros pueblos producen; y que además, en 250 años (o 125), este mineral podrá ser vendido a un precio mucho mas justo, y ¿quien será entonces responsable de esta pérdida ante la historia? Carteles son desplegados en la plaza mayor, la idea es catalogada de herejía, se vilipendia a nuestro ingenuo protagonista, mientras el maestro de la escuela se regodea en otra victoria más en contra de aquellos que se han atrevido a retar la deshilachada cartilla que reposa en la primera gaveta de su recién comprado escritorio.

Aunque nuestro pueblo y sus habitantes son imaginarios, las cifras representan cabalmente lo falaz del argumento oficial. Si aceptamos la premisa de que tenemos, para todo propósito práctico, reservas inagotables de hidrocarburos, pero mercados limitados tanto en volumen y precio como en el tiempo, debemos concluir que es indispensable estratégicamente acceder/crear nuevos mercados, no solo en el espacio sino en el tiempo, antes de que la ventana de los combustibles fósiles se comience a cerrar. Ante esta realidad la estrategia de precios debe ser diferenciada y segmentada, creando vínculos racionales entre la calidad de nuestras reservas y sus potenciales mercados. Los de hoy y los por crear.

El mundo ha desarrollado un apetito inagotable por cada vez más energía. Venezuela se encuentra en la envidiable posición de poder ofrecer varias alternativas para saciar esa sed y con ello materializar su secular ventaja competitiva. La Orimulsión, con todo y sus lunares, no es más que una idea innovadora en una industria corta en ideas y llena de prejuicios. Una manera incremental de ampliar la actividad económica. ¡Pero no!, dicen los guardianes de la fe. Los hidrocarburos se han explotado y vendido de una manera por más de 150 años y debe seguir así. Cualquier otra cosa es sin duda “contrarrevolucionaria”.

¿Quién se beneficia de la salida de la Orimulsión del Mercado Energético? La respuesta es sencilla: ¡Todos nuestros competidores!

La ignominiosa ejecución pública de la Orimulsión no solo anuncia la muerte de la innovación tecnológica criolla, la desaparición de un potencial mercado para nuestros hidrocarburos y el menoscabo de la ya escasa credibilidad comercial de la petrolera estatal. Es además una señal clara, si es que ya no lo sabíamos, de que en el debate de ideas sobre nuestra principal industria, se ha escogido la destrucción del contrincante por sobre la búsqueda de nuevas síntesis. Mucho me temo que en el tema de la Orimulsión, la administracion petrolera estatal ha escogido la vía de las Cuentas del Gran Capitán. Don Gonzalo estaría orgulloso.

Posted in Petroleum World http://www.petroleumworldve.com/napa100206.htm

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