Sunday, December 06, 2009

Navidades en Petrolia - ¡Que Molleja de Frío!



Hace unos días recibí un correo de mi amigo Lino invitándome a ver, a través de YOUTUBE, un video de un festival de gaitas zulianas en Canadá. Debo confesar, aquí y ahora, que a pesar de haberme criado en Maracaibo, nunca he sido muy fanático del género, esto sin duda debido a mis inútiles esfuerzos por aprender a tocar la “charrasca” y pertenecer a un grupo gaitero, en mi ya lejana adolescencia.
A pesar de ello, como cualquiera que haya crecido bajo el sol marabino, siento “un nudo en la garganta” oyendo a Ricardo Aguirre interpretar “La Grey Zuliana”. Más aún, puedo cantar la “Cabra Mocha”, “Sentir Zuliano”, “Aniceto Rondón” y hasta la “Gaita Onomatopéyica”. Sé distinguir entre el Padre Vílchez, Abdenago “Neguito” Borjas y Gustavo Aguado.
Con ese bagaje de recuerdos y ambigüedades, me dispuse a curiosear lo que Lino me había enviado, después de todo no había más nada que perder sino tres minutos y medio, y ese día en particular el tiempo no era objeción : http://www.youtube.com/watch?v=v5XMFZiYlnY
No crea mi paciente lector que este artículo es entonces un intento a la crítica musical, no faltaría más… aunque debo confesar que fui sorprendido por el talento de los gaiteros y en particular por las habilidades de “furrero” de Lino. Lo que si debe quedar claro es que, si uno es petrolero y además zuliano, la navidad no sería tal sin el sonido escandaloso de una gaita, así esta venga de más allá de ninguna parte.
Hace ya unos años, estando en Ciudad de México, me topé con un lugar ficticio que me di en bautizar como “Petrolia”. Petrolia no está en ninguna parte, pero al mismo tiempo está donde quiera que estén los petroleros venezolanos. Aquellos que habiendo perdido su trabajo en los sucesos del 2002-2003 en PDVSA, o antes, a raíz de la llegada de Chávez al poder, se diseminaron a todos los rincones del mundo en búsqueda de las oportunidades de vida que su propio país les negaba, y aún hoy les continua negando.
Para mí fue una sorpresa muy enriquecedora ver cómo aquellas líneas, escritas entonces como catarsis personal, terminaron resonando en el corazón de mucha gente, conocidos y desconocidos, en dondequiera que la “Web” abría un buzón.
En los cuatro años que han pasado desde entonces, venido diciembre, Petrolia aflora en mi subconsciente, con vida propia. El nombre del lugar sigue siendo el mismo, los habitantes nos hemos echado a cuestas unos años más y ciertamente no somos los mismos, labrados como hemos sido por las experiencias, buenas y no tan buenas.
Hemos visto crecer a nuestros hijos en los más extraños parajes o en algunos casos lejos de nosotros. Algunos continúan la vida del nómada, sin afectos. Otros han logrado echar raíces en tierras que nunca soñaron en conocer y que los han recibido con cariño. Los que quedaron en Venezuela, son parias en su propia tierra, victimas del odio filial que genera el barinés.
Durante este tiempo, hay amores que han languidecido y otros que se han hecho fuertes ante la adversidad. Hay tantas historias como lugares, tantas risas como lágrimas. Por cada historia triste conseguimos una que nos hace creer en la validez de la esperanza.
Cuando escribí por primera vez sobre Petrolia, buscaba motivación en la descripción de aquellos que veía enfrentar su destino día a día con más valentía y entereza de la que yo me sentía capaz. Buscaba esperanza en aquellos que se esperanzaban con una vuelta temprana a casa. Con el correr del tiempo empecé a reconocer, junto con los “petrolienses”, la necesidad de salir del duelo estéril y construir nuevas vidas.
¡Es Navidad! En nuestra tradición tiempo de esperanza. Tiempo de compensar a nuestros afectos, los viejos y los nuevos, algo del tiempo perdido. Tiempo de darles sonrisas a nuestros hijos, de abrazar las posibilidades de un nuevo año, de volver a creer en lo posible.
¡Es Navidad! En Riad, Houston, Caracas, Fort Mc Murray, Moscú, Buenos Aires, Lagos, Lagunillas, Maturín, Bogotá, Maracaibo; bajo nieve o en el desierto; en la ciudad más moderna o en el taladro más recóndito; donde quiera que haya un habitante de Petrolia, hay un pedazo de Venezuela. Un pedazo de la Venezuela posible, de la que construye, de la que no cree en el fatalismo, de la que se rebela en defensa de su libertad, de la que se niega ser atada a los héroes de bronce de nuestras plazas.
Escribo esto en una fría noche de Bogotá, donde el silencio ensordecedor en mi apartamento, me hace regresar a aquella calle arbolada, a Sinaloa 224, donde atisbé por primera vez a Petrolia. A los moradores de la ciudad de mi imaginación les envío mi afecto y admiración, donde quiera que ellos estén
Vuelvo a ver el video en YOUTUBE, gaita en la zona gélida, y no puedo sino arroparme con el calor de la sonrisa de los gaiteros, y en mí imaginación puedo alcanzar a oír, como si estuviera allí, al maracucho que grita: ¡Que molleja de frío!
P.D. Cuando escribí por primera vez sobre Petrolia, pensaba que el exilio iba a ser corto. No una muy buena predicción para alguien que se gana la vida atisbando hacia adelante. Hoy mis sentimientos son ambivalentes. Soy de los sortarios, mi nave ha encontrado refugio en un puerto que me ha recibido sin ambages, y mis compañeros de travesía han resultado ser grandes seres humanos. Todo me dice que el viaje será largo, pero mi alma aún abriga la esperanza, de si no el regreso, al menos del reencuentro con mis afectos. Tengo también la esperanza de que esta sea mi última carta desde Petrolia, y la primera desde ese nuevo hogar que nos debemos a nosotros mismos construir. Aunque el primer amor nunca se olvida, el último es el que debemos preservar.
¡FELIZ NAVIDAD A TODOS!

Wednesday, December 02, 2009

¿PARO? ¿CUAL PARO?


“…es evidente que se escribirá una historia, la que sea, y cuando hayan muerto los que recuerden la guerra, se aceptará universalmente. Así que, a todos los efectos prácticos, la mentira se habrá convertido en verdad. ... El objetivo tácito de esa argumentación es un mundo de pesadilla en el que el jefe, o la camarilla gobernante, controla no sólo el futuro sino también el pasado.” - George Orwell, 1939



Todavía puedo recordar con nitidez la reunión entre Alí Rodriguez Araque, para ese entonces presidente de PDVSA, y todo el grupo de alta gerencia de la petrolera estatal, tanto de Caracas como del resto de las zona operativas, realizada finales de noviembre de 2002 en el auditorio del CIED, en la urbanización La Tahona en el este de Caracas.

En mi memoria muy personal, tomo esta como una de esas instancias que pudieran haber cambiado el curso de los eventos. Los más de cincuenta ejecutivos, uno a uno, comunicaron la situación del área a su cargo y describieron en detalle los planes de contingencias diseñados para enfrentar la creciente amenaza de una paralización de las operaciones de la petrolera.

Se presintió entonces, como se hizo obvio en las semanas que siguieron, que Rodriguez Araque no tenía ninguna intención de buscarle solución a las situaciones que su cuerpo gerencial le describía en detalle, y que habían acentuado la crisis bajo el ojo indiferente del político vestido de petrolero: la promoción de una gerencia política paralela, el acoso de parte de los cuerpos de seguridad internos y externos, la falta de decisiones para mediar en la anarquía institucional, etc.

La confrontación, y con ella la destrucción de la institución, parecía ser su único objetivo. La máscara de estadista que por algunos años le había presentado al país, se caía estruendosamente. En retrospectiva, era ingenuo esperar que su comportamiento fuera diferente. En su reciente artículo publicado en el Diario El Nacional, “El Cero Como Meta”, la periodista Milagros Socorro, hace una disección brillante de este personaje.

Siento una obligación moral de seguir dejando un registro de mi manera de ver la época del Paro, con todo y su sesgo. Sin embargo, los episodios me son dolorosos. Aún hoy sigo sin poder entender el odio intransigente, representado en el dúo Chávez/Rodríguez y otros actores, que condujo a esos días aciagos, y que confieso quisiera poder dejar atrás. En descargo entonces de esta obligación auto impuesta, retomo un artículo que publiqué en el diario El Nacional en Diciembre del 2003.

Lo que escribí entonces sobre PDVSA y sobre los hechos del Paro Cívico, son hoy más verdad que nunca, aunque el tiempo ha demostrado que la corporación tenía mas resiliencia de lo que la que mayoría pensaba. De la misma forma, sigue siendo verdad la incapacidad de la oposición democrática de entender el porqué el Paro ocurrió, y cuáles han sido las consecuencias de no asumirlo como propio. De una manera inexplicable han caído en la trampa de satanizar sus propias batallas y hacen resonancia a la falaz historia oficial

“Pdvsa, el gigante agonizante
El Nacional - Sábado 13 de Diciembre de 2003.

A juzgar por la millonaria campaña publicitaria que Pdvsa lleva a cabo en los últimos días, en el ánimo de hacernos creer que las ruinas de la maltratada empresa nacional es una mejor compañía que aquella que fue construida en el previo cuarto de siglo, pareciera que los venezolanos tuviéramos válidas razones para celebrar la destrucción de lo que hasta hace poco fue ejemplo de la Venezuela posible.

La única manera de sacar lecciones del doloroso hecho concreto del Paro Cívico Nacional de finales de 2002, y en particular del desmantelamiento de Pdvsa, es comprender que tales conmociones sociales, como los terremotos, son el producto de acumulaciones de tensiones a lo largo de un largo período de tiempo.

La relación del petróleo y los petroleros con la sociedad venezolana ha sido, y continúa siendo, tensa y muy ambigua. Los petroleros han sido siempre catalogados como una casta privilegiada, arrogante, e indiferentes a las realidades del país, convirtiéndose en un blanco aceptable para todas las fuerzas políticas, sin excepción.

Para las fuerzas políticas que constituyen la base del actual gobierno en particular, el petróleo no es más que un arma de dominación política y social, y los trabajadores petroleros un obstáculo secular en su ruta al acceso y entronización en el poder.

Cuando la historia sea contada con el desapego de la distancia, descubriremos cómo en la primera semana del paro la presidencia de Pdvsa desarticuló la organización que decía querer estabilizar, sustituyendo a los gerentes operacionales más importantes, quienes se mantenían en sus puestos de trabajo, e introduciendo elementos de discordia en una ya candente situación, reviviendo las condiciones y las personalidades que habían llevado a la crisis de abril de 2002.

A lo largo de los siguientes días, y de una manera sistemática, la presidencia de la corporación estatal fue suspendiendo todo el liderazgo natural de la empresa, eliminado toda posibilidad de que ese liderazgo contribuyera, como estaba dispuesto a hacerlo, a amortiguar una situación operacional y organizacional que amenazaba con desbordarse.

De esta manera, y sin olvidar las llamadas de la oposición política, los hechos de Altamira, el paro de la flota petrolera y otros factores externos, Pdvsa tomó un curso de acción que resultaría catastrófico. A estas acciones siguieron la toma militar de las instalaciones, la institución de listas negras de personal y el llamado a la “toma popular”, que hicieron casi imposible el acceso a las instalaciones del personal necesario para mantener, las operaciones en los niveles de contingencia que la gerencia profesional había aplicado para afrontar la crisis. El discurso oficial, mientras tanto, era que no había paro, y que el problema estaba concentrado en un reducido grupo de gerentes.

Los despidos masivos que marcaron la segunda mitad de la crisis petrolera a principios de 2003, lejos de conducir a una solución, no sirvieron sino para “calentar” aún más la situación y mantener el paro incluso más militante. El paro era ahora acerca de los despidos, la estrategia de destrucción tomaba su inevitable curso.

Por cualquier estándar gerencial y de liderazgo, la presente administración de la industria no puede eximirse de su responsabilidad ante la destrucción de la organización que pretendía liderar.

La historia mostrará que lejos de tomar medidas reales de entendimiento y negociación, destinadas a salvaguardar la empresa petrolera de la diatriba política, se aprovechó la ocasión para lograr el verdadero objetivo: la purga de la industria por motivos ideológicos y su sumisión a un proyecto político sectario.

Los petroleros, en una muestra de ingenuidad política sin precedentes, pensaron que expresar opiniones y actuar como ciudadanos era un derecho al cual se podía acceder sin costo alguno. Pensaron que su razón era la única razón y por tanto terminaría por ser reconocida.

Hoy, 12 meses más tarde, con más de 20.000 familias petroleras sumadas a las víctimas de una lucha política fratricida, con una Pdvsa en minusvalía y de futuro incierto, y en manos de un activismo político que la considera “botín de guerra”, asistimos a una fusilería de cifras y a un derroche de propaganda, que pretende hacernos creer que todo está bien. La realidad es que Pdvsa yace agonizante, y como si de un velorio caribeño se tratara, los dolientes se embriagan celebrando quién sabe qué. La dolorosa verdad es que no hay nada que celebrar, ni de un lado ni del otro.”

Saturday, October 31, 2009

“Llevar Cocos a la Playa”



“La primera lección de la economía es la de la escasez: nunca hay suficiente de algo para satisfacer a todos aquellos que lo quieren. La primera lección de la política es hacer caso omiso de la primera lección de la economía.” – Thomas Sowell

“Cuando el pozo se seque, entonces sabremos el verdadero valor del agua” – Benjamin Franklin



Como un venezolano que vive en el exterior, pero que sigue con un interés casi masoquista las noticias del terruño por medio de la RED, uno llega a pensar que ha dejado de sorprenderse de lo insólito de las cosas que ocurren día tras día. Me imagino que esta aparente falta de estupefacción, suerte de mecanismo de protección de la psiquis, le ocurre en un mayor grado a los que viven en Venezuela, y que están más cerca de esa telenovela diaria llamada “revolución” (mis comillas).

El último episodio en esta comedia de errores que protagoniza el gobierno de la “revolución”, es la ya inocultable crisis del sector eléctrico. No haré un uso fácil del humor refiriéndome a las recomendaciones del barinense de usar “totuma” para bañarse en tres minutos. Tampoco haré mención de las recomendaciones presidenciales sobre el uso inadecuado de la ducha como lugar de esparcimiento, y tampoco haré contabilidad sobre cuántos megavatios se desperdician diariamente en la difusión de las divagancias del inquilino de Miraflores. Muchos y mejores venezolanos que yo ya han pateado esa particular trocha, agotando la vena de humor negro criollo.

No quiero tampoco desperdiciar la ahora escasa electricidad que el lector pueda dedicar a estar conectado a la red (cuando el sistema no falla por alguna razón u otra[1]) para hacer disquisiciones sobre el descarado cinismo que exhiben los funcionarios oficiales (y algunos ex-funcionarios que hoy fungen de voceros de la disidencia política) sobre la crisis eléctrica que ya se desató.

Esta no es la primera de las escaseces, eventuales y/o estructurales, a las que el gobierno nos ha sometido durante los últimos 11 años. La lista es larga y diversa: harina, azúcar, arroz, café, jabón de lavar, papel higiénico, gasolina, gas natural, pasaportes, cédulas de identidad, empleo, divisas, seguridad, libertad…Pareciera que el camino al paraíso de la igualdad social por él que se nos pretende llevar, al igual que el del infierno, está pavimentado de buenas intenciones…¡y escasez!

Esta “nueva” escasez es quizás una de las que más revela la naturaleza paradójica de los tiempos que los dioses del Olimpo han destinado, como penitencia, para esta “Tierra de Gracia”: escasez en tiempos de abundancia. En un lapso de pocos días, el gobierno ha anunciado con bombos y platillos un descubrimiento de gas costa afuera de la península de Paraguaná. Este descubrimiento, según el libreto oficialista, nos colocaría en la misma liga con la antigua Unión Soviética y los países árabes como una potencia gasífera y energética de dimensiones planetarias. Al mismo tiempo, y sin el menor sonrojo, el gobierno reconocía, entre apagones y sequías, la crisis del sector eléctrico y por implicación el retroceso de la sociedad venezolana a una época donde la oscuridad daba origen a los cuentos de ánimas aparecidas y a romances furtivos.

No seremos tan mezquinos como para quitarle el merito a nuestros colegas españoles e italianos por su descubrimiento en aguas territoriales venezolanas. Tampoco señalaremos que las proyecciones de reservas que ellos hacen se atisban prematuras y algo exageradas, dada la escasez de información formal. Después de todo, también somos mediterráneos. Lo que si debemos señalar es la desfachatez de aquellos que no ven contradicción en vanagloriarse del mérito de otros, mientras lo que le toca regentar se deshilacha en “Live TV” ante los ojos de todos.

Un país que siempre ha abundado en recursos energéticos de todo tipo, y que poco ha sabido convertir en riqueza sustentable, no alcanza todavía a entender porque el ensanchar esa base de recursos no nos hace más ricos. El país continua sin aprender de las lecciones del pasado, por el contrario subraya la incapacidad de su clase política (pasada y presente) para construir una nación moderna apuntalada en sus ventajas naturales. Los gobernantes de turno no acaban de entender que la modernidad que la sociedad anhela pasa por el uso eficiente y eficaz de todos los recursos naturales y humanos de la sociedad, y no por la continua búsqueda de culpables y la exclusión sistemática de los hábiles; “la culpa es del gobierno anterior…” ya no alcanza como explicación.

Las reservas de gas que con alguna suerte serán registradas por el reciente descubrimiento en la fachada Caribe del oeste venezolano, infortunadamente no serán más que cifras que se añadirán a las de la plataforma Deltana y del norte de Paria; recursos sin desarrollar, continuas promesas, víctimas de nuestros fantasmas atávicos de falsa soberanía y de malas políticas. Al mismo tiempo, las luces se apagan en un país donde esto, más que un símil fácil, es una realidad que se materializa ante el aplauso mimético y cómplice de algunos, y el asombro paralizado del resto, mientras que por otro lado importamos gas desde Colombia por un futuro indefinido.

Las reservas de de hidrocarburos, inmensas como ellas son desde cualquier punto de vista (bien sea en la Faja, como costa afuera), son como las condecoraciones de batallas imaginarias con las que nuestros militares se adornan, buenas para impresionar al desprevenido, pero inútiles a la hora de pelear la verdadera batalla de desarrollar el país, sino se tiene la voluntad y el conocimiento para hacerlo.

Recordemos todos, tanto los que creen en la “revolución”, como quienes la adversan, que el resultado inocultable de la gestión de la última década, es un país que pasó de ser la fuente de energía por excelencia del hemisferio por la mayor parte del siglo XX, a un país minusválido y en terapia intensiva, donde las luces se seguirán apagando en la ciudad…mientras en la colina el palacio sigue iluminado.

Y aunque sea inverosímil, hemos derivado hacia el más improbable y triste de los escenarios: sin energía en el país de la abundante energía, “llevando cocos a la playa”, mientras nos miramos en el espejo de la madrastra de Blancanieves repitiendo de manera cansona: “…espejito, espejito ¿quién tiene las mayores de reservas del planeta?

¿Quién sabe? Quizás cuando atisbemos la playa, con cocoteros vacíos, empezaremos a aprender la lección que la historia se empeña en enseñarnos y nosotros en desoír.

Posted in Petroleumworld Nov 1, 2009

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[1] Aprovecho para comentar que INTERCABLE en Caracas me tiene incomunicado hace más de tres semanas, a pesar de que, como el gobierno, vive prometiendo que va a ir a repararlo “hoy”. Evidencia de que nuestros problemas tienen un origen que va más allá de la distinción gobierno-empresa privada…será que el desarrollo es una quimera, como decía la canción

Monday, September 21, 2009

14 de Septiembre - Haciendo Nuevas Fronteras




El reloj marcaba la 1:00 de la tarde, el Presidente Uribe hacia poco terminaba la inauguración formal del Oleoducto de los Llanos Orientales (“ODL”) y se dirigía con su comitiva de vuelta al aeropuerto de Morelia en esta apartada región de Colombia. El cielo en el llano empezaba a nublarse y amenazaba con una de esas sorpresivas lluvias que transforman el despegue y aterrizaje en estos parajes en un deporte de aventura.

Los cielos tardaron en descargar su húmeda carga y el avión presidencial despegó sin ningún contratiempo. Atrás quedamos todos los demás, entre abrazos y felicitaciones. Una mañana para recordar como pocas en nuestra vida profesional.

Hace ya un poco más de una década, campo Rubiales era atacado con regularidad impune por la guerrilla, hasta el punto que en el año 2000 se suspendieron formalmente las operaciones. Un incendio premeditado de las instalaciones y el secuestro de dos trabajadores todavía perduran en la memoria atávica de la Compañía.

En aquellos días era una quimera pensar en la escala de crecimiento que hoy atestiguamos, y mucho más atrevido hubiese sido el imaginarse que un Presidente de la República y su comitiva de alto perfil pudiera ir a esta zona de Colombia sin el menor tropiezo; y qué decir de tener más de 6.000 personas trabajando en lo que hoy por hoy es el campo petrolero de mayor producción y crecimiento en Colombia.

No me queda la menor duda que la presencia de esta importante comitiva en campo Rubiales el 14 de septiembre fue muy importante, así como también lo fue la inauguración de una obra de la envergadura del ODL. Sin embargo, lo que rescatamos de ese día, luego que los discursos terminaron, los escenarios fueron desmontados y la “mamona” digerida, es la capacidad de trabajo, entereza y hasta tozudez del grupo de hombres y mujeres de Pacific Rubiales que, enfrentando el llano y sus caprichos, y acallando las voces de los escépticos, culminaron en tiempo record ésta, la primera etapa del gran sueño de Rubiales. Es a toda esa gente, los presentes y aquellos que oyeron los discursos desde la lejanía, desde sus puestos de trabajo, a los que se les rindió honor ese día.

Pero también ese día se hizo realidad la visión de un grupo de hombres que entienden que el progreso no se construye con citas de héroes a caballo, sino con el trabajo diario y el uso del ingenio. Esa visión que sabe que el hacer patria es algo más que discursos y buenas intenciones, y que la frontera de la patria se ubica allá donde alcanza la esperanza.

El viento finalmente desplazó la lluvia y la llanura retomó su placidez. A través de la ventana del autobús que nos conducía al aeropuerto pude observar desde la distancia el todavía para mi sorprendente nuevo perfil de Campo Rubiales, ¡tallado en solo 24 meses!

El 14 de septiembre inauguramos un oleoducto y sus instalaciones, pero mucho más que eso demostramos que las quimeras se hacen realidad y que la esperanza de modernidad delinea nuevas fronteras.

Monday, July 27, 2009

EVOLUCION EN EL PÓRTICO


El futuro no se hereda, pero tampoco es una condena. El futuro se sueña y se construye”. Destino Colombia


Al norte de Bogotá, en lo que hoy es un suburbio en vías de ser sobrepasado por la acelerada extensión de la ciudad, pero que aún conserva los rasgos de su origen campesino, se encuentra un lugar de eventos llamado el Pórtico. El lugar, aunque de características semejantes a una vieja hacienda de La Sabana, incluyendo un corral donde famélicas vaquillas son utilizadas para que incautos “turistas” imaginen ser toreros, es una construcción de reciente data.
Pero no crean mis impacientes lectores que esta es una crónica de viaje, ni mucho menos. Lo que en verdad me anima a escribir estas líneas, es la experiencia que tuve la suerte de vivir en este acogedor lugar, gracias a la invitación que me hicieran amigos colombianos a participar en un taller sobre el futuro de Colombia.
Colombia, como cualquier país de estas latitudes, es una nación de grandes contrastes, quizás más marcados a razón del sangriento conflicto armado que ha asolado gran parte de su historia reciente. A pesar, o quizás por esto, es un país que no cesa de buscar maneras de evolucionar, a veces en línea recta y a veces dando traspiés, sorteando la improbabilidad hacia futuros posibles
Hace una década (1998), un grupo de colombianos preocupados por el camino por el cual transitaba su patria, se juntó alrededor de un ejercicio que se dio en llamar Destino Colombia, donde con la asesoría profesional de expertos en diseño de “escenarios”, empezaron a visualizar caminos hacia adelante bajo una visión compartida, diferente al fatalismo aprendido después de décadas de violencia.
Hoy diez años más tarde, siendo un extranjero en La Sabana, he tenido la suerte de ser testigo de excepción de la continuación en tiempo presente de ese esfuerzo inicial. Los guardianes, por así decirlo, de Destino Colombia, conscientes del progreso de Colombia en estos últimos años, pero también sensibles a la encrucijada a la que se acerca la sociedad colombiana, han convocado de nuevo a un gran diálogo, ya no a imaginarse un futuro posible, sino a buscar pasos concretos para materializar un futuro deseado. Este ejercicio, ha sido bautizado como Evolución Colombia.
Durante dos días y medio, 180 personas de los más variados orígenes y representando los más disímiles intereses, se reunieron a dialogar sobre Colombia, sus problemas, las causas y las posibles soluciones. Políticos, académicos, empresarios, sindicalistas, estudiantes, indígenas, afroamericanos, observadores internacionales…un verdadero “Quien es Quien” de la sociedad colombiana, aunque no me queda la menor duda que alguien más conocedor que yo podría apuntar a los que debían haber estado y no estuvieron, pero en fin.
Uno pensaría que una reunión tan variopinta, de gente que en su mayoría no tiene una relación personal, para discutir el futuro de un país, estaría condenada al fracaso. Es aquí donde empezaron mis sorpresas. La facilitación profesional por un grupo de asesores internacionales de muy amplia experiencia en el manejo de este tipo de reuniones difíciles, hicieron posible que el grupo no solo no se fuera a las manos, como suele pasar aún en la reuniones de las familias más avenidas, sino que se manejaran las diferencias como fuente de creación que no de destrucción. Esto por supuesto no fue del todo indoloro, pero fue siempre interesante.
Tres aprendizajes son dignos de rescatar de este ejercicio. En primer lugar, cuán similares son nuestras sociedades en lo que se refiere a diagnósticos. Construimos rápidamente un inventario de todos los defectos, reales e imaginarios, que nos compelen a ser como somos, pero que una vez ensamblados resultan en una imagen especular en la que no nos queremos reconocer.
En segundo lugar, y a pesar del aparente pesimismo que se destila del diagnóstico, el grupo se abocó con intensidad a un dialogo. Actores de ambos extremos pudieron dialogar sin la diatriba y el insulto, en la búsqueda de nuevas convergencias. Esto claro está, producto en gran parte de la dinámica impuesta por los facilitadores, que buscaba descubrir que no esconder, entender que no imponer
En tercer lugar, y quizás lo más importante, el hecho de que el grupo, con todo y las heridas reales que aquejan a muchos de sus integrantes, es capaz de entender que la paz pasa por el reconocimiento y el entendimiento del adversario. Que la búsqueda no solo es necesaria sino indispensable, y que esta es una tarea de largo aliento y con toda seguridad muy tortuosa. El construir un país, es tarea de todos los días y de toda una vida.
Como observador me sentí motivado por la vocación de servicio de aquellos que motorizan este esfuerzo. Personas con una vida profesional ocupada y exitosa, jóvenes todos de espíritu. Gente motivada que considera su deber sembrar su tiempo y sus habilidades, en la esperanza de cosechar una mejor Colombia. Un ejemplo que seguramente debería ser imitado en Venezuela, donde el dialogo ha sido sustituido por el discurso del rencor, y la indiferencia ha reemplazado la responsabilidad.
Después de dos días y medio, este grupo de colombianos logró establecer una conversación necesaria, seguramente no la última ni la definitiva, pero un paso en el largo camino. Se identificaron objetivos concretos y como empezar a trabajar en ellos. Los obstáculos son sin duda muy grandes, pero enfrentarlos con valor es lo que hace a las sociedades evolucionar. Evolución Colombia es solo una de las muchas muestras de una sociedad que, aún enfrentando problemas aparentemente insolubles, se compromete a seguir adelante, aferrándose a los sueños posibles.
Esta oportunidad de ser testigo de los latidos de esta gran Colombia, me hizo entender que tratar es difícil, pero siempre es menos costoso que la indiferencia.

Posted in Analitica Julio 29,2008

Wednesday, June 03, 2009

VARGAS LLOSAS EN LAS GRANDES LIGAS




En un extremo del salón de inmigración del terminal internacional del aeropuerto de Maiquetía se aprecia una valla que ocupa todo el espacio disponible hasta el techo, anunciando el satélite Simón Bolívar : "A la altura de Venezuela", un eslogan que se presta al humor fácil, si tal fuese la intención de quien escribe. La imagen muestra un satélite de paneles solares tricolores volando en el vacío.

En el otro extremo, una gigantesca pictografía del líder, encamisado de rojo, apuntando con su índice a un objetivo invisible, gesto que uno solo puede tomar como una sugerencia de algún bien pagado asesor de imagen. Como telón de fondo en la valla, una antena parabólica que luce empequeñecida ante la figura de dimensiones orwellianas que da la bienvenida a los visitantes a esta Tierra de Gracia.

A nivel de los meramente mortales, nosotros, los recién llegados, esperamos como anónimos ciudadanos a que los funcionarios de la DIEX abran algo mas que la solitaria taquilla delante de la cual se ha formado ya la sorprendentemente ordenada y larga cola de los pasajeros del vuelo 080.

Esta llegada a casa, para los que nos toca en suerte ser trashumantes del aire, es muchas veces sorprendente, rara vez aburrida y siempre un reto a la paciencia, y uno bien pudiera decir que se presta para alguna opera bufa sobre paises tropicales.

Resistiré sin embargo la tentación de hacer eso, a pesar que en este mismo aeropuerto, durante la semana que transcurrió previa a mi regreso, los intelectuales que asistieron a la conmemoración de CEDICE (Centro para la Divulgación del Conocimiento Económico) fueron sujeto de una de las experiencias más estrafalarias que uno se pueda imaginar, aún en este continente de realismo mágico.

Digno de Ripley's (autor de aquella tira ilustrada conocida como Aunque Usted no lo Crea), los intelectuales, entre ellos el laureado escritor peruano Mario Vargas Llosas, fueron advertidos por los funcionarios de inmigración acerca de la inconveniencia de emitir opiniones que pudieran ser juzgadas como opiniones críticas sobre el Presidente de Venezuela, su gobierno o la ideología de su régimen. Esto después de haber sido sometidos a revisiones y requisiciones fuera de lo común para visitantes sin ningún récord delictivo; al menos no tuvieron que hacer la cola que normalmente tienen que hacer los ciudadanos de a pie, como diría nuestro ilustrado radiodifusor, Cesar Miguel Rondón.

Este tema de la actitud de censura previa del gobierno es el que me ocupa en estas pocas líneas. Imagínese el lector una situación en la que un pitcher grandes ligas, para más lanzador zurdo, invitado a dar una clínica a nuestros aspirantes a la Gran Carpa, fuese advertido al arribar a Maiquetía sobre la inconveniencia de dar consejos que pudiesen ser tomados como una crítica, aunque fuese, velada a la conocida y muy exagerada habilidad peloteril del Gran Líder, so pena de expulsión inmediata de esta nación caribeña y beisbolera. No hay duda que nuestro imaginario pitcher, con poco recurso retórico diría algo así como; "y pa'que co... me invitaron entonces".

Para nuestra fortuna, la reacción de Vargas Llosa y sus colegas, ante el requerimiento de los "guardianes de la verdad" que tan celosamente guardan nuestras fronteras de la potencial invasión de ideas que corrompan nuestra casta revolución, fue menos destemplada y se limitó a alguna cita bolivariana muy de moda en nuestros lares. Para redondear este episodio, durante la semana que pasaron los intelectuales en Venezuela, y como pobre excusa por la fallida organización de un muy anunciado pero infactible debate con estos intelectuales, el señor presidente acusó a Vargas Llosas, en cadena nacional, de pelotero de ligas menores y por lo tanto indigno de cruzar bates con él. Me imagino que la intención del comentario presidencial pasó inadvertida al gran escritor, quien en toda seguridad no debe contar entre sus muchos atributos mucha cultura peloteril.

Esto no pasaría de ser un episodio mas del vaudeville caribeño que nos toca vivir, si no fuera por el hecho de que esto no es más que la continuación de una intolerancia estructural de la especie política criolla a la discusión de las ideas. Intolerancia que no nace con este régimen, sino que ha sido una característica muy propia del modelo político venezolano.

Aunque el actual régimen ha sido hábil en plantear su modelo como una respuesta a lo que califican como el modelo neo liberal de los previos cuarenta años de democracia multipartidista, cualquier análisis somero de nuestra historia arrojará como un hecho cierto que lo que estamos viviendo es la profundización del modelo secular de un estado todopoderoso a expensas de la libertad de sus ciudadanos. Modelo este que nace de los caudillismos del siglo XIX, que se instala a lomos de la riqueza del petróleo durante el siglo XX, y que durante este régimen toma su cariz más deformado en manos de un populismo personalista. El neo liberalismo en nuestra política no pasa de ser una etiqueta conveniente con la cual vituperar a los enemigos políticos, pero nunca una semilla que haya germinado en nuestras aridas mentes políticas. Nómbrenme a un neo liberal venezolano y habremos descubierto al equivalente del eslabón perdido.

Si hay algo de lo que podemos estar ciertos, es de que en nuestras fronteras siempre ha existido y existe una barrera, "firewall" sería el termino de rigor hoy día, que ha impedido y continua impidiendo que las ideas de la modernidad lleguen a Venezuela, al menos en suficiente cantidad como para socavar las ideas sempiternas que desprecian al individuo en aras de un colectivo difuso, pero que en última instancia solo ha beneficiado a la montonera de turno y sus acólitos.

Pero completemos el círculo, aquello que involuntariamente se representa en las vallas del aeropuerto, y que llamo mi atención mientras esperaba por el sello de origen napoleónico en mi pasaporte, es en última instancia nuestro aliado invisible en la lucha por importar las ideas del mundo moderno a esta tierra, que aún hoy no deja de ser "galleguiana", en el sentido de la lucha inconclusa entre la modernidad y la barbarie.

Así como el petróleo sustentó la dictadura gomecista de principios del siglo XX y al mismo tiempo sembró la semilla de su destrucción, la tecnología de comunicación que anuncian las vallas del aeropuerto también afianzará por un tiempo al régimen, pero en última instancia permitirá que nuevas generaciones encuentren nuevos héroes y modelos. Emerge a través de esa conexión la oportunidad de sustituir las figuras acartonadas de nuestra historia, por ideas que conduzcan a un futuro menos lleno de superstición y charlatanería, mucho más cercano a una sociedad de individuos en libertad. Así como nuestros niños y niñas, a través de la globalización, tratan de emular a sus héroes deportivos o de otro tipo, así también descubren a diario un mundo del cual se los quiere aislar, y al que aspiran pertenecer, no importando su extracción social; el futuro posible es un derecho que confío todos reclamen a viva voz.

Esa al menos es mi esperanza, y porque no, mi deseo para mis hijas, de otra manera ya hubiera dejado de volver a Maiquetía. Después de todo, el gigantesco dedo del líder encamisado de rojo, fotografiado en la valla del aeropuerto, puede que no apunte con seguridad al futuro imaginario que esboza en su mente, sino con temor hacia el futuro inevitable que se le avecina y que hará de su ideología, con toda seguridad, una irrelevancia histórica. Un futuro donde el episodio de Vargas Llosa no sea más que una anécdota risible de nuestro penúltimo encuentro con ese siglo XIX que tan arraigado ha resultado, y donde el espacio de modernidad que ocupemos sea nuestras verdaderas Grandes Ligas.

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Tuesday, April 28, 2009

En el Medio de Ninguna Parte



Cuando finalmente el Beech 1900 rasgó el telón de nubes en su descenso desde Bogotá, empezamos a atisbar el verde brillante de la ondulante llanura, moteado por el más oscuro de los morichales, y el entretejido de luz y sombras que el sol esboza en un día como hoy en los llanos orientales de Colombia. Desde esta altura un paisaje despoblado de fauna, solitario de gente y civilización.

Pronto avizoramos el aeropuerto de Morelia. Una angosta franja de asfalto en el medio de ninguna parte, vanguardia obligada de todo esfuerzo modernizador. En ese descenso siempre esperanzado que es la trayectoria de aterrizaje de cualquier aeroplano, ya se empiezan a delinear las arterias que en la llanura ha hecho la mano del hombre: carreteras de tierra que conectan, en diseño de aparente caos, descampados de color arcilla.

El aeropuerto donde aterrizamos se asemeja a muchos otros que hemos visto en e largo periplo por campos petroleros que ha sido nuestra vida, una instalación austera y bien mantenida. El modesto terminal, usualmente solitario, se convierte en un hervidero de gente para recibir el avión proveniente de la ciudad. Los que vienen a recibirnos, con su usual y franca cortesía. Los que esperan tomar el avión para regresar a casa después de semanas de obligado aislamiento, suerte de legión extranjera moderna. Los soldados, bien armados y alertas, símbolos de la Colombia de violencia que ya abandonó estos parajes, pero que permanece siempre acechante. La brigada de bomberos, preparada, simbólica ante un verdadero accidente.

No importa en qué idioma se hable, o en qué lugar del mundo se encuentre, la amabilidad de aquellos que les toca, por escogencia de vida, trabajar en un campo petrolero, es una constante. Es una camaradería, silenciosa pero poderosa, casi como de soldados que comparten historias de batallas compartidas, en esa continua guerra por arrancarle el petróleo a las entrañas de la tierra. Es una escena que he vivido decenas de veces, en otras latitudes, en otros tiempos.

Mi primer campo petrolero, o al menos el que llevo en mi memoria, estaba en el medio del Lago de Maracaibo. No fui a trabajar, y mucho menos a hacer una visita de inspección. Era un imberbe de escasos años y aún más escasos kilos. Acompañaba a mi papá, ingeniero petrolero, a llevar a unos visitantes importantes (o al menos me lo parecían pues conversaban en un lenguaje extraño) y sus familias, a conocer las instalaciones de producción en el Lago. Íbamos rumbo a la “Casita”, que era cómo se conocía la plataforma donde dormían y comían los ingenieros en el medio del lago, adyacente a una planta de compresión de gas.

Se llegaba a la plataforma después de un largo, incómodo y ruidoso viaje en lancha, que partía del bien nombrado puerto de Punta de Palmas, al sur de Maracaibo. En un lago que por su marullo podía tender emboscadas inesperadas, esta era una aventura interesante para un mocoso siempre curioso, pero había que pagar el precio del madrugón. Eso de por si debía haber sido advertencia suficiente como para llevarme a buscar una ocupación más civilizada, como ser abogado. Pero ya sabemos cuán impermeables a las lecciones de la experiencia son los niños.

Heme aquí entonces, después de muchos y largos años, todavía en la cara de la “mina”( como diría mi buen amigo Gustavo Núñez). Esto a pesar de los innumerables desvíos tomados en la vía, en vanos intentos por escapar de un destino tejido de historia familiar, amistades entrañables y encrucijadas de una sola opción.
Pero Rubiales, que así se llama el campo petrolero en los llanos orientales al que sirve el aeropuerto de Morelia, no es una parada más en el camino. Esta es una de esas batallas para la que la vida nos ha estado preparando por largo tiempo, de una manera subrepticia, pero con propósito. Rubiales es la coincidencia de múltiples caminos, de cientos de historias personales, de la visión y el sudor de jóvenes y no tan jóvenes, que comparten esa relación y sentido de propósito de los que han escogido como modo de vida escamotearle a la naturaleza sus milenarias pertenencias.

Ir al Campo petrolero de Rubiales, a ser parte y testigo de su crecimiento durante los últimos dos años, ha sido y continúa siendo una experiencia reconfortante. Rubiales es una muestra de lo que las sociedades de estas latitudes pueden lograr. De lo que podemos construir cuando nos desnudamos de los prejuicios atávicos de falso nacionalismo, del jingoísmo. Cuando nos despojamos del complejo de víctimas que falsos líderes nos quieren imponer y afrontamos nuestro propio destino, con certidumbre en el conocimiento de que si podemos, en perfecto castellano.

Recorrer el campo y observar el hormiguero de gente que transforma el recurso del subsuelo, las 24 horas del día, los 365 días del año, en riqueza para sus accionistas, sus empleados y su entorno, supliendo una parte de la energía que requiere el mundo, es una experiencia que lo reconcilia a uno con esta siempre vilipendiada industria. No deja también de ser emotivo, de una manera muy personal, que en este apartado rincón de Colombia, muy lejos del Lago y sus costas, uno reconozca caras amigas, recordatorios de ese camino que nos trajo aquí. Camaradas de batallas pasadas, cariños y afectos que nunca languidecen. Como para redondear la nostalgia, en una esquina del campo me tropiezo con la casi terminada planta de emulsiones, “deja vu” otra vez.

Al final del día el Beech 1900 aterriza de vuelta en Bogotá, con su carga de legionarios de regreso a visitar su hogar y renovar fuerzas para el próximo turno. Rubiales quedo atrás en los Llanos, silenciosa pero seguramente contribuyendo a construir a Colombia. Pronto, cuando finalmente Luis Andrés, Eduardo, Camilo, Orlando, Iván y decenas de otros, cumplan lo prometido, Colombia descubrirá en Rubiales el centro del desarrollo de Los Llanos Orientales de Colombia, nunca más el “Medio de Ninguna Parte”.

Ha sido un largo periplo desde la “Casita” a Rubiales, pero presiento que esta ni es la última parada, ni tampoco la última batalla que pelearemos juntos.

Publicado en Petroleumworld

Sunday, April 12, 2009

Abril Sin Lágrimas


El 12 de abril del 2002, Venezuela amaneció de luto. El día anterior, una gigantesca marcha, la más grande que hasta ese momento había ocurrido en la ciudad capital, fue emboscada por pistoleros en los alrededores de Miraflores, que disparando a mansalva asesinaron a 19 venezolanos de ambos lados de la pared humana que Chávez había erigido para refugiarse. Muertes innecesarias todas, ante la mirada indiferente de la Guardia Nacional y a pesar de los esfuerzos de la Policía Metropolitana por controlar la situación.
El 12 de abril del 2002, Venezuela amaneció también sin un gobierno legítimo. Hugo Chávez, después de haber sembrado vientos con sus acciones y verbo por espacio de más de 6 meses, finalmente había cosechado su tempestad. En un hecho que algunos pudieran considerar de justicia histórica, el alto mando militar lo había hecho renunciar a la presidencia ante las fechorías del 11 de Abril, y su destino lucía incierto. En un giro irónico del destino, un militar golpista había sido depuesto por sus propios compañeros de armas.
El 12 de Abril del 2002, PDVSA, el centro de los hechos que condujeron a la gran marcha del 11 de Abril, y como después sabríamos el tablero sobre el cual Chávez y sus contrincantes jugaban ajedrez político sin el menor recato o interés en el daño que infligían, amaneció también sin timón. Gastón Parra y su Junta Directiva habían renunciado 24 horas antes, y escurriendo sus responsabilidades dejaban la nave al garete, después de haberla llevado al ojo del huracán.
El 12 de Abril del 2002, Venezuela se vio cara a cara de nuevo con el lado de su alma que la hace propensa a caer victima de la ambición y el resentimiento, y que pareciera siempre venir de la mano de los hombres de uniforme y de aquellos que Teodoro Petkoff alguna vez bautizó como la izquierda Bobona.
El 12 de Abril del 2002, también aprendimos que hasta el más civilizado miembro de una sociedad, una vez azuzado y herido, puede también reaccionar con resentimiento en contra de aquellos que considera sus agresores. Descubrimos que todos podemos ser Hugo Chávez.
El 12 de abril del 2002, derramamos lágrimas por los desalmados asesinatos del 11 de Abril. Pero sin saberlo, llorábamos por la muerte de nuestra inocencia. Inocencia que había empezado a agonizar con el viernes negro de 1983, los motines de 1989 y los golpes militares de febrero y noviembre de 1992
Hoy derramamos lágrimas en recuerdo de las víctimas del 11 de Abril, y también por las víctimas de esos otros eventos, sintomáticos de la enfermedad social que hace tiempo nos aqueja. Pero, aunque llorar es necesario, solo es útil si con ello empezamos a enjugar la cultura de resentimiento que hoy contamina cada faceta de vida en nuestro país.
El tiempo ha llegado, por difícil que nos parezca, para que se alcen voces de esperanza por arriba de la desesperanza. Es el momento de acallar las vociferaciones que provienen del otro lado de la trinchera, con voces sinceras que clamen por el fin de la guerra. Eso al menos le debemos a los que salieron a marchar el 11 de Abril y nunca regresaron a sus hogares. Se lo debemos a todos los perseguidos por sus ideas, a los encarcelados, a los que en el exilio añoran el azul del Caribe. Se lo debemos al futuro. A un futuro con Abriles sin lágrimas.
Publicado en Petroleum World Abril 12, 2009

Abril 11, 2002 : Como Lo Recuerdo




"La vida no es la que uno vivió, sino la que
uno recuerda y cómo la recuerda para contarla".


Gabriel García Márquez





Desde que los eventos de Abril 11 2002 ocurrieron, he hecho un esfuerzo consciente por hablar poco y escribir menos sobre el tema. Son muchas las razones para esta actitud, la principal de las cuales es una sensación ineludible de que durante esos días ocurrieron más cosas tras bastidores que a la vista, y que por lo tanto es imposible hacerle justicia a la “verdad” con una historia incompleta. ¿Qué entonces es lo que ha cambiado que me convoca hoy a escarbar en mi memoria y vaciar los recuerdos en estos apuntes?

Por un lado, el tiempo transcurre a una velocidad aterradora, ya son siete años, y los recuerdos se empiezan a diluir, las imágenes se empiezan a desvanecer cómo si de fotos viejas se tratara y parece que es tiempo de resguardar las memorias en algo menos perecedero que mi cerebro. Por otro lado, y quizás lo más importante es que en algún momento mis hijas querrán saber porque su vida y la de su madre se trastocó, y es mi responsabilidad tratar de explicar los tiempos que nos tocó vivir, no porque para su futuro nuestro presente sean relevante, pero si, al menos, para explicarles porque su padre se vio obligado a verlas crecer y convertirse en mujeres desde lejos.

En menor cuantía, también es importante empezar a dejar alguna versión diferente a la “verdad oficial”, que el gobierno con todo su poder ha hecho cotidiana, tanto así que hasta la oposición política la repite mecánicamente en su creencia de que hacerlo les da credenciales de aceptabilidad política aun a costa de la verdad.

Debo advertirle al lector que, por necesidad, este es un esbozo muy personal y totalmente sesgado. Aquí no encontrarán explicaciones sobre grandes conspiraciones, ni se revelaran los oscuros secretos sobre las componendas entre los factores de poder civil y militar para enderezar el entuerto que ya entonces se avizoraba sería la administración de Hugo Chávez. Eso se lo dejo a los historiadores. Parafraseando a Pocaterra, estas son apenas las memorias  de un petrolero de la decadencia.

Esta historia está contada entonces desde la perspectiva de lo ocurrido en PDVSA en esa época, no solo porque es lo que mejor conozco, sino por el papel crucial que esta institución y sus trabajadores tuvieron en el proceso que culminó a la renuncia del Presidente Chávez en Abril del 2002, y su secuela el Paro Cívico de Diciembre de ese mismo año. Este último evento no lo mencionaré aquí, ya que formará parte de otra entrega, si es que mi entusiasmo por el tema sobrevive.

La PDVSA que se asoma al año 2002, es una PDVSA debilitada gerencialmente y desdibujada organizacionalmente. El nombramiento de Gastón Parra y su nueva junta directiva en Febrero del 2002,  es la cuarta reorganización que la administración del Presidente Chávez impone en la Petrolera en un período de menos de tres años. Entender los efectos de esto es crucial, si uno quiere empezar a comprender porque PDVSA y sus empleados terminan involucrados en los eventos de Abril 11.

Debo empezar entonces la historia en algún lugar. En 1999 el recién instalado presidente Chávez nombra a Roberto Mandini, un petrolero de vieja data y amplia experiencia, como presidente de la Petrolera. Este nombramiento llevó a pensar a la organización, y al país político, que habría continuidad en las políticas a pesar de las amenazas preelectorales de hacer cirugía mayor a la petrolera. Esto a pesar de la inclusión en su junta de activistas políticos y por primera vez militares activos.

Mandini, sin embargo, pronto uso la palestra pública para desdecir de sus predecesores y de sus políticas, con poca sensibilidad por el efecto en la moral de la organización. Estos intentos de congraciarse con el régimen pronto se empantanaron entrando en conflicto con el gobierno, y podemos asumir que finalmente cayó en cuenta de que había sido utilizado. Su renuncia fue casi predecible, y con ella se dio la de  un grupo importante de los niveles directivos y gerenciales profesionales. El efecto de estas renuncias, sumadas a la estampida de profesionales que se había dado con la salida de Luis E. Giusti unos meses antes, debilitó de manera importante la estructura organizativa y el liderazgo natural dentro de PDVSA.

Habiéndose deshecho de Mandini, Chávez nombra en su lugar a Hector Ciavaldini, un oscuro ex-ingeniero de PDVSA, de escasa experiencia gerencial, pero parte central del grupo ideológico petrolero de Chávez durante su campaña electoral, y ya miembro de la junta directiva de Mandini. Con su nombramiento viene una nueva junta, y en ella se comienzan ya a perfilar nombramientos internos de claro tinte político, divorciados de lo que hasta entonces había sido una tradición de meritocracia interna.

La administración de Ciavaldini, aunque descolorida, fue funesta organizacionalmente, ya que entre otras cosas hizo “socialmente aceptable” lo que hasta entonces era tabú en los pasillos de PDVSA, la intromisión abierta de la política. Fomentó la formación de grupos “bolivarianos”; se iniciaron campañas discretas, pero efectivas, de desprestigio interno y persecución contra aquellos identificados como no afines al régimen o afectos a la figura de Luis E. Giusti, quien así pasó a ser símbolo del pasado a ser desalojado. Se iniciaron “investigaciones” internas, preámbulo de los juicios que hoy se llevan a cabo contra opositores. EL Pent House de PDVSA en la Campiña se convirtió en guarida de antiguos guerrilleros, reales y de cafetín. Eran los días del llamado Grupo Garibaldi, a quien se le atribuía influencia desmedida sobre el pensamiento de un presidente que se percibía como de poca profundidad ideológica.

A mediados del año 2000, Ciavaldini es removido de su puesto a consecuencia, entre otras muchas ineficiencias, de su fracaso en el intento por sustituir los sindicatos petroleros tradicionales por grupos bolivarianos durante las negociaciones del contrato colectivo petrolero lo que conllevó a una humillante derrota políticafrente al viejo líder petrolero, Carlos Ortega. En Octubre de ese mismo año, el Gral. (Ej.) Guaicaipuro Lameda Montero es nombrado como el nuevo presidente de PDVSA y con su nombramiento, nuevos miembros de junta y nuevas deserciones de personal.

El General Lameda venía con la reputación de ser un hombre estudioso y brillante académicamente, aunque su carrera había sido poco menos que ortodoxa dada su tendencia a decir lo que pensaba en los momentos y lugares menos oportunos. Con ninguna experiencia petrolera, pero con un entendimiento intuitivo de que es lo que hace funcionar a las organizaciones, Lameda dedica la mayor parte de su administración a recuperar la moral de la organización, y a recomponer lo que entendía, en su mente militar, como la pérdida de identificación de los empleados con la misión de la empresa dada la politización reciente 1, y la inmensa pérdida de personal calificado en tan poco espacio de tiempo. Gana muchos adeptos y sin duda nuevos enemigos

La llegada de Lameda, en su condición de militar activo, de hecho mucho se le criticó su continuo uso del uniforme dentro de la empresa, y su actuación profesional, llevó a la organización a pensdar que Chávez había recapacitado y que PDVSA retomaría su rumbo como la empresa de alto desempeño que todos aspirábamos. Esto no fue sino un espejismo que poco duró. Los conflictos con el Ministerio de Energía y Minas (MEM), siempre una relación tormentosa, arreciaron. Ya no solo acerca del manejo del negocio, sino cada vez más sobre el divorcio de visiones entre dos instituciones que se suponía concertaran sobre el destino de la industria. Los unos por un lado con una agenda política, los otros en su terquedad secular de comportarse como una compañía petrolera apolítica.

En retrospectiva, Lameda, predeciblemente dado su historial de individualismo, no cumplió con las expectativas de Chávez de “meter en cintura” a la petrolera. Muy por el contrario, empezó a ser visto como un rehén ideológico de la meritocracia de PDVSA, aunque puedo confirmar que nunca lo fue. Finalmente, en Diciembre del 2001, por razones que aún no tengo muy claras, pero que me atrevería a adivinar en algún otro momento, Lameda renuncia, de manera sorpresiva, que no inesperada dada su tormentosa relación con El Ministro Silva Calderón. Esta renuncia se hace efectiva en a principios del 2002, en medio de un circo mediático. La empatía que Lameda había logrado con la masa petrolera, provoca que parte importante de esa gente se sienta desprotegida con su salida.

Claro está, si el lector me ha acompañado hasta aquí se podría preguntar porque toda esta narrativa es relevante a los hechos de Abril, en particular dada la tradición de abulia, por no decir indiferencia política de la Institución y sus empleados. De hecho, que yo recuerde, solo dos casos públicos de disenso habían ocurrido en el cuarto de siglo de existencia de la petrolera: Gustavo Coronel sobre un tema de políticas de mudanzas de sedes, y Carlos E. Castillo sobre el nombramiento de Andres Sosa Pietri como presidente de PDVSA. Ambos dos terminaron sus carreras saliendo por la puerta de atrás sin apoyo visible de sus colegas.

Parte de la respuesta a esta interrogante, si es que existe alguna, reside por una parte en la muerte por goteo de la cultura organizacional ya descrita, y por la otra en que las nuevas generaciones de petroleros, nacidos de otras circunstancias, sin memoria de las transnacionales, estaban menos dispuestas a acatar sin chistar el aguacero que se les avecinaba. Pero más importante aún que esto, es el casi imperceptible desarrollo de una nueva dinámica, que conducía a PDVSA, cómo al resto del país, a dividirse en dos grupos antagónicos. Los unos que se consideraban los merecedores herederos de la meritocracia, y los otros que por su parte se consideraban como las injustas víctimas de esa misma meritocracia, y por tanto resentidos con el sistema. La falta de percepción de la existencia de esta falla tectónica por la dirigencia petrolera disparará el terremoto que destruiría la institución a finales del 2002.

El reloj así ha dado una vuelta completa. Nos encontramos de nuevo en Febrero del 2002. Con el nombramiento de un nuevo presidente de PDVSA y la expectativa dentro de PDVSA de un nuevo remesón organizacional. Gastón Parra (fallecido a finales del 2008) de profesión economista, profesor universitario, adusto, inflexible en sus ideas, crítico secular de la industria petrolera y con ninguna experiencia gerencial, es la persona escogida por Chávez para tomar las riendas de la petrolera. Con él su grupo político de siempre. Carlos Mendoza Potella, Quiros, todos izquierdistas de claustro, y enemigos jurados de PDVSA y de lo que calificaban como su política desnacionalizadora, refiriéndose a la Apertura Petrolera.

El presidente Chávez en posteriores intervenciones ha dicho que el nombramiento de Parra y de su equipo fue una provocación premeditada. Yo francamente no compro esa historia, que de ser verdad sería de por sí una razón más para la condena histórica del presidente y sus seguidores dentro de la institución. Gastón Parra era, en mi opinión, el único peón disponible en un momento de crisis, en un ajedrez presidencial de solo peones.

Empiezan a circular rumores de que aparte de los ya esperados, y a regañadientes siempre aceptados, nombramientos políticos en la junta, los directores internos (tradicionalmente profesionales petroleros del más alto rango) serían nombrados en base a sus simpatías con el presidente, y no a sus meritos profesionales. Se circulan nombres, los que se oyen son precisamente aquellos que habían saltado a la prominencia como activistas políticos internos bajo la protección de Ciavaldini, y la posterior condescendencia de Lameda en aras de la paz organizacional interna: Riera, Rodríguez, Marín, entre otros nombres.

Es entonces cuando ocurre la primera intervención pública de Gastón Parra en el escenario de la Asamblea Nacional, en sustitución de última hora del recién “renunciado” Lameda, en el contexto de una interpelación a los ministros de la economía sobre la situación del país. Parra no decepciona a los parlamentarios de la tribuna del gobierno, y lanza un ataque desencajado, vitriólico y extemporáneo en contra de PDVSA, su administración y sus empleados. Todo esto frente a las cámaras de televisión y con cobertura nacional. Simplemente no lo podíamos creer.

La reacción de los empleados de PDVSA no se hizo esperar. Se empiezan a organizar asambleas internas en protesta a la actitud de Parra y de lo que ya presentían como el fin de PDVSA como estructura apolítica. Estos eventos, nunca antes vistos, tienen lugar en todos lados de la organización, en todo el país, aunque por razones obvias Caracas es el centro de actividad y sobretodo PDVSA Gas e INTEVEP, que ya habían sido sitio de conflicto en los previos meses, cuando el gobierno trató de separarlos de PDVSA y adscribirlos a ministerios.

Grupos pequeños de directivos se comienzan a reunir a analizar la situación que empieza a desarrollarse con dinámica propia, con un obvio potencial destructor sobre la institución. Un grupo en el que participo, y cuyos otros integrantes en respeto a su intimidad no mencionaré, discute la necesidad imperiosa de disuadir el gobierno de hacer los nombramientos que se rumoraban. Llegamos a la conclusión de que hay que tomar dos vías para ello. Por un lado, conversar con aquellos que eran los visibles candidatos a la Junta Directiva, para hacerles ver la inconveniencia de su nombramiento (ingenuo en retrospectiva, como muchas de las acciones que describiré a continuación), y por otro tratar de hacerle entender a Parra el camino minado sobre el que estábamos caminando para que el disuadiera al gobierno (poco sabíamos de su poco peso en las decisiones) de su dirección. Una tercera vía es considerada como último recurso, la necesidad de asumir una posición pública como grupo directivo, para advertir al país de los peligros que se corrían con la politización de PDVSA. Se encomienda la composición de un borrador de comunicado para su uso eventual.

Cómo era de esperarse, las negociaciones internas caen en oídos sordos, tanto los de Parra, como de los otros, y se activa la tercera opción: la posición pública. Esto, si he podido explicar con alguna claridad la tradición institucional, implicaba convencer a un grupo de más de treinta gerentes del más alto nivel de abandonar aquello de que siempre se habían sentido orgullosos, su neutralidad política, y suscribir un documento público en abierta contradicción con el gobierno, en la esperanza de que el escándalo público haría cambiar de opinión al presidente Chávez y sus asesores.

Hoy es difícil de entender tanta ingenuidad, pero en aquel momento se pensaba que Chávez era cautivo de extremistas, pero que él simplemente no lo era, y que no estaría dispuesto a poner en peligro la “gallina de los huevos de oro” en aras de unos nombramientos caprichosos e inconvenientes.

Hacia finales de febrero se realiza entonces, en la sala de fiestas de un edificio de apartamentos del este de Caracas, una reunión de un nutrido grupo de gerentes del más alto nivel de la empresa. Todos veteranos de mil batallas en los pozos petroleros y refinerías del país, pero en su gran mayoría novatos en esto de la política, ya que pocos habían tenido la oportunidad de interactuar con ese mundo, dada la dinámica de alta rotación que ya he descrito. Esta falta de experiencia es un factor que no puede subestimarse en la historia subsiguiente. La discusión fue acalorada y ruidosa, conscientes todos sin embargo de que la situación era delicada para el futuro de la industria.

Por un lado, había aquellos que sostenían que lo mejor era mantener la neutralidad tradicional, y no inmiscuirnos en lo que claramente era una decisión, por inconveniente que pareciese, que era potestad legal del presidente. La otra posición era que teníamos descargar nuestra responsabilidad con la institución, su historia y su futuro. El argumento que más peso empezó a tomar durante la discusión era que nuestra gente ya había tomado el camino del activismo, y que si no establecíamos una posición ante los eventos que se avecinaban, perderíamos la autoridad formal sobre la organización, con la obvia consecuencia del desboque de una anarquía que destruiría la empresa.

Algunas veces las palabras pesan más que las acciones. Se hizo lectura del borrador de comunicado que se había preparado, y de alguna manera esta lectura coaguló las voluntades hacia tomar una posición pública. La evocación de los vituperios que Parra había emitido públicamente, y la larga lista de descalificaciones que habíamos sufrido durante los últimos tres años catalizan la decisión. No muy racional, lo acepto, pero así es como lo recuerdo. Después de una larga y bizantina discusión sobre si el comunicado debía ir firmado o anónimo, se decide firmarlo. Dos del grupo son comisionados para recorrer de un extremo a otro la ciudad hacia el diario el Nacional, de manera que el comunicado pueda ser publicado en la última edición. El tiempo corría, la historia no esperaría por nosotros. Debo hacer énfasis otra vez en que el objetivo primario del grupo era desactivar la situación, poniéndole presión pública al gobierno y recuperando la autoridad sobre los grupos de empleados. Poco que presentíamos las fuerzas que se estaban desencadenando.

El Comunicado, publicado en el cuerpo “E” de El Nacional, escondido entre los clasificados, causa un revuelo nacional. La reacción del país político es una de incredulidad, incluyendo la de nuestros mayores que la consideran inicialmente como un exabrupto. El efecto en los empleados es exactamente el opuesto al deseado y lo toman como un apoyo implícito a sus acciones.

El gobierno anuncia los nombramientos, tal como habían sido rumorados. Parra nos había estado engañando todo este tiempo diciendo que estaba negociando con el ejecutivo una junta directiva más aceptable. Las decisiones ya habían sido tomadas. Chávez no era rehén de ningún grupo, estaba empeñado en un curso de colisión con la industria.

La situación se deteriora rápidamente. Las marchas de protesta de los empleados se multiplican, primero de forma disciplinada durante las horas de almuerzo en los estacionamientos de las diversas sedes corporación, por aquello de no usar indebidamente el tiempo de la compañía, y luego escalando hacia la calle. También proliferaron las ruedas de prensa y comunicados. Se comienza una rueda de reuniones con las fuerzas políticas, para explicar nuestro punto de vista. Está sobre el banquillo de los acusados no solo la industria actual sino sus actuaciones de los últimos 25 años. Los medios del gobierno, como lo harían otra vez en Diciembre de ese mismo año, le dan palestra a todo el que tenga algo malo que decir de la industria y sus empleados.

Los periodistas de la fuente nos observan boquiabiertos, al ver transformarse a los recatados ejecutivos petroleros en voceros respetuosos, pero en abierta contradicción, con el gobierno. Empiezan a emerger liderazgos naturales, ante la renuencia de la mayoría alta gerencia de involucrarse más allá de las palabras del comunicado inicial. Nombres en ese momento desconocidos para la opinión pública, pero que luego adquirirán notoriedad durante el Paro Cívico de final de año: Medina, Fernández, Quijano, Gomez, Paredes, Ramirez, entre otros.

En qué momento durante el mes de marzo/abril del 2002, que es cuando los sucesos que trato de narrar aquí se desarrollan, grupos civiles y militares de oposición identifican la situación cómo un vehículo para el asalto al poder, es algo que no me toca a mí decir por ignorancia, y ni siquiera es mi objetivo aqui. Con el beneficio del tiempo transcurrido, uno también puede intuir que el gobierno debe haber sabido lo que estaba ocurriendo, e instaló su propia conspiración. Lo que sí es cierto es que durante este tiempo los miembros de la junta directiva de Gastón Parra pasan a ser eunucos organizacionales, y en última instancia agentes provocadores. La compañía empieza a entrar en anarquía y las negociaciones de algunos miembros de la alta gerencia con el gobierno no rinden ningún fruto y los ánimos siguen caldeándose en los niveles medios.

El domingo7 de Abril, mientras se realiza una marcha de empleados en la Av. Rio de Janeiro de las Mercedes, en horas de tarde, el presidente Chávez ejecuta su infame despido público de siete de los más públicos lideres medios de la petrolera usando un pito para declarar su expulsión. Este acto vil, evidencia de un profundo resentimiento que en el tiempo se ha transformado en su cotidiana forma de dirigirse al país, enardece a parte importante de la sociedad civil, que pasa de su tradicional cuestionamiento de la clase petrolera, a aglutinarse en rechazo de las acciones del presidente y su cadre. Otros tantos ejecutivos petroleros, entre los que se encontraba quien escribe, son también retirados de la industria ese mismo día de manera oficiosa. El rumor que se distribuye es que a cada miembro de la nueva junta directiva se le dio el beneficio de proponer nombres para el escarmiento público. Se empieza a gestar un paro.

Días antes, Armando Izquierdo, Gerente de Asuntos Públicos y Oscar Murillo; consultor Jurídico, habían también sido sumariamente retirados por Parra bajo el pretexto de haber perdido la confianza en ellos. Es así como actos que supuestamente estaban diseñados para amedrentar, se convierten en combustible para el fuego de anarquía que ya se adueñaba de la industria petrolera y que amenazaba de extenderse al país.

Llega entonces el 11 de Abril y la marcha convocada por Fedecámaras (Pedro Carmona) y la CTV (Carlos Ortega) en apoyo a PDVSA y los despedidos. Extraña pareja de aliados políticos. Recuerdo que tuve que ser convencido de asistir a la marcha por mi esposa. Había ya perdido la carrera que tanto sacrifico había costado y no veía ningún valor a una marcha a través de a ciudad de Caracas. El día amaneció soleado. El punto de congregación era el Parque Cristal en la Av. Francisco de Miranda. Más allá de mi propia expectativa la aglomeración de gente se convirtió en multitud y luego en un rio de gente interminable. A la cabeza de la marcha un gigantesco tricolor que nos tocó llevar a los petroleros despedidos, pero que al final tuvimos que compartir con el liderazgo de Fedecámaras y la CTV.

La marcha avanzó lentamente hacia Chuao, por la autopista. Cuando finalmente llegó al edificio de la antigua Maraven, pudimos darnos cuenta de la miles y miles de personas, que sin organización, sin preparación, habían tomado la bandera de PDVSA como suya, al menos por un día. Lo que ocurre después es bien sabido. La Marcha se desvía a Miraflores. Poco sospechábamos que se caminaba a una emboscada, aunque debía haberlo supuesto cuando un colega me dice que Parra y la Junta habían renunciado la noche anterior y el gobierno lo mantenía oculto, en lo que ahora sabemos era una perversidad fríamente calculada.

Ese día, murieron 19 personas asesinadas de ambos lados de la barda política, por pistoleros todavía no identificados en los alrededores de Miraflores. Lo que comenzó como una disputa meramente organizacional en la industria bandera del país, había escalado a un conflicto fratricida, dentro y fuera de PDVSA. El resto de la historia creemos saberlo. El presidente renuncia ese mismo día bajo presión militar, solo para regresar tres días después debido a la incompetencia de los mismos que habían logrado hacerlo renunciar al enfrentarlo con su fechoría.

El 12 de Abril, regresamos a PDVSA. Parra y su grupo habían abandonado sus puestos la noche anterior. Antes que nada, esa mañana, en el estacionamiento del edificio de La Campiña se alzó la bandera y se cantó el Himno Nacional en honor a los asesinados del día anterior. Yo no pude sino llorar sin ningún pudor. Nada en mi mente valía el precio de esas vidas, perdidas sin razón, en medio de la locura de alguien que se imagina batallas épicas donde solo hay ambición de bandoleros. Nuestra ingenuidad política nos había convertido en piezas en un juego diabólico de poder del cual no conocíamos las reglas. Ya nunca seríamos los mismos.

El regreso de un Chávez muy debilitado y contricto, en la madrugada del 13 de Abril, permite creer, por unos días, que PDVSA y el país se pueden recuperar. Eso como hoy sabemos no ocurrirá, pero eso es otra historia.


1 Durante este tiempo yo fungí cómo Director Ejecutivo de Planificación y como Jefe de la Oficina de la Presidencia, sirviendo de vínculo entre el General y el mundo petrolero.


NOTA DEL AUTOR: Escribo esto en memoria de los caídos de ambos bandos en la esperanza de que hayamos aprendido que la perdida inútil de vidas no es sino eso, INUTIL!