Tuesday, April 28, 2009

En el Medio de Ninguna Parte



Cuando finalmente el Beech 1900 rasgó el telón de nubes en su descenso desde Bogotá, empezamos a atisbar el verde brillante de la ondulante llanura, moteado por el más oscuro de los morichales, y el entretejido de luz y sombras que el sol esboza en un día como hoy en los llanos orientales de Colombia. Desde esta altura un paisaje despoblado de fauna, solitario de gente y civilización.

Pronto avizoramos el aeropuerto de Morelia. Una angosta franja de asfalto en el medio de ninguna parte, vanguardia obligada de todo esfuerzo modernizador. En ese descenso siempre esperanzado que es la trayectoria de aterrizaje de cualquier aeroplano, ya se empiezan a delinear las arterias que en la llanura ha hecho la mano del hombre: carreteras de tierra que conectan, en diseño de aparente caos, descampados de color arcilla.

El aeropuerto donde aterrizamos se asemeja a muchos otros que hemos visto en e largo periplo por campos petroleros que ha sido nuestra vida, una instalación austera y bien mantenida. El modesto terminal, usualmente solitario, se convierte en un hervidero de gente para recibir el avión proveniente de la ciudad. Los que vienen a recibirnos, con su usual y franca cortesía. Los que esperan tomar el avión para regresar a casa después de semanas de obligado aislamiento, suerte de legión extranjera moderna. Los soldados, bien armados y alertas, símbolos de la Colombia de violencia que ya abandonó estos parajes, pero que permanece siempre acechante. La brigada de bomberos, preparada, simbólica ante un verdadero accidente.

No importa en qué idioma se hable, o en qué lugar del mundo se encuentre, la amabilidad de aquellos que les toca, por escogencia de vida, trabajar en un campo petrolero, es una constante. Es una camaradería, silenciosa pero poderosa, casi como de soldados que comparten historias de batallas compartidas, en esa continua guerra por arrancarle el petróleo a las entrañas de la tierra. Es una escena que he vivido decenas de veces, en otras latitudes, en otros tiempos.

Mi primer campo petrolero, o al menos el que llevo en mi memoria, estaba en el medio del Lago de Maracaibo. No fui a trabajar, y mucho menos a hacer una visita de inspección. Era un imberbe de escasos años y aún más escasos kilos. Acompañaba a mi papá, ingeniero petrolero, a llevar a unos visitantes importantes (o al menos me lo parecían pues conversaban en un lenguaje extraño) y sus familias, a conocer las instalaciones de producción en el Lago. Íbamos rumbo a la “Casita”, que era cómo se conocía la plataforma donde dormían y comían los ingenieros en el medio del lago, adyacente a una planta de compresión de gas.

Se llegaba a la plataforma después de un largo, incómodo y ruidoso viaje en lancha, que partía del bien nombrado puerto de Punta de Palmas, al sur de Maracaibo. En un lago que por su marullo podía tender emboscadas inesperadas, esta era una aventura interesante para un mocoso siempre curioso, pero había que pagar el precio del madrugón. Eso de por si debía haber sido advertencia suficiente como para llevarme a buscar una ocupación más civilizada, como ser abogado. Pero ya sabemos cuán impermeables a las lecciones de la experiencia son los niños.

Heme aquí entonces, después de muchos y largos años, todavía en la cara de la “mina”( como diría mi buen amigo Gustavo Núñez). Esto a pesar de los innumerables desvíos tomados en la vía, en vanos intentos por escapar de un destino tejido de historia familiar, amistades entrañables y encrucijadas de una sola opción.
Pero Rubiales, que así se llama el campo petrolero en los llanos orientales al que sirve el aeropuerto de Morelia, no es una parada más en el camino. Esta es una de esas batallas para la que la vida nos ha estado preparando por largo tiempo, de una manera subrepticia, pero con propósito. Rubiales es la coincidencia de múltiples caminos, de cientos de historias personales, de la visión y el sudor de jóvenes y no tan jóvenes, que comparten esa relación y sentido de propósito de los que han escogido como modo de vida escamotearle a la naturaleza sus milenarias pertenencias.

Ir al Campo petrolero de Rubiales, a ser parte y testigo de su crecimiento durante los últimos dos años, ha sido y continúa siendo una experiencia reconfortante. Rubiales es una muestra de lo que las sociedades de estas latitudes pueden lograr. De lo que podemos construir cuando nos desnudamos de los prejuicios atávicos de falso nacionalismo, del jingoísmo. Cuando nos despojamos del complejo de víctimas que falsos líderes nos quieren imponer y afrontamos nuestro propio destino, con certidumbre en el conocimiento de que si podemos, en perfecto castellano.

Recorrer el campo y observar el hormiguero de gente que transforma el recurso del subsuelo, las 24 horas del día, los 365 días del año, en riqueza para sus accionistas, sus empleados y su entorno, supliendo una parte de la energía que requiere el mundo, es una experiencia que lo reconcilia a uno con esta siempre vilipendiada industria. No deja también de ser emotivo, de una manera muy personal, que en este apartado rincón de Colombia, muy lejos del Lago y sus costas, uno reconozca caras amigas, recordatorios de ese camino que nos trajo aquí. Camaradas de batallas pasadas, cariños y afectos que nunca languidecen. Como para redondear la nostalgia, en una esquina del campo me tropiezo con la casi terminada planta de emulsiones, “deja vu” otra vez.

Al final del día el Beech 1900 aterriza de vuelta en Bogotá, con su carga de legionarios de regreso a visitar su hogar y renovar fuerzas para el próximo turno. Rubiales quedo atrás en los Llanos, silenciosa pero seguramente contribuyendo a construir a Colombia. Pronto, cuando finalmente Luis Andrés, Eduardo, Camilo, Orlando, Iván y decenas de otros, cumplan lo prometido, Colombia descubrirá en Rubiales el centro del desarrollo de Los Llanos Orientales de Colombia, nunca más el “Medio de Ninguna Parte”.

Ha sido un largo periplo desde la “Casita” a Rubiales, pero presiento que esta ni es la última parada, ni tampoco la última batalla que pelearemos juntos.

Publicado en Petroleumworld

Sunday, April 12, 2009

Abril Sin Lágrimas


El 12 de abril del 2002, Venezuela amaneció de luto. El día anterior, una gigantesca marcha, la más grande que hasta ese momento había ocurrido en la ciudad capital, fue emboscada por pistoleros en los alrededores de Miraflores, que disparando a mansalva asesinaron a 19 venezolanos de ambos lados de la pared humana que Chávez había erigido para refugiarse. Muertes innecesarias todas, ante la mirada indiferente de la Guardia Nacional y a pesar de los esfuerzos de la Policía Metropolitana por controlar la situación.
El 12 de abril del 2002, Venezuela amaneció también sin un gobierno legítimo. Hugo Chávez, después de haber sembrado vientos con sus acciones y verbo por espacio de más de 6 meses, finalmente había cosechado su tempestad. En un hecho que algunos pudieran considerar de justicia histórica, el alto mando militar lo había hecho renunciar a la presidencia ante las fechorías del 11 de Abril, y su destino lucía incierto. En un giro irónico del destino, un militar golpista había sido depuesto por sus propios compañeros de armas.
El 12 de Abril del 2002, PDVSA, el centro de los hechos que condujeron a la gran marcha del 11 de Abril, y como después sabríamos el tablero sobre el cual Chávez y sus contrincantes jugaban ajedrez político sin el menor recato o interés en el daño que infligían, amaneció también sin timón. Gastón Parra y su Junta Directiva habían renunciado 24 horas antes, y escurriendo sus responsabilidades dejaban la nave al garete, después de haberla llevado al ojo del huracán.
El 12 de Abril del 2002, Venezuela se vio cara a cara de nuevo con el lado de su alma que la hace propensa a caer victima de la ambición y el resentimiento, y que pareciera siempre venir de la mano de los hombres de uniforme y de aquellos que Teodoro Petkoff alguna vez bautizó como la izquierda Bobona.
El 12 de Abril del 2002, también aprendimos que hasta el más civilizado miembro de una sociedad, una vez azuzado y herido, puede también reaccionar con resentimiento en contra de aquellos que considera sus agresores. Descubrimos que todos podemos ser Hugo Chávez.
El 12 de abril del 2002, derramamos lágrimas por los desalmados asesinatos del 11 de Abril. Pero sin saberlo, llorábamos por la muerte de nuestra inocencia. Inocencia que había empezado a agonizar con el viernes negro de 1983, los motines de 1989 y los golpes militares de febrero y noviembre de 1992
Hoy derramamos lágrimas en recuerdo de las víctimas del 11 de Abril, y también por las víctimas de esos otros eventos, sintomáticos de la enfermedad social que hace tiempo nos aqueja. Pero, aunque llorar es necesario, solo es útil si con ello empezamos a enjugar la cultura de resentimiento que hoy contamina cada faceta de vida en nuestro país.
El tiempo ha llegado, por difícil que nos parezca, para que se alcen voces de esperanza por arriba de la desesperanza. Es el momento de acallar las vociferaciones que provienen del otro lado de la trinchera, con voces sinceras que clamen por el fin de la guerra. Eso al menos le debemos a los que salieron a marchar el 11 de Abril y nunca regresaron a sus hogares. Se lo debemos a todos los perseguidos por sus ideas, a los encarcelados, a los que en el exilio añoran el azul del Caribe. Se lo debemos al futuro. A un futuro con Abriles sin lágrimas.
Publicado en Petroleum World Abril 12, 2009

Abril 11, 2002 : Como Lo Recuerdo




"La vida no es la que uno vivió, sino la que
uno recuerda y cómo la recuerda para contarla".


Gabriel García Márquez





Desde que los eventos de Abril 11 2002 ocurrieron, he hecho un esfuerzo consciente por hablar poco y escribir menos sobre el tema. Son muchas las razones para esta actitud, la principal de las cuales es una sensación ineludible de que durante esos días ocurrieron más cosas tras bastidores que a la vista, y que por lo tanto es imposible hacerle justicia a la “verdad” con una historia incompleta. ¿Qué entonces es lo que ha cambiado que me convoca hoy a escarbar en mi memoria y vaciar los recuerdos en estos apuntes?

Por un lado, el tiempo transcurre a una velocidad aterradora, ya son siete años, y los recuerdos se empiezan a diluir, las imágenes se empiezan a desvanecer cómo si de fotos viejas se tratara y parece que es tiempo de resguardar las memorias en algo menos perecedero que mi cerebro. Por otro lado, y quizás lo más importante es que en algún momento mis hijas querrán saber porque su vida y la de su madre se trastocó, y es mi responsabilidad tratar de explicar los tiempos que nos tocó vivir, no porque para su futuro nuestro presente sean relevante, pero si, al menos, para explicarles porque su padre se vio obligado a verlas crecer y convertirse en mujeres desde lejos.

En menor cuantía, también es importante empezar a dejar alguna versión diferente a la “verdad oficial”, que el gobierno con todo su poder ha hecho cotidiana, tanto así que hasta la oposición política la repite mecánicamente en su creencia de que hacerlo les da credenciales de aceptabilidad política aun a costa de la verdad.

Debo advertirle al lector que, por necesidad, este es un esbozo muy personal y totalmente sesgado. Aquí no encontrarán explicaciones sobre grandes conspiraciones, ni se revelaran los oscuros secretos sobre las componendas entre los factores de poder civil y militar para enderezar el entuerto que ya entonces se avizoraba sería la administración de Hugo Chávez. Eso se lo dejo a los historiadores. Parafraseando a Pocaterra, estas son apenas las memorias  de un petrolero de la decadencia.

Esta historia está contada entonces desde la perspectiva de lo ocurrido en PDVSA en esa época, no solo porque es lo que mejor conozco, sino por el papel crucial que esta institución y sus trabajadores tuvieron en el proceso que culminó a la renuncia del Presidente Chávez en Abril del 2002, y su secuela el Paro Cívico de Diciembre de ese mismo año. Este último evento no lo mencionaré aquí, ya que formará parte de otra entrega, si es que mi entusiasmo por el tema sobrevive.

La PDVSA que se asoma al año 2002, es una PDVSA debilitada gerencialmente y desdibujada organizacionalmente. El nombramiento de Gastón Parra y su nueva junta directiva en Febrero del 2002,  es la cuarta reorganización que la administración del Presidente Chávez impone en la Petrolera en un período de menos de tres años. Entender los efectos de esto es crucial, si uno quiere empezar a comprender porque PDVSA y sus empleados terminan involucrados en los eventos de Abril 11.

Debo empezar entonces la historia en algún lugar. En 1999 el recién instalado presidente Chávez nombra a Roberto Mandini, un petrolero de vieja data y amplia experiencia, como presidente de la Petrolera. Este nombramiento llevó a pensar a la organización, y al país político, que habría continuidad en las políticas a pesar de las amenazas preelectorales de hacer cirugía mayor a la petrolera. Esto a pesar de la inclusión en su junta de activistas políticos y por primera vez militares activos.

Mandini, sin embargo, pronto uso la palestra pública para desdecir de sus predecesores y de sus políticas, con poca sensibilidad por el efecto en la moral de la organización. Estos intentos de congraciarse con el régimen pronto se empantanaron entrando en conflicto con el gobierno, y podemos asumir que finalmente cayó en cuenta de que había sido utilizado. Su renuncia fue casi predecible, y con ella se dio la de  un grupo importante de los niveles directivos y gerenciales profesionales. El efecto de estas renuncias, sumadas a la estampida de profesionales que se había dado con la salida de Luis E. Giusti unos meses antes, debilitó de manera importante la estructura organizativa y el liderazgo natural dentro de PDVSA.

Habiéndose deshecho de Mandini, Chávez nombra en su lugar a Hector Ciavaldini, un oscuro ex-ingeniero de PDVSA, de escasa experiencia gerencial, pero parte central del grupo ideológico petrolero de Chávez durante su campaña electoral, y ya miembro de la junta directiva de Mandini. Con su nombramiento viene una nueva junta, y en ella se comienzan ya a perfilar nombramientos internos de claro tinte político, divorciados de lo que hasta entonces había sido una tradición de meritocracia interna.

La administración de Ciavaldini, aunque descolorida, fue funesta organizacionalmente, ya que entre otras cosas hizo “socialmente aceptable” lo que hasta entonces era tabú en los pasillos de PDVSA, la intromisión abierta de la política. Fomentó la formación de grupos “bolivarianos”; se iniciaron campañas discretas, pero efectivas, de desprestigio interno y persecución contra aquellos identificados como no afines al régimen o afectos a la figura de Luis E. Giusti, quien así pasó a ser símbolo del pasado a ser desalojado. Se iniciaron “investigaciones” internas, preámbulo de los juicios que hoy se llevan a cabo contra opositores. EL Pent House de PDVSA en la Campiña se convirtió en guarida de antiguos guerrilleros, reales y de cafetín. Eran los días del llamado Grupo Garibaldi, a quien se le atribuía influencia desmedida sobre el pensamiento de un presidente que se percibía como de poca profundidad ideológica.

A mediados del año 2000, Ciavaldini es removido de su puesto a consecuencia, entre otras muchas ineficiencias, de su fracaso en el intento por sustituir los sindicatos petroleros tradicionales por grupos bolivarianos durante las negociaciones del contrato colectivo petrolero lo que conllevó a una humillante derrota políticafrente al viejo líder petrolero, Carlos Ortega. En Octubre de ese mismo año, el Gral. (Ej.) Guaicaipuro Lameda Montero es nombrado como el nuevo presidente de PDVSA y con su nombramiento, nuevos miembros de junta y nuevas deserciones de personal.

El General Lameda venía con la reputación de ser un hombre estudioso y brillante académicamente, aunque su carrera había sido poco menos que ortodoxa dada su tendencia a decir lo que pensaba en los momentos y lugares menos oportunos. Con ninguna experiencia petrolera, pero con un entendimiento intuitivo de que es lo que hace funcionar a las organizaciones, Lameda dedica la mayor parte de su administración a recuperar la moral de la organización, y a recomponer lo que entendía, en su mente militar, como la pérdida de identificación de los empleados con la misión de la empresa dada la politización reciente 1, y la inmensa pérdida de personal calificado en tan poco espacio de tiempo. Gana muchos adeptos y sin duda nuevos enemigos

La llegada de Lameda, en su condición de militar activo, de hecho mucho se le criticó su continuo uso del uniforme dentro de la empresa, y su actuación profesional, llevó a la organización a pensdar que Chávez había recapacitado y que PDVSA retomaría su rumbo como la empresa de alto desempeño que todos aspirábamos. Esto no fue sino un espejismo que poco duró. Los conflictos con el Ministerio de Energía y Minas (MEM), siempre una relación tormentosa, arreciaron. Ya no solo acerca del manejo del negocio, sino cada vez más sobre el divorcio de visiones entre dos instituciones que se suponía concertaran sobre el destino de la industria. Los unos por un lado con una agenda política, los otros en su terquedad secular de comportarse como una compañía petrolera apolítica.

En retrospectiva, Lameda, predeciblemente dado su historial de individualismo, no cumplió con las expectativas de Chávez de “meter en cintura” a la petrolera. Muy por el contrario, empezó a ser visto como un rehén ideológico de la meritocracia de PDVSA, aunque puedo confirmar que nunca lo fue. Finalmente, en Diciembre del 2001, por razones que aún no tengo muy claras, pero que me atrevería a adivinar en algún otro momento, Lameda renuncia, de manera sorpresiva, que no inesperada dada su tormentosa relación con El Ministro Silva Calderón. Esta renuncia se hace efectiva en a principios del 2002, en medio de un circo mediático. La empatía que Lameda había logrado con la masa petrolera, provoca que parte importante de esa gente se sienta desprotegida con su salida.

Claro está, si el lector me ha acompañado hasta aquí se podría preguntar porque toda esta narrativa es relevante a los hechos de Abril, en particular dada la tradición de abulia, por no decir indiferencia política de la Institución y sus empleados. De hecho, que yo recuerde, solo dos casos públicos de disenso habían ocurrido en el cuarto de siglo de existencia de la petrolera: Gustavo Coronel sobre un tema de políticas de mudanzas de sedes, y Carlos E. Castillo sobre el nombramiento de Andres Sosa Pietri como presidente de PDVSA. Ambos dos terminaron sus carreras saliendo por la puerta de atrás sin apoyo visible de sus colegas.

Parte de la respuesta a esta interrogante, si es que existe alguna, reside por una parte en la muerte por goteo de la cultura organizacional ya descrita, y por la otra en que las nuevas generaciones de petroleros, nacidos de otras circunstancias, sin memoria de las transnacionales, estaban menos dispuestas a acatar sin chistar el aguacero que se les avecinaba. Pero más importante aún que esto, es el casi imperceptible desarrollo de una nueva dinámica, que conducía a PDVSA, cómo al resto del país, a dividirse en dos grupos antagónicos. Los unos que se consideraban los merecedores herederos de la meritocracia, y los otros que por su parte se consideraban como las injustas víctimas de esa misma meritocracia, y por tanto resentidos con el sistema. La falta de percepción de la existencia de esta falla tectónica por la dirigencia petrolera disparará el terremoto que destruiría la institución a finales del 2002.

El reloj así ha dado una vuelta completa. Nos encontramos de nuevo en Febrero del 2002. Con el nombramiento de un nuevo presidente de PDVSA y la expectativa dentro de PDVSA de un nuevo remesón organizacional. Gastón Parra (fallecido a finales del 2008) de profesión economista, profesor universitario, adusto, inflexible en sus ideas, crítico secular de la industria petrolera y con ninguna experiencia gerencial, es la persona escogida por Chávez para tomar las riendas de la petrolera. Con él su grupo político de siempre. Carlos Mendoza Potella, Quiros, todos izquierdistas de claustro, y enemigos jurados de PDVSA y de lo que calificaban como su política desnacionalizadora, refiriéndose a la Apertura Petrolera.

El presidente Chávez en posteriores intervenciones ha dicho que el nombramiento de Parra y de su equipo fue una provocación premeditada. Yo francamente no compro esa historia, que de ser verdad sería de por sí una razón más para la condena histórica del presidente y sus seguidores dentro de la institución. Gastón Parra era, en mi opinión, el único peón disponible en un momento de crisis, en un ajedrez presidencial de solo peones.

Empiezan a circular rumores de que aparte de los ya esperados, y a regañadientes siempre aceptados, nombramientos políticos en la junta, los directores internos (tradicionalmente profesionales petroleros del más alto rango) serían nombrados en base a sus simpatías con el presidente, y no a sus meritos profesionales. Se circulan nombres, los que se oyen son precisamente aquellos que habían saltado a la prominencia como activistas políticos internos bajo la protección de Ciavaldini, y la posterior condescendencia de Lameda en aras de la paz organizacional interna: Riera, Rodríguez, Marín, entre otros nombres.

Es entonces cuando ocurre la primera intervención pública de Gastón Parra en el escenario de la Asamblea Nacional, en sustitución de última hora del recién “renunciado” Lameda, en el contexto de una interpelación a los ministros de la economía sobre la situación del país. Parra no decepciona a los parlamentarios de la tribuna del gobierno, y lanza un ataque desencajado, vitriólico y extemporáneo en contra de PDVSA, su administración y sus empleados. Todo esto frente a las cámaras de televisión y con cobertura nacional. Simplemente no lo podíamos creer.

La reacción de los empleados de PDVSA no se hizo esperar. Se empiezan a organizar asambleas internas en protesta a la actitud de Parra y de lo que ya presentían como el fin de PDVSA como estructura apolítica. Estos eventos, nunca antes vistos, tienen lugar en todos lados de la organización, en todo el país, aunque por razones obvias Caracas es el centro de actividad y sobretodo PDVSA Gas e INTEVEP, que ya habían sido sitio de conflicto en los previos meses, cuando el gobierno trató de separarlos de PDVSA y adscribirlos a ministerios.

Grupos pequeños de directivos se comienzan a reunir a analizar la situación que empieza a desarrollarse con dinámica propia, con un obvio potencial destructor sobre la institución. Un grupo en el que participo, y cuyos otros integrantes en respeto a su intimidad no mencionaré, discute la necesidad imperiosa de disuadir el gobierno de hacer los nombramientos que se rumoraban. Llegamos a la conclusión de que hay que tomar dos vías para ello. Por un lado, conversar con aquellos que eran los visibles candidatos a la Junta Directiva, para hacerles ver la inconveniencia de su nombramiento (ingenuo en retrospectiva, como muchas de las acciones que describiré a continuación), y por otro tratar de hacerle entender a Parra el camino minado sobre el que estábamos caminando para que el disuadiera al gobierno (poco sabíamos de su poco peso en las decisiones) de su dirección. Una tercera vía es considerada como último recurso, la necesidad de asumir una posición pública como grupo directivo, para advertir al país de los peligros que se corrían con la politización de PDVSA. Se encomienda la composición de un borrador de comunicado para su uso eventual.

Cómo era de esperarse, las negociaciones internas caen en oídos sordos, tanto los de Parra, como de los otros, y se activa la tercera opción: la posición pública. Esto, si he podido explicar con alguna claridad la tradición institucional, implicaba convencer a un grupo de más de treinta gerentes del más alto nivel de abandonar aquello de que siempre se habían sentido orgullosos, su neutralidad política, y suscribir un documento público en abierta contradicción con el gobierno, en la esperanza de que el escándalo público haría cambiar de opinión al presidente Chávez y sus asesores.

Hoy es difícil de entender tanta ingenuidad, pero en aquel momento se pensaba que Chávez era cautivo de extremistas, pero que él simplemente no lo era, y que no estaría dispuesto a poner en peligro la “gallina de los huevos de oro” en aras de unos nombramientos caprichosos e inconvenientes.

Hacia finales de febrero se realiza entonces, en la sala de fiestas de un edificio de apartamentos del este de Caracas, una reunión de un nutrido grupo de gerentes del más alto nivel de la empresa. Todos veteranos de mil batallas en los pozos petroleros y refinerías del país, pero en su gran mayoría novatos en esto de la política, ya que pocos habían tenido la oportunidad de interactuar con ese mundo, dada la dinámica de alta rotación que ya he descrito. Esta falta de experiencia es un factor que no puede subestimarse en la historia subsiguiente. La discusión fue acalorada y ruidosa, conscientes todos sin embargo de que la situación era delicada para el futuro de la industria.

Por un lado, había aquellos que sostenían que lo mejor era mantener la neutralidad tradicional, y no inmiscuirnos en lo que claramente era una decisión, por inconveniente que pareciese, que era potestad legal del presidente. La otra posición era que teníamos descargar nuestra responsabilidad con la institución, su historia y su futuro. El argumento que más peso empezó a tomar durante la discusión era que nuestra gente ya había tomado el camino del activismo, y que si no establecíamos una posición ante los eventos que se avecinaban, perderíamos la autoridad formal sobre la organización, con la obvia consecuencia del desboque de una anarquía que destruiría la empresa.

Algunas veces las palabras pesan más que las acciones. Se hizo lectura del borrador de comunicado que se había preparado, y de alguna manera esta lectura coaguló las voluntades hacia tomar una posición pública. La evocación de los vituperios que Parra había emitido públicamente, y la larga lista de descalificaciones que habíamos sufrido durante los últimos tres años catalizan la decisión. No muy racional, lo acepto, pero así es como lo recuerdo. Después de una larga y bizantina discusión sobre si el comunicado debía ir firmado o anónimo, se decide firmarlo. Dos del grupo son comisionados para recorrer de un extremo a otro la ciudad hacia el diario el Nacional, de manera que el comunicado pueda ser publicado en la última edición. El tiempo corría, la historia no esperaría por nosotros. Debo hacer énfasis otra vez en que el objetivo primario del grupo era desactivar la situación, poniéndole presión pública al gobierno y recuperando la autoridad sobre los grupos de empleados. Poco que presentíamos las fuerzas que se estaban desencadenando.

El Comunicado, publicado en el cuerpo “E” de El Nacional, escondido entre los clasificados, causa un revuelo nacional. La reacción del país político es una de incredulidad, incluyendo la de nuestros mayores que la consideran inicialmente como un exabrupto. El efecto en los empleados es exactamente el opuesto al deseado y lo toman como un apoyo implícito a sus acciones.

El gobierno anuncia los nombramientos, tal como habían sido rumorados. Parra nos había estado engañando todo este tiempo diciendo que estaba negociando con el ejecutivo una junta directiva más aceptable. Las decisiones ya habían sido tomadas. Chávez no era rehén de ningún grupo, estaba empeñado en un curso de colisión con la industria.

La situación se deteriora rápidamente. Las marchas de protesta de los empleados se multiplican, primero de forma disciplinada durante las horas de almuerzo en los estacionamientos de las diversas sedes corporación, por aquello de no usar indebidamente el tiempo de la compañía, y luego escalando hacia la calle. También proliferaron las ruedas de prensa y comunicados. Se comienza una rueda de reuniones con las fuerzas políticas, para explicar nuestro punto de vista. Está sobre el banquillo de los acusados no solo la industria actual sino sus actuaciones de los últimos 25 años. Los medios del gobierno, como lo harían otra vez en Diciembre de ese mismo año, le dan palestra a todo el que tenga algo malo que decir de la industria y sus empleados.

Los periodistas de la fuente nos observan boquiabiertos, al ver transformarse a los recatados ejecutivos petroleros en voceros respetuosos, pero en abierta contradicción, con el gobierno. Empiezan a emerger liderazgos naturales, ante la renuencia de la mayoría alta gerencia de involucrarse más allá de las palabras del comunicado inicial. Nombres en ese momento desconocidos para la opinión pública, pero que luego adquirirán notoriedad durante el Paro Cívico de final de año: Medina, Fernández, Quijano, Gomez, Paredes, Ramirez, entre otros.

En qué momento durante el mes de marzo/abril del 2002, que es cuando los sucesos que trato de narrar aquí se desarrollan, grupos civiles y militares de oposición identifican la situación cómo un vehículo para el asalto al poder, es algo que no me toca a mí decir por ignorancia, y ni siquiera es mi objetivo aqui. Con el beneficio del tiempo transcurrido, uno también puede intuir que el gobierno debe haber sabido lo que estaba ocurriendo, e instaló su propia conspiración. Lo que sí es cierto es que durante este tiempo los miembros de la junta directiva de Gastón Parra pasan a ser eunucos organizacionales, y en última instancia agentes provocadores. La compañía empieza a entrar en anarquía y las negociaciones de algunos miembros de la alta gerencia con el gobierno no rinden ningún fruto y los ánimos siguen caldeándose en los niveles medios.

El domingo7 de Abril, mientras se realiza una marcha de empleados en la Av. Rio de Janeiro de las Mercedes, en horas de tarde, el presidente Chávez ejecuta su infame despido público de siete de los más públicos lideres medios de la petrolera usando un pito para declarar su expulsión. Este acto vil, evidencia de un profundo resentimiento que en el tiempo se ha transformado en su cotidiana forma de dirigirse al país, enardece a parte importante de la sociedad civil, que pasa de su tradicional cuestionamiento de la clase petrolera, a aglutinarse en rechazo de las acciones del presidente y su cadre. Otros tantos ejecutivos petroleros, entre los que se encontraba quien escribe, son también retirados de la industria ese mismo día de manera oficiosa. El rumor que se distribuye es que a cada miembro de la nueva junta directiva se le dio el beneficio de proponer nombres para el escarmiento público. Se empieza a gestar un paro.

Días antes, Armando Izquierdo, Gerente de Asuntos Públicos y Oscar Murillo; consultor Jurídico, habían también sido sumariamente retirados por Parra bajo el pretexto de haber perdido la confianza en ellos. Es así como actos que supuestamente estaban diseñados para amedrentar, se convierten en combustible para el fuego de anarquía que ya se adueñaba de la industria petrolera y que amenazaba de extenderse al país.

Llega entonces el 11 de Abril y la marcha convocada por Fedecámaras (Pedro Carmona) y la CTV (Carlos Ortega) en apoyo a PDVSA y los despedidos. Extraña pareja de aliados políticos. Recuerdo que tuve que ser convencido de asistir a la marcha por mi esposa. Había ya perdido la carrera que tanto sacrifico había costado y no veía ningún valor a una marcha a través de a ciudad de Caracas. El día amaneció soleado. El punto de congregación era el Parque Cristal en la Av. Francisco de Miranda. Más allá de mi propia expectativa la aglomeración de gente se convirtió en multitud y luego en un rio de gente interminable. A la cabeza de la marcha un gigantesco tricolor que nos tocó llevar a los petroleros despedidos, pero que al final tuvimos que compartir con el liderazgo de Fedecámaras y la CTV.

La marcha avanzó lentamente hacia Chuao, por la autopista. Cuando finalmente llegó al edificio de la antigua Maraven, pudimos darnos cuenta de la miles y miles de personas, que sin organización, sin preparación, habían tomado la bandera de PDVSA como suya, al menos por un día. Lo que ocurre después es bien sabido. La Marcha se desvía a Miraflores. Poco sospechábamos que se caminaba a una emboscada, aunque debía haberlo supuesto cuando un colega me dice que Parra y la Junta habían renunciado la noche anterior y el gobierno lo mantenía oculto, en lo que ahora sabemos era una perversidad fríamente calculada.

Ese día, murieron 19 personas asesinadas de ambos lados de la barda política, por pistoleros todavía no identificados en los alrededores de Miraflores. Lo que comenzó como una disputa meramente organizacional en la industria bandera del país, había escalado a un conflicto fratricida, dentro y fuera de PDVSA. El resto de la historia creemos saberlo. El presidente renuncia ese mismo día bajo presión militar, solo para regresar tres días después debido a la incompetencia de los mismos que habían logrado hacerlo renunciar al enfrentarlo con su fechoría.

El 12 de Abril, regresamos a PDVSA. Parra y su grupo habían abandonado sus puestos la noche anterior. Antes que nada, esa mañana, en el estacionamiento del edificio de La Campiña se alzó la bandera y se cantó el Himno Nacional en honor a los asesinados del día anterior. Yo no pude sino llorar sin ningún pudor. Nada en mi mente valía el precio de esas vidas, perdidas sin razón, en medio de la locura de alguien que se imagina batallas épicas donde solo hay ambición de bandoleros. Nuestra ingenuidad política nos había convertido en piezas en un juego diabólico de poder del cual no conocíamos las reglas. Ya nunca seríamos los mismos.

El regreso de un Chávez muy debilitado y contricto, en la madrugada del 13 de Abril, permite creer, por unos días, que PDVSA y el país se pueden recuperar. Eso como hoy sabemos no ocurrirá, pero eso es otra historia.


1 Durante este tiempo yo fungí cómo Director Ejecutivo de Planificación y como Jefe de la Oficina de la Presidencia, sirviendo de vínculo entre el General y el mundo petrolero.


NOTA DEL AUTOR: Escribo esto en memoria de los caídos de ambos bandos en la esperanza de que hayamos aprendido que la perdida inútil de vidas no es sino eso, INUTIL!

Monday, April 06, 2009

Lunes Santo en la 93


Sentado en un banco en el Parque de la 93, viendo pasar la vida a ritmo de paso de montaña. Es la una de la tarde y trato de decidir qué hacer de mi necesidades alimentarias. Hoy lunes Santo, mis compañeros habituales de almuerzo ya se han dispersado en búsqueda del "descanso" de Semana Santa, que estoy seguro mucho tendrá de tendrá de playa y poco de misticismo.

Los compatriotas de siempre, en su mayoría, a casa. Los nuevos compatriotas a los destinos de tierra caliente que los habitantes de montaña anhelan por contraste. Algunos, los menos, a explorar algún envidiable lugar del planeta en búsqueda de significado.

Para el beneficio de mi memoria posterior, trataré de describir el lugar. El Parque (La Plaza) de la 93 es lo que los urbanistas llaman un espacio urbano de entretenimiento. Es un área verde, como del tamaño de uno y medio campos de fútbol, sembrado de arboles en su perímetro y con camineras de ladrillo que cortan la grama con un patrón cartesiano. Dos pequeñas áreas circulares en los extremos longitudinales que rompen la uniformidad del diseño. En el extremo este el esbozo de un parque infantil.

Se encuentra ubicado en el norte de Bogotá, aunque no está de más aclarar que eso de norte es una anacrónica referencia cardinal a la ciudad vieja. Hoy la ciudad ha crecido mucho mas allá hacia un nuevo norte. Como su nombre lo indica está en la calle 93, entre carreras 11 y 13A.
Está rodeado por sus cuatro costados de restaurantes, lugares de comida rápida, bares y cafés. Esto se extiende hacia las cuadras adyacentes, incluyendo hoteles. En suma, una concentración poco usual de lugares para todos los gustos y de todos los precios. En Maracaibo lo hubieran bautizado, con ese humor particular, con el nada envidiable remoquete de el "Parque del Hambre". A esta hora del mediodía, cuando escribo, es el lugar de almuerzo por excelencia de los que trabajan en el enjambre de oficinas que hay en los alrededores.

En la noche es uno de los abrevaderos preferidos de aquellos que, como en cualquier ciudad del mundo, prefieren olvidar el día con alcohol y teniendo una buena conversación acerca de lo divino y lo profano, antes que regresar temprano a casa a apoltronarse frente al televisor con la telenovela de turno. A cualquier hora un destino preferido para turistas, aparece como visita obligada en todas las guías turísticas. Los jueves en la noche...pero eso es otra historia

En los días en que juega la Selección Nacional, cada lugar se convierte en un ruidoso y concurrido estadio virtual, cortesía de las gigantescas pantallas planas y de abundantes volúmenes de la excelente cerveza local. Aunque a decir verdad en los últimos partidos la Selección no ha dado muchas razones para celebrar. En la época de navidad, como en todos los parques bogotanos, el parque se llena de decoraciones y luminarias y se convierte en lugar obligado de peregrinación de niños y adultos en búsqueda de la niñez perdida.

El día de hoy amaneció espectacular. Solo unas pocas nubes cabalgan sobre el azul del cielo bogotano. Una temperatura que recuerda la Caracas de mi niñez, cuando había razones más que suficientes para aspirar a llamarse: la capital del cielo. Como en todas las ciudades donde el gris del cielo es el color predominante, en un día como hoy el parque se plena de gente, todos rindiendo pleitesía a la visita esplendorosa y tibia del astro rey.

Parejas de enamorados, o al menos en abierto cortejo, ocupan los pocos bancos, o se lanzan sonrisas sentados en el césped mientras sus dedos juguetean como auscultando sus sentimientos. Amigos que discuten airadamente la reelección de Uribe, las reales posibilidades de la selección (casi las mismas que la vinotinto, diría yo), o intercambian los últimos chismes de oficina. Al fondo, unos columpios se mecen en solitario en la tenue brisa, no es esta la hora de los niños. Aunque de continuar así el día ya aparecerán como aves vespertinas.

El cerro de La Calera hacia el este custodia el parque. Se alza por sobre los techos bajos de los edificios que circundan el parque. Ahora que lo pienso, un espacio modelado en la plaza mayor de cualquier ciudad de la península de la cual venimos casi todos. Un día como pocos en La Sabana, si no fuera porque es lunes y el yugo del escritorio me reclama a través de la incesante vibración del celular donde escribo esto.

Pero eso puede esperar. Escogeré una mesa con vista al parque y bajo el cielo. Comeré despacio, mientras admiro pasar las bogotanas que lucen más hermosas bajo la luz del sol. Rememoraré otras ciudades y otras latitudes, donde también en días como hoy los verdes espacios de los parques se llenan de gente en adoración al sol, en el ritual legado de nuestro común pasado de sociedad agrícola. Y por que no, también pensaré en casa, a veces tan lejana, pero cercana al mismo tiempo, donde ya es casi imposible encontrar un apacible recuadro verde en el cual sentarse a meditar.

Un día hermoso en la Sabana. Extraño alguien con quien compartirlo. Sin embargo, de haberlo tenido esto no hubiese sido escrito. No podemos ganar todas. Por ahora camino al Café Renault, "light lunch". Luego a Creppes and Waffles, a por un helado de Arequipe. Hoy nos es día para dietas. Toca en este día de casi verano, antes de que el clima de la Sabana nos juegue una broma cruel.

Sunday, April 05, 2009

La Indignación y la Duda


“Yo quiero decirles hoy: La duda puede ser un vínculo tan poderoso como la certidumbre. Cuando uno está perdido, uno no está solo”. 
John Patrick Shanley, La Duda

Los sucesos del 11 de Abril del 2002, y el comportamiento posterior de los actores que estuvieron involucrados en ellos, durante los años que han transcurrido desde entonces, son una sombra que sigue oscureciendo la historia venezolana, como ningún otro hecho desde los levantamientos armados de la izquierda venezolana, en contra de la entonces democracia emergente, durante la década de los años sesenta, o el intento fallido de golpe de estado de 1992.
Sin embargo, lo ocurrido ese Abril y su secuela, el paro cívico de Diciembre de ese mismo año, tienen un distingo importante en relación a la historia previa. El llamado gobierno bolivariano de la República de Venezuela, ha escogido una agenda de vindicta como su estrategia política, agenda que no permite que los venezolanos reparemos las heridas abiertas y nos aboquemos a construir algún tipo de futuro para esta Tierra de Gracia.
Nada simboliza más esta agenda de venganza que el juicio a los Comisarios Simonovis, Forero y Vivas y el grupo de policías metropolitanos, acusados de ser responsables de algunas de las muertes de ese deplorable día de abril. El juicio, después de transitar un largo y tortuoso camino de arbitrariedades, que a todas luces ha pisoteado los derechos humanos básicos de los acusados, ha terminado con la condena de los funcionarios policiales. Una condena además totalmente alejada de la justicia necesaria, y mucho más cercana a un linchamiento encubierto de legalidad.
Además, las afirmaciones de los voceros oficiales de que este juicio es una muestra de que en Venezuela ya no existe impunidad, trata de disfrazar su regodeo en el hecho de que la “historia oficial” haya sido reivindicada, aún a costa de la verdad necesaria para que el país comience su proceso de reconciliación, como ocurrió en el pasado con los hechos en los que ellos fueron los actores.
Pero estas líneas no son acerca de lo que hace o deja de hacer el partido de gobierno y su cadre de obsequiosos funcionarios. Estas líneas van dirigidas a los familiares de los venezolanos que cayeron victima el 11 de abril, y a los seres queridos de los que hoy han sido injustamente condenados por esos hechos.
La condena no ayuda a nadie, no sana ninguna herida, no repara ninguna de las injustas muertas. No nos acerca a la verdad. Por el contrario, deja a unos y otros en una inmensa soledad, inmersos en la angustiosa duda de si algún día saldremos de esta pesadilla. Pero esa duda, como escribe J.P. Shanley, puede y debe generar una nueva unidad. Nos une con Bony Pertiñez de Simonovis y las demás esposas e hijos de los condenados, que hoy deben sentir una inmensa desesperanza. Ellos no están solos, los acompañamos todos los que hoy también sentimos desesperanza. Quisiéramos transmitirles mucha fuerza para enfrentar la injusta prueba que tienen que enfrentar, y que se alza como amenaza cierta a todos los que pensamos diferente a los inquisidores de turno.
Dice Antanas Mockus, ex-alcalde de Bogota, refiriéndose a las FARC, que hay que sustituir la agenda del odio por la indignación: “…Con el odio no hay más remedio que acabar con el otro. La indignación es sobre la actuación. Eso educa. Si a mí me odian, eso no me educa sino que respondo simétricamente al odio con odio. Pero si se indignan por algo que yo hice, trato de explicar…es más pedagógica la indignación que el odio.”
Los tiempos que nos toca vivir requieren que aprendamos a sentir indignación. A pedir explicaciones, una y mil veces. Nos equivocamos si abonamos el odio que nos quieren sembrar. Ese es el camino a la confrontación inevitable. El camino de la lucha fratricida. Requerimos de un liderazgo que nos cambie la agenda del odio. Que grite a los cuatro vientos que es posible liderar sin excluir y destruir al adversario.
Quién sabe, quizás el dolor infligido en las familias de los condenados por esta vindicta, y el dolor irreparable de las familias de los asesinados, pueda ser una motivación para ese nuevo liderazgo. De otra manera, repetiremos los comportamientos llenos de resentimiento que nos han traído hasta aquí, y dinamizaremos un carrusel interminable de violencia. Estoy convencido de que eso no es lo que los Comisarios Simonovis, Forero y Vivas quieren legarles a sus hijos.