Sunday, December 06, 2009

Navidades en Petrolia - ¡Que Molleja de Frío!



Hace unos días recibí un correo de mi amigo Lino invitándome a ver, a través de YOUTUBE, un video de un festival de gaitas zulianas en Canadá. Debo confesar, aquí y ahora, que a pesar de haberme criado en Maracaibo, nunca he sido muy fanático del género, esto sin duda debido a mis inútiles esfuerzos por aprender a tocar la “charrasca” y pertenecer a un grupo gaitero, en mi ya lejana adolescencia.
A pesar de ello, como cualquiera que haya crecido bajo el sol marabino, siento “un nudo en la garganta” oyendo a Ricardo Aguirre interpretar “La Grey Zuliana”. Más aún, puedo cantar la “Cabra Mocha”, “Sentir Zuliano”, “Aniceto Rondón” y hasta la “Gaita Onomatopéyica”. Sé distinguir entre el Padre Vílchez, Abdenago “Neguito” Borjas y Gustavo Aguado.
Con ese bagaje de recuerdos y ambigüedades, me dispuse a curiosear lo que Lino me había enviado, después de todo no había más nada que perder sino tres minutos y medio, y ese día en particular el tiempo no era objeción : http://www.youtube.com/watch?v=v5XMFZiYlnY
No crea mi paciente lector que este artículo es entonces un intento a la crítica musical, no faltaría más… aunque debo confesar que fui sorprendido por el talento de los gaiteros y en particular por las habilidades de “furrero” de Lino. Lo que si debe quedar claro es que, si uno es petrolero y además zuliano, la navidad no sería tal sin el sonido escandaloso de una gaita, así esta venga de más allá de ninguna parte.
Hace ya unos años, estando en Ciudad de México, me topé con un lugar ficticio que me di en bautizar como “Petrolia”. Petrolia no está en ninguna parte, pero al mismo tiempo está donde quiera que estén los petroleros venezolanos. Aquellos que habiendo perdido su trabajo en los sucesos del 2002-2003 en PDVSA, o antes, a raíz de la llegada de Chávez al poder, se diseminaron a todos los rincones del mundo en búsqueda de las oportunidades de vida que su propio país les negaba, y aún hoy les continua negando.
Para mí fue una sorpresa muy enriquecedora ver cómo aquellas líneas, escritas entonces como catarsis personal, terminaron resonando en el corazón de mucha gente, conocidos y desconocidos, en dondequiera que la “Web” abría un buzón.
En los cuatro años que han pasado desde entonces, venido diciembre, Petrolia aflora en mi subconsciente, con vida propia. El nombre del lugar sigue siendo el mismo, los habitantes nos hemos echado a cuestas unos años más y ciertamente no somos los mismos, labrados como hemos sido por las experiencias, buenas y no tan buenas.
Hemos visto crecer a nuestros hijos en los más extraños parajes o en algunos casos lejos de nosotros. Algunos continúan la vida del nómada, sin afectos. Otros han logrado echar raíces en tierras que nunca soñaron en conocer y que los han recibido con cariño. Los que quedaron en Venezuela, son parias en su propia tierra, victimas del odio filial que genera el barinés.
Durante este tiempo, hay amores que han languidecido y otros que se han hecho fuertes ante la adversidad. Hay tantas historias como lugares, tantas risas como lágrimas. Por cada historia triste conseguimos una que nos hace creer en la validez de la esperanza.
Cuando escribí por primera vez sobre Petrolia, buscaba motivación en la descripción de aquellos que veía enfrentar su destino día a día con más valentía y entereza de la que yo me sentía capaz. Buscaba esperanza en aquellos que se esperanzaban con una vuelta temprana a casa. Con el correr del tiempo empecé a reconocer, junto con los “petrolienses”, la necesidad de salir del duelo estéril y construir nuevas vidas.
¡Es Navidad! En nuestra tradición tiempo de esperanza. Tiempo de compensar a nuestros afectos, los viejos y los nuevos, algo del tiempo perdido. Tiempo de darles sonrisas a nuestros hijos, de abrazar las posibilidades de un nuevo año, de volver a creer en lo posible.
¡Es Navidad! En Riad, Houston, Caracas, Fort Mc Murray, Moscú, Buenos Aires, Lagos, Lagunillas, Maturín, Bogotá, Maracaibo; bajo nieve o en el desierto; en la ciudad más moderna o en el taladro más recóndito; donde quiera que haya un habitante de Petrolia, hay un pedazo de Venezuela. Un pedazo de la Venezuela posible, de la que construye, de la que no cree en el fatalismo, de la que se rebela en defensa de su libertad, de la que se niega ser atada a los héroes de bronce de nuestras plazas.
Escribo esto en una fría noche de Bogotá, donde el silencio ensordecedor en mi apartamento, me hace regresar a aquella calle arbolada, a Sinaloa 224, donde atisbé por primera vez a Petrolia. A los moradores de la ciudad de mi imaginación les envío mi afecto y admiración, donde quiera que ellos estén
Vuelvo a ver el video en YOUTUBE, gaita en la zona gélida, y no puedo sino arroparme con el calor de la sonrisa de los gaiteros, y en mí imaginación puedo alcanzar a oír, como si estuviera allí, al maracucho que grita: ¡Que molleja de frío!
P.D. Cuando escribí por primera vez sobre Petrolia, pensaba que el exilio iba a ser corto. No una muy buena predicción para alguien que se gana la vida atisbando hacia adelante. Hoy mis sentimientos son ambivalentes. Soy de los sortarios, mi nave ha encontrado refugio en un puerto que me ha recibido sin ambages, y mis compañeros de travesía han resultado ser grandes seres humanos. Todo me dice que el viaje será largo, pero mi alma aún abriga la esperanza, de si no el regreso, al menos del reencuentro con mis afectos. Tengo también la esperanza de que esta sea mi última carta desde Petrolia, y la primera desde ese nuevo hogar que nos debemos a nosotros mismos construir. Aunque el primer amor nunca se olvida, el último es el que debemos preservar.
¡FELIZ NAVIDAD A TODOS!

Wednesday, December 02, 2009

¿PARO? ¿CUAL PARO?


“…es evidente que se escribirá una historia, la que sea, y cuando hayan muerto los que recuerden la guerra, se aceptará universalmente. Así que, a todos los efectos prácticos, la mentira se habrá convertido en verdad. ... El objetivo tácito de esa argumentación es un mundo de pesadilla en el que el jefe, o la camarilla gobernante, controla no sólo el futuro sino también el pasado.” - George Orwell, 1939



Todavía puedo recordar con nitidez la reunión entre Alí Rodriguez Araque, para ese entonces presidente de PDVSA, y todo el grupo de alta gerencia de la petrolera estatal, tanto de Caracas como del resto de las zona operativas, realizada finales de noviembre de 2002 en el auditorio del CIED, en la urbanización La Tahona en el este de Caracas.

En mi memoria muy personal, tomo esta como una de esas instancias que pudieran haber cambiado el curso de los eventos. Los más de cincuenta ejecutivos, uno a uno, comunicaron la situación del área a su cargo y describieron en detalle los planes de contingencias diseñados para enfrentar la creciente amenaza de una paralización de las operaciones de la petrolera.

Se presintió entonces, como se hizo obvio en las semanas que siguieron, que Rodriguez Araque no tenía ninguna intención de buscarle solución a las situaciones que su cuerpo gerencial le describía en detalle, y que habían acentuado la crisis bajo el ojo indiferente del político vestido de petrolero: la promoción de una gerencia política paralela, el acoso de parte de los cuerpos de seguridad internos y externos, la falta de decisiones para mediar en la anarquía institucional, etc.

La confrontación, y con ella la destrucción de la institución, parecía ser su único objetivo. La máscara de estadista que por algunos años le había presentado al país, se caía estruendosamente. En retrospectiva, era ingenuo esperar que su comportamiento fuera diferente. En su reciente artículo publicado en el Diario El Nacional, “El Cero Como Meta”, la periodista Milagros Socorro, hace una disección brillante de este personaje.

Siento una obligación moral de seguir dejando un registro de mi manera de ver la época del Paro, con todo y su sesgo. Sin embargo, los episodios me son dolorosos. Aún hoy sigo sin poder entender el odio intransigente, representado en el dúo Chávez/Rodríguez y otros actores, que condujo a esos días aciagos, y que confieso quisiera poder dejar atrás. En descargo entonces de esta obligación auto impuesta, retomo un artículo que publiqué en el diario El Nacional en Diciembre del 2003.

Lo que escribí entonces sobre PDVSA y sobre los hechos del Paro Cívico, son hoy más verdad que nunca, aunque el tiempo ha demostrado que la corporación tenía mas resiliencia de lo que la que mayoría pensaba. De la misma forma, sigue siendo verdad la incapacidad de la oposición democrática de entender el porqué el Paro ocurrió, y cuáles han sido las consecuencias de no asumirlo como propio. De una manera inexplicable han caído en la trampa de satanizar sus propias batallas y hacen resonancia a la falaz historia oficial

“Pdvsa, el gigante agonizante
El Nacional - Sábado 13 de Diciembre de 2003.

A juzgar por la millonaria campaña publicitaria que Pdvsa lleva a cabo en los últimos días, en el ánimo de hacernos creer que las ruinas de la maltratada empresa nacional es una mejor compañía que aquella que fue construida en el previo cuarto de siglo, pareciera que los venezolanos tuviéramos válidas razones para celebrar la destrucción de lo que hasta hace poco fue ejemplo de la Venezuela posible.

La única manera de sacar lecciones del doloroso hecho concreto del Paro Cívico Nacional de finales de 2002, y en particular del desmantelamiento de Pdvsa, es comprender que tales conmociones sociales, como los terremotos, son el producto de acumulaciones de tensiones a lo largo de un largo período de tiempo.

La relación del petróleo y los petroleros con la sociedad venezolana ha sido, y continúa siendo, tensa y muy ambigua. Los petroleros han sido siempre catalogados como una casta privilegiada, arrogante, e indiferentes a las realidades del país, convirtiéndose en un blanco aceptable para todas las fuerzas políticas, sin excepción.

Para las fuerzas políticas que constituyen la base del actual gobierno en particular, el petróleo no es más que un arma de dominación política y social, y los trabajadores petroleros un obstáculo secular en su ruta al acceso y entronización en el poder.

Cuando la historia sea contada con el desapego de la distancia, descubriremos cómo en la primera semana del paro la presidencia de Pdvsa desarticuló la organización que decía querer estabilizar, sustituyendo a los gerentes operacionales más importantes, quienes se mantenían en sus puestos de trabajo, e introduciendo elementos de discordia en una ya candente situación, reviviendo las condiciones y las personalidades que habían llevado a la crisis de abril de 2002.

A lo largo de los siguientes días, y de una manera sistemática, la presidencia de la corporación estatal fue suspendiendo todo el liderazgo natural de la empresa, eliminado toda posibilidad de que ese liderazgo contribuyera, como estaba dispuesto a hacerlo, a amortiguar una situación operacional y organizacional que amenazaba con desbordarse.

De esta manera, y sin olvidar las llamadas de la oposición política, los hechos de Altamira, el paro de la flota petrolera y otros factores externos, Pdvsa tomó un curso de acción que resultaría catastrófico. A estas acciones siguieron la toma militar de las instalaciones, la institución de listas negras de personal y el llamado a la “toma popular”, que hicieron casi imposible el acceso a las instalaciones del personal necesario para mantener, las operaciones en los niveles de contingencia que la gerencia profesional había aplicado para afrontar la crisis. El discurso oficial, mientras tanto, era que no había paro, y que el problema estaba concentrado en un reducido grupo de gerentes.

Los despidos masivos que marcaron la segunda mitad de la crisis petrolera a principios de 2003, lejos de conducir a una solución, no sirvieron sino para “calentar” aún más la situación y mantener el paro incluso más militante. El paro era ahora acerca de los despidos, la estrategia de destrucción tomaba su inevitable curso.

Por cualquier estándar gerencial y de liderazgo, la presente administración de la industria no puede eximirse de su responsabilidad ante la destrucción de la organización que pretendía liderar.

La historia mostrará que lejos de tomar medidas reales de entendimiento y negociación, destinadas a salvaguardar la empresa petrolera de la diatriba política, se aprovechó la ocasión para lograr el verdadero objetivo: la purga de la industria por motivos ideológicos y su sumisión a un proyecto político sectario.

Los petroleros, en una muestra de ingenuidad política sin precedentes, pensaron que expresar opiniones y actuar como ciudadanos era un derecho al cual se podía acceder sin costo alguno. Pensaron que su razón era la única razón y por tanto terminaría por ser reconocida.

Hoy, 12 meses más tarde, con más de 20.000 familias petroleras sumadas a las víctimas de una lucha política fratricida, con una Pdvsa en minusvalía y de futuro incierto, y en manos de un activismo político que la considera “botín de guerra”, asistimos a una fusilería de cifras y a un derroche de propaganda, que pretende hacernos creer que todo está bien. La realidad es que Pdvsa yace agonizante, y como si de un velorio caribeño se tratara, los dolientes se embriagan celebrando quién sabe qué. La dolorosa verdad es que no hay nada que celebrar, ni de un lado ni del otro.”