Friday, December 26, 2014

LA ESTRELLA MÁS CERCANA - Parte 2





Habían transcurrido ya varios meses desde que el viejo profesor de astronomía  desapareciera de su observatorio, en el asteroide  Adventus I, sin más rastro que unas escuetas y crípticas líneas en su cuaderno de observaciones: "Salí a visitar a mi estrella".

En los días siguientes a su misteriosa desaparición, sus colegas habían hecho toda suerte de comentarios. Todos, con la excepción de su fiel estudiante, habían pasado de la inicial sorpresa y preocupación, a la indiferencia con que el tiempo hace que los seres humanos se dejen de interesar en los destinos de los extraños.


Lo cierto era que nadie le encontraba explicación a lo ocurrido, y en el asteroide,  donde no había donde esconderse ni medios de escape, el misterio era insoluble. Sin huellas que seguir, ni evidencia de delito, las autoridades de la universidad solo atinaron a reportar la desaparición y llenar las planillas que la muy burocrática administración había alguna vez diseñado para tales eventos.

Los más avezados aventuraban toda suerte de explicaciones, incluyendo que el profesor había sido víctima de un abducción por alienígenas (mitos atávicos  de esta raza exploradora), o que había encontrado una ventana a otra dimensión (todavía un tema de debate entre los entendidos).

Las  hijas del astrónomo, su única familia conocida, también habían dejado de hacer preguntas, y habían caído, aparentemente, aunque quien podía saberlo de seguro, víctimas de esa melancolía resignada con que el tiempo mitiga la ausencia de los afectos. 


La enorme distancia a la que se encontraban amortiguaba la pena causada por la desaparición, que después de todo había ocurrido para ellas hacía ya mucho tiempo, quizás desde el momento en que el destino había llevado al astrónomo lejos de su lado, a perseguir estrellas al otro lado del universo.

Solo 
AIRAM, la fiel estudiante, todavía perdía el sueño tratando de entender las razones que habían llevado a su viejo profesor a desaparecer de la manera sorpresiva y misteriosa en que lo había hecho; por razones de su relación académica había pasado mucho tiempo hablando con él, aunque ahora se daba cuenta lo poco que sabia de su vida personal.

Muchas veces 
AIRAM había notado como el profesor se ensimismaba, como si escudriñara su alma y no los espacios siderales como era su tendencia natural. Esta propensión a la distracción se la había atribuido a la avanzada edad del profesor, aunque este siempre se mostraba más jovial que sus colegas.


Era solo ahora, después del evento, cuando se arrepentía de su superficialidad. Se arrepentía de no haber hecho las preguntas necesarias, de no haber leído las señales que ahora parecían obvias, de no haberse tomado el tiempo para ser un poco más sensible a lo que ahora le parecían las llamadas silenciosas del profesor.

Pero nunca había habido tiempo para ello. A su edad, y con su ambición, otras eran sus prioridades. Su trabajo era su centro y había asumido que alguien como el profesor también compartía esa dedicación obsesiva con el trabajo y no tenía tiempo que perder en sentimentalismos. El romance y la poesía, había asumido, eran solo veleidades para las cuales no le sobraba el tiempo.

Pero la ausencia del profesor había despertado algo más que la curiosidad por saber de su paradero. A donde había ido el profesor era casi inmaterial. El porqué era lo que la obsesionaba. 


Cuando encontraba tiempo, que no era a menudo pues tenía que terminar su tesis y ahora sin el profesor para guiarla esto se le había complicado, pasaba horas observando a través de su telescopio la última  estrella que el profesor había anotado en su cuaderno de observaciones, una estrella doble que era una rareza en esta esquina del universo. 

Había aprendido a apreciar la belleza de esos cuerpos celestes, como los llamaban los precursores del plante madre, pero no conseguía ninguna explicación.

AIRAM observaba  la estrella como si esperase que de ella surgiera la explicación que buscaba, pero siempre terminaba defraudada  e impaciente, sin respuesta, sin explicación.
Una mañana, o al menos en la porción del tiempo que  arbitrariamente pasa como tal en esta distante esquina del universo, AIRAM empezó a recibir mensajes misteriosos en su terminal. 

Estos mensajes, cuyo remitente firmaba como EP, le conminaban a que insistiera en observar el sector del Universo donde el profesor había descubierto su última estrella antes de desaparecer.

Al principio, AIRAM no le prestó ninguna atención a estos mensajes, los cuales atribuyó al humor perverso de sus colegas estudiantes, que sabían de su obsesión  con el profesor y su estrella, y por más que intentaba descubrir su origen, no podía descubrir de quién provenían. Tampoco quería investigar mucho, suficiente reputación de excentricidad ya tenía como para añadir ahora el recibir mensajes misteriosos.

Pero los mensajes siguieron y se hacían cada vez más insistentes. AIRAM comenzó a notar detalles que empezaron a picar su natural curiosidad. En la esquina superior derecha de los mensajes empezó a identificar una extraña sucesión  de letras que cambiaban con cada mensaje: I-dec (g), II-dec (g), IX-dec (g)….XI-dec (g)…

Al principio pensó que era una clave para identificar al remitente en una suerte de humor negro universitario y se devanó los sesos en un vano intento por descifrarla. Pero los símbolos no le hacían sentido. Luego se  le ocurrió que pudieran ser unas coordenadas, pero no coincidían con ningún sistema que el conociera y una búsqueda en la base de datos del observatorio, a la que accedía a través de su terminal personal, no arrojó nada.

Por otro lado, en la vecindad de la estrella del profesor, de manera inexplicable, una nueva estrella, había emergido. Primero con una luminosidad tenue, pero en aumento notorio.  Un evento que a todas luces  era improbable ¿pero cómo contradecir a los instrumentos que así lo indicaban? No se atrevió a mencionarlo en la facultad. Toda la situación lucía impenetrable y para su mente científica inexplicable.

Los mensajes seguían llegando a su terminal: XIX-dec (g), XX-dec (g)…XXI- dec (g). El patrón de variación era obvio, pero el significado se le escapaba. Si al menos pudiera identificar los caracteres comunes, “dec(g)”, eso seguro la encaminaría. Lo que más le inquietaba era que le parecía reconocer  en estas  notas algunas de las frases que su viejo Profesor usaba para darle instrucciones.

Si, su imaginación empezaba a jugarle trucos, pensó.

Mientras tanto la nueva estrella se hacía cada día más brillante. Ya hasta los otros miembros del observatorio, que poco veían esa parte del espacio, habían comenzado  a notarlo y rumores circulaban de que estaba relacionado con algún extraño fenómeno espacial hasta la fecha desconocido.

XXII – dec (g)…En su desazón decidió, a pesar de su temor a lucir estúpida ante sus colegas, buscar ayuda para interpretar lo que estaba pasando. Buscó al profesor Gabriel, quién era lo más cercano a un amigo que su profesor había tenido, y que después de la desaparición se había limitado a encoger sus hombros  cuando se le preguntaba por el paradero del profesor, o las razones de  su desaparición.

XXIII – dec (g)…le hizo un recuento al Prof. Gabriel de todo: su continua obsesión con la desaparición de su profesor, las notas que recibía y su misteriosa codificación, la creciente luminosidad de la nueva estrella, en fin todo lo que le preocupaba. Quizás Gabriel no tendría respuestas, pero compartirlo  hacía  la carga más liviana.

El Prof. Gabriel la oyó con paciencia.  Contrario a los temores de AIRAM,  ni se burló de ella,  ni la remitió a la enfermería para ponerla bajo observación.   Por el contrario, tomó las notas impresas que AIRAM le había traído  y las estudió con detenimiento…luego de unos minutos se sonrió  como quién se ríe de un chiste privado y dijo tajantemente: “Mateo 2:10”.

AIRAM lo miró perplejo. ¿Qué quiere decir eso? No entiendo nada. El profesor Gabriel lo miró con compasión y le replicó: “¿sabías que tu viejo profesor tenía como hobby la historia  antigua del planeta madre, pre éxodo?”

Con esas palabras el Prof. Gabriel se replegó a su terminal y dio la conversación por terminada. AIRAM se levantó y regresó a su cubículo, más confundido que antes y habiendo perdido toda esperanza de entender la desaparición del profesor o los eventos posteriores. Con esa frustración se acostó y trató de dormir.

Pero no le fue posible conciliar el sueño.  Se levantó y enfrentó su terminal con las claves que el Prof. Gabriel le había dado.  Le recitó a la pantalla la nueva información y le pidió que hiciera nuevas asociaciones. A AIRAM le pareció que tomaba una eternidad, lo que en verdad solo tomó unas fracciones de segundo. En la  pantalla, la respuesta ahora se le aparecía obvia. En ese momento el terminal recibió otra nota, en la esquina superior derecha las siglas ahora leían XXIV – dec (g).

AIRAM salió corriendo, casi era la hora que la nota anunciaba. Abrió las puertas del observatorio con un fuerte golpe y se sentó enfrente del terminal a observar el universo en la dirección que hace unos meses el Astrónomo había descubierto su nueva estrella la noche de su desaparición... 

AIRAM miraba boquiabierta, la estrella que recién le hacía compañía al sistema Alfa Centauro se convertía en un astro fulgurante delante de sus propios ojos… en el escritorio yacía la impresión del resultado de la búsqueda que su terminal había hecho con la información del Prof. Gabriel...


Mateo 2: escrito antiguo que relata la venida de niño con poderes especiales… la tradición ya olvidada habla de un nacimiento en el día conocido como 25 de diciembre, del calendario gregoriano (referencia fuera del rango de asociación de los datos existentes… imperio romano – no hay referencias conocidas…

2:7 Entonces Herodes, llamando en secreto a los magos, indagó de ellos diligentemente el tiempo de la aparición de la estrella;
2:8 y enviándolos a Belén, dijo: Id allá y averiguad con diligencia acerca del niño; y cuando le halléis, hacédmelo saber, para que yo también vaya y le adore.
2:9 Ellos, habiendo oído al rey, se fueron; y he aquí la estrella que habían visto en el oriente iba delante de ellos, hasta que llegando, se detuvo sobre donde estaba el niño.
2:10 Y al ver la estrella, se regocijaron con muy grande gozo.
2:11 Y al entrar en la casa, vieron al niño con su madre María, y postrándose, lo adoraron; y abriendo sus tesoros, le ofrecieron presentes: oro, incienso y mirra.”


AIRAM no pudo contener sus lágrimas ante la belleza del espectáculo que observaba. A la estrella gemela del profesor se le había unido una nueva como rotando enamorada alrededor del sistema que había descubierto el profesor. Era casi como si un nuevo sol iluminara, si tal cosa fuese posible, al asteroide Adventus I. 

En ese momento el terminal anunció el arribo de una nuevo mensaje.



XXV – decembris

"finalmente, la estrella” - EP









Thursday, December 18, 2014

LA ESTRELLA MAS CERCANA - Navidad 2014

 LA ESTRELLA MAS CERCANA - Navidad 2014


Diciembre está de nuevo con nosotros, y con él regresa esa extraña mezcla de nostalgia  por las navidades de nuestra infancia, si las recordamos felices,  y de arrepentimiento por todas las cosas que planeamos para hacer durante el año que termina,  y que nunca alcanzamos  llevar a cabo.

Hoy me siento a escribir estas líneas, que ya se me han convertido en una suerte de tradición personal anual, en la esperanza de que alguien, ojalá que muchos de los que me han alcanzado a leer alguna vez, amigos o no, reciban esto como la prueba de que el vínculo que alguna vez tuvimos, aun sin conocernos, sigue siendo parte del tejido del universo.

En años pasados me dejé llevar por la nostalgia, esa no muy confiable narradora que viste al pasado con su mejor ropa dominguera y lo hace lucir siempre brillante, engañosamente mejor de lo que fue, solo para dejarnos melancólicos con nuestro presente, Este año voy a romper ese molde. 

No hablaré del pasado, ni de la inocencia pérdida, ni de la segura tristeza que a muchos agobia por encontrarse lejos de la tierra que los vio nacer, o que aún estando en ella la ven marchitarse lenta pero seguramente bajo la bota del opresor.

Me rehuso, no solo por el bienestar de mi alma, sino también por el de los míos, a seguir rumiando viejas heridas. Estaría siendo ingrato con el destino que me ha traído hasta aquí por un camino, que aunque sinuoso y por demás azaroso, ha tenido más días que noches.

Uno de los símbolos de la navidad es la estrella de Belén, que en el evangelio de San Mateo revela a los Reyes Magos el nacimiento de Jesús y luego los guía a Belén.  Si fue o no un objeto real, esa estrella nos significa la esperanza que se renueva cada navidad, seamos o no creyentes. Es en ese espíritu que he escrito, y  les comparto, como un símbolo de renovada esperanza, esta pequeña historia. ¡FELIZ NAVIDAD!



  
Una vez más el cansado astrónomo tomó su lugar en el observatorio. Música de Elgar en el viejo gramófono, siempre la misma pieza, NIMROD, el rey mesopotámico de quien se dice construyó la Torre de Babel. El astrónomo lo consideraba apropiado como telón de fondo de su nocturnal búsqueda de estrellas. 

Siempre el mismo ritual, aún en los días  en que la atmósfera hacía de la observación un ejercicio en futilidad. Pero cuál era el propósito de quedarse en casa, se decía a sí mismo, la mera posibilidad de descubrir una nueva estrella, aun durante esos días de grueso cortinaje, era mejor que la seguridad de  la desnudez del techo de la recamara en esa vieja universidad a la que el amor por los cuerpos celestiales lo había confinado, en ese lejano rincón del universo.

Aún recordaba con alegría infantil la primera estrella que había visto, en el viejo reflector del abuelo, guiado solo por su instinto y algunas notas que el abuelo había dejado olvidadas en el raído estuche donde guardaba el viejo telescopio, y que yacía olvidado en el closet de la casa familiar.

Un día, ya hace muchas lunas, curioseando, como es de niños hacer, se había topado con ese pequeño tesoro. Esa primera estrella fue como su primer amor, único, brillante, irremplazable y para siempre perdido.

EL telescopio lo encontró  detrás del oxidado teodolito, oculto trás los golpeados binoculares  Zeiss,  la antigua calculadora mecánica, y un antiguo revolver plateado de cachas de nácar, que para suerte del curioso niño estaba descargado y probablemente inservible.

Sobre el escritorio, en el mismo estudio, los cientos de periódicos que el abuelo guardaba con meticulosidad de bibliotecario. En cada uno de ellos el crucigrama debidamente terminado y el damero siempre concluso. Aunque fuese con la ayuda del Larousse; el abuelo siempre se tomó en serio su deber diario  de completarlos.

Esa primera estrella lo había hecho enamorarse del firmamento y de los telescopios. No había sensación más enriquecedora para el niño que transportarse, aunque solo fuese a través de la lente, a ese mundo distante donde residen las luces eternas de la creación.

Cuando su padre murió, sin llegar a verlo hombre,  su madre le había dicho que había ido a brillar con las otras estrellas y que desde ahí lo cuidaba. Fue un pobre consuelo en ese momento y pronto entendió que también era una mentira piadosa, pero por mucho tiempo hizo que cada vez que pudiera, con el telescopio del abuelo, buscara a su padre entre las estrellas.

Pero los niños se hacen hombres, aunque los hombres nunca dejan de ser niños. Y la búsqueda del padre muerto en el firmamento, dio paso a una pasión por las estrellas que había guiado su vida hasta entonces. Muchas estrellas había visto en su vida. Grandes, pequeñas, dobles,  lejanas, cercanas, pulsares, en nacimiento, super novas en agonía. Atravesó el universo entero, en búsqueda de esa estrella que había ansiado toda la vida. La estrella que pondría su nombre en los libros para toda la eternidad, y después de la cual podría desvanecerse en quién sabe qué esquina de la galaxia.

Pero se había hecho viejo en esa búsqueda. Había sacrificado su juventud, sus amores, sus afectos, en lo que ya le empezaba a parecer como un viaje sin destino. Es cierto que era respetado en su profesión. Es cierto que sus hijas, ya crecidas, siempre llamaban y se interesaban educadamente de sus quehaceres, antes de empezar a parlotear de sus propias vidas. Pero no era infeliz, sus estrellas siempre estaban ahí para acompañarlo, brillantes, misteriosas, comprensivas, sin reproche.

Esta noche, como muchas otras, en ese remoto rincón del universo, el astrónomo recorrería con su telescopio el sector del firmamento que ese día le había tocado escudriñar dentro del diseño de su nocturna disciplina. Una ventana dentro de la infinitud. Quizá sería otra más de esas noches sin nada que reportar, ya se había acostumbrado a ellas. Sabía que el fracaso era el precio que le tocaba pagar por el éxito de la eventual captura de una nueva estrella.

El Astrónomo observaba con atención, escudriñaba la pantalla que su nuevo estudiante le había conectado al telescopio. En ella podía ver más cómodamente el sector que analizaba, sin tener que encorvarse sobre el visor, como en los viejos tiempos. El astrónomo era de la vieja escuela, pero este artilugio ciertamente hacía las cosas más fáciles. Hizo  una nota mental para agradecerle al estudiante en la mañana por haber hecho el esfuerzo. Si solo…

Bien entrada la noche, cuando el líquido marrón que pasa por café en estos parajes del universo ya no surtía efecto, y los parpados se le empezaban a cerrar como puertas de viejo monasterio, el astrónomo oyó el familiar sonido electrónico, entre sonar de submarino y campanilla de heladero de su lejana infancia, que el sistema emitía ante la detección de un objeto que no estaba en su base de datos.

Al principio no hubo sobresalto. Las más de las veces esto eran falsas alamas. Imperfecciones en el tejido  cósmico que el sistema malinterpretaba, o a lo sumo estrellas fugaces detectadas para nunca más ser vistas. De manera metódica, con la fuerza de la costumbre y la disciplina de tantos años, el astrónomo procedió a hacer el despiste.

Conforme avanzaba en su análisis de la información,  su corazón empezaba a latir con un ritmo más acelerado, su respiración se empezó a hacer más rápida, las perlas de sudor empezaron a poblar su frente, aunque esta esquina del universo el calor era algo desconocido.

Era  una sensación que siempre había anhelado, el encontrarse con una nueva estrella. Lo más cercano a enamorarse que conocía, o al menos a lo que creía recordar se siente cómo enamoramiento.

¿Por qué no la había visto antes? Según sus notas esta estrella no debía estar ahí. ¿Sería que estaba perdiendo sus cabales? ¿Será que ya estoy muy viejo para esto? Pensó sin mucha convicción. El médico ya le había advertido de la inconveniencia de estas largas sesiones. Debe ser esta pantalla, se dijo a si mismo e hizo una nota mental, sobre la anterior, de mencionárselo al estudiante en la mañana para que la revisara. De un tirón desconectó el cable  de la pantalla y miró directamente a través del visor.

Allí estaba, clara y brillante, orgullosa como diamante desplegado en el terciopelo del oscuro infinito del universo. Verificó sus notas una y otra vez. No debía estar ahí, pero estaba. No había explicación posible. Era la estrella más hermosa que jamás había visto. Se restregó los ojos. Ahí seguía. Trato de concentrarse en el método: medición, verificación, documentación. Pero su mente se desconcentraba ante la estrella que veía. No había nadie a quien llamar, a esa hora el todo observatorio dormía. La tenía para el solo, aunque fuese solo por esa noche, mañana sería de todos y la habría perdido.

Había que nombrarla, buscó en el catálogo interestelar por un nombre apropiado y finalmente lo encontró: MJ1. En la bitácora anotó sus datos, que el computador ya había calculado:

Tipo: G2 V
Masa: 2,167-1030 kg (1,09 veces la masa solar)
Diámetro: 1.670.000 km (1,2 veces el diámetro del Sol)
Luminosidad: 1,6 veces la del Sol.

Su propia estrella. Empezó a sentir sueño. Miró una última vez a través del telescopio. Pues claro que estaba ahí. Casi parecía que la estrella le sonreía, le invitaba. Debo ya estar viendo visiones, pensó el viejo astrónomo. Escribió algo en su cuaderno y luego se entregó al sueño lentamente.

A la mañana siguiente, o lo que pasa por mañana en este lugar de eterna oscuridad, el estudiante entró al observatorio buscando al astrónomo. No lo encontró en la recamara de su claustro y pensó que, como ya era su costumbre, se había quedado dormido trabajando.

Sobre la mesa de trabajo los anteojos  de su porfesor estaban recostados de su pluma fuente; también su cuaderno abierto en la bitácora del día anterior. Una taza semivacía de café frió hacia ver que había estado ahí, pero ya no estaba. No había muchos lugares donde esconderse en este pequeño asteroide que era el observatorio.  

El estudiante curioso miró al cuaderno del astrónomo con curiosidad, leyó el reporte de la nueva estrella  y se llenó de escepticismo. En ese sector no había estrellas, el profesor está perdiendo la chaveta, pensó con tristeza. Pero se forzó a ver a través del telescopio y su sorpresa fue tal, que casi se cae del banco donde estaba sentado.

Ahí, donde los apuntes del viejo profesor señalaban, no solo estaba la estrella, tan brillante como reportada, sino que tenía una compañera, más pequeña, menos brillante. El profesor no solo había descubierto una estrella en el lugar más inesperado, sino que había descubierto dos: un sistema binario, pero de manera extraña no lo había reportado. El estudiante volvió a leer el cuaderno y cayó en cuenta que en la última línea del cuaderno, en la caligrafía engorrosa del profesor, se leía a duras penas: “Salí a visitar a mi estrella, no esperen por mí.”

En el viejo gramófono, NIMROD volvía a repetirse.