Tuesday, September 15, 2015

LA MALA RACHA - Una historia de la Venezuela de Hoy

Debo reconocer que cuando  Fernando Martinez Mottola empezó a promover su novela* por los medios sociales, con una intensidad poco común, me llené de curiosidad por conocer de que podría escribir este connotado miembro de la tecnocracia criolla, en estos tiempos de crisis profunda de la sociedad venezolana, y en un país donde escribir no es una tarea a la que se abocan con naturalidad los miembros de la clase ingenieril.

Cuando oí que el personaje principal de La Mala Racha, que así se titula la novela, era un tecnócrata de  PDVSA, víctima laboral y política del Paro Cívico del 2002-2003, se me prendieron todas las alarmas: ¿otra visión  revisionista de esos hechos que tocan tan de cerca a muchas heridas no cerradas del todo?

Así que cuando por pura casualidad me tropecé con un ejemplar de "La Mala Racha, sobre el escritorio de alguien en la oficina, tomé la oportunidad que los titiriteros del universo me ofrecían y me apresté a leerlo.

Martinez Mottola escoge al petróleo, y mas relevante aun, a un petrolero, como el centro de su narración. Esta es una decisión interesante, y que pone en sobre aviso al lector. Después de todo, la literatura venezolana siempre ha tratado esta importante faceta de nuestra vida republicana con un sesgo de "leyenda Negra". Desde Mene de Ramón Diaz Sanchez (1936), pasando por Casas Muertas  (1955) de Miguel Otero Silva, hasta la mal entendida obra de Ibsen Martinez  Petroleros Suicidas (2011) el petróleo y los petroleros nunca han salido bien parados

Matías, que así se llama el personaje principal de la novela, es obviamente un compuesto de muchas personas que el autor debe haber conocido a lo largo de los años, y quizás tenga hasta rasgos de el mismo. A ratos se le ven las costuras a este Frankenstein petrolero: de familia de inmigrantes, ingeniero químico dedicado a la exploración y la producción petrolera( ¿?), pero que además es ingeniero de proyectos; excelente profesional y gerente pero que en una década no ha podido ejercer su profesión y se dedica a atender una tienda de electrodomésticos familiar, hasta el momento en que el autor nos lo descubre.

Pero esos son detalles inmateriales, Matias representa a muchos contemporáneos de Martinez Mottola (y míos), y al mismo tiempo representa a todos esos venezolanos que a lomos del petróleo, dentro y fuera de su industria, se labraron un vida familiar y profesional, que el autor sin duda admira, y cuyos ciclos vitales han sido trastocados por la tormenta política que sacude a Venezuela en las ultimas dos décadas.

Matias y su entorno familiar y social son el lienzo que el autor escoge para  trazar los dilemas morales y éticos a los cuales se enfrentan los venezolanos de esta "Venezuela chavista". Pudo haber sido cualquier otro grupo, pero la cercanía al petróleo, a la mina dirían algunos, ilumina la relación ambivalente y hasta destructiva que hemos tenido con "la industria" desde hace ya mas de un siglo, y que muchos piensan es la fuente de nuestros problemas como nación.

Las alusiones al Paro Civico - Petrolero son pocas y presentadas como quien reporta una noticia. Se parecen mucho, aunque no del todo,  a mi memoria personal de esos hechos, y quizás por eso confieso cierto sesgo.  La novela, afortunadamente, no es sobre el paro ni sus causas; el paro es un hito que nos sirve para identificarnos con el tiempo  y la circunstancia que hace que vivamos en la Venezuela disfuncional que nos dejó en herencia el siglo XX.

La disyuntiva de si emigrar o no, los dilemas intrínsecos a tratar de hacerse una vida  en Venezuela sin contaminarse con la corrupción que invade todas las actividades del país, los peligros que se corren al trastocar hasta involuntariamente los designios del poder, lo cotidiano de la inseguridad en las calles, estos y más son los temas con los que Martinez nos enfrenta de una manera hábil y si se quiere hasta antiséptica. No pasa juicio moral, no idealiza a los personajes, nos confronta con un espejo para que veamos nuestros propios lunares.

Debo confesar que a ratos se me encogía el alma con lo que leía. Creia reconocer personajes, actitudes, situaciones. Las dudas y temores de Matías se trastocaban en las míos, aun viviendo, como estoy, fuera de Venezuela.

Crei reconocer en el personaje de la periodista que investiga la corrupción en PDVSA, tantas valientes que a diario se juegan la vida buscando la noticia. Le puse cara a los que armaban el tinglado de corrupción en el que Matías termina enredado ¿quien de nosotros puede decir que hubiera sido inmune a esos cantos de sirena?. Reconocí la lealtad incondicional de sus amigos de la industria.

En fin, me parecía que lo que leía no era ficción, si no una de esas historias que oímos a diario, en un país que tiene cientos de estas historias, solo que esta vez con nombre y apellido.

Fernando Martinez Mottola ha logrado plasmar la tragedia que ha representado, para una parte importante de la clase media venezolana, la revolución bolivariana. Fernando, me atrevo a tutearlo, no pierde su tiempo en describir las causas de la tragedia. Muy correctamente se concentra en las consecuencias en los seres de carne y hueso que viven esa tragedia, y deja para otros el análisis histórico y político.

Al final uno termina teniendo empatía con Matías y su circunstancia, y aunque la novela no nos da respuestas sobre Venezuela y su futuro, dentro de la mala racha que Fernando tan habilmente narra,  logro encontrar un resquicio a través del cual se cuela la esperanza - o será que yo, al igual que Matías, sigo siendo un petrolero ingenuo

* La Mala Racha. Fundavag Ediciones, 2015.



Thursday, January 15, 2015

El Sensei Quirós




En la  metodología de planeación por escenarios, de la cual Alberto Quirós Corradi era un practicante excelso, uno debe empezar por definir cuales son las variables predeterminadas, es decir, aquellas cuyo comportamiento es invariable o conocido, no importa el escenario.

En el caso de Alberto, la variable predeterminada fue su excelencia intelectual y humana en todos los escenarios profesionales e históricos en los cuales le tocó actuar: petrolero, negociador, periodista, político y escritor, entre otros. 

En los andares de la vida uno conoce a mucha gente: gente mala y gente buena, inteligentes y no tanto, cultos e incultos, y de todos uno aprende o al menos tiene la oportunidad de aprender algo. A veces, el hecho de que la persona esté en una posición de poder o jerárquicamente superior nos nubla el juicio y nos hace ver solo lo positivo de esa persona.

Cuando finalmente conocí a Alberto, hacia mediados de lo años noventa, él estaba libre de las investiduras de poder petrolero, lo que me permitió conocerlo y apreciarlo como profesional y persona sin ningún prejuicio asociado a esas charreteras.

Claro, viniendo yo de una familia de petroleros, todos asociados a Shell/Maraven, el nombre de Quirós Corradi me era conocido, así como su reputación y las consejas que acerca de él se tejían, ciertas y fabuladas.

Mi primer encuentro cara a cara con él todavía lo tengo en la memoria. Estaba yo en Bitor (la filial de PDVSA a cargo de la Orimulsión) y me encargaron que atendiera al Dr. Quirós que quería entender el negocio y ver como podía colaborar. A la sazón era Alberto director de Distral Térmica, uno de los socios de Bitor.

Eramos solo él y yo,  y un paquete muy grueso de láminas que en la cultura petrolera son la herramienta comunicacional por excelencia.  Al verlas en mi mano me dijo: "Luisito ¿me vas a someter a la tortura de todas esas láminas? Yo, tratando de ser chistoso le respondí: "imagine Ud. que tortura es para mi que debo contar este cuento todos los días", a lo cual Alberto rápidamente respondió: "Sí, pero a ti te pagan por esa tortura, a mi no. Mejor siéntate y conversemos".

En esa conversación, Alberto no solo me oyó con atención y respeto, si no que también demostró un conocimiento profundo y amplio del negocio de la energía y de la geopolítica que lo acompaña, a pesar que hacía más de una década que no estaba en el negocio.

Alberto fue un hombre de su tiempo y de su ambiente; el epítome de la Venezuela petrolera del siglo XX. Un muchacho de provincia que tomó las oportunidades que la industria del petróleo ofrecía, y que a punto de talento y de trabajo, esas dos cualidades que hoy nos son tan escasas, construyó una vida que no solo lo benefició a él y a su familia, si no también al país.

Alberto era "one of a kind". Un persona de origen humilde, su padre, un inmigrante, tenía una bodega en La Ciega en Maracaibo. Recuerdo haber leído en uno de sus escritos como de niño ayudaba a atender a los comensales en esa pequeña taguara, a donde iba a tomar cerveza Luis Aparicio "El Grande", y donde conoció a Luisito Aparicio (nuestro grande liga), quien sería su amigo de toda la vida.

A pesar de sus orígenes, o quizás motivado por ellos,  Alberto llegó a tener una cultura my amplia, potenciada por una inteligencia y curiosidad fuera de lo común. Ese espectro cultural  le permitía no solo escribir con sagacidad y sutileza, si no también le hacía ver el negocio petrolero y la política con un filtro diferente al de la mayoría de sus coetáneos. Alberto era un "bicho raro": un petrolero letrado. 

Sus artículos en el Nacional, titulados "Bola de Cristal”, eran siempre retadores e interesantes. A través de escenarios, nos regalaba todos los años su visión del futuro y, como buen ex-alumno Shell, trataba de influir los acontecimientos de una manera no tan sutil. Era un amante de la ciencia ficción de la época de oro, afición que dejaba percolar en sus escritos con frecuencia, al citar a Asimov, Bradbury y Clarke - afición que por cierto comparte su amigo Gustavo Coronel

Alberto disfrutaba de la buena vida, de la buena comida, de los buenos vinos y de la buena conversación, tanto dentro como fuera del ámbito de trabajo. Sabía lo que quería y trabajaba para obtenerlo, y lo hacía en su manera muy particular que cultivó en el ambiente de la Shell y Maraven.

Cuando en 1984 lo nombraron presidente de Lagoven, en lo que en ese momento era una obvia cachetada política, y tuvo que abandonar la zona de comfort de lo que había sido hasta ese entonces su vida profesional, lo hizo con el vigor y la personalidad que siempre le imprimió a todo. Su personalidad aparentemente informal era una disonancia en la muy disciplinada y seria Lagoven, pero estoy seguro que uso esa disonancia de una manera positiva. 

La mejor anécdota de esos tiempos (quizás apócrifa), narra que Alberto gustaba de vestir un sweater cardigan mientras estaba en su oficina y además tenía un gato angora blanco que funcionaba como alter ego. El gato, como Alberto, era un iconoclasta, y el cuento dice que merodeaba por el piso de los directores a su mejor saber y entender, y que hasta deambulaba sobre la mesa del directorio mientras este sesionaba, incomodando a los muy serios tecnócratas de Lagoven. Hasta que un día el gato desapareció en condiciones misteriosas...vaya Ud. a saber si esto es cierto.


Fue durante los eventos del 2002 y 2003, del mal llamado paro petrolero,  que llegué a conocer con más profundidad las cualidades humanas y de liderazgo de Alberto. A mi me tocó vivir ese ingrato período muy de cerca, y gracias a la amistad que habíamos construido, Alberto me invitaba a unas reuniones semanales de discusión política que hacía en su oficina en la Av. Francisco de Miranda en Caracas.

En esas reuniones, en una oficina adornada de su memorabilia y de copias de los libros que recopilaban sus artículos, Alberto sostenía audiencia. Rodeado de un verdadero "roster de estrellas" de petroleros de su época en la industria - Pablo Reimpell, Mario Rodriguez, Renato Urdaneta, Arnold Volkenborn, Emilio Abouhamad, Alfredo Gruber, entre los que recuerdo - Alberto indagaba y analizaba la situación y dirigía el debate hacia propuestas de como salir de ese atolladero.

Fue durante esos días que le comenté un capítulo de la autobiografía de Peter Drucker que me parecía muy a propósito de lo que pasaba en Venezuela. En ese capítulo, titulado "El Monstruo y el Cordero", Drucker cuenta sus experiencias de juventud en la Alemania nazi y argumenta que uno no puede entrar en contacto con el Mal o negociar con él, sin terminar contaminado. Alberto agarró la idea y con su fina pluma adaptó la idea,  resultando en un análisis agudo de la situación bajo Chavez; lo que escribió todavía es relevante hoy 

Estar en esas reuniones, de los que me antoje en llamar los venerables- a sus espaldas, era un privilegio, no solo por Alberto, quien era definitivamente el "primus inter pares", si no por experimentar a ese grupo de venezolanos, con todo y sus lunares, que en su edad dorada seguían activos y ocupados de su industria y del  destino del país.

Fue entonces, primero a escondidas  y luego abiertamente,  cuando comencé a llamarlo el Sensei, porque de verdad empecé a verlo como un maestro. No porque se comportara como un catedrático que reparte verdades, si no por que era sin duda un guía en tiempos de locura. Era alguien a quien sus pares oían con interés ,y nosotros sus menores nos aprovechábamos de la sabiduría que generosamente compartía ; aunque muchas veces no estuviéramos de acuerdo con sus opiniones, cosa que el también respetaba y digería sin falsos orgullos.

Alberto tenía claro, quizás mucho antes que la mayoría, que una industria petrolera fuerte era un fusible que protegía la democracia, y que su destrucción era un objetivo prioritario para el gobierno de Chávez. También entendía mejor que nadie, que una industria puramente estatal era perjudicial y fue de los primeros en proponer que los venezolanos fuéramos verdaderos dueños de la industria del como accionistas; en esto fue un pionero.

La última vez que lo vi fue en el funeral de Carlos "Catire" Castillo, su colega y amigo desde los tiempos de Shell;  esa es la naturaleza del inexorable tiempo.

A pesar de su ya muy visible debilidad física, hizo el esfuerzo para ir y despedirse de su amigo Catire;  nos sentamos un buen rato y compartimos anécdotas alrededor de ese común afecto y, como siempre, con esa calidez que le hizo un seductor de amigos y enemigos.


Esta vez la despedida tendrá que ser a distancia. El Sensei Quirós ha partido, pero sus ideas vivirán en sus escritos y en aquellos de nosotros que tuvimos el privilegio de conocerlo. Es un vacío difícil de llenar, pero si queremos reconstruir el país, tendremos que hacerlo; eso es lo menos que el esperaría de nosotros en este escenario.