Monday, January 11, 2016

Historia de una Fábula



A mediados de 1996, estando todavía PDVSA organizada bajo el modelo de filiales verticalmente integradas, fui asignado para ser Sub-Gerente General de la División de Operaciones de Producción de Maraven (DOP), con sede en Lagunillas/Maracaibo. Una envidiable oportunidad que me daba la organización, y que tomé a pesar de las dificultades que ello implicaba, ya que me permitía acercarme a la parte operacional de la empresa desde una perspectiva única.

Familiarmente, sin embargo, fueron unos tiempos difíciles, ya que mi hija mayor, Anabella, tendría un poco más de un año, y Emiliana, mi hija menor, apenas estaba en el período de gestación, y mi ida a Lagunillas implicó una separación en distancia que no fue fácil de sobrellevar.

Les cuento todo esto para poner en contexto la narración que aquí les comparto. En esas noches de campo petrolero, que se hacen largas cuando uno no es parte de la cultura etílica con la que mitiga la soledad, mucho es lo que piensa uno. Durante una de esas noches me dio por tratar de escribir algo que combinara esa ausencia de familia que sentía, con las realidades que veía de un modelo de industria petrolera que daba señales de agotamiento.

Es así como surgen las líneas que siguen, que fueron publicadas en la revista Tópicos en su edición 657, de diciembre de 1996, y que hoy, veinte años más tarde, me vinieron a la mente leyendo un ensayo de Gustavo Coronel sobre los cuarenta años de PDVSA (http://lasarmasdecoronel.blogspot.com.co/2016/01/40-years-of-petroleos-de-venezuela-my.html) y la discusión que ha originado. 

La historia que sigue es el resultado de "escanear" la revista, y conserva el texto original tal como fue publicado, a excepción de ciertos errores de sintaxis que he identificado y corregido. No he corregido la estructura de la narrativa, que hoy veinte años más tarde se me antoja como imperfecta, para mantener el espíritu y forma original. 





Anabella abrió sus ojos tan pronto como escuchó el ruido en la calle, se levantó lentamente de la cama, y estirando los brazos para sacudirse la modorra matutina se acercó a la ventana, dejando que la luz del sol la abrazara con intensi­dad. Eran las 6:30 de la mañana. Anabella tendría que en­frentar la tarea de revisar los archivos de su padre, tratan­do de reconstruir los acontecimientos que habían llevado a la crisis por la cual atravesaba la hacienda familiar.

Anabella y su hermana Emiliana, eran la cuarta generación de una familia que había crecido a la sombra de una hacienda que, habiendo comenzado modestamente y crecido hasta ser una de las más grandes del continente, se había deteriorado inexpli­cablemente durante el tiempo de su padre, hasta convertirse sólo en una sombra de lo que fue en su época más brillante.

El trabajo que Anabella se ha­bía asignado a si misma le generaba sen­timientos ambiguos. Por un lado el reconstruir el pasado la acercaba un poco más a ese padre que poco había cono­cido y que mucho extrañaba. Por el otro, desenmarañar la compleja, pero, en retrospectiva, obvia madeja de acciones y omisiones de la gene­ración de su padre, de al­guna manera la entris­tecía. No es nada fácil ser historiador cuando la historia es acerca de uno mismo. 

Sin embar­go, Anabella estaba dispuesta a concluir lo que había empezado. Quizás nunca podría descubrir toda la verdad, aunque ya había llegado a la conclusión de que había varias verdades escondidas en los hechos, pero al menos el presente y por lo tanto las posibilidades del futuro habrían dejado atrás las sombras que los acosaban.

Hoy, Anabella se sentó de nuevo de cara a su Explorador, desde donde podía tener acceso a los archivos que su padre había coleccionado o escrito acerca de los acontecimientos de fi­nales de la centuria automotor. Después de identificarse por medio de su huella vocal, Anabella reemprendió la emocio­nante  y a veces angustiosa tarea de entender el pasado...


“...Oleo cerró el consejo de familia resumiendo lo acordado y tratando de asegurarse de que todos los miembros estu­viesen claros acerca de lo que había que hacer y su impor­tancia. La reunión había sido más tensa que de costumbre y los desacuerdos silenciosos habían hecho más ruido que las voces de asentimiento. Por motivos que Oleo trataba de ignorar, los asuntos importantes ya no eran discutidos públicamente. En particular, sus tres hijos mayores se cuidaban mucho de disentir en público sobre lo que ellos consideraban eran sus deseos, no importa cuan en desacuerdo estuviesen con los objetivos o los métodos propuestos. Casi sin proponérselo, Oleo había anulado la atmósfera de discusión necesaria para que se ventilaran con claridad los problemas, el incentivo había dejado de ser el anhelo juvenil de crecer, aprender y cons­truir el futuro de la familia juntos, y había pasado a ser la lucha por la sucesión al frente de la familia"

        "....Oleo no sólo había oído las recomenda­ciones que su hijo menor le había hecho producto de un análisis de la situación, sino que las había hecho suyas. Su instinto le decía que aunque no todas las piezas encajasen perfectamente los cam­bios de piel eran saludables. Augusto, el menor, su­gería que, a pesar del aparente bienes­tar con que se per­cibía la actividad de la hacienda, se po­dían ya detectar indi­cios que apuntaban a que la salud a largo pla­zo del negocio, y por lo tanto de la familia, de­pendía de que se empezaran a tomar acciones que cambiasen drásticamente la manera tradicional como se habían venido haciendo las cosas..." 

"...claro que todos sabemos que las cosas están cam­biando. Por supuesto que la familia ha crecido y la com­plejidad de la hacienda se ha incrementado. Sin embargo, los precios se mantienen altos y, hoy como ayer, éste sigue siendo un muy buen negocio. Yo no sé por qué papá se em­peña en hacerle caso a Augusto, ese imberbe no es más que un seguidor de las perecederas modas de las que oye hablar en la INTERNET. No tengo tiempo para todo esto, alguien tiene que producir. Pero no hagamos mucho ruido, oponerse públicamente a los ‘cambios’ es obviamente una mala estrategia. Aunque yo sé como manejar esto mejor que nadie, ya que lo llevo haciendo por más de 20 años, hay que complacer al viejo..., ya pasará".

Anabella detuvo su actividad por un instante, las palabras e imágenes se agolpaban en su mente. Como todos los días, se pre­guntaba a sí misma por cual razón lo que su padre y abuelo habían visto, y que a través del cristal del tiempo se veía tan lógico y razonable, había sido imposible de entender para los otros miembros de la familia. Quizás, y esto era sólo una especu­lación de su parte, el éxito del pasado fue un peso demasiado grande so­bre los hombros de la familia y le impidió levantar la vista y mirar más allá del horizonte. Esto, sin embargo, no fue por falta de señales. Los medios de la época, a los cuales Anabella también podía acceder a través de su Explorador, daban una amplia cobertura de un entorno que cambiaba aceleradamente. La frase “fin de siecle” se escucha con bastante frecuencia.

Al final de cada día Anabella tenía que resistir la tentación natural de buscar a los “buenos” y los “malos” en la historia; encontrar un culpable era muy fácil, pero sin sentido. Quería entender por qué el resto de la familia no sólo no compartió la necesi­dad de los cambios, sino que los resistió pasivamente.

           Anabella había leído suficiente historia para saber que lo ocurrido no era mas que una reposición de una vieja fábula, la eterna lucha entre los que piensan que cambiar es la única manera de progresar y aquellos que ven en esos cambios el peligro de perder el terreno ganado en la lucha precedente.


“...hoy creo que estoy dispuesto a tirar la toalla. No creo que pueda seguir dándome golpes contra las paredes. Por más que sigo insistiendo en que las ideas de Oleo son las correctas: cambiar los viejos esquemas, adaptarnos a la creciente y a veces no tan obvia competencia, deshacernos del lastre acumulado durante los años de crecimiento de­sordenado. Pareciera que su temprana partida me ha quitado el aliento y el incentivo de mis hermanos a oírme... si sólo pudiera hacerles ver que no tienen nada que perder y mucho que ganar”.

“...sin embargo, los bárbaros están a las puertas de Roma...”

“...no sé por qué Augusto insiste en hacer ruido. La cri­sis ya pasó. La tan mentada competencia no se está mate­rializando. Por supuesto que nos está costando más pro­ducir lo mismo, pero los precios siguen altos. Los cambios que él introdujo no dieron los frutos esperados, aunque dice que fue porque no lo apoyamos. Ahora que Oleo ya no está ¿no podemos relajamos un poco y continuar con el trabajo...?”

“...la verdad es que Augusto se ha convertido en una piedra en el zapato, se creía el dueño de la razón y siempre nos estaba abrumando con ese exceso de palabras de más de tres sílabas que sacaba quién sabe de dónde, perdiendo el tiempo leyendo libros e inventando ‘y que nuevas ma­neras de trabajar’ mientras nosotros nos partíamos el lo­mo trabajando de verdad...”

Anabella reconocía un patrón muy familiar: no importa si la razón está de tu parte, si no puedes convencer a los demás de ello. Más aún, insistir en que uno tiene la razón es una re­ceta eficaz para que los demás te la nieguen; sobre todo si al aceptar tu verdad su viejo mundo se ve amenazado. Sin duda el hecho de que Augusto no hubiese podido convencer a sus hermanos, y que los alienara con su afición a pontificar so­bre las nuevas ideas, era un componente importante de la historia que Anabella estaba tratando de entender. Los que debieron haber sido los aliados naturales se convirtieron en obstáculos.

Apartando sus ojos lejos del visor de su Explorador, Anabella dejó que su memoria se trasladara a su niñez y recordó como su padre siempre argumentaba con vehemen­cia y, excitado por sus propios argumentos, avasallaba inexo­rable al contrincante. No era difícil imaginárselo satisfecho con su vehemencia pero frustrado al ver como sus “inobjeta­bles'' argumentos eran ignorados.


"...las primeras hectáreas de terreno de la hacienda fueron hoy subastadas públicamente para cumplir con las obligaciones que se habían contraído durante el corto período de abundancia de principio de la década... los nuevos dueños (nuestros vecinos de toda la vida y anti­guos socios) no escondieron su intención de continuar ex­pandiéndose en nuestra dirección...”

Anabella, muy a su pesar, no pudo evitar perder su obje­tividad al leer los siguientes archivos, donde se detallaba la lenta pero inexorable materialización de lo que Oleo había temido y que junto a Augusto había tratado de prevenir sin mucho éxito. La vieja hacienda había sido víctima de su pro­pio éxito y de no poder entender que los cambios, a pesar del temor que inevitablemente generan, son la única semilla del árbol del futuro.


“...si sólo hubiese sido capaz de montar a los demás en el mismo bote, teníamos las ideas correctas y no las supe vender, ojalá que todavía estemos a tiempo, mi oportu­nidad ya está pasando. Atrás vienen Anabella y sus pri­mos, ellos pelearán las nuevas batallas, sus propias batallas...”


Anabella se desconectó de su Explorador y después de sus­pirar muy fuerte se dispuso a ir al almuerzo semanal con su hermana Emiliana. Tenía mucho que contarle, aún faltaba por investigar pero ya podía decir con certeza que todas las piezas para construir un destino diferente habían existido. Es un lugar común de la historia que sólo quienes propulsan los cambios cuando no parecieran necesarios sobreviven para ser testigos de la siguiente ola. Emiliana era aún lo su­ficientemente joven como para no tenerle miedo al cambio y lo suficientemente madura para aprender de la fábula que Anabella estaba tratando de desenmarañar. Ellas tenían un presente para vivir y un futuro por construir.