Tuesday, October 17, 2017

Apuntes Para una Nueva Narrativa Sobre El Petróleo en Venezuela


Las ideas que expreso en este texto, que ha sido muy generosamente publicado por el portal PRODAVINCI el 6 de octubre del 2017, son el producto de mis propias reflexiones y de inumerables conversaciones con amigos y adversarios, dentro y fuera de la industria petrolera a través de los años. Los avatares de la vida me hicieron,  primero,  por diseño, derivar lejos del petróleo, para luego, mas por azar que por diseño, recalar en de nuevo en él.

Quizás por eso, y porque  de una u otra manera mi familia ha estado ligada al petróleo por cuatro generaciones, tiendo a mirarlo con generosidad, crítica, pero generosidad al fin

No pretende el texto ser más de lo que el título dice que es, unos apuntes;  que me sirven a mí para entender lo que a veces se me hace casi inentendible: la relación de amor y odio entre los venezolanos y el petróleo.


Aquí,  el texto publicado en PRODAVINCI


Buscar una respuesta a la pregunta de porqué Venezuela, después de más 90 años de explotación petrolera y después de incontables coqueteos con la modernidad, se encuentra aún tan lejos de transitar el camino del desarrollo, es una tarea titánica, quizás tan titánica y utópica como la construcción de ese huidizo desarrollo.
Uno pudiese especular sobre las causas económicas, políticas y hasta climáticas de tan curioso fenómeno, y sin duda se pudiera estructurar alguna suerte de explicación coherente, pero hasta ahora ninguna muy convincente; como Henry L. Mencken dijo alguna vez: “Para cada problema complejo hay una solución simple, clara y equivocada”.
El atreverse siquiera a intentar explorar el porqué el petróleo no nos ha conducido por la vía definitiva del progreso es una tarea peligrosa, y llena de medias verdades y de cronistas mal intencionados.
En muchas de las explicaciones que los expertos y cronistas se acostumbran a aventurar, el fantasma de la renta petrolera siempre se asoma como el chivo expiatorio de más aceptación. Un  somero muestreo resulta en frases que les pueden resultar familiares:
—El petróleo destruyó la economía agrícola (Alberto Adriani).
—Hay que sembrar el petróleo (Uslar Pietri).
—Hay que guardar el petróleo para las generaciones futuras (Celestino Armas).
—El excremento del diablo (Pérez Alfonzo).
—Hay que salirse de la OPEP (Sosa Pietri).
—El Estado dentro del Estado/ La Caja Negra (todos a una).
—Es preferible que PDVSA invierta a que los políticos lo malgasten (PDVSA).
—El petróleo, ahora sí, es de todos (Pérez Jiménez, Betancourt, Pérez Rodríguez, Chávez Frías…).
Sería fácil desdeñar estas frases, bien por no ajustarse a nuestra visión, por considerarlas superficiales o simplemente por equivocadas. Sin embargo, la reiterada aparición de versiones de ellas a lo largo de nuestra historia, nos debe hacer recapacitar y podemos aventurar que estas son  las respuestas que el inconsciente de la sociedad venezolana le ha dado a su notoria insatisfacción con el petróleo. Como apuntó el escritor Ibsen Martínez en una entrevista a raíz de su obra Los Petroleros Suicidas: “Hay una esquizofrenia colectiva (…) y es que sí, sabemos que somos petroleros, pero no nos explicamos por qué rayos no somo ricos” - El Universal, 13 de Agosto de 2011.

Siempre con el dedo apuntando a la fatalidad, nunca a nuestra voluntad
Hoy, con su permiso, quisiera compartir algunas reflexiones sobre la industria petrolera. Apoyándome en su larga y tormentosa historia, pero con la mirada firmemente anclada en el futuro. Decía Manuel Caballero: “…el petróleo es un Minotauro sin Homeros”, refiriéndose a la falta de dedicación de nuestros escritores a esta nuestra principal industria. Sin embargo, no hay más que pasearse por la  larga historia del petróleo en Venezuela, para entender que, querámoslo o no, rotula nuestra historia contemporánea.
Miguel Otero Silva, en su novela Casas Muertas (1955), describe la pobreza que ahogaba a la Venezuela rural antes que el petróleo  comenzará a transformar el paisaje, y por el otro  asoma el sueño de progreso que el petróleo representaba, y que aún hoy perseguimos cual inalcanzable quimera:
“Venían de las más diversas regiones, de las aldeas andinas, de las haciendas de Carabobo y Aragua, de los arrabales de Caracas, de los pueblos pesqueros del litoral… Todos iban en busca del petróleo que había aparecido en Oriente, sangre pujante y negra que manaba de las sabanas, mucho más allá de aquellos pueblos en escombros que ahora cruzaban, de aquel ganado flaco, de aquellas siembras miserables. El petróleo era estridencia de máquinas, comida de potes, dinero, aguardiente, otra cosa. A unos los movía la esperanza, a otros la codicia, a los más la necesidad”.
Los mitos del petróleo 
Aunque los hidrocarburos aparecen muy temprano en nuestra historia, no es hasta el reventón del pozo Barrosos número 2, el 14 de diciembre1922, en la costa oriental del Lago de Maracaibo, que Venezuela entra a tomar su rol protagónico en el escenario petrolero mundial. Este suceso no solo es el  hito que marca el comienzo de nuestra era petrolera, sino que también acuña, a mi manera de ver, algunos de los arquetipos y mitos que nos acompañan hasta al día de hoy
Una lectura de la historia y leyendas que se han tejido alrededor del  pozo Barrosos y su impacto en la Venezuela del Benemérito, nos servirá para señalar tres de los arquetipos que caracterizan la mitología venezolana acerca del petróleo:
  1. El hecho milagroso.
  2. El enclave.
  3. La Caja Negra.


1. El hecho milagroso
El Barrosos, localizado en las afueras de Cabimas, estuvo fluyendo sin control por más de diez días, y la historia que nos ha llegado cuenta que más de un millón de barriles fueron derramados. Dice la leyenda, que los vecinos del Barrosos, ante el miedo que les causaba el  ensordecedor ruido del reventón y la indetenible lluvia de petróleo que brotaba de las entrañas de la tierra, le rezaron a San Benito para que intercediera,  y cantaron albricias cuando la naturaleza cedió.
Los ingenieros de hoy en día, racionales y prosaicos, argumentarían que el pozo se taponó con arena y ceso de fluir. Y aunque esta última es sin duda la mejor explicación, nosotros, los venezolanos, firmes herederos de los vecinos de Cabimas, hemos escogido relacionarnos al hecho petrolero del lado del milagro.
Esta aproximación mágica, herencia de nuestra cultura agrícola, ha sido reforzada a lo largo de nuestra historia por otros “milagros”. De cuando en cuando, casi en extraordinaria coincidencia con alguna crisis interna del país, un hecho externo fortuito ha disparado la demanda o los precios del petróleo y ha rescatado la economía nacional del abismo al cual se asomaba: la Segunda Guerra Mundial, la Guerra del Yom Kippur, la Caída del Sha, la Guerra de Golfo, la insurgencia de la economía China. De guerra en guerra, de milagro en milagro.

2. El enclave
Ramón Díaz Sánchez, en su novela Mene en 1936, congela para la historia la animadversión que el petróleo promovió entre extranjeros y criollos:
“Casas de madera resplandecientes, sobre pilastras con techumbres aisladoras. Jardinillos plantados con acusado aire de forasterismo. Todo un pueblo nuevo y exclusivista, aislado del mundo circundante con una extensa verja de hierro (…) Allí predomina el blanco, un blanco neto, agresivo como el de los modernos hospitales y salones de barbería. Sugiere el confort de aquellos chalets cierta idea de cartujismo, con todo lo necesario para no carecer de nada…”.
No es mera coincidencia que esta novela fuera publicada en el mismo año de la primera huelga petrolera, llamada la huelga del “agua fría”, que fue sintomática de la animadversión que sembraron a su alrededor, los “musiues” del petróleo. Interesante recordar que esta huelga es la semilla principal del sindicalismo en Venezuela. 80 años después de que se escribiera Mene, el enclave sobrevive, fisica y mentalmente, en  los campos petroleros rodeados de la real Venezuela y en los corredores del poder político
3. La Caja Negra
Asociado al mito del enclave, se acuñó el mito del secreto deshonesto, cuya encarnación nacionalizada se ha dado en conocer como “la Caja Negra”.  Imaginemos por un momento a los venezolanos opuestos a la tiranía gomecista, observar a unos extranjeros, de ojos claros, hablando en un lenguaje desconocido, armados de extrañas máquinas, abriendo hoyos en la tierra, extrayendo un negro líquido y transportándolo allende los mares. Viviendo en campos cercados, y relacionándose solo con los gobernantes, quiénes a espaldas de sus gobernados y escondidos tras la legitimidad del estado, usufructuaban la bonanza minera que los extranjeros producían y los locales poco disfrutaban.
¿Es de extrañar entonces que el venezolano percibiera el petróleo como un hecho oscuro y pecaminoso? Más allá del hecho objetivo de que después de la nacionalización la cosa petrolera estuvo sometida al escrutinio del estado como nunca antes, el mito sobrevivió, porque así son las buenas leyendas: perdurables, indestructibles.
Pero no es mi intención reescribir la historia, como se ha vuelto muy de moda hacer en estos tiempos de intelectualidad petrolera tarifada. Nada puede borrar los impactos positivos, los más, y negativos, los menos, que el petróleo tuvo en la Venezuela rural y atrasada de principios del siglo XX. Observaba Emilio Pacheco, hablando del General Gómez: “…el petróleo apuntaló la tiranía, pero también creo las condiciones para su disolución” -  Emilio Pacheco. De Castro a López Contreras, Editorial Domingo Fuentes, 1984.
Lo que es difícil entender y nos debe dar pausa, sobre todo a aquellos de nosotros que pretendemos construir opinión alrededor del tema, es que cien años después del Zumaque I, la visión que Venezuela tiene del petróleo, y como consecuencia de la política petrolera, todavía gira alrededor de creencias originadas en una realidad y en una sociedad que ya no existe, pero que perdura en la cosmovisión de los venezolanos

Somos un país rico
El notable crecimiento económico de Venezuela durante una gran parte del siglo XX, sobre todo después de la Segunda Guerra Mundial, y la migración de país rural a un país con todos los síntomas exteriores del desarrollo, nos llevó a pensar, no sin motivo, que nuestro destino era ser ricos porque teníamos petróleo y otros recursos en abundancia.
Todos habremos oído alguna vez la historia de la conversación entre San Pedro y Papa Dios al momento de la creación, cuando ante la queja de San Pedro de que a Venezuela se le habían adjudicado riquezas en demasía, Papa Dios responde que no hay de qué preocuparse ya que para balancear crearía tal o cual partido político.
Un análisis de las cifras de ingresos generados por el petróleo, durante las últimas décadas, nos permite identificar algunos hechos que nos dieron pie a pensar que éramos ricos, y también, algunos hechos generados por pensar que seguiríamos siendo ricos.
Durante la bonanza petrolera que precedió a la nacionalización (estatización de la industria petrolera), en los años 70, llegamos a tener ingresos petroleros de más de 3.000 dólares per capita. Ese espejismo, que hoy conocemos como la Venezuela saudita, motivo entre otras cosas adelantar la reversión petrolera, y con euforia nacionalista el país la decisión de  transformar al Estado de administrador del recurso en el subsuelo, a empresario del petróleo.
Aunque hoy podemos ser críticos de tales decisiones, no hay que olvidar que el consenso de los expertos entonces era de un crecimiento indetenible del precio del petróleo  (se llegó a hablar de petróleo a $100) y de riquezas sin límite. Pero el espejismo duró poco, y Venezuela y sus socios de la OPEP, en un intento suicida por mantenerse en el sueño, destruyeron su capacidad de producción y abandonaron sus mercados. Venezuela redujo su capacidad de exportación en el lapso de una década  en casi 2 millones de barriles/día, sacrificio que sin embargo no detuvo la irremediable caída de los precios. Cuando finalmente recapacitamos, y cambiamos de senda, nos tomó  algo más de dos décadas recuperar sustancialmente nuestra capacidad de producción y exportación.
Durante los tres primero lustros de este siglo del siglo XXI  transcurrimos una situación similar: un espejismo de bonanza petrolera temporal y una destrucción sistemática de nuestra capacidad de producción y pérdida de mercado, esta vez por incompetencia técnica y politización de la industria. El sueño irremediablemente se ha tornado otra vez en pesadilla. Nos encontramos, hoy en el 2017, con una industria petrolera sacrificada en el altar de una ideología impermeable a la razón, con el agravante de contar con una creciente población, engañada por cantos de sirena y buscando a quien culpar de la  bonanza perdida. Una dura lección que nos tocará aprender de nuevo.
Las consecuencias del enclave
Si en algo la industria petrolera nacional, en particular la PDVSA prechávez, falló, fue en entender que su propio desarrollo, empresarial, técnico y humano, producto de su carga genética, de su misión empresarial y de las presiones darwinianas presentes en el entorno competitivo del escenario energético global, no era compatible con la visión minera que el resto del país, en particular el país político, mantenía y aun mantiene sobre el petróleo.
La industria petrolera nacionalizada, ensimismada en lo que eran sus innegables logros empresariales, no pudo detectar a tiempo como esa brecha de visiones se iba ensanchando. Lo que en el pasado era la tensión, a menudo destructiva, entre las multinacionales y los gobiernos (así como con  las comunidades en su entorno), fue sustituida por la tensión que se origina en la diferencia de visiones con diferentes sectores del país, sin sincronización de metas o aspiraciones. Lo mismo ocurría en otros sectores, económicos y políticos, que se veían desplazados por el Gargantúa que la industria nacionalizada tendía a encarnar.
En particular, al Estado asumir el rol de inversor en la industria petrolera, se crearon las condiciones para que los requerimientos de capital de la industria entraran en competencia con los requerimientos de otros sectores del Estado. En esta competencia, de díficil balance, se fueron creando conflictos fundamentales en los que ambas partes encontraron difícil establecer terreno común, reforzando el arquetipo del petrolero desconectado del resto del país.
El falso arranque
En la década de los 90, la política petrolera del Estado venezolano tomó el rumbo de la expansión de capacidad de producción en función de sus ventajas comparativas de recursos naturales, oportunidades de mercado y necesidades fiscales. En ese escenario, emerge con renovada fuerza una diatriba virulenta entre aquellos que, por un lado suscribían el control monopólico del estado, y por el otro aquellos que veían en la ampliación de la participación de la privada, el camino del desarrollo virtuoso.
Esta visión maniquea alrededor del petróleo, destructiva porque llama a la polarización de la opinión pública, es en última instancia una discusión estéril. El cerrar la industria petrolera a la inversión privada no solo no era factible sin destruir buena parte de la industria, sino que también hacía caso omiso de las necesidades reales de inversión que el país necesitaba para promover el crecimiento económico necesario.
La llamada “apertura petrolera” fue capaz de atraer ingentes capitales y resultó en nueva producción en áreas tradicionales y en particular en la Faja del Orinoco. Este esfuerzo perdió dinamismo durante la primera parte de este siglo, tanto por razones políticas como técnicas, en un ambiente de precios crecientes que maquillaron por muchos años el colapso real de la capidad productiva y sus efectos negativos en la economía. Por otro lado, la falta de un estado competente, con el interés de la nación como su foco, requisito indispensable para establecer un campo de juego nivelado y en última instancia fecundo para todos los actores, ha sido un factor regresivo en esta dinámica.
Aún así, hoy en 2017, 50% de la producción nacional es realizada por empresas con participación privada, algo paradójico cuando se considera el discurso nacionalista y patriotero del Gobierno de turno.
El camino hacia adelante
Cuando miramos hacia adelante, no hay duda de que la industria del petróleo y gas todavía representa nuestra gran oportunidad y palanca para el desarrollo. Para materializar este potencial es indispensable un gran consenso nacional que reconozca que de la pobreza solo se sale con crecimiento económico. La historia de la humanidad ha demostrado, con crudos  hechos, que la ideología podrá mover los corazones, pero no alimenta los estómagos ni da cobijo de la intemperie, al menos no de una manera sustentable.
La sociedad que hemos construido alrededor de  la “mina” petrolera tiene valores culturales que deben ser cuestionados si queremos modificar nuestro pobre desempeño económico, y con ello lograr el crecimiento necesario para sacar a la nación de la pobreza.
La narrativa del arquetipo minero, y las creencias que giran alrededor de él, han moldeado en gran parte lo que es la sociedad venezolana en la que hoy vivimos. Creyendo que somos ricos, invertimos tiempo y esfuerzo en identificar nuevas y más justas manera de distribuir la riqueza que no hemos trabajado.
No acabamos de entender que convertir el recurso en riqueza requiere de esfuerzo financiero, tecnológico y organizacional, y que no podemos repartir la riqueza que no tenemos, sin producir la riqueza que sí podemos.
No debe quedar la menor duda de que el desarrollo económico necesario solo es  posible si se habilitan TODOS los actores económicos: nacionales y extranjeros. Los niveles de crecimiento no los puede dar solo el petróleo y menos el aún el monopolio del Estado; de hecho esto es una realidad objetiva desde hace más de dos décadas y que los gobiernos se  empeñan en ignorar.
Me atrevería a decir que nuestra secular crisis política es el resultado directo de nuestra incapacidad de crear los mecanismos de creación de riqueza necesarios, para mantener una sociedad en armonía.
Pero no existe una sola narrativa que sustituya el imaginario existente. Los actores en este diálogo: el sector político, la academia, las comunidades, los militares, los industriales, las compañías petroleras, etc., tienen interesés y creencias disímiles y es imprescindible identificarlos para poder crear los diálogos necesarios, de lo contrario repetiremos las posturas refractarias del pasado.
Perspectivas de futuro
El petróleo y el gas fueron el motor de la economía mundial del siglo XX, así como de  de buena parte de nuestro desarrollo. Estos recursos, sin duda, continúan siendo una ventaja comparativa y competitiva que no debemos despreciar y que debemos promover como una importante actividad productiva y un factor indispensable en la recuperación y crecimiento de nuestra economía.
Esta ventaja, sin embargo, solo nos llevará parte del camino. Ya se divisan las señales que anuncian el próximo recodo en el camino y que apuntan hacia el ocaso de la era de los combustible fósiles. Como país debemos identificar la siguiente ola de revolución económica y tecnológica y montarnos en su cresta, ya que solo así podremos elevarnos a los niveles de desarrollo requeridos para salir de la pobreza. El petróleo y el gas son solo el asfalto en el camino hacia ese inevitable futuro.
Pero mientras tanto, pecaríamos por desidia si no nos abocamos a desarrollar las ventajas que el sector de la industria de los hidrocarburos nos ofrece. Para ello debemos transformar la estructura del sector, delimitando los roles y responsabilidades que el estado, y los demás actores económicos nacionales y extranjeros, deben tener.
Debemos salvaguardar los derechos de la nación, pero incentivando a todos los actores, de la manera más amplia, a participar. El panorama del sector hoy día está lleno de oportunidades sin aprovechar, ya por falta de recursos financieros o tecnológicos, ya por limitaciones legales, ya por exceso de ideología. La industria de los hidrocarburos, apropiadamente estructurada, puede establecer la base sólida para el crecimiento.
Para ello se requiere de la ampliación de la base de capital financiero y humano, incentivando la participación privada. No solo es necesario modificar la legislación y la gobernabilidad del sector, debemos también entender que solo a través de la implantación de los incentivos adecuados y de reglas claras y justas, es que se puede promover la creación de una verdadera industria venezolana de los hidrocarburos; diferente y más eficiente y efectiva que el modelo de  industria petrolera estatal que nos trajo hasta aquí.
Puntualizando
El reto de preservar la nación pasa por erradicar los mitos y creencias que nos mantienen atados a los hechos del pasado, que se han convertido en los prejuicios del presente, bajo la guisa de ideología nacionalista.
Hacer eso no es tarea fácil y probablemente necesitemos de “intervención” para poder establecer una nueva síntesis, adecuada a los nuevos tiempos y entendiendo que no hay soluciones mágicas.
Lo que sea que diseñemos debe ser sustentable para que pueda ser eficaz; y que cuando hablamos de construir una nueva narrativa no significa hacer un adefesio de la suma de las viejas narrativas, sino buscar innovar.
La necesidad de un cambio cultural no debe ser despreciado, y aunque la ingeniería social es siempre un ejercicio pedante y sin duda peligroso, hay que empezar a erradicar la mentalidad minera.
El petróleo no es un enclave. El petróleo no es una caja negra, El petróleo no tiene nada de mágico o milagroso. La verdadera magia reside en las fuerzas productivas de la sociedad y en el derecho inviolable de cada ciudadano a tomar sus propias decisiones.
Mene y Casas Muertas… ambas son novelas donde el petróleo es visto desde afuera; y sus autores hacen un viaje a esa tierra extraña y nueva donde se explota el hidrocarburo, pero que es una tierra que nada tiene que ver con la propia: nada que ver con la Venezuela que tanto Díaz Sánchez como Otero Silva siempre han conocido como la suya. Es un país extranjero, donde domina el diablo, el minotauro”. Manuel Caballero -Un minotauro sin Homeros, El Universal, 12 de abril de 1998.
Abandonemos el miedo al diablo y a la oscuridad que él representa. Si no, habitaremos un pueblo fantasma.
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Friday, December 23, 2016

CANCION DE NAVIDAD V2 (2016)


En navidades del 2004, tomé la historia de Dickens como telón de fondo para mi saludo navideño en este blog. Hoy, 12 años más tarde, poco le puedo agregar, así que emulando a los editores que han explotado a Dickens a lo largo de décadas, me permito re-publicarla, con algunos cambios menores que toman en cuenta el tiempo transcurrido, pero con el mensaje aún intacto y relevante, y con mi esperanza aún puesta en que Venezuela pueda resurgir.




Luis A. Pacheco
Con mis excusas a Charles Dickens

“He intentado en este librito fantasmal, levantar una idea fantasmal, que no les quitará a los lectores de su estado mental, del trato el uno con el otro o de las fiestas navideñas. ¡Qué el relato frecuente a sus casas con alegría! , su amigo y sirviente fiel” Charles  Dickens.


En 1843, Charles Dickens, el escritor de la Inglaterra victoriana por excelencia, publicó un cuento titulado: “La Canción de Navidad” (Christmas Carol), que con el tiempo ha llegado a convertirse en una de las historias de Navidad mas contada.


Esta obra narra la historia del avaro prestamista Ebeneezer Scrooge, a quien, durante una gélida Nochebuena, solo en su casa, se le apareceren tres espíritus o fantasmas, que representan su pasado, su presente y su futuro. Tras esta visita, y tras vislumbrar la soledad y la muerte que le aguardan y sus causas, sin amigos y sin familia, Mr. Scrooge se ve obligado a cuestionar los valores por los que vive.

Estamos en tiempo de Navidad y por lo tanto de tradicional júbilo. Tiempo de regalos y amor. Tiempo de compartir con familia y amigos. En fin, tiempo de reflexión.

El petróleo venezolano, es decir Venezuela, tal como Mr. Scrooge en el cuento de Dickens, tiene también un espíritu del pasado, un espíritu del presente y un espíritu del futuro.

No por casualidad el espíritu del pasado nos transporta al 14 de diciembre de 1922, hace ya más de noventa años: El reventón del Barroso No.2 y su impacto en el tránsito del gomecismo al siglo XX.

Tal como a Mr. Scrooge en el cuento de Dickens, el espíritu del pasado nos remonta al tiempo de nuestra niñez como Nación, cuando con ojos asombrados contemplábamos el potencial de futuro que todo niño posee, y cultivábamos con inocencia el sueño de alcanzar el progreso.

Este sueño, lo hemos materializados como Nación, a ratos, a lo largo de estas últimas nueve décadas a lomos del petróleo, pero el tiempo, nuestros errores, y el miedo a la modernidad de la clase política, han hecho que se desdibujen.

El espíritu del presente, como el cuento de Dickens, nos muestra en su cruda realidad los resultados de nuestros errores como Nación: El desperdicio de la riqueza petrolera a lo largo de las últimas cuatro décadas, la explotación de la mina petrolera bajo la visión del enclave, y de lo que los economistas llaman la visión rentista.

Ciclos de bonanza y decadencia, de los cuales pareciéramos aprender poco, con la excepción de cómo ordeñar la falsa bonanza.

La destrucción del sueño de la Venezuela posible, en la encarnación de sus instituciones más preciadas, por un grupo de facinerosos que también crecieron a la sombra de la renta, se erige como un ruidoso fantasma que marca un tránsito de vida nacional lleno de oportunidades perdidas y de revolución estéril y carroñera.

Pero al igual que a Mr. Scrooge, el espíritu del futuro nos da una segunda oportunidad. Nos permite proyectarnos y entender que de seguir por el camino que vamos, las navidades futuras nos depararán sorpresas aún más desagradables.

El País, en la persona de aquellos que hoy lo conducen, de ambos lados de la talanquera, va a camino a desbarrancarse. El espíritu del futuro nos permite vislumbrar el pueblo fantasma en que nos convertiremos, si permitimos que la mentalidad que prevalece (y no hablo solo del gobierno de turno) nos continué dirigiendo.

El petróleo (la mina) y sobretodo la manera como seguimos entendiendo los conceptos de riqueza y de pobreza, nos hace derivar hacia un futuro sombrío (en el símil de Dickens, hacia una muerte sórdida y solitaria), producto de la incapacidad de nuestra sociedad (Mr. Scrooge) de aprender de su experiencia.

Pero es Navidad, y al igual que en el cuento de Dickens, la visita de los espíritus del pasado, el presente y el porvenir nos ofrece la posibilidad de meditar sobre un diferente destino; reivindicando lo bueno del pasado y elevando la mirada sobre un presente que se nos hace pesado, hacia un futuro que tenemos la obligación de construir, o si no a sufrir.

 El petróleo ha sido nuestra bendición y nuestra maldición. El pasado y el presente es una colección de lecciones sobre las cuales podemos y debemos construir nuevas realidades. No hay destinos irremediables. Debemos abandonar el fatalismo y abrazar las posibilidades que el espíritu del futuro nos ofrece. Para ello debemos empezar por cambiar el presente más allá de las pequeñas mezquindades que hoy nos envuelven. Debemos atrevernos a soñar sin límites.

Mr. Scrooge, atormentado por su experiencia fantasmal de nochebuena termina rogándole al espíritu del porvenir:

“Honraré la Navidad en mi corazón y procuraré guardarla todo el año. Viviré en el pasado, en el presente y en el porvenir. Los espíritus de los tres no se apartarán de mí. No olvidaré sus lecciones. ¡Oh, decidme que puedo borrar lo escrito en esa piedra!” [hablando de su lápida]

 De más esta decir que Ebeneezer reforma su vida y el cuento tiene un final feliz.

En nuestro caso tenemos la obligación de creer que todavía existen venezolanos que creen en el ideal de libertad y progreso (lo tengo por seguro), y que trabajan todos los días para que estas ideas germinen en nuestros corazones, e impulsen la construcción de un mejor y diferente país; no hacia un final feliz, sino hacia un nuevo y necesario comienzo.



¡FELIZ NAVIDAD A TODOS!

Sunday, October 30, 2016

20 Old Lansdowne Road - Manchester

De Agosto de 1974 a Mayo de 1976, el destino me llevó a vivir como estudiante en la Ciudad de Manchester, Inglaterra. Esos días los guardo en mi memoria con afecto, como días de descubrimiento y aprendizaje; vivencias de un imberbe de Maracaibo en la Metrópolis,  que he querido plasmar como ficción antes que comiencen a desdibujarse en la memoria.


“El recuerdo es tiempo que se niega a morir, el olvido es tiempo que ha muerto” T.S. Elliot


Por los resquicios que dejaba la deshilachada cortina que a duras penas cubría la ventana de la buhardilla que Augusto llama hogar, se cuelan furtivos los reflejos del farol que alumbraba la húmeda y angosta calle al sur de Manchester que era su vividero desde hacía ya unos meses.

El viento, eterno acompañante de la persistente lluvia que en esta época del año arropa la ciudad, parece hacer de sección rítmica a la música que del radio apenas alcanza a escapar. Para Augusto, el viejo radio/cassete Sanyo que lo viene acompañando en su viaje desde el trópico es el acompañante ideal en estas noches de insomnio. Pero esta noche solo quiere oír no escuchar, el bajo volumen hace sonar agónico a lo que sea que se está transmitiendo en la BBC World Service, su estación favorita en las largas noches mancunianas.

 El apartamento, si es que así pueden llamarse las cuatro paredes en las que vive Augusto, está en el último piso de una vieja casa  que había sido dividida en “flats” para albergar estudiantes. Para llegar a la buhardilla hay que escalar la angosta, empinada y ruidosa escalera hasta el tercer piso, no sin antes hacer una parada obligatoria en el baño (“the loo”) en el 2do. Piso, que comparte con otros tres inquilinos bajo estrictas reglas de uso, que solo Augusto cumple y eso de manera eventual. El es el único que se baña todos los días en la desconchada tina y por eso  termina viendo como se pierden sus monedas de 20 pennies, engullidas con gula infinita por el  “gas meter” que controla el agua caliente.

El amoblado del lugar es en estilo “reciclado antiguo”, muebles anónimos que seguro guardan entre sus grietas las memorias de los incontables mortales que los han usado desde “La Gran Guerra”.  Las paredes están cubiertas de un papel tapiz corrugado de color neutro, que en algún momento aspiro a ser beige y que hoy luce manchado y amarillento.

En la pared justo en frente de la puerta de entrada, entrampada contra la esquina, la cama, que no alcanza a ser ni sencilla ni matrimonial; una de esas rarezas británicas que se escapan de toda norma, a excepción de las suyas propias.  Al lado de la cama, apoyado en un listón que pretende ayudar a recuperar su equilibrio perdido,  se yergue inseguro un viejo escaparate de madera que acaricia el inclinado techo del recinto. Dentro de él sus pocas pertenencias, que apretujadas cuelgan como espantapájaros de torcidos ganchos de alambre. En el otro costado de la cama, una caja de robusta madera hace las veces de mesa de noche.

En el otro extremo del cuarto, bajo la ventana, una mesa y dos sillas hacen las veces de comedor y escritorio. Sobre la mesa, el cancionero de los Beatles, debajo de ella la guitarra Ibañez, compañera y confidente. Seis cuerdas que aguantan las ínfulas de Augusto como compositor de canciones de amores imposibles, de rima ingenua, casi infantil.

Hacía ya días que Augusto tenía la guitarra abandonada. Había demasiada melancolía en las notas que le lograba arrancar, melancolía que de tiempo en tiempo lo invadía por no razón aparente, aunque se lo atribuía a la soledad que se había vuelto su fiel compañera.  La continua y helada llovizna que acompaña casi todas las horas del día, y la entrada del otoño con sus días cada vez más cortos, hace que pase más tiempo bajo techo que lo que preferiría, aunque nunca falta la noche cuando salir a caminar de madrugada es la mejor medicina para el insomnio.
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Un día inesperado, si es que lo advertido es inesperado, Mary se había marchado de regreso a su pueblo, y desde entonces no alcanzaba a dejar de pensar en ella, hora tras hora, día tras día. Desde que se despidieron en la estación de tren de Oxford Street, no había vuelto a saber de ella y no lo entendía. No habían peleado por algo en particular. No había habido insultos, ni infidelidades, simplemente los silencios habían crecido en intensidad y  se había marchado. Se había llevado, junto con todas las cartas que le había escrito, una buena parte de su vida. Así como había aparecido en su vida, igual había desaparecido: sin aviso. Ella siempre le había advertido que un día tendría que dejar la ciudad y regresar a casa a reencontrarse con su vida, pero él a consciencia había decidido ignorar su advertencia y arriesgar el presente.

Mary había llenado su vida como nadie antes lo había hecho, o mejor dicho era él quien había decidido que su vida iba a ser llenada por ella. La conoció un día en la escalinata de entrada a la vieja casa en Old Lansdowne Rd. Ella regresaba del TESCO cargada de la compra del día y él se ofreció a ayudarla. Ella vivía en el flat del segundo piso, compartían hasta el baño, pero hasta ese día nunca había cruzado palabra con ella.

Desde el primer momento se deslumbró con su personalidad. Ella era la local, él el extranjero; ella la extrovertida, él tímido a más no poder. Por razones que él nunca alcanzó entender ella le abrió, desde el primer momento, no solo las puertas de su apartamento, sino también las de su corazón, o al menos eso fue lo que él decidió pensar.

Desde ese día fueron inseparables, ella lo sacó de la caparazón protectora donde se refugiaba como ermitaño, y le enseño la ciudad y sus alrededores. Le hizo conocer y respirar el aire de todos los rincones de una ciudad que hasta entonces se levantaba ante él anónima y desconocida. Con ella le puso nombre a las calles y cara a la gente.  Hablaban de todo y de todos. Compartían la afición por los libros, el cine, la música  y la fotografía, pero sobretodo les gustaba compartir esos largos silencios que incomodan a todos, menos a aquellos que se comunican sin palabras.

 Con ella todo era más brillante, hasta el viaje en el autobús 49, de West Didsbury a downtown Manchester, se convertía en una travesía de descubrimiento. Daba igual ir a Selfridges de compra, que asistir al concierto de Santana. No existía día o evento insignificante, todo sumaba a la alegría de estar juntos. De cuando en cuando salían a explorar los alrededores: El Lake District a seguir en los pasos de Beatrix Potter; al Peak District a caminar las montañas; y hasta la Liverpool de los Beatles a caminar en Penny Lane.

Una vez hicieron, en un viejo Maxi Cooper que habían alquilado, un largo viaje que los llevó desde Manchester a Glasgow vía Edimburgo, Aberdeen e Inverness, donde descubrieron la belleza de Escocia y así mismos. El último día de ese viaje, despertaron abrazados en una destartalada pensión a la ribera del alargado y brumoso Loch Ness, esperando infructuosamente ver al mítico monstruo que se decía habitaba en las oscuras y frías aguas escocesas…todavía creían en leyendas.

Eso fue ayer…

Hoy día, las noches lluviosas son lo más difícil de sobrevivir, porque es cuando Augusto más valora la suerte de haberla conocido y le retuerce el dolor de su ausencia. Augusto sabe, por experiencia, que de mal de amores nadie muere, pero no siempre su cerebro le ganaba esta sempiterna  partida a su corazón. Esta noche, como tantas otras antes, apagó la radio, se metió en el sleeping bag de color marrón que hace las veces de cobija, luchando contra los recuerdos que se apretujan en su memoria.  Le echó una última mirada a las sombras que los reflejos de luz dibujaban en la pared contigua a su cama, y cerrando los ojos pensó: quizás mañana.
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Los días se convirtieron en semanas y estos en meses. Tenía que terminar su tesis, había completado la parte teórica sin contratiempos, pero los ensayos en el laboratorio se habían transformado en un calvario, sufrido e interminable.  Pasaba horas en el laboratorio, no se le venía fácil, pero era lo que había decidido hacer de su vida. Luego se refugiaba en la biblioteca, leyendo y escribiendo, sobre temas totalmente ajenos a su tesis, tenía una curiosidad que nunca estaba satisfecha y los salones del Edificio en Withworth Street eran una verdadera cueva de Alí Babá de conocimiento.

 Con el  tiempo, y el trabajo que ocupaba sus días, la ausencia dejó de entristecerlo y los recuerdos eran más las veces que lo hacían sonreír que llorar. Las noches se volvían madrugadas, pero ya no eran melancólicas. La guitarra volvió acompañarlo, al igual que la voz pulida de los locutores de la BBC, que eran sus amigos y profesores invisibles del lenguaje de la Reina  en esas noches de insomnio. Otros amores tocaron a la puerta de su buhardilla, pero  no fueron más que incompetentes sustitutos de lo insustituible.

 No había esquina ni calle de la ciudad que no le recordará a Mary, todo tenía su huella, su aroma. A veces hasta creía adivinar su imagen entre la muchedumbre de un día sábado en el mercado de las pulgas, o en la cola a Old Trafford. Aprendió a sobrellevar la ausencia escogiendo los recuerdos; aprendió a no imaginar el sonido de su pisada en la escalera, o el sonido del agua cuando, luego de una visita furtiva en la noche, llenaba la tina para bañarse antes de regresar a abrazarlo en su cama. Nunca, sin embargo, aprendió a olvidarla.

Finalmente llegó el día en que Augusto también tuvo que empacar. La tesis estaba lista. Había decidido no regresar a casa, sino seguir en la aventura de una nueva universidad en su continua necesidad de satisfacer su curiosidad. Su tiempo en Manchester, ciudad que había hecho suya gracias a Mary, había llegado a su fin lógico. No solo llevaba el equipaje de conocimiento que había venido a buscar a Manchester, sino también el alma llena de la vida que había descubierto de la mano de Mary, con todo y sus lunares.

Con su guitarra al hombro, una maleta con su ropa, y una caja de libros y discos, Augusto tomó un Taxi rumbo a la estación de tren. Miró con tristeza a la vieja construcción de 20 Old Lansdowne Road que había sido su casa y su hogar por 18 meses. Era Mayo, Los grises se hacían verdes, pero era Manchester y caía una llovizna fría sobre la calle.  Miró hacia la ventana y creyó ver sombras en la ventana.

Palatine Road se convirtió en Winslow Road y luego en Oxford Road. A través de la ventana del taxi veía pasar las calles y los lugares que Mary le había enseñado a conocer y querer. Sabía que era poco probable que los volviera a ver, y su corazón se le empezó a arrugar, como quien se despide de amigos entrañables al iniciar un viaje sin retorno. Sabía que su partida de alguna manera cerraba la puerta para siempre a un lugar de su vida y de su corazón donde nunca volvería. El presente se hacía pasado con cada calle.

En la estación compró el ticket a Londres, iba a una nueva ciudad y a nuevas experiencias. Mientras esperaba en la plataforma por el tren, encendió un Player’s No. 6 y aspiro lenta y deliberadamente. A esa temprana hora la plataforma está llena de hombres de negocio yendo a la gran ciudad por el día. La mayoría de ellos se refugian detrás de la primera plana de  The Guardian, The Times  o The Daily Telegraph, de acuerdo a su inclinación política, los menos se deleitan con los “boobs” de la página 3 del The Sun.

Finalmente llegó el tren, Augusto abordó el vagón con su maleta y su guitarra, y se acomodó en el asiento 15A del Intercity de British Railways. Deslizó hacia abajo la ventana y se perdió en sus pensamientos. Se oyó el silbato del conductor, el tren empezó a moverse hacia adelante en espasmos, acompañado de chirridos metálicos y el sonido del aire comprimido de los freno que escapaba ruidosamente…pffffff.

Augusto, como si advertido por una voz interna, levantó su mirada y justo cuando el tren empezaba  acelerar, volteó a mirar hacia la plataforma. Le pareció reconocer en el extremo más lejano de la plataforma la figura menuda e inconfundible de Mary. No supo si era su imaginación que lo engañaba, pero le pareció que la vio sonreír y despedirlo. Se vio tentado a bajarse del tren, pero la velocidad que ya el tren alcanzaba le advirtió no hacerlo. Asomó  la mitad de su cuerpo a través la estrecha ventanilla del vagón y agitó sus brazos en señal de despedida, y solo lo dejó de hacer cuando la plataforma no era más que una silueta en el horizonte…la lluvia le mojaba la cara, iluminada por una sonrisa.