Sunday, October 30, 2016

20 Old Lansdowne Road - Manchester

De Agosto de 1974 a Mayo de 1976, el destino me llevó a vivir como estudiante en la Ciudad de Manchester, Inglaterra. Esos días los guardo en mi memoria con afecto, como días de descubrimiento y aprendizaje; vivencias de un imberbe de Maracaibo en la Metrópolis,  que he querido plasmar como ficción antes que comiencen a desdibujarse en la memoria.


“El recuerdo es tiempo que se niega a morir, el olvido es tiempo que ha muerto” T.S. Elliot


Por los resquicios que dejaba la deshilachada cortina que a duras penas cubría la ventana de la buhardilla que Augusto llama hogar, se cuelan furtivos los reflejos del farol que alumbraba la húmeda y angosta calle al sur de Manchester que era su vividero desde hacía ya unos meses.

El viento, eterno acompañante de la persistente lluvia que en esta época del año arropa la ciudad, parece hacer de sección rítmica a la música que del radio apenas alcanza a escapar. Para Augusto, el viejo radio/cassete Sanyo que lo viene acompañando en su viaje desde el trópico es el acompañante ideal en estas noches de insomnio. Pero esta noche solo quiere oír no escuchar, el bajo volumen hace sonar agónico a lo que sea que se está transmitiendo en la BBC World Service, su estación favorita en las largas noches mancunianas.

 El apartamento, si es que así pueden llamarse las cuatro paredes en las que vive Augusto, está en el último piso de una vieja casa  que había sido dividida en “flats” para albergar estudiantes. Para llegar a la buhardilla hay que escalar la angosta, empinada y ruidosa escalera hasta el tercer piso, no sin antes hacer una parada obligatoria en el baño (“the loo”) en el 2do. Piso, que comparte con otros tres inquilinos bajo estrictas reglas de uso, que solo Augusto cumple y eso de manera eventual. El es el único que se baña todos los días en la desconchada tina y por eso  termina viendo como se pierden sus monedas de 20 pennies, engullidas con gula infinita por el  “gas meter” que controla el agua caliente.

El amoblado del lugar es en estilo “reciclado antiguo”, muebles anónimos que seguro guardan entre sus grietas las memorias de los incontables mortales que los han usado desde “La Gran Guerra”.  Las paredes están cubiertas de un papel tapiz corrugado de color neutro, que en algún momento aspiro a ser beige y que hoy luce manchado y amarillento.

En la pared justo en frente de la puerta de entrada, entrampada contra la esquina, la cama, que no alcanza a ser ni sencilla ni matrimonial; una de esas rarezas británicas que se escapan de toda norma, a excepción de las suyas propias.  Al lado de la cama, apoyado en un listón que pretende ayudar a recuperar su equilibrio perdido,  se yergue inseguro un viejo escaparate de madera que acaricia el inclinado techo del recinto. Dentro de él sus pocas pertenencias, que apretujadas cuelgan como espantapájaros de torcidos ganchos de alambre. En el otro costado de la cama, una caja de robusta madera hace las veces de mesa de noche.

En el otro extremo del cuarto, bajo la ventana, una mesa y dos sillas hacen las veces de comedor y escritorio. Sobre la mesa, el cancionero de los Beatles, debajo de ella la guitarra Ibañez, compañera y confidente. Seis cuerdas que aguantan las ínfulas de Augusto como compositor de canciones de amores imposibles, de rima ingenua, casi infantil.

Hacía ya días que Augusto tenía la guitarra abandonada. Había demasiada melancolía en las notas que le lograba arrancar, melancolía que de tiempo en tiempo lo invadía por no razón aparente, aunque se lo atribuía a la soledad que se había vuelto su fiel compañera.  La continua y helada llovizna que acompaña casi todas las horas del día, y la entrada del otoño con sus días cada vez más cortos, hace que pase más tiempo bajo techo que lo que preferiría, aunque nunca falta la noche cuando salir a caminar de madrugada es la mejor medicina para el insomnio.
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Un día inesperado, si es que lo advertido es inesperado, Mary se había marchado de regreso a su pueblo, y desde entonces no alcanzaba a dejar de pensar en ella, hora tras hora, día tras día. Desde que se despidieron en la estación de tren de Oxford Street, no había vuelto a saber de ella y no lo entendía. No habían peleado por algo en particular. No había habido insultos, ni infidelidades, simplemente los silencios habían crecido en intensidad y  se había marchado. Se había llevado, junto con todas las cartas que le había escrito, una buena parte de su vida. Así como había aparecido en su vida, igual había desaparecido: sin aviso. Ella siempre le había advertido que un día tendría que dejar la ciudad y regresar a casa a reencontrarse con su vida, pero él a consciencia había decidido ignorar su advertencia y arriesgar el presente.

Mary había llenado su vida como nadie antes lo había hecho, o mejor dicho era él quien había decidido que su vida iba a ser llenada por ella. La conoció un día en la escalinata de entrada a la vieja casa en Old Lansdowne Rd. Ella regresaba del TESCO cargada de la compra del día y él se ofreció a ayudarla. Ella vivía en el flat del segundo piso, compartían hasta el baño, pero hasta ese día nunca había cruzado palabra con ella.

Desde el primer momento se deslumbró con su personalidad. Ella era la local, él el extranjero; ella la extrovertida, él tímido a más no poder. Por razones que él nunca alcanzó entender ella le abrió, desde el primer momento, no solo las puertas de su apartamento, sino también las de su corazón, o al menos eso fue lo que él decidió pensar.

Desde ese día fueron inseparables, ella lo sacó de la caparazón protectora donde se refugiaba como ermitaño, y le enseño la ciudad y sus alrededores. Le hizo conocer y respirar el aire de todos los rincones de una ciudad que hasta entonces se levantaba ante él anónima y desconocida. Con ella le puso nombre a las calles y cara a la gente.  Hablaban de todo y de todos. Compartían la afición por los libros, el cine, la música  y la fotografía, pero sobretodo les gustaba compartir esos largos silencios que incomodan a todos, menos a aquellos que se comunican sin palabras.

 Con ella todo era más brillante, hasta el viaje en el autobús 49, de West Didsbury a downtown Manchester, se convertía en una travesía de descubrimiento. Daba igual ir a Selfridges de compra, que asistir al concierto de Santana. No existía día o evento insignificante, todo sumaba a la alegría de estar juntos. De cuando en cuando salían a explorar los alrededores: El Lake District a seguir en los pasos de Beatrix Potter; al Peak District a caminar las montañas; y hasta la Liverpool de los Beatles a caminar en Penny Lane.

Una vez hicieron, en un viejo Maxi Cooper que habían alquilado, un largo viaje que los llevó desde Manchester a Glasgow vía Edimburgo, Aberdeen e Inverness, donde descubrieron la belleza de Escocia y así mismos. El último día de ese viaje, despertaron abrazados en una destartalada pensión a la ribera del alargado y brumoso Loch Ness, esperando infructuosamente ver al mítico monstruo que se decía habitaba en las oscuras y frías aguas escocesas…todavía creían en leyendas.

Eso fue ayer…

Hoy día, las noches lluviosas son lo más difícil de sobrevivir, porque es cuando Augusto más valora la suerte de haberla conocido y le retuerce el dolor de su ausencia. Augusto sabe, por experiencia, que de mal de amores nadie muere, pero no siempre su cerebro le ganaba esta sempiterna  partida a su corazón. Esta noche, como tantas otras antes, apagó la radio, se metió en el sleeping bag de color marrón que hace las veces de cobija, luchando contra los recuerdos que se apretujan en su memoria.  Le echó una última mirada a las sombras que los reflejos de luz dibujaban en la pared contigua a su cama, y cerrando los ojos pensó: quizás mañana.
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Los días se convirtieron en semanas y estos en meses. Tenía que terminar su tesis, había completado la parte teórica sin contratiempos, pero los ensayos en el laboratorio se habían transformado en un calvario, sufrido e interminable.  Pasaba horas en el laboratorio, no se le venía fácil, pero era lo que había decidido hacer de su vida. Luego se refugiaba en la biblioteca, leyendo y escribiendo, sobre temas totalmente ajenos a su tesis, tenía una curiosidad que nunca estaba satisfecha y los salones del Edificio en Withworth Street eran una verdadera cueva de Alí Babá de conocimiento.

 Con el  tiempo, y el trabajo que ocupaba sus días, la ausencia dejó de entristecerlo y los recuerdos eran más las veces que lo hacían sonreír que llorar. Las noches se volvían madrugadas, pero ya no eran melancólicas. La guitarra volvió acompañarlo, al igual que la voz pulida de los locutores de la BBC, que eran sus amigos y profesores invisibles del lenguaje de la Reina  en esas noches de insomnio. Otros amores tocaron a la puerta de su buhardilla, pero  no fueron más que incompetentes sustitutos de lo insustituible.

 No había esquina ni calle de la ciudad que no le recordará a Mary, todo tenía su huella, su aroma. A veces hasta creía adivinar su imagen entre la muchedumbre de un día sábado en el mercado de las pulgas, o en la cola a Old Trafford. Aprendió a sobrellevar la ausencia escogiendo los recuerdos; aprendió a no imaginar el sonido de su pisada en la escalera, o el sonido del agua cuando, luego de una visita furtiva en la noche, llenaba la tina para bañarse antes de regresar a abrazarlo en su cama. Nunca, sin embargo, aprendió a olvidarla.

Finalmente llegó el día en que Augusto también tuvo que empacar. La tesis estaba lista. Había decidido no regresar a casa, sino seguir en la aventura de una nueva universidad en su continua necesidad de satisfacer su curiosidad. Su tiempo en Manchester, ciudad que había hecho suya gracias a Mary, había llegado a su fin lógico. No solo llevaba el equipaje de conocimiento que había venido a buscar a Manchester, sino también el alma llena de la vida que había descubierto de la mano de Mary, con todo y sus lunares.

Con su guitarra al hombro, una maleta con su ropa, y una caja de libros y discos, Augusto tomó un Taxi rumbo a la estación de tren. Miró con tristeza a la vieja construcción de 20 Old Lansdowne Road que había sido su casa y su hogar por 18 meses. Era Mayo, Los grises se hacían verdes, pero era Manchester y caía una llovizna fría sobre la calle.  Miró hacia la ventana y creyó ver sombras en la ventana.

Palatine Road se convirtió en Winslow Road y luego en Oxford Road. A través de la ventana del taxi veía pasar las calles y los lugares que Mary le había enseñado a conocer y querer. Sabía que era poco probable que los volviera a ver, y su corazón se le empezó a arrugar, como quien se despide de amigos entrañables al iniciar un viaje sin retorno. Sabía que su partida de alguna manera cerraba la puerta para siempre a un lugar de su vida y de su corazón donde nunca volvería. El presente se hacía pasado con cada calle.

En la estación compró el ticket a Londres, iba a una nueva ciudad y a nuevas experiencias. Mientras esperaba en la plataforma por el tren, encendió un Player’s No. 6 y aspiro lenta y deliberadamente. A esa temprana hora la plataforma está llena de hombres de negocio yendo a la gran ciudad por el día. La mayoría de ellos se refugian detrás de la primera plana de  The Guardian, The Times  o The Daily Telegraph, de acuerdo a su inclinación política, los menos se deleitan con los “boobs” de la página 3 del The Sun.

Finalmente llegó el tren, Augusto abordó el vagón con su maleta y su guitarra, y se acomodó en el asiento 15A del Intercity de British Railways. Deslizó hacia abajo la ventana y se perdió en sus pensamientos. Se oyó el silbato del conductor, el tren empezó a moverse hacia adelante en espasmos, acompañado de chirridos metálicos y el sonido del aire comprimido de los freno que escapaba ruidosamente…pffffff.

Augusto, como si advertido por una voz interna, levantó su mirada y justo cuando el tren empezaba  acelerar, volteó a mirar hacia la plataforma. Le pareció reconocer en el extremo más lejano de la plataforma la figura menuda e inconfundible de Mary. No supo si era su imaginación que lo engañaba, pero le pareció que la vio sonreír y despedirlo. Se vio tentado a bajarse del tren, pero la velocidad que ya el tren alcanzaba le advirtió no hacerlo. Asomó  la mitad de su cuerpo a través la estrecha ventanilla del vagón y agitó sus brazos en señal de despedida, y solo lo dejó de hacer cuando la plataforma no era más que una silueta en el horizonte…la lluvia le mojaba la cara, iluminada por una sonrisa.

Wednesday, February 10, 2016

El Petróleo - Tsunami Inesperado



“Es evidente que el precio considerado más probable por el mercado es el precio actual; si el mercado juzgara lo contrario, no usara este precio, pero algún otro precio, mayor o menor” – Louis Bachelier


El 27 de noviembre de 2014, hace ya un año, la Organización de Países Exportadores de Petróleo (OPEP), forzada por la posición de Arabia Saudita, tomó un decisión inesperada para el mercado petrolero y degradablemente sorpresiva para muchos de sus miembros:

“…en aras de restablecer el equilibrio del mercado, la Conferencia decidió mantener el nivel de producción de 30,0 millones b / d, como se acordó en diciembre de 2011”.

En este sucinto párrafo, la siempre influyente organización, acusada secularmente de abusar su posición de dominio para mantener los niveles de precios del petróleo, cambiaba una política que había mantenido por buena parte de lo que va del siglo.

El objetivo explícito de Arabia Saudita, poseedor de las mas grandes reservas del mundo, era proteger su participación de mercado en el mediano plazo, enfrentada como estaba a un suministro creciente en países no OPE, esto aún a costa de una pérdida de ingresos en el corto plazo.

La reacción del mercado no se hizo esperar. Los precios del barril marcado de WTI, que había caído 30% desde junio del 2014, descendieron ese día a su valor más bajo en cuatro años: US $ 72 /barril.

La mayoría de los analistas reaccionaron dentro de lo que se consideraba la lógica de mercado:  este cambio en la estrategia de la OPEP tendría un impacto negativo importante en una porción importante de la producción mundial, en particular en los petróleos no convencionales, y una vez “limpiado” ese excedente de suministro, los precios retornarían a niveles más aceptables a mediados del 2015.

De igual manera, economistas muy sesudos apuntaron a la vulnerabilidad de las economías de muchos países productores de petróleo a precios bajos, lo que haría insostenible la nueva estrategia a muchos países miembros de la OPEP, con la notable excepción de Arabia Saudita.

Hoy, 12 meses más tarde, con el precio del marcador WTI en niveles de US$ 40/barril, y con una contracción importante de los niveles de inversión en toda la industria petrolera mundial, incluyendo a Colombia, todavía no se empieza atisbar una recuperación.

Es verdad que los precios bajos han afectado a los productores de alto costos, como era de esperarse, pero también es verdad que la mayoría de los productores, así como los países, se han adaptado de manera eficaz, y hasta sorprendente, al nuevo ambiente, reduciendo su estructura de costos y eliminando inversiones para poder sobrevivir el corto plazo, aún a costa del mediano plazo. La conclusión obvia es que los analistas subestimaron la reacción de los productores a las señales de precios

Como consecuencia, y a pesar de la ruidosa corrección en el precio del petróleo, a octubre del 2015 el suministro mundial alcanzó 94 millones de barriles/ día, con una demanda de 92.86millones de barriles/día (cifras de OPEP), un desbalance que mantiene los precios bajos.

Tratar de predecir el futuro, aún los próximos doce meses, es un ejercicio ambicioso y no será este cronista el que se atreva. No hay duda que los bajos precios han tenido un efecto de destrucción de oferta que empezaremos a ver, pero probablemente su impacto tardará un tiempo. Nos queda la duda de cómo se comportará la demanda, que es el otro lado de la ecuación que empieza a tener ciertas incertidumbres.


Los más apuestan a un recobro modesto, de 50 – 60 $/b WTI, hacia la segunda mitad del 2016; algunos le apuestan a que los sauditas pestañeen y reviertan su estrategia. Lo cierto es que las compañías, y sobre todo los gobiernos de países como Colombia deben pensar en un escenario donde esta nueva realidad sea algo más que una coyuntura y haya que aprender a navegar este bajo sin encallar. 

Publicado en NOTAECONOMICA, Dic 2015

Monday, January 11, 2016

Historia de una Fábula



A mediados de 1996, estando todavía PDVSA organizada bajo el modelo de filiales verticalmente integradas, fui asignado para ser Sub-Gerente General de la División de Operaciones de Producción de Maraven (DOP), con sede en Lagunillas/Maracaibo. Una envidiable oportunidad que me daba la organización, y que tomé a pesar de las dificultades que ello implicaba, ya que me permitía acercarme a la parte operacional de la empresa desde una perspectiva única.

Familiarmente, sin embargo, fueron unos tiempos difíciles, ya que mi hija mayor, Anabella, tendría un poco más de un año, y Emiliana, mi hija menor, apenas estaba en el período de gestación, y mi ida a Lagunillas implicó una separación en distancia que no fue fácil de sobrellevar.

Les cuento todo esto para poner en contexto la narración que aquí les comparto. En esas noches de campo petrolero, que se hacen largas cuando uno no es parte de la cultura etílica con la que mitiga la soledad, mucho es lo que piensa uno. Durante una de esas noches me dio por tratar de escribir algo que combinara esa ausencia de familia que sentía, con las realidades que veía de un modelo de industria petrolera que daba señales de agotamiento.

Es así como surgen las líneas que siguen, que fueron publicadas en la revista Tópicos en su edición 657, de diciembre de 1996, y que hoy, veinte años más tarde, me vinieron a la mente leyendo un ensayo de Gustavo Coronel sobre los cuarenta años de PDVSA (http://lasarmasdecoronel.blogspot.com.co/2016/01/40-years-of-petroleos-de-venezuela-my.html) y la discusión que ha originado. 

La historia que sigue es el resultado de "escanear" la revista, y conserva el texto original tal como fue publicado, a excepción de ciertos errores de sintaxis que he identificado y corregido. No he corregido la estructura de la narrativa, que hoy veinte años más tarde se me antoja como imperfecta, para mantener el espíritu y forma original. 





Anabella abrió sus ojos tan pronto como escuchó el ruido en la calle, se levantó lentamente de la cama, y estirando los brazos para sacudirse la modorra matutina se acercó a la ventana, dejando que la luz del sol la abrazara con intensi­dad. Eran las 6:30 de la mañana. Anabella tendría que en­frentar la tarea de revisar los archivos de su padre, tratan­do de reconstruir los acontecimientos que habían llevado a la crisis por la cual atravesaba la hacienda familiar.

Anabella y su hermana Emiliana, eran la cuarta generación de una familia que había crecido a la sombra de una hacienda que, habiendo comenzado modestamente y crecido hasta ser una de las más grandes del continente, se había deteriorado inexpli­cablemente durante el tiempo de su padre, hasta convertirse sólo en una sombra de lo que fue en su época más brillante.

El trabajo que Anabella se ha­bía asignado a si misma le generaba sen­timientos ambiguos. Por un lado el reconstruir el pasado la acercaba un poco más a ese padre que poco había cono­cido y que mucho extrañaba. Por el otro, desenmarañar la compleja, pero, en retrospectiva, obvia madeja de acciones y omisiones de la gene­ración de su padre, de al­guna manera la entris­tecía. No es nada fácil ser historiador cuando la historia es acerca de uno mismo. 

Sin embar­go, Anabella estaba dispuesta a concluir lo que había empezado. Quizás nunca podría descubrir toda la verdad, aunque ya había llegado a la conclusión de que había varias verdades escondidas en los hechos, pero al menos el presente y por lo tanto las posibilidades del futuro habrían dejado atrás las sombras que los acosaban.

Hoy, Anabella se sentó de nuevo de cara a su Explorador, desde donde podía tener acceso a los archivos que su padre había coleccionado o escrito acerca de los acontecimientos de fi­nales de la centuria automotor. Después de identificarse por medio de su huella vocal, Anabella reemprendió la emocio­nante  y a veces angustiosa tarea de entender el pasado...


“...Oleo cerró el consejo de familia resumiendo lo acordado y tratando de asegurarse de que todos los miembros estu­viesen claros acerca de lo que había que hacer y su impor­tancia. La reunión había sido más tensa que de costumbre y los desacuerdos silenciosos habían hecho más ruido que las voces de asentimiento. Por motivos que Oleo trataba de ignorar, los asuntos importantes ya no eran discutidos públicamente. En particular, sus tres hijos mayores se cuidaban mucho de disentir en público sobre lo que ellos consideraban eran sus deseos, no importa cuan en desacuerdo estuviesen con los objetivos o los métodos propuestos. Casi sin proponérselo, Oleo había anulado la atmósfera de discusión necesaria para que se ventilaran con claridad los problemas, el incentivo había dejado de ser el anhelo juvenil de crecer, aprender y cons­truir el futuro de la familia juntos, y había pasado a ser la lucha por la sucesión al frente de la familia"

        "....Oleo no sólo había oído las recomenda­ciones que su hijo menor le había hecho producto de un análisis de la situación, sino que las había hecho suyas. Su instinto le decía que aunque no todas las piezas encajasen perfectamente los cam­bios de piel eran saludables. Augusto, el menor, su­gería que, a pesar del aparente bienes­tar con que se per­cibía la actividad de la hacienda, se po­dían ya detectar indi­cios que apuntaban a que la salud a largo pla­zo del negocio, y por lo tanto de la familia, de­pendía de que se empezaran a tomar acciones que cambiasen drásticamente la manera tradicional como se habían venido haciendo las cosas..." 

"...claro que todos sabemos que las cosas están cam­biando. Por supuesto que la familia ha crecido y la com­plejidad de la hacienda se ha incrementado. Sin embargo, los precios se mantienen altos y, hoy como ayer, éste sigue siendo un muy buen negocio. Yo no sé por qué papá se em­peña en hacerle caso a Augusto, ese imberbe no es más que un seguidor de las perecederas modas de las que oye hablar en la INTERNET. No tengo tiempo para todo esto, alguien tiene que producir. Pero no hagamos mucho ruido, oponerse públicamente a los ‘cambios’ es obviamente una mala estrategia. Aunque yo sé como manejar esto mejor que nadie, ya que lo llevo haciendo por más de 20 años, hay que complacer al viejo..., ya pasará".

Anabella detuvo su actividad por un instante, las palabras e imágenes se agolpaban en su mente. Como todos los días, se pre­guntaba a sí misma por cual razón lo que su padre y abuelo habían visto, y que a través del cristal del tiempo se veía tan lógico y razonable, había sido imposible de entender para los otros miembros de la familia. Quizás, y esto era sólo una especu­lación de su parte, el éxito del pasado fue un peso demasiado grande so­bre los hombros de la familia y le impidió levantar la vista y mirar más allá del horizonte. Esto, sin embargo, no fue por falta de señales. Los medios de la época, a los cuales Anabella también podía acceder a través de su Explorador, daban una amplia cobertura de un entorno que cambiaba aceleradamente. La frase “fin de siecle” se escucha con bastante frecuencia.

Al final de cada día Anabella tenía que resistir la tentación natural de buscar a los “buenos” y los “malos” en la historia; encontrar un culpable era muy fácil, pero sin sentido. Quería entender por qué el resto de la familia no sólo no compartió la necesi­dad de los cambios, sino que los resistió pasivamente.

           Anabella había leído suficiente historia para saber que lo ocurrido no era mas que una reposición de una vieja fábula, la eterna lucha entre los que piensan que cambiar es la única manera de progresar y aquellos que ven en esos cambios el peligro de perder el terreno ganado en la lucha precedente.


“...hoy creo que estoy dispuesto a tirar la toalla. No creo que pueda seguir dándome golpes contra las paredes. Por más que sigo insistiendo en que las ideas de Oleo son las correctas: cambiar los viejos esquemas, adaptarnos a la creciente y a veces no tan obvia competencia, deshacernos del lastre acumulado durante los años de crecimiento de­sordenado. Pareciera que su temprana partida me ha quitado el aliento y el incentivo de mis hermanos a oírme... si sólo pudiera hacerles ver que no tienen nada que perder y mucho que ganar”.

“...sin embargo, los bárbaros están a las puertas de Roma...”

“...no sé por qué Augusto insiste en hacer ruido. La cri­sis ya pasó. La tan mentada competencia no se está mate­rializando. Por supuesto que nos está costando más pro­ducir lo mismo, pero los precios siguen altos. Los cambios que él introdujo no dieron los frutos esperados, aunque dice que fue porque no lo apoyamos. Ahora que Oleo ya no está ¿no podemos relajamos un poco y continuar con el trabajo...?”

“...la verdad es que Augusto se ha convertido en una piedra en el zapato, se creía el dueño de la razón y siempre nos estaba abrumando con ese exceso de palabras de más de tres sílabas que sacaba quién sabe de dónde, perdiendo el tiempo leyendo libros e inventando ‘y que nuevas ma­neras de trabajar’ mientras nosotros nos partíamos el lo­mo trabajando de verdad...”

Anabella reconocía un patrón muy familiar: no importa si la razón está de tu parte, si no puedes convencer a los demás de ello. Más aún, insistir en que uno tiene la razón es una re­ceta eficaz para que los demás te la nieguen; sobre todo si al aceptar tu verdad su viejo mundo se ve amenazado. Sin duda el hecho de que Augusto no hubiese podido convencer a sus hermanos, y que los alienara con su afición a pontificar so­bre las nuevas ideas, era un componente importante de la historia que Anabella estaba tratando de entender. Los que debieron haber sido los aliados naturales se convirtieron en obstáculos.

Apartando sus ojos lejos del visor de su Explorador, Anabella dejó que su memoria se trasladara a su niñez y recordó como su padre siempre argumentaba con vehemen­cia y, excitado por sus propios argumentos, avasallaba inexo­rable al contrincante. No era difícil imaginárselo satisfecho con su vehemencia pero frustrado al ver como sus “inobjeta­bles'' argumentos eran ignorados.


"...las primeras hectáreas de terreno de la hacienda fueron hoy subastadas públicamente para cumplir con las obligaciones que se habían contraído durante el corto período de abundancia de principio de la década... los nuevos dueños (nuestros vecinos de toda la vida y anti­guos socios) no escondieron su intención de continuar ex­pandiéndose en nuestra dirección...”

Anabella, muy a su pesar, no pudo evitar perder su obje­tividad al leer los siguientes archivos, donde se detallaba la lenta pero inexorable materialización de lo que Oleo había temido y que junto a Augusto había tratado de prevenir sin mucho éxito. La vieja hacienda había sido víctima de su pro­pio éxito y de no poder entender que los cambios, a pesar del temor que inevitablemente generan, son la única semilla del árbol del futuro.


“...si sólo hubiese sido capaz de montar a los demás en el mismo bote, teníamos las ideas correctas y no las supe vender, ojalá que todavía estemos a tiempo, mi oportu­nidad ya está pasando. Atrás vienen Anabella y sus pri­mos, ellos pelearán las nuevas batallas, sus propias batallas...”


Anabella se desconectó de su Explorador y después de sus­pirar muy fuerte se dispuso a ir al almuerzo semanal con su hermana Emiliana. Tenía mucho que contarle, aún faltaba por investigar pero ya podía decir con certeza que todas las piezas para construir un destino diferente habían existido. Es un lugar común de la historia que sólo quienes propulsan los cambios cuando no parecieran necesarios sobreviven para ser testigos de la siguiente ola. Emiliana era aún lo su­ficientemente joven como para no tenerle miedo al cambio y lo suficientemente madura para aprender de la fábula que Anabella estaba tratando de desenmarañar. Ellas tenían un presente para vivir y un futuro por construir.