Wednesday, December 06, 2017

Revisitando Petrolia 2005

Parafraseando a Cervantes (que osadía la mía): en un lugar de Ciudad de Mexico, de cuyo nombre  ya no me puedo acordar, hace ya 12 años, me hospedaba en una pensión de mediana categoría junto con otro grupo de venezolanos; todos tratando  de ganarnos la vida con lo único que el régimen chavista nos había dejado, nuestro conocimiento.

Era dicembre, y con la nostalgia que al trashumante se le hace como segunda piel, se hacían los días largos y las noches melancólicas, musicalizadas estas por los acordes de alguno que otro villancico y de la imprescindible gaita: en mi subconsciente maracucho, petróleo y gaita siempre van de la mano, aunque curiosamente no recuerdo gaitas sobre el petróleo.

Es en esos días, la poca emigración venezolana era solo de los petroleros, a quienes el chavismo, bajo la mirada indiferente de muchos, había declarado como ciudadanos de segunda clase; agrupados en listas negras como indeseables. Y para nosotros, los petroleros, este exilio no era más que un accidente temporal; creíamos que pronto las aguas regresarían a su cauce normal y nosotros  a nuestra vida pasada.

Poco imaginábamos que lo  temporal se convertiría en la nueva realidad para muchos de nosotros.   Los menos pudieron hacerse para si y sus familias un nuevo camino en tierra extraña. Los más quedaron en Venezuela como ciudadanos condenados al ostracismo en su propia tierra.

Menos aún podíamos imaginar que el entonces goteo de petroleros se convertiría con el correr de los años en un torrente de venezolanos, de todas las extracciones y edades, huyéndole al colapso de una nación y a la destrucción de futuro que Hugo Chavez y sus herederos escogieron llevar a cabo en la otrora imperfecta pero pujante Venezuela, también ante la indiferencia de muchos. La ficción de prosperidad que los altos precios del petróleo habían apuntalado, dio paso a un país fallido en un abrir y cerrar de ojos - claro estuvieron cerrados por casi una década

Hace 12 años, en esa modesta pensión, escribí algo que llamé Petrolia, en honor a la Petrolia del Táchira, la petrolera pionera de Venezuela, y también honrando a esos petroleros que en los cuatro puntos cardinales del planeta se araban un futuro.

Hoy lo quiero compartir de nuevo, porque creo que es tan o más relevante que entonces. Pero esta vez está dedicado a todos los venezolanos que pasaran la Navidad fuera de casa. A ellos, y también a los  que resisten en la patria, les ruego mantengan viva la llama  de la esperanza. No la esperanza de regresar a la Venezuela  de sus recuerdos, que ya no existe, si no la esperanza de que más temprano que tarde los venezolanos podamos tener la oportunidad de construir un país con y en  libertad. El resto se hará con trabajo. ¡Feliz Navidad!

Tuesday, December 20, 2005




PETROLIA 2005
Comienzo a escribir estas líneas, una tarde decembrina, en una casa de residencias ubicada en una arbolada calle en el bullicioso centro de una ciudad milenaria, que para los propósitos que nos ocupa  bautizaremos con el nombre de Petrolia. Entre las 6 de la tarde y las 8 de la noche, el angosto pasillo que pasa por recepción de esta residencia, se puebla con las voces de los hombres y mujeres, que tras otra agotadora jornada de trabajo lejos de sus casas, de sus familias y de su país, regresan al refugio que sus reducidas y desnudas habitaciones ofrecen.

Los acentos son variados: el voceado maracucho, el seseado oriental, pasando por la educada voz del andino y el acento indescifrable del caraqueño, todos venezolanos, todos lejos de casa, todos unidos por las fuerzas del destino, bajo el cielo de un país extranjero que generosamente los acoge,  a cambio del baúl de conocimientos y experiencias  que pueden aportar.

Hace un poco menos de tres años, la vida de estos hombres y mujeres, juntos con  las vidas de otras decenas de miles de personas, se vio sacudida por una de las mas ignominiosas acciones de gobierno que la accidentada historia de Venezuela haya parido. Hace ya tres años, los trabajadores de PDVSA, creyendo ingenuamente en la solidez de los derechos ciudadanos consagrados en nuestra Carta Magna, se sintieron en la obligación ciudadana de arriesgar su carrera y el bienestar de sus familias para tratar de afectar el catastrófico destino al cual se orientaba el país.

Poco se ha analizado esos aciagos meses de finales del 2002 y comienzos del 2003.  Lo poco que se ha escrito, televisado o radiado, no ha alcanzado para escudriñar la verdad que se esconde tras una historia oficial  que se torna en realidad virtual a fuerza de tanto repetirla. No es este el momento ni el lugar para determinar esa verdad, pero si es de justicia dejar por sentado, que detrás de la amañada versión oficial, donde el gobierno aparece como una inocente victima de las conspiraciones de elementos antinacionales, podemos todavía atisbar las clavijas y personajes que el  estado todopoderoso y omnipresente manipuló de una manera consciente para producir, o al menos incentivar, la inmolación de la petrolera nacional ante el altar de la ambición política. No se nos deben olvidar quienes conducían los destinos de PDVSA  y la política petrolera en ese momento, ni sus responsabilidades. Pero dejemos eso para la historia y los historiadores, y volvamos a  Petrolia.

Petrolia es un nombre ficticio, pero es una ciudad real. Es la ciudad global donde habitan los trabajadores petroleros venezolanos privados de su derecho a trabajar y  de mantener a sus familias en el país que los vio nacer. Trabajadores honestos, entrenados y orgullosos. Petrolia es una ciudad cuyos suburbios tienen nombres familiares como Lagunillas y  Anaco, Maracaibo y Maturín, pero también menos conocidos como Riyadh, Fort McArthur, Ciudad del Carmen y Houston.

Petrolia es una ciudad de familias separadas, donde los problemas familiares deben  ventilarse a distancia, la llama del amor debe ser avivada vía INTERNET, y la remesa del ausente es el solitario recordatorio de su ineludible responsabilidad. Petrolia es una ciudad donde el conocimiento es la divisa de intercambio y sus habitantes la tienen en abundancia y la intercambian con pasión.

Petrolia está  también habitada por aquellos que con coraje entendieron que su futuro era alejarse fuera del alcance del olor del “estiércol del diablo”, y se encuentran construyendo nuevas vidas, en las más disímiles tareas y bajo condiciones bien lejanas del confort de las paredes del enclave petrolero que los vio crecer.

En la Residencia la noche empieza a desplazar la tarde, y los penetrantes olores de comida rápida impregnan los pasillos  a los que se abren las puertas de las austeras habitaciones, buscando conectarse unas con otras y componer un concierto de voluntades y recuerdos. Es a todos ellos, a los reales personajes de esta y otras residencias alrededor del mundo, así como a los otros miembros de la diáspora petrolera que son extranjeros en su propia tierra, que estas líneas están dedicadas en este el mes de las navidades.

Este es un homenaje a su valor, a sus principios, a su indomable deseo de luchar, pero sobretodo es un homenaje a la dignidad con que asumieron su responsabilidad en el pasado,  y con la que asumen su presente.
El silencio de la noche es roto por el sonido casi tribal de una gaita zuliana que trae añoranzas de la patria chica, semblanzas del espíritu de Ricardo Aguirre. Los árboles de la calle asemejan gigantes dormidos, pero aun de pie, como de pie sigue la fe de estos, mis conciudadanos de Petrolia. 


Tuesday, October 17, 2017

Apuntes Para una Nueva Narrativa Sobre El Petróleo en Venezuela


Las ideas que expreso en este texto, que ha sido muy generosamente publicado por el portal PRODAVINCI el 6 de octubre del 2017, son el producto de mis propias reflexiones y de inumerables conversaciones con amigos y adversarios, dentro y fuera de la industria petrolera a través de los años. Los avatares de la vida me hicieron,  primero,  por diseño, derivar lejos del petróleo, para luego, mas por azar que por diseño, recalar en de nuevo en él.

Quizás por eso, y porque  de una u otra manera mi familia ha estado ligada al petróleo por cuatro generaciones, tiendo a mirarlo con generosidad, crítica, pero generosidad al fin

No pretende el texto ser más de lo que el título dice que es, unos apuntes;  que me sirven a mí para entender lo que a veces se me hace casi inentendible: la relación de amor y odio entre los venezolanos y el petróleo.


Aquí,  el texto publicado en PRODAVINCI


Buscar una respuesta a la pregunta de porqué Venezuela, después de más 90 años de explotación petrolera y después de incontables coqueteos con la modernidad, se encuentra aún tan lejos de transitar el camino del desarrollo, es una tarea titánica, quizás tan titánica y utópica como la construcción de ese huidizo desarrollo.
Uno pudiese especular sobre las causas económicas, políticas y hasta climáticas de tan curioso fenómeno, y sin duda se pudiera estructurar alguna suerte de explicación coherente, pero hasta ahora ninguna muy convincente; como Henry L. Mencken dijo alguna vez: “Para cada problema complejo hay una solución simple, clara y equivocada”.
El atreverse siquiera a intentar explorar el porqué el petróleo no nos ha conducido por la vía definitiva del progreso es una tarea peligrosa, y llena de medias verdades y de cronistas mal intencionados.
En muchas de las explicaciones que los expertos y cronistas se acostumbran a aventurar, el fantasma de la renta petrolera siempre se asoma como el chivo expiatorio de más aceptación. Un  somero muestreo resulta en frases que les pueden resultar familiares:
—El petróleo destruyó la economía agrícola (Alberto Adriani).
—Hay que sembrar el petróleo (Uslar Pietri).
—Hay que guardar el petróleo para las generaciones futuras (Celestino Armas).
—El excremento del diablo (Pérez Alfonzo).
—Hay que salirse de la OPEP (Sosa Pietri).
—El Estado dentro del Estado/ La Caja Negra (todos a una).
—Es preferible que PDVSA invierta a que los políticos lo malgasten (PDVSA).
—El petróleo, ahora sí, es de todos (Pérez Jiménez, Betancourt, Pérez Rodríguez, Chávez Frías…).
Sería fácil desdeñar estas frases, bien por no ajustarse a nuestra visión, por considerarlas superficiales o simplemente por equivocadas. Sin embargo, la reiterada aparición de versiones de ellas a lo largo de nuestra historia, nos debe hacer recapacitar y podemos aventurar que estas son  las respuestas que el inconsciente de la sociedad venezolana le ha dado a su notoria insatisfacción con el petróleo. Como apuntó el escritor Ibsen Martínez en una entrevista a raíz de su obra Los Petroleros Suicidas: “Hay una esquizofrenia colectiva (…) y es que sí, sabemos que somos petroleros, pero no nos explicamos por qué rayos no somo ricos” - El Universal, 13 de Agosto de 2011.

Siempre con el dedo apuntando a la fatalidad, nunca a nuestra voluntad
Hoy, con su permiso, quisiera compartir algunas reflexiones sobre la industria petrolera. Apoyándome en su larga y tormentosa historia, pero con la mirada firmemente anclada en el futuro. Decía Manuel Caballero: “…el petróleo es un Minotauro sin Homeros”, refiriéndose a la falta de dedicación de nuestros escritores a esta nuestra principal industria. Sin embargo, no hay más que pasearse por la  larga historia del petróleo en Venezuela, para entender que, querámoslo o no, rotula nuestra historia contemporánea.
Miguel Otero Silva, en su novela Casas Muertas (1955), describe la pobreza que ahogaba a la Venezuela rural antes que el petróleo  comenzará a transformar el paisaje, y por el otro  asoma el sueño de progreso que el petróleo representaba, y que aún hoy perseguimos cual inalcanzable quimera:
“Venían de las más diversas regiones, de las aldeas andinas, de las haciendas de Carabobo y Aragua, de los arrabales de Caracas, de los pueblos pesqueros del litoral… Todos iban en busca del petróleo que había aparecido en Oriente, sangre pujante y negra que manaba de las sabanas, mucho más allá de aquellos pueblos en escombros que ahora cruzaban, de aquel ganado flaco, de aquellas siembras miserables. El petróleo era estridencia de máquinas, comida de potes, dinero, aguardiente, otra cosa. A unos los movía la esperanza, a otros la codicia, a los más la necesidad”.
Los mitos del petróleo 
Aunque los hidrocarburos aparecen muy temprano en nuestra historia, no es hasta el reventón del pozo Barrosos número 2, el 14 de diciembre1922, en la costa oriental del Lago de Maracaibo, que Venezuela entra a tomar su rol protagónico en el escenario petrolero mundial. Este suceso no solo es el  hito que marca el comienzo de nuestra era petrolera, sino que también acuña, a mi manera de ver, algunos de los arquetipos y mitos que nos acompañan hasta al día de hoy
Una lectura de la historia y leyendas que se han tejido alrededor del  pozo Barrosos y su impacto en la Venezuela del Benemérito, nos servirá para señalar tres de los arquetipos que caracterizan la mitología venezolana acerca del petróleo:
  1. El hecho milagroso.
  2. El enclave.
  3. La Caja Negra.


1. El hecho milagroso
El Barrosos, localizado en las afueras de Cabimas, estuvo fluyendo sin control por más de diez días, y la historia que nos ha llegado cuenta que más de un millón de barriles fueron derramados. Dice la leyenda, que los vecinos del Barrosos, ante el miedo que les causaba el  ensordecedor ruido del reventón y la indetenible lluvia de petróleo que brotaba de las entrañas de la tierra, le rezaron a San Benito para que intercediera,  y cantaron albricias cuando la naturaleza cedió.
Los ingenieros de hoy en día, racionales y prosaicos, argumentarían que el pozo se taponó con arena y ceso de fluir. Y aunque esta última es sin duda la mejor explicación, nosotros, los venezolanos, firmes herederos de los vecinos de Cabimas, hemos escogido relacionarnos al hecho petrolero del lado del milagro.
Esta aproximación mágica, herencia de nuestra cultura agrícola, ha sido reforzada a lo largo de nuestra historia por otros “milagros”. De cuando en cuando, casi en extraordinaria coincidencia con alguna crisis interna del país, un hecho externo fortuito ha disparado la demanda o los precios del petróleo y ha rescatado la economía nacional del abismo al cual se asomaba: la Segunda Guerra Mundial, la Guerra del Yom Kippur, la Caída del Sha, la Guerra de Golfo, la insurgencia de la economía China. De guerra en guerra, de milagro en milagro.

2. El enclave
Ramón Díaz Sánchez, en su novela Mene en 1936, congela para la historia la animadversión que el petróleo promovió entre extranjeros y criollos:
“Casas de madera resplandecientes, sobre pilastras con techumbres aisladoras. Jardinillos plantados con acusado aire de forasterismo. Todo un pueblo nuevo y exclusivista, aislado del mundo circundante con una extensa verja de hierro (…) Allí predomina el blanco, un blanco neto, agresivo como el de los modernos hospitales y salones de barbería. Sugiere el confort de aquellos chalets cierta idea de cartujismo, con todo lo necesario para no carecer de nada…”.
No es mera coincidencia que esta novela fuera publicada en el mismo año de la primera huelga petrolera, llamada la huelga del “agua fría”, que fue sintomática de la animadversión que sembraron a su alrededor, los “musiues” del petróleo. Interesante recordar que esta huelga es la semilla principal del sindicalismo en Venezuela. 80 años después de que se escribiera Mene, el enclave sobrevive, fisica y mentalmente, en  los campos petroleros rodeados de la real Venezuela y en los corredores del poder político
3. La Caja Negra
Asociado al mito del enclave, se acuñó el mito del secreto deshonesto, cuya encarnación nacionalizada se ha dado en conocer como “la Caja Negra”.  Imaginemos por un momento a los venezolanos opuestos a la tiranía gomecista, observar a unos extranjeros, de ojos claros, hablando en un lenguaje desconocido, armados de extrañas máquinas, abriendo hoyos en la tierra, extrayendo un negro líquido y transportándolo allende los mares. Viviendo en campos cercados, y relacionándose solo con los gobernantes, quiénes a espaldas de sus gobernados y escondidos tras la legitimidad del estado, usufructuaban la bonanza minera que los extranjeros producían y los locales poco disfrutaban.
¿Es de extrañar entonces que el venezolano percibiera el petróleo como un hecho oscuro y pecaminoso? Más allá del hecho objetivo de que después de la nacionalización la cosa petrolera estuvo sometida al escrutinio del estado como nunca antes, el mito sobrevivió, porque así son las buenas leyendas: perdurables, indestructibles.
Pero no es mi intención reescribir la historia, como se ha vuelto muy de moda hacer en estos tiempos de intelectualidad petrolera tarifada. Nada puede borrar los impactos positivos, los más, y negativos, los menos, que el petróleo tuvo en la Venezuela rural y atrasada de principios del siglo XX. Observaba Emilio Pacheco, hablando del General Gómez: “…el petróleo apuntaló la tiranía, pero también creo las condiciones para su disolución” -  Emilio Pacheco. De Castro a López Contreras, Editorial Domingo Fuentes, 1984.
Lo que es difícil entender y nos debe dar pausa, sobre todo a aquellos de nosotros que pretendemos construir opinión alrededor del tema, es que cien años después del Zumaque I, la visión que Venezuela tiene del petróleo, y como consecuencia de la política petrolera, todavía gira alrededor de creencias originadas en una realidad y en una sociedad que ya no existe, pero que perdura en la cosmovisión de los venezolanos

Somos un país rico
El notable crecimiento económico de Venezuela durante una gran parte del siglo XX, sobre todo después de la Segunda Guerra Mundial, y la migración de país rural a un país con todos los síntomas exteriores del desarrollo, nos llevó a pensar, no sin motivo, que nuestro destino era ser ricos porque teníamos petróleo y otros recursos en abundancia.
Todos habremos oído alguna vez la historia de la conversación entre San Pedro y Papa Dios al momento de la creación, cuando ante la queja de San Pedro de que a Venezuela se le habían adjudicado riquezas en demasía, Papa Dios responde que no hay de qué preocuparse ya que para balancear crearía tal o cual partido político.
Un análisis de las cifras de ingresos generados por el petróleo, durante las últimas décadas, nos permite identificar algunos hechos que nos dieron pie a pensar que éramos ricos, y también, algunos hechos generados por pensar que seguiríamos siendo ricos.
Durante la bonanza petrolera que precedió a la nacionalización (estatización de la industria petrolera), en los años 70, llegamos a tener ingresos petroleros de más de 3.000 dólares per capita. Ese espejismo, que hoy conocemos como la Venezuela saudita, motivo entre otras cosas adelantar la reversión petrolera, y con euforia nacionalista el país la decisión de  transformar al Estado de administrador del recurso en el subsuelo, a empresario del petróleo.
Aunque hoy podemos ser críticos de tales decisiones, no hay que olvidar que el consenso de los expertos entonces era de un crecimiento indetenible del precio del petróleo  (se llegó a hablar de petróleo a $100) y de riquezas sin límite. Pero el espejismo duró poco, y Venezuela y sus socios de la OPEP, en un intento suicida por mantenerse en el sueño, destruyeron su capacidad de producción y abandonaron sus mercados. Venezuela redujo su capacidad de exportación en el lapso de una década  en casi 2 millones de barriles/día, sacrificio que sin embargo no detuvo la irremediable caída de los precios. Cuando finalmente recapacitamos, y cambiamos de senda, nos tomó  algo más de dos décadas recuperar sustancialmente nuestra capacidad de producción y exportación.
Durante los tres primero lustros de este siglo del siglo XXI  transcurrimos una situación similar: un espejismo de bonanza petrolera temporal y una destrucción sistemática de nuestra capacidad de producción y pérdida de mercado, esta vez por incompetencia técnica y politización de la industria. El sueño irremediablemente se ha tornado otra vez en pesadilla. Nos encontramos, hoy en el 2017, con una industria petrolera sacrificada en el altar de una ideología impermeable a la razón, con el agravante de contar con una creciente población, engañada por cantos de sirena y buscando a quien culpar de la  bonanza perdida. Una dura lección que nos tocará aprender de nuevo.
Las consecuencias del enclave
Si en algo la industria petrolera nacional, en particular la PDVSA prechávez, falló, fue en entender que su propio desarrollo, empresarial, técnico y humano, producto de su carga genética, de su misión empresarial y de las presiones darwinianas presentes en el entorno competitivo del escenario energético global, no era compatible con la visión minera que el resto del país, en particular el país político, mantenía y aun mantiene sobre el petróleo.
La industria petrolera nacionalizada, ensimismada en lo que eran sus innegables logros empresariales, no pudo detectar a tiempo como esa brecha de visiones se iba ensanchando. Lo que en el pasado era la tensión, a menudo destructiva, entre las multinacionales y los gobiernos (así como con  las comunidades en su entorno), fue sustituida por la tensión que se origina en la diferencia de visiones con diferentes sectores del país, sin sincronización de metas o aspiraciones. Lo mismo ocurría en otros sectores, económicos y políticos, que se veían desplazados por el Gargantúa que la industria nacionalizada tendía a encarnar.
En particular, al Estado asumir el rol de inversor en la industria petrolera, se crearon las condiciones para que los requerimientos de capital de la industria entraran en competencia con los requerimientos de otros sectores del Estado. En esta competencia, de díficil balance, se fueron creando conflictos fundamentales en los que ambas partes encontraron difícil establecer terreno común, reforzando el arquetipo del petrolero desconectado del resto del país.
El falso arranque
En la década de los 90, la política petrolera del Estado venezolano tomó el rumbo de la expansión de capacidad de producción en función de sus ventajas comparativas de recursos naturales, oportunidades de mercado y necesidades fiscales. En ese escenario, emerge con renovada fuerza una diatriba virulenta entre aquellos que, por un lado suscribían el control monopólico del estado, y por el otro aquellos que veían en la ampliación de la participación de la privada, el camino del desarrollo virtuoso.
Esta visión maniquea alrededor del petróleo, destructiva porque llama a la polarización de la opinión pública, es en última instancia una discusión estéril. El cerrar la industria petrolera a la inversión privada no solo no era factible sin destruir buena parte de la industria, sino que también hacía caso omiso de las necesidades reales de inversión que el país necesitaba para promover el crecimiento económico necesario.
La llamada “apertura petrolera” fue capaz de atraer ingentes capitales y resultó en nueva producción en áreas tradicionales y en particular en la Faja del Orinoco. Este esfuerzo perdió dinamismo durante la primera parte de este siglo, tanto por razones políticas como técnicas, en un ambiente de precios crecientes que maquillaron por muchos años el colapso real de la capidad productiva y sus efectos negativos en la economía. Por otro lado, la falta de un estado competente, con el interés de la nación como su foco, requisito indispensable para establecer un campo de juego nivelado y en última instancia fecundo para todos los actores, ha sido un factor regresivo en esta dinámica.
Aún así, hoy en 2017, 50% de la producción nacional es realizada por empresas con participación privada, algo paradójico cuando se considera el discurso nacionalista y patriotero del Gobierno de turno.
El camino hacia adelante
Cuando miramos hacia adelante, no hay duda de que la industria del petróleo y gas todavía representa nuestra gran oportunidad y palanca para el desarrollo. Para materializar este potencial es indispensable un gran consenso nacional que reconozca que de la pobreza solo se sale con crecimiento económico. La historia de la humanidad ha demostrado, con crudos  hechos, que la ideología podrá mover los corazones, pero no alimenta los estómagos ni da cobijo de la intemperie, al menos no de una manera sustentable.
La sociedad que hemos construido alrededor de  la “mina” petrolera tiene valores culturales que deben ser cuestionados si queremos modificar nuestro pobre desempeño económico, y con ello lograr el crecimiento necesario para sacar a la nación de la pobreza.
La narrativa del arquetipo minero, y las creencias que giran alrededor de él, han moldeado en gran parte lo que es la sociedad venezolana en la que hoy vivimos. Creyendo que somos ricos, invertimos tiempo y esfuerzo en identificar nuevas y más justas manera de distribuir la riqueza que no hemos trabajado.
No acabamos de entender que convertir el recurso en riqueza requiere de esfuerzo financiero, tecnológico y organizacional, y que no podemos repartir la riqueza que no tenemos, sin producir la riqueza que sí podemos.
No debe quedar la menor duda de que el desarrollo económico necesario solo es  posible si se habilitan TODOS los actores económicos: nacionales y extranjeros. Los niveles de crecimiento no los puede dar solo el petróleo y menos el aún el monopolio del Estado; de hecho esto es una realidad objetiva desde hace más de dos décadas y que los gobiernos se  empeñan en ignorar.
Me atrevería a decir que nuestra secular crisis política es el resultado directo de nuestra incapacidad de crear los mecanismos de creación de riqueza necesarios, para mantener una sociedad en armonía.
Pero no existe una sola narrativa que sustituya el imaginario existente. Los actores en este diálogo: el sector político, la academia, las comunidades, los militares, los industriales, las compañías petroleras, etc., tienen interesés y creencias disímiles y es imprescindible identificarlos para poder crear los diálogos necesarios, de lo contrario repetiremos las posturas refractarias del pasado.
Perspectivas de futuro
El petróleo y el gas fueron el motor de la economía mundial del siglo XX, así como de  de buena parte de nuestro desarrollo. Estos recursos, sin duda, continúan siendo una ventaja comparativa y competitiva que no debemos despreciar y que debemos promover como una importante actividad productiva y un factor indispensable en la recuperación y crecimiento de nuestra economía.
Esta ventaja, sin embargo, solo nos llevará parte del camino. Ya se divisan las señales que anuncian el próximo recodo en el camino y que apuntan hacia el ocaso de la era de los combustible fósiles. Como país debemos identificar la siguiente ola de revolución económica y tecnológica y montarnos en su cresta, ya que solo así podremos elevarnos a los niveles de desarrollo requeridos para salir de la pobreza. El petróleo y el gas son solo el asfalto en el camino hacia ese inevitable futuro.
Pero mientras tanto, pecaríamos por desidia si no nos abocamos a desarrollar las ventajas que el sector de la industria de los hidrocarburos nos ofrece. Para ello debemos transformar la estructura del sector, delimitando los roles y responsabilidades que el estado, y los demás actores económicos nacionales y extranjeros, deben tener.
Debemos salvaguardar los derechos de la nación, pero incentivando a todos los actores, de la manera más amplia, a participar. El panorama del sector hoy día está lleno de oportunidades sin aprovechar, ya por falta de recursos financieros o tecnológicos, ya por limitaciones legales, ya por exceso de ideología. La industria de los hidrocarburos, apropiadamente estructurada, puede establecer la base sólida para el crecimiento.
Para ello se requiere de la ampliación de la base de capital financiero y humano, incentivando la participación privada. No solo es necesario modificar la legislación y la gobernabilidad del sector, debemos también entender que solo a través de la implantación de los incentivos adecuados y de reglas claras y justas, es que se puede promover la creación de una verdadera industria venezolana de los hidrocarburos; diferente y más eficiente y efectiva que el modelo de  industria petrolera estatal que nos trajo hasta aquí.
Puntualizando
El reto de preservar la nación pasa por erradicar los mitos y creencias que nos mantienen atados a los hechos del pasado, que se han convertido en los prejuicios del presente, bajo la guisa de ideología nacionalista.
Hacer eso no es tarea fácil y probablemente necesitemos de “intervención” para poder establecer una nueva síntesis, adecuada a los nuevos tiempos y entendiendo que no hay soluciones mágicas.
Lo que sea que diseñemos debe ser sustentable para que pueda ser eficaz; y que cuando hablamos de construir una nueva narrativa no significa hacer un adefesio de la suma de las viejas narrativas, sino buscar innovar.
La necesidad de un cambio cultural no debe ser despreciado, y aunque la ingeniería social es siempre un ejercicio pedante y sin duda peligroso, hay que empezar a erradicar la mentalidad minera.
El petróleo no es un enclave. El petróleo no es una caja negra, El petróleo no tiene nada de mágico o milagroso. La verdadera magia reside en las fuerzas productivas de la sociedad y en el derecho inviolable de cada ciudadano a tomar sus propias decisiones.
Mene y Casas Muertas… ambas son novelas donde el petróleo es visto desde afuera; y sus autores hacen un viaje a esa tierra extraña y nueva donde se explota el hidrocarburo, pero que es una tierra que nada tiene que ver con la propia: nada que ver con la Venezuela que tanto Díaz Sánchez como Otero Silva siempre han conocido como la suya. Es un país extranjero, donde domina el diablo, el minotauro”. Manuel Caballero -Un minotauro sin Homeros, El Universal, 12 de abril de 1998.
Abandonemos el miedo al diablo y a la oscuridad que él representa. Si no, habitaremos un pueblo fantasma.
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Friday, December 23, 2016

CANCION DE NAVIDAD V2 (2016)


En navidades del 2004, tomé la historia de Dickens como telón de fondo para mi saludo navideño en este blog. Hoy, 12 años más tarde, poco le puedo agregar, así que emulando a los editores que han explotado a Dickens a lo largo de décadas, me permito re-publicarla, con algunos cambios menores que toman en cuenta el tiempo transcurrido, pero con el mensaje aún intacto y relevante, y con mi esperanza aún puesta en que Venezuela pueda resurgir.




Luis A. Pacheco
Con mis excusas a Charles Dickens

“He intentado en este librito fantasmal, levantar una idea fantasmal, que no les quitará a los lectores de su estado mental, del trato el uno con el otro o de las fiestas navideñas. ¡Qué el relato frecuente a sus casas con alegría! , su amigo y sirviente fiel” Charles  Dickens.


En 1843, Charles Dickens, el escritor de la Inglaterra victoriana por excelencia, publicó un cuento titulado: “La Canción de Navidad” (Christmas Carol), que con el tiempo ha llegado a convertirse en una de las historias de Navidad mas contada.


Esta obra narra la historia del avaro prestamista Ebeneezer Scrooge, a quien, durante una gélida Nochebuena, solo en su casa, se le apareceren tres espíritus o fantasmas, que representan su pasado, su presente y su futuro. Tras esta visita, y tras vislumbrar la soledad y la muerte que le aguardan y sus causas, sin amigos y sin familia, Mr. Scrooge se ve obligado a cuestionar los valores por los que vive.

Estamos en tiempo de Navidad y por lo tanto de tradicional júbilo. Tiempo de regalos y amor. Tiempo de compartir con familia y amigos. En fin, tiempo de reflexión.

El petróleo venezolano, es decir Venezuela, tal como Mr. Scrooge en el cuento de Dickens, tiene también un espíritu del pasado, un espíritu del presente y un espíritu del futuro.

No por casualidad el espíritu del pasado nos transporta al 14 de diciembre de 1922, hace ya más de noventa años: El reventón del Barroso No.2 y su impacto en el tránsito del gomecismo al siglo XX.

Tal como a Mr. Scrooge en el cuento de Dickens, el espíritu del pasado nos remonta al tiempo de nuestra niñez como Nación, cuando con ojos asombrados contemplábamos el potencial de futuro que todo niño posee, y cultivábamos con inocencia el sueño de alcanzar el progreso.

Este sueño, lo hemos materializados como Nación, a ratos, a lo largo de estas últimas nueve décadas a lomos del petróleo, pero el tiempo, nuestros errores, y el miedo a la modernidad de la clase política, han hecho que se desdibujen.

El espíritu del presente, como el cuento de Dickens, nos muestra en su cruda realidad los resultados de nuestros errores como Nación: El desperdicio de la riqueza petrolera a lo largo de las últimas cuatro décadas, la explotación de la mina petrolera bajo la visión del enclave, y de lo que los economistas llaman la visión rentista.

Ciclos de bonanza y decadencia, de los cuales pareciéramos aprender poco, con la excepción de cómo ordeñar la falsa bonanza.

La destrucción del sueño de la Venezuela posible, en la encarnación de sus instituciones más preciadas, por un grupo de facinerosos que también crecieron a la sombra de la renta, se erige como un ruidoso fantasma que marca un tránsito de vida nacional lleno de oportunidades perdidas y de revolución estéril y carroñera.

Pero al igual que a Mr. Scrooge, el espíritu del futuro nos da una segunda oportunidad. Nos permite proyectarnos y entender que de seguir por el camino que vamos, las navidades futuras nos depararán sorpresas aún más desagradables.

El País, en la persona de aquellos que hoy lo conducen, de ambos lados de la talanquera, va a camino a desbarrancarse. El espíritu del futuro nos permite vislumbrar el pueblo fantasma en que nos convertiremos, si permitimos que la mentalidad que prevalece (y no hablo solo del gobierno de turno) nos continué dirigiendo.

El petróleo (la mina) y sobretodo la manera como seguimos entendiendo los conceptos de riqueza y de pobreza, nos hace derivar hacia un futuro sombrío (en el símil de Dickens, hacia una muerte sórdida y solitaria), producto de la incapacidad de nuestra sociedad (Mr. Scrooge) de aprender de su experiencia.

Pero es Navidad, y al igual que en el cuento de Dickens, la visita de los espíritus del pasado, el presente y el porvenir nos ofrece la posibilidad de meditar sobre un diferente destino; reivindicando lo bueno del pasado y elevando la mirada sobre un presente que se nos hace pesado, hacia un futuro que tenemos la obligación de construir, o si no a sufrir.

 El petróleo ha sido nuestra bendición y nuestra maldición. El pasado y el presente es una colección de lecciones sobre las cuales podemos y debemos construir nuevas realidades. No hay destinos irremediables. Debemos abandonar el fatalismo y abrazar las posibilidades que el espíritu del futuro nos ofrece. Para ello debemos empezar por cambiar el presente más allá de las pequeñas mezquindades que hoy nos envuelven. Debemos atrevernos a soñar sin límites.

Mr. Scrooge, atormentado por su experiencia fantasmal de nochebuena termina rogándole al espíritu del porvenir:

“Honraré la Navidad en mi corazón y procuraré guardarla todo el año. Viviré en el pasado, en el presente y en el porvenir. Los espíritus de los tres no se apartarán de mí. No olvidaré sus lecciones. ¡Oh, decidme que puedo borrar lo escrito en esa piedra!” [hablando de su lápida]

 De más esta decir que Ebeneezer reforma su vida y el cuento tiene un final feliz.

En nuestro caso tenemos la obligación de creer que todavía existen venezolanos que creen en el ideal de libertad y progreso (lo tengo por seguro), y que trabajan todos los días para que estas ideas germinen en nuestros corazones, e impulsen la construcción de un mejor y diferente país; no hacia un final feliz, sino hacia un nuevo y necesario comienzo.



¡FELIZ NAVIDAD A TODOS!