Wednesday, February 10, 2016

El Petróleo - Tsunami Inesperado



“Es evidente que el precio considerado más probable por el mercado es el precio actual; si el mercado juzgara lo contrario, no usara este precio, pero algún otro precio, mayor o menor” – Louis Bachelier


El 27 de noviembre de 2014, hace ya un año, la Organización de Países Exportadores de Petróleo (OPEP), forzada por la posición de Arabia Saudita, tomó un decisión inesperada para el mercado petrolero y degradablemente sorpresiva para muchos de sus miembros:

“…en aras de restablecer el equilibrio del mercado, la Conferencia decidió mantener el nivel de producción de 30,0 millones b / d, como se acordó en diciembre de 2011”.

En este sucinto párrafo, la siempre influyente organización, acusada secularmente de abusar su posición de dominio para mantener los niveles de precios del petróleo, cambiaba una política que había mantenido por buena parte de lo que va del siglo.

El objetivo explícito de Arabia Saudita, poseedor de las mas grandes reservas del mundo, era proteger su participación de mercado en el mediano plazo, enfrentada como estaba a un suministro creciente en países no OPE, esto aún a costa de una pérdida de ingresos en el corto plazo.

La reacción del mercado no se hizo esperar. Los precios del barril marcado de WTI, que había caído 30% desde junio del 2014, descendieron ese día a su valor más bajo en cuatro años: US $ 72 /barril.

La mayoría de los analistas reaccionaron dentro de lo que se consideraba la lógica de mercado:  este cambio en la estrategia de la OPEP tendría un impacto negativo importante en una porción importante de la producción mundial, en particular en los petróleos no convencionales, y una vez “limpiado” ese excedente de suministro, los precios retornarían a niveles más aceptables a mediados del 2015.

De igual manera, economistas muy sesudos apuntaron a la vulnerabilidad de las economías de muchos países productores de petróleo a precios bajos, lo que haría insostenible la nueva estrategia a muchos países miembros de la OPEP, con la notable excepción de Arabia Saudita.

Hoy, 12 meses más tarde, con el precio del marcador WTI en niveles de US$ 40/barril, y con una contracción importante de los niveles de inversión en toda la industria petrolera mundial, incluyendo a Colombia, todavía no se empieza atisbar una recuperación.

Es verdad que los precios bajos han afectado a los productores de alto costos, como era de esperarse, pero también es verdad que la mayoría de los productores, así como los países, se han adaptado de manera eficaz, y hasta sorprendente, al nuevo ambiente, reduciendo su estructura de costos y eliminando inversiones para poder sobrevivir el corto plazo, aún a costa del mediano plazo. La conclusión obvia es que los analistas subestimaron la reacción de los productores a las señales de precios

Como consecuencia, y a pesar de la ruidosa corrección en el precio del petróleo, a octubre del 2015 el suministro mundial alcanzó 94 millones de barriles/ día, con una demanda de 92.86millones de barriles/día (cifras de OPEP), un desbalance que mantiene los precios bajos.

Tratar de predecir el futuro, aún los próximos doce meses, es un ejercicio ambicioso y no será este cronista el que se atreva. No hay duda que los bajos precios han tenido un efecto de destrucción de oferta que empezaremos a ver, pero probablemente su impacto tardará un tiempo. Nos queda la duda de cómo se comportará la demanda, que es el otro lado de la ecuación que empieza a tener ciertas incertidumbres.


Los más apuestan a un recobro modesto, de 50 – 60 $/b WTI, hacia la segunda mitad del 2016; algunos le apuestan a que los sauditas pestañeen y reviertan su estrategia. Lo cierto es que las compañías, y sobre todo los gobiernos de países como Colombia deben pensar en un escenario donde esta nueva realidad sea algo más que una coyuntura y haya que aprender a navegar este bajo sin encallar. 

Publicado en NOTAECONOMICA, Dic 2015

Monday, January 11, 2016

Historia de una Fábula



A mediados de 1996, estando todavía PDVSA organizada bajo el modelo de filiales verticalmente integradas, fui asignado para ser Sub-Gerente General de la División de Operaciones de Producción de Maraven (DOP), con sede en Lagunillas/Maracaibo. Una envidiable oportunidad que me daba la organización, y que tomé a pesar de las dificultades que ello implicaba, ya que me permitía acercarme a la parte operacional de la empresa desde una perspectiva única.

Familiarmente, sin embargo, fueron unos tiempos difíciles, ya que mi hija mayor, Anabella, tendría un poco más de un año, y Emiliana, mi hija menor, apenas estaba en el período de gestación, y mi ida a Lagunillas implicó una separación en distancia que no fue fácil de sobrellevar.

Les cuento todo esto para poner en contexto la narración que aquí les comparto. En esas noches de campo petrolero, que se hacen largas cuando uno no es parte de la cultura etílica con la que mitiga la soledad, mucho es lo que piensa uno. Durante una de esas noches me dio por tratar de escribir algo que combinara esa ausencia de familia que sentía, con las realidades que veía de un modelo de industria petrolera que daba señales de agotamiento.

Es así como surgen las líneas que siguen, que fueron publicadas en la revista Tópicos en su edición 657, de diciembre de 1996, y que hoy, veinte años más tarde, me vinieron a la mente leyendo un ensayo de Gustavo Coronel sobre los cuarenta años de PDVSA (http://lasarmasdecoronel.blogspot.com.co/2016/01/40-years-of-petroleos-de-venezuela-my.html) y la discusión que ha originado. 

La historia que sigue es el resultado de "escanear" la revista, y conserva el texto original tal como fue publicado, a excepción de ciertos errores de sintaxis que he identificado y corregido. No he corregido la estructura de la narrativa, que hoy veinte años más tarde se me antoja como imperfecta, para mantener el espíritu y forma original. 





Anabella abrió sus ojos tan pronto como escuchó el ruido en la calle, se levantó lentamente de la cama, y estirando los brazos para sacudirse la modorra matutina se acercó a la ventana, dejando que la luz del sol la abrazara con intensi­dad. Eran las 6:30 de la mañana. Anabella tendría que en­frentar la tarea de revisar los archivos de su padre, tratan­do de reconstruir los acontecimientos que habían llevado a la crisis por la cual atravesaba la hacienda familiar.

Anabella y su hermana Emiliana, eran la cuarta generación de una familia que había crecido a la sombra de una hacienda que, habiendo comenzado modestamente y crecido hasta ser una de las más grandes del continente, se había deteriorado inexpli­cablemente durante el tiempo de su padre, hasta convertirse sólo en una sombra de lo que fue en su época más brillante.

El trabajo que Anabella se ha­bía asignado a si misma le generaba sen­timientos ambiguos. Por un lado el reconstruir el pasado la acercaba un poco más a ese padre que poco había cono­cido y que mucho extrañaba. Por el otro, desenmarañar la compleja, pero, en retrospectiva, obvia madeja de acciones y omisiones de la gene­ración de su padre, de al­guna manera la entris­tecía. No es nada fácil ser historiador cuando la historia es acerca de uno mismo. 

Sin embar­go, Anabella estaba dispuesta a concluir lo que había empezado. Quizás nunca podría descubrir toda la verdad, aunque ya había llegado a la conclusión de que había varias verdades escondidas en los hechos, pero al menos el presente y por lo tanto las posibilidades del futuro habrían dejado atrás las sombras que los acosaban.

Hoy, Anabella se sentó de nuevo de cara a su Explorador, desde donde podía tener acceso a los archivos que su padre había coleccionado o escrito acerca de los acontecimientos de fi­nales de la centuria automotor. Después de identificarse por medio de su huella vocal, Anabella reemprendió la emocio­nante  y a veces angustiosa tarea de entender el pasado...


“...Oleo cerró el consejo de familia resumiendo lo acordado y tratando de asegurarse de que todos los miembros estu­viesen claros acerca de lo que había que hacer y su impor­tancia. La reunión había sido más tensa que de costumbre y los desacuerdos silenciosos habían hecho más ruido que las voces de asentimiento. Por motivos que Oleo trataba de ignorar, los asuntos importantes ya no eran discutidos públicamente. En particular, sus tres hijos mayores se cuidaban mucho de disentir en público sobre lo que ellos consideraban eran sus deseos, no importa cuan en desacuerdo estuviesen con los objetivos o los métodos propuestos. Casi sin proponérselo, Oleo había anulado la atmósfera de discusión necesaria para que se ventilaran con claridad los problemas, el incentivo había dejado de ser el anhelo juvenil de crecer, aprender y cons­truir el futuro de la familia juntos, y había pasado a ser la lucha por la sucesión al frente de la familia"

        "....Oleo no sólo había oído las recomenda­ciones que su hijo menor le había hecho producto de un análisis de la situación, sino que las había hecho suyas. Su instinto le decía que aunque no todas las piezas encajasen perfectamente los cam­bios de piel eran saludables. Augusto, el menor, su­gería que, a pesar del aparente bienes­tar con que se per­cibía la actividad de la hacienda, se po­dían ya detectar indi­cios que apuntaban a que la salud a largo pla­zo del negocio, y por lo tanto de la familia, de­pendía de que se empezaran a tomar acciones que cambiasen drásticamente la manera tradicional como se habían venido haciendo las cosas..." 

"...claro que todos sabemos que las cosas están cam­biando. Por supuesto que la familia ha crecido y la com­plejidad de la hacienda se ha incrementado. Sin embargo, los precios se mantienen altos y, hoy como ayer, éste sigue siendo un muy buen negocio. Yo no sé por qué papá se em­peña en hacerle caso a Augusto, ese imberbe no es más que un seguidor de las perecederas modas de las que oye hablar en la INTERNET. No tengo tiempo para todo esto, alguien tiene que producir. Pero no hagamos mucho ruido, oponerse públicamente a los ‘cambios’ es obviamente una mala estrategia. Aunque yo sé como manejar esto mejor que nadie, ya que lo llevo haciendo por más de 20 años, hay que complacer al viejo..., ya pasará".

Anabella detuvo su actividad por un instante, las palabras e imágenes se agolpaban en su mente. Como todos los días, se pre­guntaba a sí misma por cual razón lo que su padre y abuelo habían visto, y que a través del cristal del tiempo se veía tan lógico y razonable, había sido imposible de entender para los otros miembros de la familia. Quizás, y esto era sólo una especu­lación de su parte, el éxito del pasado fue un peso demasiado grande so­bre los hombros de la familia y le impidió levantar la vista y mirar más allá del horizonte. Esto, sin embargo, no fue por falta de señales. Los medios de la época, a los cuales Anabella también podía acceder a través de su Explorador, daban una amplia cobertura de un entorno que cambiaba aceleradamente. La frase “fin de siecle” se escucha con bastante frecuencia.

Al final de cada día Anabella tenía que resistir la tentación natural de buscar a los “buenos” y los “malos” en la historia; encontrar un culpable era muy fácil, pero sin sentido. Quería entender por qué el resto de la familia no sólo no compartió la necesi­dad de los cambios, sino que los resistió pasivamente.

           Anabella había leído suficiente historia para saber que lo ocurrido no era mas que una reposición de una vieja fábula, la eterna lucha entre los que piensan que cambiar es la única manera de progresar y aquellos que ven en esos cambios el peligro de perder el terreno ganado en la lucha precedente.


“...hoy creo que estoy dispuesto a tirar la toalla. No creo que pueda seguir dándome golpes contra las paredes. Por más que sigo insistiendo en que las ideas de Oleo son las correctas: cambiar los viejos esquemas, adaptarnos a la creciente y a veces no tan obvia competencia, deshacernos del lastre acumulado durante los años de crecimiento de­sordenado. Pareciera que su temprana partida me ha quitado el aliento y el incentivo de mis hermanos a oírme... si sólo pudiera hacerles ver que no tienen nada que perder y mucho que ganar”.

“...sin embargo, los bárbaros están a las puertas de Roma...”

“...no sé por qué Augusto insiste en hacer ruido. La cri­sis ya pasó. La tan mentada competencia no se está mate­rializando. Por supuesto que nos está costando más pro­ducir lo mismo, pero los precios siguen altos. Los cambios que él introdujo no dieron los frutos esperados, aunque dice que fue porque no lo apoyamos. Ahora que Oleo ya no está ¿no podemos relajamos un poco y continuar con el trabajo...?”

“...la verdad es que Augusto se ha convertido en una piedra en el zapato, se creía el dueño de la razón y siempre nos estaba abrumando con ese exceso de palabras de más de tres sílabas que sacaba quién sabe de dónde, perdiendo el tiempo leyendo libros e inventando ‘y que nuevas ma­neras de trabajar’ mientras nosotros nos partíamos el lo­mo trabajando de verdad...”

Anabella reconocía un patrón muy familiar: no importa si la razón está de tu parte, si no puedes convencer a los demás de ello. Más aún, insistir en que uno tiene la razón es una re­ceta eficaz para que los demás te la nieguen; sobre todo si al aceptar tu verdad su viejo mundo se ve amenazado. Sin duda el hecho de que Augusto no hubiese podido convencer a sus hermanos, y que los alienara con su afición a pontificar so­bre las nuevas ideas, era un componente importante de la historia que Anabella estaba tratando de entender. Los que debieron haber sido los aliados naturales se convirtieron en obstáculos.

Apartando sus ojos lejos del visor de su Explorador, Anabella dejó que su memoria se trasladara a su niñez y recordó como su padre siempre argumentaba con vehemen­cia y, excitado por sus propios argumentos, avasallaba inexo­rable al contrincante. No era difícil imaginárselo satisfecho con su vehemencia pero frustrado al ver como sus “inobjeta­bles'' argumentos eran ignorados.


"...las primeras hectáreas de terreno de la hacienda fueron hoy subastadas públicamente para cumplir con las obligaciones que se habían contraído durante el corto período de abundancia de principio de la década... los nuevos dueños (nuestros vecinos de toda la vida y anti­guos socios) no escondieron su intención de continuar ex­pandiéndose en nuestra dirección...”

Anabella, muy a su pesar, no pudo evitar perder su obje­tividad al leer los siguientes archivos, donde se detallaba la lenta pero inexorable materialización de lo que Oleo había temido y que junto a Augusto había tratado de prevenir sin mucho éxito. La vieja hacienda había sido víctima de su pro­pio éxito y de no poder entender que los cambios, a pesar del temor que inevitablemente generan, son la única semilla del árbol del futuro.


“...si sólo hubiese sido capaz de montar a los demás en el mismo bote, teníamos las ideas correctas y no las supe vender, ojalá que todavía estemos a tiempo, mi oportu­nidad ya está pasando. Atrás vienen Anabella y sus pri­mos, ellos pelearán las nuevas batallas, sus propias batallas...”


Anabella se desconectó de su Explorador y después de sus­pirar muy fuerte se dispuso a ir al almuerzo semanal con su hermana Emiliana. Tenía mucho que contarle, aún faltaba por investigar pero ya podía decir con certeza que todas las piezas para construir un destino diferente habían existido. Es un lugar común de la historia que sólo quienes propulsan los cambios cuando no parecieran necesarios sobreviven para ser testigos de la siguiente ola. Emiliana era aún lo su­ficientemente joven como para no tenerle miedo al cambio y lo suficientemente madura para aprender de la fábula que Anabella estaba tratando de desenmarañar. Ellas tenían un presente para vivir y un futuro por construir.

   

Tuesday, September 15, 2015

LA MALA RACHA - Una historia de la Venezuela de Hoy

Debo reconocer que cuando  Fernando Martinez Mottola empezó a promover su novela* por los medios sociales, con una intensidad poco común, me llené de curiosidad por conocer de que podría escribir este connotado miembro de la tecnocracia criolla, en estos tiempos de crisis profunda de la sociedad venezolana, y en un país donde escribir no es una tarea a la que se abocan con naturalidad los miembros de la clase ingenieril.

Cuando oí que el personaje principal de La Mala Racha, que así se titula la novela, era un tecnócrata de  PDVSA, víctima laboral y política del Paro Cívico del 2002-2003, se me prendieron todas las alarmas: ¿otra visión  revisionista de esos hechos que tocan tan de cerca a muchas heridas no cerradas del todo?

Así que cuando por pura casualidad me tropecé con un ejemplar de "La Mala Racha, sobre el escritorio de alguien en la oficina, tomé la oportunidad que los titiriteros del universo me ofrecían y me apresté a leerlo.

Martinez Mottola escoge al petróleo, y mas relevante aun, a un petrolero, como el centro de su narración. Esta es una decisión interesante, y que pone en sobre aviso al lector. Después de todo, la literatura venezolana siempre ha tratado esta importante faceta de nuestra vida republicana con un sesgo de "leyenda Negra". Desde Mene de Ramón Diaz Sanchez (1936), pasando por Casas Muertas  (1955) de Miguel Otero Silva, hasta la mal entendida obra de Ibsen Martinez  Petroleros Suicidas (2011) el petróleo y los petroleros nunca han salido bien parados

Matías, que así se llama el personaje principal de la novela, es obviamente un compuesto de muchas personas que el autor debe haber conocido a lo largo de los años, y quizás tenga hasta rasgos de el mismo. A ratos se le ven las costuras a este Frankenstein petrolero: de familia de inmigrantes, ingeniero químico dedicado a la exploración y la producción petrolera( ¿?), pero que además es ingeniero de proyectos; excelente profesional y gerente pero que en una década no ha podido ejercer su profesión y se dedica a atender una tienda de electrodomésticos familiar, hasta el momento en que el autor nos lo descubre.

Pero esos son detalles inmateriales, Matias representa a muchos contemporáneos de Martinez Mottola (y míos), y al mismo tiempo representa a todos esos venezolanos que a lomos del petróleo, dentro y fuera de su industria, se labraron un vida familiar y profesional, que el autor sin duda admira, y cuyos ciclos vitales han sido trastocados por la tormenta política que sacude a Venezuela en las ultimas dos décadas.

Matias y su entorno familiar y social son el lienzo que el autor escoge para  trazar los dilemas morales y éticos a los cuales se enfrentan los venezolanos de esta "Venezuela chavista". Pudo haber sido cualquier otro grupo, pero la cercanía al petróleo, a la mina dirían algunos, ilumina la relación ambivalente y hasta destructiva que hemos tenido con "la industria" desde hace ya mas de un siglo, y que muchos piensan es la fuente de nuestros problemas como nación.

Las alusiones al Paro Civico - Petrolero son pocas y presentadas como quien reporta una noticia. Se parecen mucho, aunque no del todo,  a mi memoria personal de esos hechos, y quizás por eso confieso cierto sesgo.  La novela, afortunadamente, no es sobre el paro ni sus causas; el paro es un hito que nos sirve para identificarnos con el tiempo  y la circunstancia que hace que vivamos en la Venezuela disfuncional que nos dejó en herencia el siglo XX.

La disyuntiva de si emigrar o no, los dilemas intrínsecos a tratar de hacerse una vida  en Venezuela sin contaminarse con la corrupción que invade todas las actividades del país, los peligros que se corren al trastocar hasta involuntariamente los designios del poder, lo cotidiano de la inseguridad en las calles, estos y más son los temas con los que Martinez nos enfrenta de una manera hábil y si se quiere hasta antiséptica. No pasa juicio moral, no idealiza a los personajes, nos confronta con un espejo para que veamos nuestros propios lunares.

Debo confesar que a ratos se me encogía el alma con lo que leía. Creia reconocer personajes, actitudes, situaciones. Las dudas y temores de Matías se trastocaban en las míos, aun viviendo, como estoy, fuera de Venezuela.

Crei reconocer en el personaje de la periodista que investiga la corrupción en PDVSA, tantas valientes que a diario se juegan la vida buscando la noticia. Le puse cara a los que armaban el tinglado de corrupción en el que Matías termina enredado ¿quien de nosotros puede decir que hubiera sido inmune a esos cantos de sirena?. Reconocí la lealtad incondicional de sus amigos de la industria.

En fin, me parecía que lo que leía no era ficción, si no una de esas historias que oímos a diario, en un país que tiene cientos de estas historias, solo que esta vez con nombre y apellido.

Fernando Martinez Mottola ha logrado plasmar la tragedia que ha representado, para una parte importante de la clase media venezolana, la revolución bolivariana. Fernando, me atrevo a tutearlo, no pierde su tiempo en describir las causas de la tragedia. Muy correctamente se concentra en las consecuencias en los seres de carne y hueso que viven esa tragedia, y deja para otros el análisis histórico y político.

Al final uno termina teniendo empatía con Matías y su circunstancia, y aunque la novela no nos da respuestas sobre Venezuela y su futuro, dentro de la mala racha que Fernando tan habilmente narra,  logro encontrar un resquicio a través del cual se cuela la esperanza - o será que yo, al igual que Matías, sigo siendo un petrolero ingenuo

* La Mala Racha. Fundavag Ediciones, 2015.



HORMUZ, FROM A STRAIT TO A TUNNEL

  El Taladro Azul M. Juan Szabo [1] y Luis A. Pacheco [2] Published  Originally in Spanish in    LA GRAN ALDEA       The energy market situa...