Wednesday, January 25, 2023

CHEVRON, Venezuela y Samaniego. Publicado en La Gran Aldea 25/01/2023

LA GRAN ALDEA


LUIS A. PACHECO


“Esta leche vendida, 
en limpio me dará tanto dinero, 
y con esta partida 
un canasto de huevos comprar quiero, 
para sacar cien pollos, que al estío 
me rodeen cantando el pío, Pío. 

Del importe logrado 
de tanto pollo mercaré un cochino; 
con bellota, salvado, 
berza, castaña engordará sin tino, 
tanto, que puede ser que yo consiga 
ver cómo se le arrastra la barriga.”

La Lechera (fragmento). Félix María de Samaniego (1745 - 1801)


Una de las muchas cosas que debo a mi mamá es el valor que le dio a nuestra educación. Ejemplo de ello es el haber comprado, seguramente a plazos, a algún vendedor ambulante, la Enciclopedia UTEHA Para la Juventud , suerte de Enciclopedia Británica “light” en idioma español y en la que mi mamá sin duda confiaba para que sus hijos fuésemos más “ilustrados”.

Eran 10 volúmenes finamente impresos que contenían, trozos de historia universal, literatura, entre otras materias de cultura general. Aunque recuerdo poco de lo mucho o poco que lei, de tanto en tanto emergen de los recovecos profundos de la memoria fragmentos de esas lecturas de adolescente.

Todo esto viene a colación por la licencia concedida a Chevron por el gobierno norteamericano para retomar parte de sus operaciones petroleras en el país, y que disparó en mis neuronas recuerdos de una de las fábulas de Feliz María de Samaniego , que sin duda leí en la enciclopedia, ya que hasta del grabado que la acompañaba me acuerdo: La Lechera.



En las postrimerías del 2022, la Oficina de Control de Activos Extranjeros (OFAC) del Departamento del Tesoro de los EE. UU.  emitió la Licencia General de Venezuela (GL) 41, que autoriza a Chevron Corporation a reanudar operaciones limitadas de extracción de recursos naturales en Venezuela.

Esta licencia no fue inesperada, muchos habían trabajado para lograrla. En primer lugar Chevron, obviamente, pero también muchos en Venezuela, incluyendo el régimen, que han considerado las sanciones a PDVSA y algunos de sus directivos como la causa principal de todos nuestros males, además de otros tantos que esperan beneficiarse de ella en el corto plazo.

Es natural que el régimen de Maduro se alegre con esta brecha parcial en el bloqueo que ellos mismos han construido. La licencia ha sido presentada como una victoria política del régimen a cambio de muy poco o casi nada. 

No hay duda que para Chevron la licencia es una rendija por dónde empezar a salir del laberinto de acreencias con PDVSA. El haber sido el “último de los mohicanos”, en un país cuya política petrolera está diseñada para espantar el capital “imperialista” y darle la bienvenida a socios políticos, ha sido una estrategia que poco réditos le ha dado. La gerencia de Chevron le venderá esta “conquista” a sus accionistas como una pequeña reivindicación – ya veremos.

A juzgar por lo que uno escucha y lee en los medios, la licencia GL 41 ha generado en parte de la sociedad venezolana una entendible esperanza de que ello sea el comienzo de una recuperación económica que repita la misma secuencia que comenzó hace más de 100 años: más petróleo, mejor vida;  y aún más importante como el primer peldaño de la empinada escalera hacia un cambio político. 

Sabios y legos apuestan a que una nueva ola de inversión petrolera empuje la economía y que eso junto con el fin del aislamiento político que se ha auto impuesto el régimen, reverdezca nuestras opciones de crecimiento. 

En la fábula de Samaniego, la lechera va camino al mercado con su cántaro de leche a cuestas y en su febril mente va imaginado todo lo que va a poder a hacer una vez que obtenga las monedas de la venta: sueña en como el dinero obtenido de la venta de la leche tornará en huevos, estos en pollos que una vez vendidos transformará en cochino y así sucesivamente hasta comprar una vaca y un ternero.

Que el petróleo es una parte esencial  e inicial de cualquier recuperación económica  es indiscutible, pero los tiempos han cambiado , y aún con petróleo, el de Chevron y el de otros por venir,  la destrucción del aparato económico nacional es tal que nunca será suficiente. Si a esto le sumamos que la Licencia 41 es solo un pequeño oasis en el extenso desierto en que el socialismo del siglo XXI ha transformado la industria petrolera nacional, entenderíamos con más apego a la realidad el impacto que la actividad de Chevron puede tener en el corto y mediano plazo.

Muchos expertos nos dicen que la confrontación con el régimen no ha conducido a nada a y aconsejan seguir la estrategia a la que apunta la licencia 41 a Chevron como nuestra mejor opción para salir de nuestro actual atolladero. Eso puede ser, pero no olvidemos que la destrucción de la industria petrolera nacional -y de la economía en general- es consecuencia directa de las políticas implantadas por el socialismo de siglo XXI durante las últimas dos décadas. Muchas pueden ser las esperanzas, pero sin un cambio político es poco probable que estas conduzcan a hechos concretos sostenibles, sobre todo en la economía.

Chevron hará lo que esté a su alcance para recuperar la producción de los campos donde participa, con el objetivo de recuperar el dinero que le adeudan. Si las renovadas actividades de Chevron benefician a algunas comunidades, será más una consecuencia temporal que un objetivo de negocios  de la licencia 41 o de las que le puedan seguir, mientras que el régimen, como ya ha demostrado, seguirá atrincherado detrás de sus murallas ideológicas, posponiendo todo cambio – el cambio es su peor enemigo.

La Lechera de la fábula de Samaniego, ensimismada en sus sueños de futura riqueza, da un brinco, trastabilla y deja caer al suelo el cántaro de leche del que dependían sus sueños. Un cántaro de leche no es un campo petrolero, pero necesitaremos más de ambos para recuperar un país donde la batalla  política nos ha dejado agotados y empobrecidos y pareciera que  listos para aceptar la tregua engañosa que nos ofrecen propios y extraños – hasta que se caiga el cántaro y hasta Chevron sea sorprendida.


“Con este pensamiento
enajenada, brinca de manera
que a su salto violento
el cántaro cayó. ¡Pobre Lechera!
¡Qué compasión! Adiós leche, dinero,
huevos, pollos, lechón, vaca y ternero.
 
¡Oh loca fantasía!
¡Qué palacios fabricas en el viento!
Modera tu alegría,
no sea que saltando de contento,
al contemplar dichosa tu mudanza,
quiebre su cantarillo la esperanza.
 
No seas ambiciosa
de mejor o más próspera fortuna,
que vivirás ansiosa
sin que pueda saciarte cosa alguna.
No anheles impaciente el bien futuro;
mira que ni el presente está seguro.”


 


Friday, December 16, 2022

December 14, 1922 . The Blowout that changed history

Luis A. Pacheco

Originally published in Spanish in La Gran Aldea - Translated by the author




"In the beginning, we were only six workers. But then there were hundreds. The news spread everywhere, and the company hired people to work. On donkeys, mules, ox carts, canoes, and trucks, they came to see the oil lake and look for work. It was something sensational."

Alcibíades Colina, Barroso drilling crew No. 2 – Shell Topics, December 1952.


During my childhood and then adolescence, my grandfather, Luis Julio Pacheco Soublette, appeared to me like a grand old man always dressed in black, never a bad word, very religious. One of the things I regret about my childhood is being unable to sit down with him and ask about his adventures, as a young engineer, in Venezuela at the beginning of the 20th century. Those are the times that North American geologist Ralph Arnold described in his essential geological memory "The First Big Oil Hunt."[1]

This deficit in my childhood is an example of the ambiguous relationship that most Venezuelans have had with oil and its "wardens": we are as a nation a direct product of the exploitation of that resource, but we grew up demonizing it or, at best, being indifferent to it.

In his exploration diary, Ralph Arnold describes Venezuela as a backward territory without roads and riddled with tropical diseases.   A country ruined from the continuous wars of the 19th century, on whose rubble the General Gómez hegemony began the creation of a national state.

The General Asphalt Company hired Arnold and his friends to carry out one of the most important exploratory campaigns in the world oil industry.

The territory assigned to the Arnold campaign covered the northern part of Venezuela and southern Trinidad during the period between 1911 and 1916. With one exception, none of the geologists who accompanied Arnold spoke Spanish.

Arnold reports in his chronicle, written fifty years after the events, the participation of some Venezuelan professionals in that great hunt:

"Venezuelan engineers varied between those who were excellent and full of energy and others who were less ambitious. Among the engineers in eastern Venezuela, we will mention Rafael Torres, Santiago Aguerrevere, Enrique Jorge Aguerrevere, Pedro Ignacio Aguerrevere, Martín Tovar Lange, and Luis Julio Pacheco, whom I consider capable and conscientious workers."

Being just a  footnote in history would not bother those young engineers (and many other anonymous actors), who undoubtedly considered Arnold's campaign an adventure, better paid or at least more exciting than the alternatives in a country with few opportunities.

Arnold's first report in 1912 found few takers in the United States. However, in Europe, Sir Henri Deterding, president of Royal Dutch Shell, showed interest in the Arnold report and decided to pay the sum of ten million dollars for 51% of the General Asphalt Company's interest in the Caribbean Petroleum Company, which controlled interests in the exploration territories in Venezuela.


On June 12, 1914, the Caribbean Petroleum Company began drilling the Zumaque 1 well in Mene Grande on the eastern shore of Lake Maracaibo [2]. The well was completed in July of the same year, producing 260 barrels per day. 

I ask the reader to go back in his imagination to this era: few roads, water transport, pack donkeys and draft oxen, percussion drills, drilling towers made of wood from the surrounding jungle, malaria, zero medical services, etc.

Between 1911 and 1916, Arnold visited Venezuela six times, but only for short periods, given the country's inhospitable conditions. During World War I, most of the oil activities in Venezuela came to a halt. 

So, we will pick up our story in 1922. Although Arnold had long since finished his reports, he had identified the eastern shore of Lake Maracaibo as a prospective area, hence the discovery of the Mene Grande Field.

As part of the exploratory campaigns in the Cabimas area (also in the eastern shore), the Venezuelan Oil Concessions [3] had drilled several wells: Santa Bárbara I (1913), which turned out to be dry; Santa Bárbara II (1916), which produced some oil; and Barroso I, which was also dry. 

In May 1922, operations began at the Barroso II well in the vicinity of Barroso I.

The account relates that, like most significant discovery wells, the Barroso II had operational problems. The drill (a percussion rig)  got stuck, and the drilling stopped. An expert - some accounts talk of a spare part - that the company had to bring from abroad finally managed to free the drill. But, unbeknown to the crew, the drilling pipe was serving as a mechanical plug. What followed was the Barroso II blowing out early December 14, 1922.

Today, the blowout would only be news as an operational accident. However, in those days, word spread worldwide, confirming the oil potential of Venezuela that Arnold had documented.

Much has been written to discuss the impact that this event had on the world that was waking up to the oil century, but on Venezuela and its subsequent economic and political development throughout the 20th century and so far in the 21st century.

This event, like oil and gas in general, has been the subject of a "gold" legend and a "black" legend. There is no deficit of opinion on the pernicious or modernizing effects of oil, and indeed my attentive reader will have, on this centenary date, many a paragraph from which to choose.

But I digress. Let me go back to my conversational deficit with my grandfather. In December 1982, my stepfather, Carlos A. Rico, also an oil worker, sent me a copy of Tópicos magazine, the communication vehicle of Maraven S.A.[4] In that magazine, in its December 1952 edition, the thirty years of the Barroso Blowout No.2 were commemorated. The magazine interviewed some of the workers at the blowout still alive: Alcibíades Colina and Samuel Smith, from Cabimas and the Concepcion, respectively, and Luis Julio Pacheco Soublette, from Caracas.

In the interview, Luis Julio shares his memories of the "blowout":

"Since a well of such magnitude and with such power was not expected, there were not enough elements available for proper control, transportation, and storage. Consequently, the main task consisted of opening firebreaks and storing the greatest amount of oil in a natural earth tank, building a wall in the natural or saline depression between Cabimas and La Rosa, where a considerable amount was deposited. At the same time, we laid pipes and assembled pumps and boilers, and we built a temporary dock to be able to ship the oil since in La Rosa, there was only one tank of 55,000 barrels, that is, half the daily production, which was estimated at around 100,000 barrels".


How could it be possible that no one had told me this? I thought. How come that: the person who taught me how to knot my tie; the one who anonymously walked to El Recreo parish church for daily mass; who spent his mornings doing crossword puzzles; who whimpered when something got lost, would have participated in the epic event that changed the course of history for us, and never bragged about it? 

Where were the heroic anecdotes, the fights with mosquitoes clouds, the opening of paths at the point of a machete in unexplored jungles? If he had been English, he might have left a diary. But for him, as for his companions, it was just a way to earn a living.

Suddenly, the dusty library in his house in Sabana Grande in Caracas, with its treasure trove, made sense: the theodolite, the binoculars in their faded leather case, the T-rule and protractor, the explorer's helmet, the Jungle Jim style knife, the pearl-handled revolver; everything had a story to tell but no audience. The story of the men and women who invested their lives and affections in search of the idea of ​​modernity that the oil industry has always symbolized never had a proper narrator.

Luis Julio, my grandfather,  worked with Ralph Arnold and was at the Barroso No. 2. It became clear his protest when president Rafael Caldera, in 1971, announced the Oil Reversion Law: "Rafael, you are going to destroy the industry!" he yelled at the television. But, of course, I, like most Venezuelans, did not understand the context and did not pay attention.

I wonder if one is born with destiny one is forced towards or shapes it while walking. As you may have deduced from this story, I come from a family (grandfather, father, brother, nephew, father-in-law, wife) who lived around oil. Still, for them, that was how they earned their keep. From a very young age, I decided not to be part of that industry for reasons I can't remember. However, the turns of life brought me to my place of origin. Like my grandfather and the rest of my family, I ended up being an involuntary actor in a story yet to be written. However, Luis Julio's life at the turn of the century must have been more adventurous and adventurous.

It is the 100th anniversary of the blowout of the Barroso No.2 well. An event far away in time, in a mysterious tropical land full of challenges and opportunities. We were once a backward nation that aspired to join modernity guided by the hands of exceptional people – who didn't think they were making history, just working. In this century that desires to see the end of fossil energy, let us remember the civil heroes of our oil industry, Venezuelans and foreigners alike, builders of civilization.


To Luis Julio, my grandfather, how I regret not knowing what to ask.



References

1. The First Big Oil Hunt: Venezuela, 1911-1916. Vintage. New York, 1960.

Andrés Duarte Vivas commissioned a Spanish translation of this essential testimony: "Primeros Pasos. Petróleo en Venezuela, 1911-1916" Ralph Arnold, George McCready and Thomas Barrington. Fundación Editorial Trilobita, 2008. ↑

2. This is where President Carlos Andrés Pérez decided to carry out the formal act of "nationalization" on January 1, 1976 – an important political symbolism. ↑

3. Venezuelan Oil Concessions Ltd. (VOC) was an oil company established on May 23, 1913 in Venezuela to operate the concession given in 1904 by the government of Cipriano Castro to Antonio Aranguren in the Bolívar and Maracaibo districts of Zulia state. This company came under the control of Royal Dutch Shell (Caribbean Petroleum Company) in 1915 ↑

4. Maraven S.A. was the name given after the nationalization of the oil industry in 1975 to what had been Shell de Venezuela, heir to the Caribbean Petroleum Company. ↑


 Note: Carlos Oteyza's documentary - El Reventón. The beginnings of oil production in Venezuela (1883-1943). 


Thursday, December 15, 2022

El 14 de diciembre 1922, el Reventón - Publicado en La Gran Aldea, 09/12/2022

 LA GRAN ALDEA





“En principio éramos solamente seis trabajadores. Pero después fueron cientos. La noticia corrió por todas partes y la Compañía comenzó a contratar gentes para trabajar. En burros, mulas, carretas de bueyes, piraguas y camiones llegaban a ver el lago de petróleo y a buscar trabajo. Fue algo sensacional”

Alcibíades Colina, cuadrilla de perforación del Barroso II – Tópicos Shell,
Diciembre 1952.

Una de las cosas que más lamento de mi infancia, es no haber podido sentarme con mi abuelo, Luis Julio Pacheco Soublette, a que me contara sus aventuras, primero como topógrafo y luego como ingeniero, en la Venezuela de principio del siglo XX, escenario de lo que el geólogo norteamericano Ralph Arnold llamó en su imprescindible memoria geológica: “The First Big Oil Hunt” (La Primera Gran Cacería del Petróleo)1.

Esta deficiencia en mi infancia, además de un lamento, es un ejemplo de la ambigua relación que la mayoría de los venezolanos hemos tenido con el petróleo y sus “guardabosques”: somos un producto directo de la explotación de ese recurso, pero crecimos demonizándolo o, en el mejor de los casos, siendo indiferentes a él. La Venezuela que describe Ralph Arnold en su diario de exploración es un país atrasado, sin carreteras, cundida de enfermedades tropicales, apenas saliendo de las continuas guerras del siglo XIX sobre cuyos escombros la hegemonía Juan Vicente Gómez comenzaba la creación de un estado nacional.

“En este siglo que aspira ver el fin de la energía fósil, recordemos a los héroes civiles de nuestro petróleo, venezolanos y extranjeros, constructores de civilización”

Arnold y sus  amigos fueron contratados por la General Asphalt Company, para llevar a cabo una las más importantes campañas exploratorias de la industria petrolera mundial. El territorio abarcaba la parte norte de Venezuela y el sur de Trinidad durante el período comprendido entre 1911 y 1916. Con una sola excepción, ninguno de los geólogos que acompañó a Arnold hablaba español.

Arnold reporta en su crónica, escrita 50 años después de los hechos, la participación de algunos profesionales venezolanos en esa gran cacería:

“Los ingenieros venezolanos variaban entre aquellos que eran excelentes y llenos de energía y otros menos ambiciosos. Entre los ingenieros en el oriente de Venezuela mencionaremos a Rafael Torres, Santiago Aguerrevere, Enrique Jorge Aguerrevere, Pedro Ignacio Aguerrevere, Martín Tovar Lange y Luis Julio Pacheco, a quienes considero como trabajadores capaces y conscientes”.

Probablemente, este pie de página en la historia no era algo que le quitara al sueño a esos jóvenes ingenieros (y a otros tantos actores anónimos), que sin duda consideraban la campaña de Arnold como una aventura, probablemente mejor pagada o al menos más emocionante que las alternativas en un país con pocas oportunidades. El primer reporte de Arnold  en 1912 no encontró muchos interesados en los Estados Unidos. En Europa, Sir Henri Deterding, presidente de Royal Dutch Shell, se interesa por el informe de Arnold y decide pagar la suma de diez millones de dólares por el 51% de los intereses que poseía General Asphalt Company en la Caribbean Petroleum Company, que a su vez controlaba los intereses en los territorios de exploración en Venezuela.

El 12 de junio de 1914, la Caribbean Petroleum comienza a perforar el pozo Zumaque 1 en la población de Mene Grande, municipio Baralt del estado Zulia, en la Costa Oriental del Lago de Maracaibo2 y fue completado en julio del mismo año, con una producción de 260 barriles diarios. Le ruego al lector que se traslade en su imaginación a la época: transporte fluvial, burros de carga y bueyes de tiro, taladros de percusión, cabrias hechas de madera de la selva circundante, malaria, cero servicios médicos, etc. Entre 1911 y 1916 Arnold visitó Venezuela en seis ocasiones, pero nunca por largos períodos dadas las condiciones inhóspitas del país.

La Primera Guerra Mundial paraliza muchas de las actividades petroleras en Venezuela. Así que retomaremos nuestra historia en 1922. Aunque Arnold hacía ya tiempo había finalizado sus reportes, en ellos identificó la Costa Oriental del Lago de Maracaibo como un área prospectiva, de ahí el descubrimiento del Campo Mene Grande.

Como parte de las campañas exploratorias en el área de Cabimas, la Venezuelan Oil Concessions3 había perforado varios pozos: Santa Bárbara I (1913), que resultó seco; Santa Bárbara II (1916), que produjo algo de petróleo, y el Barroso I, que también resultó seco. En mayo de 1922, se comenzaron operaciones en el Barroso II, en las inmediaciones del Barroso I.

La crónica relata que, como todo buen pozo descubridor, el Barroso II tuvo problemas operacionales y el taladro utilizado finalmente se atascó y la perforación se paralizó. Un experto que la compañía tuvo que traer del extranjero logró liberar el taladro, que a todas estas, y sin saberlo la cuadrilla, estaba sirviendo de contención mecánica; al desatascarlo, se produjo el reventón (el flujo descontrolado) del pozo Barroso II, el 14 de diciembre de 1922.

Lo que hoy día sería solo noticia por considerarse un accidente operacional, en esos días fue una noticia que corrió en todo el mundo confirmando el potencial petrolero de Venezuela, que ya había proyectado Arnold. Mucha tinta ha corrido para discutir el impacto que este evento tuvo, no solo en el mundo que se despertaba al siglo del petróleo, sino en Venezuela y su posterior desarrollo económico y político a lo largo del siglo XX y lo que va del siglo XXI.

A este evento particular, como al petróleo en general, se le ha asignado una leyenda “dorada” y una leyenda “negra”. No hay déficit de opinadores sobre los efectos perniciosos o modernizadores del petróleo y seguramente mi atento lector tendrá, en esta fecha centenaria, muchos párrafos de donde escoger. Pero recuerden, esto es acerca de mi déficit conversacional con mi abuelo, no un análisis político-social. En diciembre de 1982, mi padrastro, Carlos A. Rico, también petrolero, me hace llegar una copia de la revista Tópicos, vehículo comunicacional de Maraven, S.A.4 En esa revista, en su edición de diciembre de 1952, se conmemoraban los 30 años del Reventón del Barroso II por vía de hacerle entrevistas a algunos de los trabajadores que estuvieron presentes en el Reventón: Alcibíades Colina y Samuel Smith, de Cabimas y La Concepción, respectivamente; y Luis Julio Pacheco Soublette, de Caracas.

En la entrevista, Luis Julio ofrece sus recuerdos del “reventón”:

“Como no se esperaba un pozo de tal magnitud y con semejante potencia, no se disponía de elementos suficientes para su debido control, transporte y almacenamiento. Por consiguiente, la tarea principal consistió en abrir contrafuegos y almacenar la mayor cantidad de petróleo en un tanque natural de tierra, construyendo un muro en la depresión natural o salina que existía entre Cabimas y La Rosa, en el cual llegó a depositarse una cantidad considerable. Al mismo tiempo tendíamos tuberías y montábamos bombas y calderas, y construíamos un muelle provisional para poder embarcar el petróleo, ya que en La Rosa solo había un tanque de 55.000 barriles, o sea la mitad de la producción diaria, que se calculó en unos 100.000 barriles”.

¿Cómo puede ser posible que nadie me haya contado esto?, ¿cómo así que aquel que me enseñó a hacerme el nudo de la corbata, el que caminaba a la parroquia El Recreo a misa diaria, que hiciera me gustaran los crucigramas, que gimoteara cuando algo se le perdía, hubiera participado en una refriega epopéyica contra la naturaleza, que nos cambió el rumbo de la historia, y que nunca lo contara?, ¿dónde estaban las anécdotas heroicas, las peleas con las nubes de mosquitos, el abrirse caminos a punta de machete en territorios inexplorados? Si hubiera sido inglés, quizá hubiera dejado un diario. Pero supongo que para él, como para sus compañeros, era solo una manera de ganarse la vida.

De repente, el estudio en su casa de Sabana Grande en Caracas, con sus tesoros, cobraba sentido: el teodolito; los binoculares en su estuche de cuero desteñido; la regla T y el transportador; el casco de explorador; el cuchillo a lo Jim de la selva; el revólver de cacha nacarada; todos tenían una historia que contar y que nunca tuvieron audiencia. La historia de Luis Julio, y de todos aquellos que entregaron y siguen entregando su vida y sus afectos en la búsqueda de la idea de la modernidad que la industria petrolera siempre ha simbolizado, no ha tenido un narrador criollo.

Luis Julio trabajó con Ralph Arnold y estuvo en el Barroso II. Con mucha razón protestó cuando Rafael Caldera, en 1971, anunció la Ley de Reversión Petrolera: ‘¡Rafael, vas a destruir la industria!’ Le gritaba a la televisión. Claro, yo andaba en otra cosa, como la mayoría de los venezolanos, el petróleo era la más lejana de mis preocupaciones.

No sé si uno nace con un surco en la tierra que se ve obligado a transitar o uno lo va haciendo mientras transita. Vengo, como podrán haber deducido de esta historia, de una familia que vivía en el petróleo (abuelo, padre, hermano, suegro, esposa), pero para quien eso no era más que una ocupación. Yo me propuse desde muy joven no ser parte de esa industria, por razones que francamente no alcanzo a recordar. Las vueltas de la vida me trajeron, sin embargo, al lugar de origen y terminé, como mi abuelo, siendo actor involuntario de una historia aún por escribirse: aunque la de Luis Julio debe haber sido más aventurada y aventurera.

Se cumplen 100 años del Reventón del Barroso II. Un evento lejano en el tiempo, en una tierra misteriosa llena de retos y oportunidades. Fuimos alguna vez una nación atrasada que aspiró a unirse a la modernidad de la mano de gente excepcional -que no pensaban que hacían historia, solo trabajaban-. En este siglo que aspira ver el fin de la energía fósil, recordemos a los héroes civiles de nuestro petróleo, venezolanos y extranjeros, constructores de civilización.

A Luis Julio, mi abuelo, cómo lamento no haber sabido qué preguntar.

Nota del autor: Les recomiendo el documental de Carlos Oteyza: El Reventón. Los inicios de la producción petrolera en Venezuela (1883-1943). 

(1)The First Big Oil Hunt: Venezuela, 1911-1916. Vintage. New York, 1960.
Andrés Duarte Vivas comisionó una traducción al español de este imprescindible testimonio que tuvo una muy limitada impresión: “Primeros Pasos. Venezuela Petrolera, 1911-1916” Ralph Arnold, George McCready y Thomas Barrington. Fundación Editorial Trilobita, 2008.
(2)Este es el lugar donde el presidente Carlos Andrés Pérez decide llevar a cabo el acto formal de “nacionalización” el 1 de Enero de 1976, un simbolismo político importante.
(3)Venezuelan Oil Concessions Ltd. (VOC) era una compañía petrolera establecida el 23 de mayo de 1913 en Venezuela para operar la concesión dada en 1904 por el gobierno de Cipriano Castro a Antonio Aranguren en los distritos Bolívar y Maracaibo del estado Zulia. Esta compañía pasa bajo el control de la Royal Dutch Shell (Caribbean Petroleum Company) en 1915.
(4)Maraven, S.A. era el nombre dado después de la estatización de la industria petrolera en 1975 a lo que había sido la Shell de Venezuela, heredera de la Caribbean Petroleum Company.

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*El Collage es cortesía del autor, Luis A. Pacheco, al editor de La Gran Aldea.

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*Non-resident fellow at the Baker Institute Center for Energy Studies.

Wednesday, December 07, 2022

COP27 y “El Rugido del Ratón” - Publicado en La Gran Aldea 17/11/2022

 LA GRAN ALDEA


En 1959, el genial actor británico, Peter Sellers protagonizó (actuando en tres roles diferentes) una película conocida en nuestras latitudes como El Rugido del Ratón (The Mouse that Roared). El argumento era muy sencillo. El minúsculo ducado europeo de Grand Fenwick está en bancarrota como consecuencia de que su principal producto de exportación ha sido sustituido por una copia barata producida por los norteamericanos. El ducado escoge una estrategia genial para salir de su atolladero: declararle la guerra a los Estados Unidos, guerra que seguramente perderán sin combatir, y así tomar ventaja de la generosidad económica que los norteamericanos siempre les muestran a sus vencidos adversarios.

Durante las décadas de los años ‘50 y ‘60, la prensa, la literatura, el cine, y el arte en general nos advertían del cercano apocalipsis en el que muy pocos sobrevivirían en un planeta destruido y contaminado sin remedio. La memoria reciente de los ataques en Hiroshima y Nagasaki le daba una credibilidad aterradora a esa posibilidad. El conflicto entre el bloque comunista y los Estados Unidos y sus aliados, abrió la posibilidad cierta de un holocausto nuclear a escala mundial. En octubre de 1962, la crisis creada por el movimiento de armamento nuclear soviético hacia Cuba colocó a ambas potencias al borde del precipicio nuclear, ratificando los temores.

Entonces como ahora, el cine -sobre todo el cine de ciencia ficción- proveía un escape que le permitía a la audiencia imaginar la amenaza de extinción en la seguridad de que, en la mayoría de los casos, habría una solución de última hora; y en el caso de que no la hubiese, los sobrevivientes tendrían la oportunidad, como en la historia bíblica del Diluvio, de repoblar un mundo mejor. La escritora norteamericana Susan Sontag trató este tema en profundidad en su ensayo de 1965 “The Imagination Of Disaster”[1]. “Vivimos”, afirmó Sontag en ese ensayo, “bajo la amenaza continua de dos destinos igualmente temibles, pero aparentemente opuestos: la banalidad incesante y el terror inconcebible”; Y eso, para ella, anestesiaba a las grandes masas, encubriendo los verdaderos peligros de un conflicto nuclear.

“Responder al cambio climático es un reto que necesita de respuestas efectivas y adecuadas a cada país y situación”

Durante los años ‘70, al temor de la aniquilación nuclear del planeta se le añadió el miedo a un apocalipsis de diferente naturaleza: el temor a que los recursos del planeta no fueran suficientes para sostener a una creciente población, sobre todo en los países pobres. El Club de Roma y su reporte “Los Límites del Crecimiento”[2] es el ejemplo más notorio de lo que empezaba a preocupar al mundo en esa década -es importante anotar que las predicciones de ese reporte estaban basadas en el uso de modelos computacionales que empezaban a emerger como herramientas de análisis para sistemas complejos. Aunque las predicciones resultaron equivocadas, el Club de Roma continúa hoy sus actividades.

Ya entrada la década de los ‘90 y a principios del siglo XXI, aparecen en el sentimiento público dos nuevas amenazas que aún nos acompañan: El calentamiento global, que hoy conocemos como cambio climático, y el llamado “Peak Oil” (tesis que aplica a todos los recursos naturales). La discusión internacional sobre el calentamiento global había comenzado en el año 1995 en la primera reunión auspiciada por las Naciones Unidas, que hoy se conocen como Conferencias de las Partes (COP por sus siglas en inglés). En el COP3, en Japón (1997), se firma el Protocolo de Kyoto, con el objetivo de reducir las emisiones de seis gases de “efecto invernadero” -el tratado entra en vigor en el 2005. El cambio climático se ha convertido en una fuerza política casi irresistible, forzando una transición energética sin cabida para los combustibles fósiles.

El “Peak Oil”, en su descripción más simplista, postula que, dado un volumen conocido de reservas de petróleo o gas, estas serán extraídas de manera creciente hasta llegar a un pico después del cual la producción declinará irremediablemente[3]. Esta tesis ha sido utilizada para predecir en qué punto los recursos de hidrocarburos conocidos no alcanzarían para sostener la creciente demanda, y los efectos catastróficos que ello tendría en un mundo cuya economía depende de acceso a energía barata y confiable.

Aunque las predicciones del “Peak Oil” han resultado equivocadas, producto de los avances de la tecnología y las condiciones de mercado, pocos niegan hoy que existe un límite a los recursos del planeta, aunque al mismo tiempo postulan que esos recursos serán sustituidos mucho antes que eso ocurra. Ante su aparente irrelevancia, el “Peak Oil” fue rápidamente sustituido por el “Peak Demand”, es decir, el punto en que la demanda por hidrocarburos empieza su inevitable y reversible declinación -una amenaza existencial diferente, pero en este caso para los países y compañías productores de petróleo y gas.

La pandemia, que todavía nos acompaña, ha dislocado los postulados y proyecciones que originalmente acompañaban la transición energética y está obligando a su replanteo estratégico; mientras la invasión rusa a Ucrania ha desvelado, al menos temporalmente, las debilidades del sistema de suministro de energía, en particular en Europa.

Para un niño creciendo en las calles de Maracaibo durante los años ‘50 y ‘60, que es el caso de quien escribe, la destrucción del planeta era una remota y casi desconocida posibilidad, concentrado como estaba en las intrigas del patio de recreo de la escuela, el ser considerado para el equipo de béisbol de la clase, o aún más relevante, las crisis hogareñas que amenazaban con destruirlo. No podemos decir lo mismo de los niños en Europa y los Estados Unidos, obligados a practicar como “protegerse” de un ataque atómico escondiéndose debajo de sus pupitres -sin duda una generación traumatizada.

Hoy, la proliferación de redes sociales y la globalización de la información, paradójicamente energizadas por el uso ubicuo de combustibles fósiles, han creado un estado de desasosiego general. Utilizando los escenarios de extinción del planeta, las autoridades internacionales han decidido someternos a ingeniería social en escala planetaria para contrarrestar el inminente apocalipsis que ellas avizoran. De eso se trata la COP27, que se lleva a cabo en localidad egipcia de Sharm el-Sheij mientras escribo esto. 

Expertos en el clima, políticos, ambientalistas, artistas y periodistas se reúnen a evaluar y redoblar la estrategia escogida para transformar la manera como el mundo produce, se educa, se cura y combate la pobreza. Más allá de las posturas para la galería a las que los líderes mundiales nos tienen acostumbrados, parece que la estrategia de eliminación absoluta de los combustibles fósiles se enfrenta a realidades tanto económicas como tecnológicas difíciles de soslayar. Y pareciera tiempo de cambiar el discurso y la estrategia, o al menos de sumarle a la reducción de emisiones, plan de mitigación y adaptación de la sociedad a mayores temperaturas.

En El Rugido del Ratón, las fuerzas militares del ducado de Grand Fenwick, 20 arqueros y tres hombres en armas, desembarcan en la Bahía de Nueva York esperando ser derrotados y detenidos. Sin embargo, el plan no funciona como se espera, y producto del azar y de la incompetencia de ambos bandos, el ducado gana la guerra y queda en poder del prototipo de una bomba que puede destruir el mundo, lo que le da un gran poder. La encrucijada en la que nos encontramos no es una película cómica. La energía y la reducción de la pobreza, por un lado; y por el otro el cambio climático y los intereses de los que aspiran a controlar las nuevas fuentes de energía, estructuran una ecuación sin soluciones obvias ni sencillas. 

Muchos de nuestros países, que históricamente no han contribuido a las emisiones de gases de efecto invernadero de manera significativa y que, por otro lado, tienen recursos naturales importantes, incluyendo recursos fósiles, de los cuales dependen, parecieran aproximarse a las COPs con una versión de la estrategia del ducado de Gran Fenwick: asumir los argumentos de los países desarrollados como suyos -declararle la guerra a los combustibles fósiles- en la esperanza de ser generosamente remunerados (inversiones, reducción de deuda).

Responder al cambio climático es un reto que necesita de respuestas efectivas y adecuadas a cada país y situación. Contrario al final feliz de la película de Sellers,  si no somos cuidadosos en nuestro protagonismo, nuestros países pueden ser no los ratones que rugen sino bocadillo de leones.

1.https://americanfuturesiup.files.wordpress.com/2013/01/sontag-the-imagination-of-disaster.pdf ↑
2.The Limits to Growth. A Report for the Club of Rome’s Project on the Predicament of Mankind (MIT, 1972) ↑
3.https://es.wikipedia.org/wiki/Teor%C3%ADa_del_pico_de_Hubbert ↑

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*Non-resident fellow at the Baker Institute Center for Energy Studies.


Thursday, October 13, 2022

La Transición Repentina. Publicado en la Gran Aldea Octubre 06, 2022

 LA GRAN ALDEA



“Al pensar en el futuro, está de moda ser pesimista. Sin embargo, la evidencia desmiente inequívocamente tal pesimismo. En los últimos siglos, la suerte de la humanidad ha mejorado drásticamente, en el mundo desarrollado, donde es bastante obvio, pero también en el mundo en desarrollo, donde la esperanza de vida se ha más que duplicado en los últimos 100 años.”  Björn Lomborg

 

 

A juzgar por lo que uno lee en los medios no especializados, el mundo deriva hacia el juicio final si no corregimos nuestros hábitos en materia de consumo y de la energía que los motoriza. De ahí que se busque acelerar una transición energética a nivel global, para alejarnos de ese camino a la catástrofe.

 

Es natural que estas noticias del inminente fin del mundo ocupen nuestra atención. El peligro de extinción es sin duda un tema de primeras páginas, pero como dirían los matemáticos, es una función de decaimiento exponencial, es decir, nuestra capacidad de atención y, por lo tanto, de acción, disminuye rápidamente después del susto inicial.

 

Por otro lado, la recurrencia de la cuestión en la conversación diaria, sobre todo en los países de régimen democrático, hace ineludible el tema y obliga a tener un conocimiento mínimo sobre el asunto, aunque sea para no pasar por ignorante. O en todo caso para entender que las soluciones propuestas de eliminar los fósiles de manera acelerada tendrán un costo que pudiera ser más alto que el prometido beneficio.

 

El cambio climático y su relación con el uso de combustibles fósiles es un tema cuasi religioso, Como en toda religión, en este caso de alcance global, los guardianes de la ortodoxia persiguen el disenso y buscan imponer sus dogmas a como dé lugar, aun si eso pasa por la eliminación de la discusión razonable – valga la pena subrayar que existen dogmas, con sus respectivos sacerdotes, a ambos lados del argumento.

 

Quienes anuncian futuras catástrofes causadas por el cambio climático, también  predican que la ciencia ya está establecida y que contradecir la medicina prescrita – eliminación de los combustibles fósiles – no es más que una negación terca e indocta. Al estilo de la vieja inquisición, se persigue con fiereza a los que expresan hipótesis contrarias, y aun a los que, sin denegar la relación básica entre emisiones de gases invernadero y calentamiento global, se divorcian de los escenarios de catástrofe favorecidos por los ambientalistas.

 

El tema del cambio climático y su pretendida solución, como la mayoría de los problemas complejos que la sociedad enfrenta, es abordado usando la antigua metodología de delegar en los sabios de turno las decisiones sobre nuestro destino. Por un lado, los  adivinos, nigromantes y en el mejor de los casos, científicos e ingenieros, a quienes asignamos el trabajo de analizar la evidencia, promover hipótesis y postular las soluciones al problema. Por otra parte, tenemos a los dirigentes - llámense caciques, reyes, presidentes y como en este caso, las organizaciones multilaterales – que no entienden de la ciencia, pero a quien asignamos la tarea de tomar las decisiones por nosotros.

 

Esta división de responsabilidades es la manera más eficiente que hemos encontrado como especie para enfrentar la accidentalidad de la naturaleza, y evolucionar desde las cavernas hasta nuestros días. De hecho, el que hoy dependamos de los combustibles fósiles para el 80 % de nuestras necesidades energéticas no es el resultado de un diseño perverso, sino la síntesis de casi 200 años de evolución social y tecnológica siguiendo ese modelo.

 

Que hayamos construido el mundo moderno alrededor de un modelo de suministro energía confiable que ahora consideramos inconveniente, es un ejemplo de que aun en materias catalogadas como científicas, no existe tal cosa como la verdad cierta ni soluciones únicas. La ciencia siempre es incompleta y avanza por un camino construido sobre el substrato del camino ya transitado. Parafraseando a Thomas Kuhn[1]: la ciencia mejora al permitir que sus teorías evolucionen en respuesta a los acertijos y el progreso se mide por su éxito en resolverlos; no se mide por su progreso hacia una teoría verdadera ideal. Si bien la evolución no conduce a organismos ideales, sí conduce a una mayor diversidad de tipos de organismos.

 

Estamos seguros de que los científicos que manejan el tema del cambio climático en el Panel Intergubernamental del Cambio Climático (IPCC, por sus siglas en inglés), entienden mejor que nadie la naturaleza del proceso científico y sus limitaciones, que no es decir que están libres de influencias ideológicas y sesgos personales. En todo caso, sus reportes están fraseados en un lenguaje arcano de certidumbres y probabilidades[2], más de las últimas que de las primeras, pero que igual son utilizadas para hacer recomendaciones a los poderes políticos.

 

Los incentivos están alineados, como es usualmente el caso con los consultores, para que nos adviertan de los escenarios más extremos para que no puedan ser luego responsabilizados de no haber advertido sobre ellos. Y es de esos escenarios que se nutren los medios y las redes, que cuáles sacerdotes del primer milenio nos anuncian el fin del mundo.

 

Baste un ejemplo para entender los riesgos asociados a la dinámica científicos/políticos cuando los incentivos se alinean para causar estragos, a pesar buenas intenciones:

 

Trofim Lysenko (1898-1976), ingeniero agrónomo de origen ucraniano, desarrolló teorías agrícolas que fueron implementadas en la entonces Unión Soviética con la bendición de Stalin. Su ley de la “Vida de las Especies” postulaba que plantas de la misma clase no competían entre sí, por lo que podían ser sembradas con un espaciamiento menor al tradicional en la búsqueda de mayor producción por unidad de superficie. – una propuesta sin duda heterodoxa. El resultado de su implantación fue la pérdida masiva de cosechas y una hambruna de proporciones bíblicas. Sus ideas también fueron utilizadas en la China Comunista de Mao Zedong, contribuyendo también a la Gran Hambruna China.

 

Que Lysenko hubiese cometido un error involuntario en su aproximación científica a la 

Agricultura es entendible. Que también se dedicara a promover la persecución de todos aquellos que objetaban sus teorías, eliminando así toda discusión científica al convertir su opinión en dogma del poder político que lo cobijaba, es moralmente  reprensible. Tuvo que morir Stalin, para que su influencia disminuyera.

 

En un artículo reciente en el Wall Street Journal[3], la escritora Helen Raleigh compara los intentos contemporáneos de forzar una transición energética a nivel global - de combustibles fósiles a renovables - con los ruinosos esfuerzos en la China de Mao Zedong en el período conocido como el Gran Salto Adelante. Raleigh argumenta que, así como Mao, impacientado por el lento progreso del desarrollo industrial de la China, trató de acelerarlo ignorando las leyes de economías y las limitaciones técnicas, hoy se trata de acelerar la transición energética. En suma, cuando los políticos insisten en ignorar la razón, la lógica, la verdad y la economía, ocurren fallas catastróficas.

 

Aun si la ciencia sobre el cambio climático fuese irrebatible, y tuviésemos a mano las soluciones tecnológicas para impulsar la substitución de los combustibles fósiles, la misma ciencia y las leyes económicas delimitan como y a qué velocidad puede ocurrir la deseada transición; y ciertamente no es como está hoy planteada. La transición energética no puede ser una letanía que se recita para evitar el fin de los días, debe ser más bien la combinación óptima de ciencia, economía y política que nos permita asegurar bienestar a los 10.000 millones de seres humanos que habitaran este planeta para el 2050.

 

El forzar la transición energética, ya no solo en un país o en un sector, sino en todo el planeta y su economía, es un experimento audaz y muy riesgoso. Enfrentados con la probabilidad de ocurrencia de eventos cuya ciencia nos es compleja de entender y comunicar, y empujados por un terror milenario que se ha diseminado a nivel global a la velocidad de la luz, los dirigentes parecieran haber decidido tomar el camino de destruirnos para salvarnos. Y si para lograr ese objetivo misional se acallan las voces disidentes, a lo soviético, estamos en peligro de perder no solo nuestro bienestar económico y la posibilidad de seguir disminuyendo la pobreza, sino también de perder parte de nuestra libertad.

 

 

Tuesday, August 30, 2022

La LOREICH - Publicado en la Gran Aldea. Agosto 29, 2022

LA GRAN ALDEA

Published in English in ZIGNOX as A Dividing Oil Tale.



Imagen del Archivo Fotografía Urbana.

Aunque la LOREICH pudiera confundirse con el nombre de algún personaje de telenovelas, de esas a las que éramos tan adictos los venezolanos desde la inserción de la televisión como visitante consuetudinario en nuestras salas, es de hecho el acrónimo que identifica uno de los actos más relevantes de nuestra historia contemporánea: la mal llamada nacionalización del petróleo.

La Ley Orgánica que Reserva al Estado la Industria y Comercialización de los Hidrocarburos (LOREICH) fue aprobada por el entonces Congreso de la República el 21 de agosto de 1975, después de una larga y a ratos caldeada discusión nacional; el entonces presidente de la República, el señor Carlos Andrés Pérez, le puso el ejecútese en compañía de su gabinete el 29 de agosto de ese mismo año. 

De esa manera se cerraba una larga etapa de la relación de Venezuela y los venezolanos con su industria fundamental, cuyos inicios podemos trazar a los descubrimientos de principios del siglo XX en la Costa Oriental del lago de Maracaibo– Zumaque (1914) y Barrosos No. 2 (1922), y comenzaba una nueva etapa que se asomaba esperanzadora sin dejar de ser incierta.

De una manera simplificada, el Estado venezolano, con la ley de 1975, culminaba un proceso de creciente control de la industria petrolera y de la renta que esta producía. Uno puede postular que el acto legal de estatización ocurre con la LOREICH, mientras que el proceso de “nacionalización” – que la industria estuviera cada vez más integrada al país - venía ocurriendo de manera orgánica desde los años 40, en particular después de la aprobación de la Ley de Hidrocarburos de 1943 durante el gobierno del general Medina Angarita.

Con el arribo de la democracia en 1958, Venezuela empieza a ejercer de manera más firme su soberanía sobre los recursos hidrocarburíferos. El Gobierno, haciendo uso de sus prerrogativas, aumentó la tasa de impuesto sobre la renta (ISLR) para la actividad petrolera, incrementando la participación del Estado a 65%. Rota la regla del fifty:fifty, el Estado haría uso del aumento unilateral en la tasa de ISLR para incrementar su participación, en la medida que las condiciones políticas así lo permitieran. Esta tendencia continuó hasta llegar a una participación del 95% del excedente operacional en los años previos a la nacionalización, lo que llegó a estrangular la inversión de las operadoras extranjeras.

De acuerdo con el economista Ramón Espinasa, en su indispensable trabajo El Auge Y El Colapso De PDVSA A Los Treinta Años De La Nacionalización, la legislación plasmada en la LOREICH fue el resultado inevitable de las variables que venían motorizando el proceso de estatización:

“El proceso político que aumentaría el poder relativo del Estado venezolano a lo largo de la década de los sesenta hasta la nacionalización, tuvo como piedra angular la creación de la OPEP en 1960. Foro en el cual los Estados propietarios exportadores intercambiarían información y coordinarían políticas para aumentar su participación en el excedente petrolero y elaborarían en forma conjunta el objetivo común de nacionalizar la producción en sus territorios, como quedó establecido en la Resolución XVI.90 de 1968…”

“La sostenida presión fiscal, el hostigamiento político, en el contexto de los movimientos nacionalistas de la década de los sesenta, el fin cierto de las concesiones en 1983, junto con la apertura de nuevas y prometedoras provincias petroleras en el Medio Oriente y el Norte de África, llevó a las empresas transnacionales a reducir drásticamente sus inversiones en Venezuela a lo largo de los sesenta, a favor de inversiones en otros territorios. Se llegó al extremo de transportar maquinarias y equipos del país hacia las nuevas provincias, lo cual trajo como consecuencia la promulgación de la Ley de Reversión de 1971, para detener el proceso de desinversión.”

“La estrategia de las compañías consistió en explotar al máximo las áreas bajo concesión con mínima inversión con un horizonte de muy corto plazo. La falta de inversión y la explotación intensiva llevaron irremediablemente al colapso de la producción a principios de los setenta.”

“En el ínterin ya casi dos generaciones de venezolanos habían pasado por la industria petrolera, en un principio personal poco capacitado, después profesionales y técnicos formados en las Universidades nacionales. Para principios de los setenta la industria petrolera transnacional en el país era manejada por venezolanos.

El país gradual e inexorablemente se movía hacia el control directo de la actividad petrolera. El discurso político abordó directamente el objetivo de la nacionalización a principios de los setenta. El catalizador, sin embargo, provino de eventos internacionales en el ámbito de la OPEP.”

Esta aparente inevitabilidad legal, política y financiera, descrita por Espinasa, no era garantía de que el proceso fuese a resultar exitoso. Los escollos organizacionales, políticos, así como los intereses de las operadoras y las posiciones ideológicas de las diversas facciones políticas en el congreso no eran menores, y delineaban un probable escenario donde la transición al modelo estatal resultaría traumática y hasta destructiva de valor.

Los partidos tradicionales, COPEI y AD, y los partidos de izquierda, como el MEP y PCV, coincidían en la necesidad de la nacionalización, pero tenían diferencias importantes en el tipo de control y manejo que el Estado debía tener sobre las operaciones y las finanzas de la compañía(s) que surgieran del proceso.

Por otro lado, algunos sectores de la sociedad temían que, con la nacionalización, la industria petrolera se politizaría convirtiéndose en otra “típica empresa del Estado”, donde la corrupción y el clientelismo la hicieran ineficiente. Algunos otros pensaban que los venezolanos no serían capaces de gestionar una industria tan compleja, ignorando que ya para ese entonces la gran mayoría de los técnicos, profesionales y gerentes eran venezolanos.

A esos técnicos venezolanos, en general, les preocupaba, no las razones políticas para la nacionalización, que apoyaban, sino más bien el efecto que un proceso mal diseñado o ejecutado tuviera en la eficiencia de la industria y el tema no menor de su desarrollo profesional por la inherencia política. Estas preocupaciones empiezan a emerger de manera pública en sendos congresos técnicos que se realizan en Maracaibo y Caracas en los meses de mayo y junio de 1974*. 

Las discusiones en esos congresos subrayaron la desconfianza que parte del sector político mostraba en esos mismos venezolanos, a quienes consideraban agentes de las operadoras extranjeras y en última instancia incapaces de defender los intereses nacionales.

Se puede decir que las fracturas entre el sector petrolero y el país político, que caracterizarían las siguientes décadas, ya estaban presentes al momento de la nacionalización; y que el acto legal se consumó a pesar de ellas, pero quedaron latentes para emerger destructivamente en el siglo XXI, pero esa es otra historia

Al frío relato histórico hay que añadirle los actores, personajes de carne y hueso que son en definitiva los que conducen la puesta escena. Hoy sabemos, o al menos hay un consenso mayoritario de que el proceso de nacionalización fue exitoso, y eso se debe en gran medida a las personas que lo llevaron adelante. Gente que tuvo el liderazgo y la entereza para buscar compromisos en un tema que era muy controversial.

Cualquier lista que se haga sería incompleta, pero sin duda a la cabeza de ella deben estar el presidente Carlos Andrés Pérez (CAP) y su ministro de Minas e Hidrocarburos, el Ing. Valentín Hernández Acosta, quienes tuvieron que navegar aguas turbulentas y buscar los compromisos necesarios para garantizar que el proceso culminara de manera exitosa.

Del lado de los trabajadores petroleros, la narrativa debe resaltar el rol de AGROPET (Agrupación de Orientación Petrolera), donde la figura más reconocida fue el geólogo Gustavo Coronel, quien sorpresivamente tendrá luego un rol en la primera junta directiva de la petrolera estatal. Esta asociación, como su nombre lo indica, nació con la intención de orientar a la sociedad civil y los políticos acerca del negocio petrolero en un entorno donde se pensaba que el sector político podía tomar decisiones sin necesariamente entender todas las ramificaciones sobre el negocio.

La participación de AGROPET puede considerarse como contra natura, ya que la cultura organizacional no incentivaba este tipo de actuación pública, sino más bien todo lo contrario; tendría que transcurrir un cuarto de siglo para que el país volviera a oír de lo “petroleros”, con los sucesos del 2002-2003. 

De todas las discusiones alrededor de la LOREICH, quizás la más significativa por su impacto político entonces y luego durante la vida de la petrolera estatal, fue la que ocurrió alrededor del Artículo 5. Este artículo, a diferencia del texto propuesto por la Comisión Presidencial que había sido establecida por CAP, dejaba abierta la posibilidad de que la petrolera estatal estableciera asociaciones con entes privados si se estimara que fuera de conveniencia para el Estado. En el vocabulario de hoy en día, el artículo 5 era una suerte de Plan B para el desarrollo de futuros proyectos petroleros de alta complejidad.

Como era obvio, este artículo de la propuesta de ley desató una tormenta política, tanto en el parlamento como en los medios de la época. El argumento, en su forma más simplificada, giraba alrededor de ese temor atávico que tienen nuestras sociedades, y en particular, nuestros políticos, de la participación extranjera en lo que se consideran “sectores estratégicos” (mis comillas) y de la participación del capital privado en general. El presidente Pérez invirtió mucho de su capital político en apoyar la ley con todo y artículo 5, y esta fue finalmente aprobada. De esa discusión quedaron siempre cicatrices: Juan Pablo Pérez Alfonzo denominó el proceso una “nacionalización chucuta” y el expresidente Rafael Caldera alcanzó a decir que era una “entrega del petróleo”. Paradójicamente, es durante la segunda presidencia de Caldera que el artículo 5 tendrá su mayor aplicación como fundamento de la denominada Apertura Petrolera.

El modelo organizacional que finalmente se establece para la estatal petrolera es el de mantener las operadoras existentes (13 de ellas), con sus activos, personal y procesos corporativos, ahora de propiedad estatal, todas bajo la coordinación de una casa matriz, Petróleos de Venezuela, S. A. (PDVSA), creada según Decreto Presidencial No 1123 del 30 de agosto de 1975.

A la cabeza de esa casa matriz, el presidente Pérez hace un nombramiento que resultará muy acertado, El general Alfonzo Ravard, un militar/ingeniero con una trayectoria profesional y gerencial intachable y que resultó aceptable tanto para el mundo político como para el mundo petrolero. Hay que recordar que las operadoras principales, entre ellas Creole y Shell (luego Lagoven y Maraven respectivamente) eran ya dirigidas en Venezuela por venezolanos de mucha valía y seguramente tenían aspiraciones válidas de dirigir la industria.

En todo caso, hoy podemos decir, a la luz de la evidencia histórica, que el proceso de nacionalización y el posterior desempeño de PDVSA y sus filiales, con sus luces y con sus sombras, no solo fue exitoso al mitigar los riesgos de la transición operativa y legal, sino que formó la base para la recuperación y crecimiento de una industria que transitaba una ruta de declinación operacional y financiera.

Sin embargo, la estatización de la industria no eliminó las tensiones que históricamente habían existido entre la industria en cabeza de las operadoras extranjeras y el estado, sino que las trasladó al interior del estado al transformarse este en dueño y empresario y tener que resolver, entre muchos temas, como asumir los riesgos de inversión en el petróleo versus otros usos del erario público y manejar ahora las tensiones de con una gerencia petrolera que ahora dormía bajo su misma carpa.

Hay que reconocer, que en las primeras de cambio los sectores políticos mantuvieron a PDVSA y sus filiales fuera de la politización que aquejaba a otras empresas del estado, al menos inicialmente, pero como era de esperarse, esto no era sostenible. Ya en las administraciones del presidente Herrera Campins y Lusinchi, con la caída de los precios del petróleo, se empezaron a materializar las fracturas que yacían latentes desde las discusiones que dieron  origen a PDVSA.

Por otro lado, el hecho de crear un monopolio estatal, de la principal industria del país, no vino sin sus propios demonios que inevitablemente llevaron a su destrucción bajo las administraciones del presidente Chávez Frías y el Régimen de Maduro Moro. La posición ideológica de actores políticos como Alí Rodríguez Araque y Álvaro Silva Calderón, y de académicos como Gastón Parra, Mendoza Potellá y Bernard Mommer, entre otros, reflejaban su insatisfacción con el proceso que condujo a la LOREICH y el desempeño de PDVSA y sus gerentes, a quienes no se cansaron de acusar de ser agente de intereses extranjeros. Se empeñaron en reescribir la historia, pero con líneas torcidas.

La LOREICH es un documento corto (28 artículos), no obstante ocupa un lugar preeminente en nuestra historia petrolera, compartiendo podio con las Leyes de Hidrocarburos de 1920 y 1943. Es un documento producto de su tiempo y circunstancia y es así como debe ser juzgado. Lo mismo debe decirse del proceso mismo de nacionalización y de la creación de PDVSA y su posterior evolución. 

La LOREICH no es un personaje de telenovela, pero si quizás el libreto de una, que en este caso no tuvo un final feliz.


* IX Congreso de Ingeniería, 19 y el 25 de mayo de 1974, en el Hotel del Lago en Maracaibo. Entre el 8 y el 14 de junio de 1974, en el Círculo Militar de Caracas, se llevó a cabo el III Congreso de Petróleo. 

HORMUZ, FROM A STRAIT TO A TUNNEL

  El Taladro Azul M. Juan Szabo [1] y Luis A. Pacheco [2] Published  Originally in Spanish in    LA GRAN ALDEA       The energy market situa...