Tuesday, December 20, 2005


PETROLIA 2005
Comienzo a escribir estas líneas, una tarde decembrina, en una casa de residencias ubicada en una arbolada calle en el bullicioso centro de una ciudad milenaria, que para los propósitos que nos ocupa  bautizaremos con el nombre de Petrolia. Entre las 6 de la tarde y las 8 de la noche, el diminuto pasillo que pasa por recepción de esta residencia, se puebla con las voces de los hombres y mujeres, que tras otra agotadora jornada de trabajo lejos de sus casas, de sus familias y de su país, regresan al refugio que sus reducidas y desnudas habitaciones ofrecen.

Los acentos son variados: el voceado maracucho, el seseado oriental, pasando por la educada voz del andino y el acento indescifrable del caraqueño, todos venezolanos, todos lejos de casa, todos unidos por las fuerzas del destino, bajo el cielo de un país extranjero que generosamente los acoge,  a cambio del baúl de conocimientos y experiencias  que pueden aportar.

Hace un poco menos de tres años, la vida de estos hombres y mujeres, juntos con  las vidas de otras decenas de miles de personas, se vio sacudida por una de las mas ignominiosas acciones de gobierno que la accidentada historia de Venezuela haya parido. Hace ya tres años, los trabajadores de PDVSA, creyendo ingenuamente en la solidez de los derechos ciudadanos consagrados en nuestra Carta Magna, se sintieron en la obligación ciudadana de arriesgar su carrera y el bienestar de sus familias para tratar de afectar el catastrófico destino al cual se orientaba el país.

Poco se ha analizado esos aciagos meses de finales del 2002 y comienzos del 2003.  Lo poco que se ha escrito, televisado o radiado, no ha alcanzado para escudriñar la verdad que se esconde tras una historia oficial  que se torna en realidad virtual a fuerza de tanto repetirla. No es este el momento ni el lugar para determinar esa verdad, pero si es de justicia dejar por sentado, que detrás de la amañada versión oficial, donde el gobierno aparece como una inocente victima de las conspiraciones de elementos antinacionales, podemos todavía atisbar las clavijas y personajes que el  estado todopoderoso y omnipresente manipuló de una manera consciente para producir, o al menos incentivar, la inmolación de la petrolera nacional ante el altar de la ambición política. No se nos deben olvidar quienes conducían los destinos de PDVSA  y la política petrolera en ese momento, ni sus responsabilidades. Pero dejemos eso para la historia y los historiadores, y volvamos a  Petrolia.

Petrolia es un nombre ficticio, pero es una ciudad real. Es la ciudad global donde habitan los trabajadores petroleros venezolanos privados de su derecho a trabajar y  de mantener a sus familias en el país que los vio nacer. Trabajadores honestos, entrenados y orgullosos. Petrolia es una ciudad cuyos suburbios tienen nombres familiares como Lagunillas y  Anaco, Maracaibo y Maturín, pero también menos conocidos como Riyadh, Fort McArthur, Ciudad del Carmen y Houston.

Petrolia es una ciudad de familias separadas, donde los problemas familiares deben  ventilarse a distancia, la llama del amor debe ser avivada vía INTERNET, y la remesa del ausente es el solitario recordatorio de su ineludible responsabilidad. Petrolia es una ciudad donde el conocimiento es la divisa de intercambio y sus habitantes la tienen en abundancia y la intercambian con pasión.

Petrolia está  también habitada por aquellos que con coraje entendieron que su futuro era alejarse fuera del alcance del olor del “estiércol del diablo”, y se encuentran construyendo nuevas vidas, en las más disímiles tareas y bajo condiciones bien lejanas del confort de las paredes del enclave petrolero que los vio crecer.

En la Residencia la noche empieza a desplazar la tarde, y los penetrantes olores de comida rápida impregnan los pasillos  a los que se abren las puertas de las austeras habitaciones, buscando conectarse unas con otras y componer un concierto de voluntades y recuerdos. Es a todos ellos, a los reales personajes de esta y otras residencias alrededor del mundo, así como a los otros miembros de la diáspora petrolera que son extranjeros en su propia tierra, que estas líneas están dedicadas en este el mes de las navidades.

Este es un homenaje a su valor, a sus principios, a su indomable deseo de luchar, pero sobretodo es un homenaje a la dignidad con que asumieron su responsabilidad en el pasado,  y con la que asumen su presente.

El silencio de la noche es roto por el sonido casi tribal de una gaita zuliana que trae añoranzas de la patria chica, semblanzas del espíritu de Ricardo Aguirre. Los árboles de la calle asemejan gigantes dormidos, pero aun de pie, como de pie sigue la fe de estos, mis conciudadanos de Petrolia.

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