Thursday, December 15, 2011

Cuento de Navidad, 2011

Cuento de Navidad, 2011


“Sin rencor ahora te digo, que lo nuestro ha
terminado, que este bello amor sagrado para mi, no
tendrá olvido, estoy donde solamente, tu y yo
somos los testigos, cuando tu cuerpo y el mío, en
su piel tierno amorío, se unieron ardientemente.”
Sin Rencor, Abdénago “Neguito” Borjas


El estruendoso silencio que hace una casa cuando todo deja de funcionar, le anunció a Betulio que la electricidad se había ido otra vez. Ya se había empezado a acostumbrar a las ya no tan inesperadas carencias, pero francamente, que se fuera la luz la noche de Nochebuena no era el mejor de los augurios. Betulio maldecía entre dientes, se imaginaba que la hallacas, que con tanta dificultad había conseguido intercambiando favores en el pueblo de Lagunillas, corrían el riesgo de pudrirse en la ahora inerme nevera.

Trató de pensar en positivo, después de todo Campo Rojo era un campo petrolero, y aunque lejos habían quedado los tiempos cuando la compañía se ocupaba de todo, desde el mantenimiento de las alcantarillas hasta cambiar los bombillos de las casas, todavía confiaba en que su amigo Jonás, de la superintendencia de mantenimiento, se estuviera ocupando de restablecer la electricidad. Vaya que Noche.

Betulio salió al porche de la casa que hace ya décadas habían construido los holandeses, se sentó en la vieja mecedora que había sido de su padre y miró al cielo estrellado que lo acompañaba desde su niñez. Estaba solo, Miriam y los niños habían ido a visitar a su hermana en Campo Florida; resignado se balancea en el desgastado mimbre, esperando, remembrando. La noche se ha silenciado, solo se oye el murmullo de voces en las casas vecinas y el lejano ronronear de los carros en la intercomunal. Al final de la calle de asfalto rasguñado se levanta el viejo balancín que alguna vez bebió de las entrañas de la tierra, pero que ahora despojado de vida y maniatado de luces multicolores languidece.


A kilómetros de distancia, Heriberto se prepara para la Nochebuena. La nieve ha cubierto el jardín de la casa, a pesar del tiempo transcurrido la nieve le sigue maravillando, y no puede evitar recordar el viejo chiste del maracucho que ve entre los arboles nevados a su primer venadito. Para él los recuerdos de las navidades en Campo Rojo se le antojan ahora como postales amarillentas, un pasado lejano y nebuloso; ha dejado ya de contar los años desde la última celebración de la navidad en el campo. Distraído le echa un leño más al fuego que calienta la sala de la casa, a pesar de los años en estas latitudes no se acostumbra al clima; “más frío que culo de foca”, hubieran dicho en el campo.

Otra Navidad fuera de casa. No, esa no era la mejor manera de pensar. Esta era ahora su casa. Él y Erlinda eran los afortunados, el destino les había abierto nuevos senderos, era Navidad en esta su casa lejos de casa. En la sala el Ipod toca la banda sonora de las navidades de su niñez en el campo, gaitas de Cardenales y El Saladillo, “unplugged” como dirían sus hijas. Pronto la casa se llenará de amigos y ahogaran en risas y canciones la nostalgia que todos sienten pero que ninguno admite.

Betulio suspiró aliviado, la electricidad había vuelto a Campo Rojo, y con ello se había salvado la cena de Nochebuena, por ahora. El campo se había vuelto a iluminar, y en las calles se volvía a escuchar la música y las risas que escapaban por las puertas de las casas, todavía abiertas buscando mitigar el húmedo calor de la noche. El aire acondicionado está racionado por considerarse un lujo innecesario.

En las cornetas del viejo CD-player vuelve a sonar una gaita de esas que llaman modernas, llena de sonidos electrónicos que disfrazan el ancestral ritmo del furro. Betulio, sin razón aparente, piensa en Heriberto, su amigo de la infancia, su compañero desde la escuela, la vida los había separado. ¿Es que acaso había valido la pena el fratricidio inducido por el ahora moribundo proceso? Los años habían borrado la sin razón y solo había quedado Campo Rojo venido a menos la noche de Nochebuena. El rencor le había ganado al afecto.

Heriberto, a pesar del frío, sale a ver la noche, de repente se siente atrapado entre sus recuerdos, uno de los grilletes del inmigrante. Camina alrededor de la casa, patea la nieve, que se levanta como una nube que refleja la luz de los faroles. En ese momento, y sin razón aparente, Heriberto no puede evitar pensar, aunque solo sea por unos instantes, en Betulio, su amigo de siempre. La vida los había separado, el afecto no había podido contra el rencor.

Erlinda le grita a Heriberto: “que hacéis allá afuera, metéte a la casa que te vais a congelar las orejas”. Le parece ver una sombra entre los arboles. No, es solo su imaginación. Encogiéndose de hombros se dirige a la casa donde construye nuevas memorias. Mientras camina alcanza a decir, sin saber a quien ni porque: ¡Feliz Navidad Hermano!.

Betulio se levanta de la mecedora para llamar por teléfono a Miriam, ¡coño! ¿donde se habrá metido? No quiero estar solo en esta noche de fantasmas. Le parece oír una voz conocida que lo llama, se sobresalta, busca la cara en la calle pero no ve a nadie. Encogiéndose de hombros camina hacia la puerta de la vieja casa de mil memorias y deja que estas lo envuelvan, murmura entre dientes ¡Feliz Navidad Hermano!




Nota: Le dedico estas líneas a todos aquellos que en Venezuela y fuera de ella creen y trabajan para un futuro mejor; un futuro donde nuestros hijos tengan la oportunidad de vivir libres de la herencia de nuestros rencores y errores. Al menos esa es hoy mi renovada esperanza para mis hijas. ¡FELIZ NAVIDAD A TODOS!

Publicado tambien en: miamidiario.com; Noticiero Digital; La Patilla.com; Petroleumworld.com

Friday, August 19, 2011

Ibsen, los Suicidas y Meneses

Ibsen, los Suicidas y Meneses
Luis A. Pacheco
"La obra fue un gran éxito, pero el público fue un desastre". Oscar Wilde
ESCENA 1. En algún lugar de Bogotá, una noche cualquiera, lloviendo claro está, un “laptop”, un sello negro en las rocas – Carlos Vives suena en el Ipod
Cuando uno vive fuera de su patria, bien sea por escogencia o por obligación, una de las cosas mas difíciles de mantener es un contacto realista con la vida que transcurre en la tierra que dejamos atrás. Aun en está era de Twitter, BBM, SMS y YouTube, no hay sustituto adecuado para el contexto que te dan los colores, los sonidos y sobretodo, los olores de estar en el sitio, ser actor en el escenario de los acontecimientos.
Todo esto me viene a la mente en razón de la algarabía que se ha armado alrededor de la puesta en escena de la obra teatral “Petroleros Suicidas, de Ibsen Martínez, y la imposibilidad, al menos en el corto plazo, de satisfacer mi curiosidad y contrastar el ruido que se ha generado en las redes sociales en la Web con la realidad. El solo titulo, de cuestionable gusto, pero de indudable recordación, ha generado mas controversia que cualquier otro trabajo de Ibsen, excepción sea hecha del personaje del Hombre de la Etiqueta, de la telenovela "Por Estas Calles", evocando sin duda la misma escabrosidad.
No es mi intención ni terciar, ni tomar partido en lo que se ha transformado en un intercambio público de epítetos entre Ibsen Martínez y sus detractores (en su mayoría trabajadores de la antigua PDVSA – mis colegas y amigos), cada quien arrojando al contrario dardos ponzoñosos, que aunque no matan, contribuyen sin duda a refrendar viejos prejuicios y crear nuevos resentimientos, que es lo que menos necesitamos para construir un nuevo y mejor país.
El sujeto del desacuerdo, además del título de la obra, es la crítica que Ibsen Martínez ha hecho en varios medios al mal llamado “Paro Petrolero”, y la presunción de que la obra en cuestión es una descarga a los petroleros que tomaron parte en esos hechos del 2002 y 2003, presunción esta que Ibsen Martínez ambiguamente (¿hábilmente?) no trata de desmentir, un críptico: “vean la obra”, es su respuesta más común y una de las menos beligerante.
ESCENA 2. En un bar en Altamira, Caracas, un “memory stick” con el borrador del libreto es olvidado sobre la barra, una figura en penumbras lo toma y lo “wikilikea”– música de salsa se oye en el fondo.
Imagine el lector mi decepción cuando empiezo a leer el guión y me doy cuenta que la obra no es para nada acerca del “Paro Cívico” del 2002-2003, eso tendrá que esperar a otra obra, o a otro autor. Me siento engañado, desilusionado, estaba listo para dar la pelea. La obra, que se desarrolla en varios tiempos, usa la circunstancia del paro para establecer un telón de fondo para los personajes, y en las primeras de cambio permite que el autor anuncie, en boca de uno de los personajes, su posición crítica acerca del “Paro” y su opinión sobre los petroleros en general.
Pero ese momento pasa rápidamente y de forma casi indolora, y nos empezamos a adentrar, junto con la pareja protagonista, y los otros dos personajes, en los callejones oscuros de Venezuela y su relación sicológica con el petróleo. Hay otros personajes, pero son mudos e invisibles, sólo se alude a ellos como quien habla de un familiar ausente.
Martínez descarga sobre la audiencia todo el arsenal dramático y melodramático adquirido en su larga trayectoria como escritor: amores fallidos, ­­homicidios, adulterios, corrupción, cobardía, todo esto en el marco de la empresa estatal, pero sin aludir a esta última con mayor interés.
Petroleros Suicidas es acerca de muchas cosas, pero para mí, al menos, es acerca de Natalia, el único personaje femenino y quizás el único de quien quisieramos ser amigos. Natalia representa a Venezuela: mujer, valiente, en una eterna búsqueda por un amor que nunca consigue del todo. Natalia es la voz que Martínez usa, quizás de manera inconsciente, para representar a la Gente del Petróleo: idealista, desencantada del resultado de sus acciones, pero todavía convencida de que en cada momento ha hecho lo que debía hacer. Natalia nos hace recordar que también el petróleo nos ha hecho aspirar y conquistar, sin importar lo que sesudos analistas, o autores, piensen ayer o ahora. Y esto a pesar de la indudable oscuridad de los otros personajes que Martínez pone en escena con indudable disfrute, a quienes reconozco, pero que escojo ignorar. Natalia es Venezuela.
ESCENA 3. Estudio de Televisión. Una utilería que luce sacada de mueblería en la Yaguara. La conductora de luminosos ojos presenta al autor de moda con un largo y enrevesado monólogo. El escritor luce incómodo en el sofá y esfuerza una sonrisa
Martínez, ya más relajado, le cuenta a Maria Elena Lavaud anécdotas de sus inicios como libretista con José Ignacio Cabrujas. Su favorita es una en la cual Cabrujas engatusa a los ejecutivos del canal donde trabajan, y los convence de hacer un guión sobre la novela “Campeones” de Guillermo Meneses, novela que ni Martínez ni Cabrujas han leído.
Cabrujas termina por desechar la novela y solo preserva el título y los personajes principales, escribiendo junto con Martínez toda una nueva narrativa, sin que los poco leídos ejecutivos del canal caigan en cuenta del engaño. Martínez termina la historia con voz de admiración calificando a Cabrujas como el propio malandro.
Años después, Martínez se ha vuelto el propio malandro. El titulo de “Petroleros Suicidas”, la alusión al paro y los personajes de PDVSA, son como la novela de Meneses, solo una mampara provocadora. Petroleros Suicidas es a Martínez, lo que Campeones es a Cabrujas. La historia que cuenta Martínez es sobre nosotros los venezolanos y el efecto que el petróleo ha llegado a tener en nuestra psiquis y valores sociales. Martínez parece suscribir la “leyenda negra” de Juan Pablo Pérez Alfonzo y su visión del petróleo como excremento del diablo: “¿qué tiene el petróleo que envenena?” No es ese mi pensamiento, pero otra ha sido mi vivencia
Pero al final está Natalia, en quién aún Ibsen Martínez encuentra razones para seguir adelante. ¿Será sólo casualidad que la “Natalia de 8 a 9”, de su admirado Cabrujas, también represente el renacer después de la destrucción?
Se apaga la luz tenuemente. No hay canción de Yordano, pero debiese haberla…

Publicado también en: ABC de la semana y Petroleum World

Sunday, April 10, 2011

Abril Después de Abril

Abril Después de Abril
Dedicado a Edgar Paredes, un Venezolano en el exilio


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“El tiempo ha llegado, por difícil que nos parezca, para que se alcen voces de esperanza por arriba de la desesperanza. Es el momento de acallar, con voces que clamen por el fin de la guerra, las vociferaciones que provienen del otro lado de la trinchera, eso al menos le debemos a los que salieron a marchar el 11 de Abril y nunca regresaron a sus hogares. Se lo debemos a todos los perseguidos por sus ideas, a los encarcelados, a los que en el exilio añoran el azul del Caribe. Se lo debemos al futuro. A un futuro con Abriles sin lágrimas.”


Con este párrafo terminaba mi artículo “Abril sin Lágrimas” hace ya dos años. De las muchas cosas que han cambiado en mi vida en estos últimos 24 meses, una permanece igual, mi deseo que Venezuela busque un futuro que se deslinde de los dos pasados que siguen disputandose esa “botella vacía” en la que se ha tornado la política venezolana de las dos últimas décadas.
El discurso del gobierno, y de una parte importante de la oposición, se sigue circunscribiendo al escenario de atacar por un lado, y defender por el otro, a los únicos cuarenta años de gobierno civil que Venezuela cuenta en su historia. Siguen pasando los años, y los pocos que se atreven a plantear nuevas sintesis fuera del ambito antidiluviano del militarismo versus los ya irrelevantes remoquetes de adecos y copeyanos, son reprimidos o ignorados por ambos bandos.
Quizás esta es la evidencia más señera de la incompetencia de los miembros del actual régimen, que ni siquiera han podido encontrar una motivación de su existencia que no sea la de la vindicta de los entuertos, reales o imaginarios, a la que fueron sometidos ellos o sus padres, por venezolanos que hoy yacen enterrados, como deberían estar sus ideas, o son inofensivos ancianos a quienes persigue su consciencia.
De la misma manera que Caldera y Alfaro Ucero castraron a los liderazgos jóvenes de sus organizaciones, dando paso a los fantasmas de antaño que pululaban los corredores de los cuarteles que el penúltimo jefón había construido, así los políticos que hoy aspiran a seguir en, o tomar el poder, nos empantanan en un pugilato pasado de moda, irrelevante para los que aspiran a hacer futuro.
Abril 11 del 2002, y los días y meses subsiguientes, son fechas que nos enlutan a todos, y es improbable que los hechos sean olvidados pronto, o que abandonemos la búsqueda de justicia por los ignominiosos hechos de esa época.
El 11 de Abril los venezolanos nos despertamos al hecho de que habíamos construidos dos países aparentemente irreconciliables, y que el rencor que alimentaba ese resentimiento habia sido pasado de padres a hijos, en una suerte de revancha desde el más allá.
Aquellos de nosotros que nos tocó ser testigos, o pequeños actores de la tragedia de Abril 11, no podemos ser responsables de continuar la interminable cadena de resentimiento. La herencia a nuestros hijos no puede ser un nuevo entuerto en busqueda de un nuevo “enderezador”.
Le debemos a las generaciones futuras, que hoy son mayoría, su derecho, no solo a pasar la página, sino a escribir una nueva, la suya propia, con la menor cantidad de borrones posibles. Les debemos la oportunidad de hacer y corregir sus propios errores, no los obliguemos a vivir bajo la sombra de las ideas de hombres y mujeres, que por admirables que hayan sido, no dejan de ser más que párrafos de un pasado hoy irrelevante.
No olvidemos entonces rendir homenaje a los que perdieron su vida, o su derecho a vivir en paz, en la refriega política de los último años. Pero vaya tambien nuestra solidaridad con aquellos que se levantan con cada nuevo sol a sembrar la semilla de la reconciliación, a los que tienen como su norte el sustituir la revancha inútil por el reencuentro posible, en la búsqueda del Abril después de Abril.

Friday, February 25, 2011

Samba, Energía y Ambiente

Samba, Energía y Ambiente

Hace dos semanas tuve la fortuna de asistir a un conversatorio que el Diario El Tiempo organizó en ocasión de la celebración de su centenario. Intelectuales, políticos y ciudadanos de a pie, se dieron cita en el auditorio de la Cámara de Comercio de Bogotá para escuchar a distinguidos invitados discutir lo que los organizadores del evento consideraron como los temas que regirán los próximos diez años; aunque como los recientes eventos políticos en el Medio Oriente han evidenciado, la capacidad de la historia de sorprendernos es infinita, que es lo único que no es sorprendente.
No hay duda que la agenda y los analistas fue, lo que llamaría mi abuela muy lucida. Distinguidos colombianos y extranjeros tocaron temas álgidos: el tráfico de drogas, el estado de la democracia en Latinoamérica, la economía colombiana y el ambiente, entre otros. Como "pièce de résistance", Moisés Naím, en sus años mozos Ministro de Fomento del gobierno de Carlos Andres Perez, y hoy devenido en editor y columnista internacional, quien disertó sobre lo que el irónicamente denominó como un tema muy puntual: el mundo.
A lo largo del día, la audiencia tuvo la oportunidad de oír voces muy respetadas y conocedoras. Sin embargo, para mi gusto, con excepción del tema del fracaso del prohibicionismo alrededor de la lucha contra las drogas, demasiado convergentes. Quizás fue el formato escogido, o el respeto que los conferenciantes se profesaron, pero la verdad es que no recuerdo ni una sola discusión que pudiese crear una cadena de twitter.
Ni siquiera cuando se discutió sobre la salud de la democracia en Latinoamérica, donde el tema de Chávez y los gobiernos del Alba hubiese podido ser motivo de interesantes desacuerdos, se generaron mínimas chispas. No hay duda que la presencia del Secretario Insulza en ese panel en particular, "diplomatizó" la conversación, haciéndola incolora y perdiendo una oportunidad de analizar los innegables retos que enfrenta la institucionalidad de la región.
Así que a falta del disenso necesario en el conversatorio  aprovecharé el silencio de este espacio digital para enmarcar al menos una discusión que me hubiera gustado tener, o al menos presenciar.
Además del Dr. Naím, quien compartió con nosotros un esbozo de los temas sobre los que cavila desde que dejara la silla editora de Foreign Policy, el clímax del día fue la intervención de la Sra. Marina Silva, ex ministra del ambiente en el gobierno del Presidente Lula y ex candidata presidencial en la recientes elecciones en Brasil.
La Sra. Silva no es solo una ardua defensora del ambiente, sino que también posee un fino olfato político y un carisma personal innegable, a tal punto que sus ilustres compañeros de panel pasaron casi desapercibidos ante el magnetismo de la carioca; como dirían los publicistas, el "recall" fue pura samba.
La Profesora, como ella misma se catalogó, nos habló en brasileño, que para nosotros los caribeños suena a fútbol y carnaval, y a pesar de la errática traducción de la bien intencionada embajadora de Colombia en Brasil, cautivó a la audiencia con sus grandes anteojos, su elegante delgadez y su musical acento.
Pero el clímax, fue solo eso, un momento mediático de una figura carismática. Confieso que mi actividad profesional me da un sesgo en este tema, pero más allá de los lugares comunes acerca de como el hombre moderno depreda su ecosistema, no atiné a entender cómo se podía ensamblar un panel sobre ambiente sin hablar de desarrollo, y más aún, sin tocar el tema de la generación y uso de la energía.
Si el tema del ambiente se circunscribe, como generalmente se hace, al tema genérico de los derechos difusos de las generaciones futuras a heredar un mundo ideal y bucólico, es difícil entablar una conversación donde los derechos de las generaciones de hoy no sean las víctimas propicias e implícitas.
No tengo ninguna duda de que es deseable mantener el ecosistema de este planeta tan prístino como sea posible, pero tampoco tengo ninguna duda de que eso no deja de ser una utopía en el contexto de los derechos de los más de 6.000 millones de vecinos del planetaa acceder a la salud, educación y libertad . Y eso, como los últimos 250 años de historia han demostrado, solo es posible usufructuando el planeta y sus recursos.
Esa discusión, que debe ir más allá de tratados internacionales donde se pretenda repartir la miseria en el planeta, o frenar el desarrollo de los que aspiran, todavía está por darse. No creo que las soluciones se escondan, como la Sra. Silva piensa, en la sabiduría milenaria de las tribus del Amazonas, aunque siempre algo podemos aprender.
Mientras los intelectuales y ambientalistas del mundo se debaten alrededor de un dilema aparentemente irresoluble, ambiente versus desarrollo (léase uso de energía en su sentido más amplio), los casi tres mil millones de chinos e indios, y que hablar de África, buscan sus propias soluciones, en un espacio diferente a los dogmas del ambientalismo tradicional.
Así como los caballos serian insostenibles como método de transporte en una sociedad moderna, imaginemos alimentar y disponer del estiércol de miles de caballos en una ciudad como Nueva York, así el motor de combustión interna también pasará. Pero esto solo ocurrirá si dejamos que los incentivos apropiados accionen.
Estoy convencido que la ecuación, un chino = un carro, es tan insostenible como la ecuación, un gringo = un caballo. Pero somos miopes sino entendemos que los chinos (como proxy para los que aspiran) también entienden esto, y son ellos los más interesados en buscar nuevas soluciones que se salgan del espacio suma cero en que estamos actualmente encerrados. Eso pasa por entender como usufructuar la energía, fósil o no, que nos ofrece el planeta en que vivimos, en aras del desarrollo de la sostenibilidad de la raza humana.
Así que por más atractivo que luzca el ambientalismo a ritmo de samba, no caigamos en simplificaciones. La reducción de la mortalidad infantil, el acceso a la educación y la salud, los derechos de las mujeres, y muchas otras cosas, pasan por el derecho a acceder a la energía y recursos del planeta, y como en tantas otras cosas eso tiene un precio del que no nos podemos escapar, y que solo podemos pagar eficientemente a través de nuestro recurso más grande e inagotable, el ingenio humano.
No es una cuestión de depredar el planeta hacia su extinción, el mundo mismo se encargará de defenderse antes que ello pase, pero tampoco es viable preservar el “paraíso terrenal” a riesgo de las generaciones presentes y futuras.
Parafraseando al Presidente Gaviria en el tema de las drogas en el mismo Foro, en lo que se refiere a la conservación del ambiente y el uso de la energía, el prohibicionismo también ha demostrado su inutilidad.
Revisitando entonces el conversatorio del Tiempo, no me queda ninguna duda que el tema principal de las siguientes décadas es la resolución de la aparente dicotomía: desarrollo versus conservacionismo, acción versus contemplación. En la resolución a este acertijo se encuentra imbricado el futuro de la democracia, el narcotráfico, el ambiente y en general el destino de esta nave llamada Tierra.
Quizás esto pueda ser el tema del próximo libro de Moisés Naím.

Saturday, January 01, 2011

El MINISTERIO DE LA VERDAD

"En tiempos de engaño generalizado, decir la verdad se convierte en un acto revolucionario", George Orwell (1903 -1950)


 

El escritor inglés George Orwell, en su inolvidable novela 1984 (1949), describe una sociedad oligárquica y colectivista, donde la omnipresencia del estado en todos los aspectos de la vida, redunda en un control de los pensamientos de los todos los ciudadanos. En esa sociedad, modelada en las características que Orwell había identificado en las dictaduras de STALIN y HITLER, además de su experiencia como miembro de la Brigada Internacional durante la guerra civil española, del lado republicano, la verdad es aquello que el estado decide que es verdad.

El protagonista de la novela, Winston Smith, un burócrata de poca monta, trabaja en el llamado Ministerio de la Verdad en el departamento de archivos. La misión de ese ministerio es sencilla: reescribir la historia de tal manera que esta nunca contradiga la doctrina del partido. En última instancia, el objetivo de cambiar la historia es mantener la ilusión de que el partido nunca se equivoca. Los cambios de idea o las erradas predicciones sobre la economía son borrados del mapa y así no se muestra debilidad.

El mundo Orwelliano de 1984 siempre me pareció una curiosidad particular a la cultura anglosajona. Después de todos los ingleses son muy dados a las descripciones distópicas del futuro. La Máquina del Tiempo de H.G. Wells, La Naranja Mecánica de A. Burgess, El Mundo Feliz de A. Huxley, entre otras novelas, describen al igual que Orwell, sociedades que han perdido su libertad de manera irremediable, pues al menos para la represión los regímenes instaurados son muy eficaces. No es tampoco coincidencia que la literatura rusa, sobretodo su ciencia ficción, también tenga su capítulo Orwelliano. Nunca me imaginé que en estas latitudes tropicales, seríamos testigos de una sociedad que remeda lo peor de la imaginación anglosajona, a ritmo del son cubano.

Esto la traigo a colación después de escuchar al Profesor Giordani (Ministro de Planificación y Finanzas), quien junto con el presidente del Banco Central de Venezuela (Nelson Merentes) y Elias ElJuri (a cargo de las estadísticas nacionales y suerte de Malba Tahan criollo), anunciaban una nueva devaluación del "bolívar fuerte" y nos explicaban como la alta inflación (una de las mayores del mundo) y el decrecimiento económico (el único país de Suramérica), no eran sino las señales que confirmaban que la vía de sus políticas conducían a la erradicación de la pobreza en el país.

Estos miembros del politburó bolivariano, hacen malabarismos verbales y numéricos para convencer al desprevenido venezolano de a pie, y a muchos otros que debiesen estar más avisados, que este nuevo desaguisado de política económica no es más que una pieza más en una bien pensada estrategia que ya tiene larga data (Giordani dixit). Quién sabe, a lo mejor ellos también se lo creen.

No hace menos de doce meses, este mismo "equipo", a raíz de la penúltima devaluación de la moneda, anunciaba la creación de un sistema cambiario con tres niveles, como la solución a nuestros problemas y la clave para convertirnos en una economía exportadora, liberada del petróleo. Hoy, luego de un año de continuo desastre económico (de acuerdo a cifras oficiales), se nos dice que hay que "unificar" el sistema cambiario, como eufemismo para anunciar una nueva devaluación de más del 60. A la manera del Ministerio de la Verdad, se proclama el error como un éxito y se promete la continuación de los buenos tiempos que vivimos.

Si hay algo que distingue al totalitarismo tropical que se nos quiere imponer, de otros experimentos anteriores en otras latitudes, es que los errores no se reconocen ni siquiera puertas adentro del régimen. En sociedades totalitarias bona fide, las metidas de pata de los funcionarios, sobre todo en temas económicos, eran (son) castigados con la destitución, el exilio interno y hasta con el paredón. En este régimen, que combina revolucionarios formados en los cafetines universitarios, guerrilleros fracasados y militares de pocos escrúpulos, pareciera que no hay nadie con el suficiente liderazgo como para poner orden, en un barco que hace tiempo hace agua.

En la visión orwelliana del mundo, el liderazgo era malvado no hay duda, pero el sistema tenía también una manera perversa de perpetuarse, pues su sistema inmunológico funcionaba y erradicaba de raíz los peligros, tanto internos como externos. Orwell imaginaba al eficiente Servicio Civil británico, trabajando al servicio de una dictadura. Una pesadilla sin duda.

En nuestra versión tropical, el liderazgo sin duda también es perverso, pero sí una característica lo distingue de cualquier otro régimen anterior, es la supina incompetencia de sus funcionarios y la incapacidad del liderazgo de reconocerlos y erradicarlos. Después de 12 años de destrucción sistemática de la nación y el estado, asistimos al continuo carrusel de los mismos funcionarios incompetentes, distribuyendo miseria en todos los estamentos del estado.

El ministerio de la verdad del régimen, mercenarios extranjeros del más variado origen, no solo se ha empeñado en hacernos creer que estamos construyendo una sociedad utópica, sino que se las ha arreglado para hacerle creer a una gran porción de la población, que el liderazgo lejos de ser incompetente es una mezcla imbatible del acumen estratégico de Napoleón, la capacidad organizativa de Eisenhower y la fuerza retórica de Churchill, todo con la bendición de ultratumba del General Bolívar.

Así las cosas, el reto que tenemos los venezolanos es gigantesco, pero debe empezar por reconocer una nueva verdad. Esto puede que no tenga mucho kilometraje político, pero como no soy político me puedo dar el lujo de proponerlo. Primero internalicemos que lo que en verdad distingue a este gobierno, no es su sagacidad, ni su conexión con el pueblo, ni su disfraz de Robin Hood escarlata. No, lo que lo distingue es el ser el peor gobierno de nuestra historia republicana, no porque es de izquierda o por ser militarista, sino por su superlativa incompetencia para gobernar y su extrema habilidad para dilapidar las oportunidades. No hay desaguisado adeco/copeyano del pasado que justifique que el país se vaya por el precipicio siguiendo al flautista de Sabaneta, y que pensemos que eso es el resultado de un acto de genialidad política o alguna venganza bíblica que nos tenemos merecida.

Hay que dejar de seguir haciéndole coro a los que critican el pasado como justificación del presente y empezar a proponer un nuevo futuro con una nueva verdad. La invencibilidad de los incumbentes, revolucionarios o no, no es más que una ilusión construida de petrodólares. Mientras más temprano reconozcamos al adversario por lo que es, más rápido podremos estructurar una alternativa. Han sido exitosos en el populismo, es obvio, pero no están tocados de sapiencia estratégica y ciertamente no pueden construir una carretera decente.

La verdad está a la vista. El país yace en ruinas, producto de una población, y un país político, que se empeña en creer en soluciones milagrosas de la mano del mesías de turno a la popa de un tanquero petrolero. El futuro debe y puede ser diferente. No hay más que escuchar al liderazgo joven y a los estudiantes para saber que por debajo de la desesperanza aprendida de parte de la población, empiezan a emerger sangre e ideas nuevas, una nueva verdad. No hay más que seguir el ejemplo de la Polar y de otros empresarios que con terquedad le apuestan al país, para entender que el país todavía late con vitalidad. No hay más que leer a la intelectualidad honesta para entender que no estamos cortos de ideas. No hay más que oír a la gente común, para saber que existe la voluntad

La nueva verdad no se parecerá a los últimos cincuenta años, y menos que nada a los últimos doce. En el desván de la historia debemos dejar a Bolívar y sus coetáneos de a caballo. La Venezuela de Betancourt y sus sucesores agoniza junto con el actual régimen. No necesitamos de un Ministerio de la Verdad para reescribir la historia pasada, nuestro norte es construir sobre las ruinas de ella el nuevo camino, la nueva república.

De cara a los cambios legales que día a día instituye el gobierno para impedir la disidencia y mantenerse a toda costa en el poder, esto luce una tarea muy difícil, ¿pero quién dijo que iba a ser fácil? Todo camino largo, parafraseando a Lao Tzu, comienza con el primer paso. Ese primer paso es la idea de que si se puede. Venezuela no ha acabado, todos los días nos da una nueva oportunidad. Comencemos este nuevo año con la intención de aprovechar cada oportunidad y decir la verdad, la fuerza la seguirá.


 

FELIZ AÑO A TODOS

 

Tuesday, December 21, 2010

Petrolia 2010


Petrolia 2010

Llega la Navidad, y con ella la tentación de escribir sobre la nostalgia de la patria y de la melancolía que genera estar lejos de los afectos. Durante el último lustro, aquellos que me honran leyendo y comentando las líneas que dejo correr en la red de cuando en cuando, han visto en ellas una voz que resuena con algunas de sus propias inquietudes.
Durante todo este tiempo mis esfuerzos por comunicar la necesidad de seguir adelante con nuestras vidas, y no anclarnos en un pasado imposible de resucitar, ha sido siempre el norte. Sin embargo, las palabras toman vida propia y es así como muchos de los que me escriben encuentran significados y entrelíneas que nunca intento, al menos no de manera consciente.
Así que esta vez le advierto a mi fiel lector, que si estas líneas le lucen nostálgicas o melancólicas, esto es producto de la magia de la época navideña y no de un consciente deseo de mi parte de seguir mirando atrás.
Habiendo hecho esta inútil aclaratoria, reconozco que estas fechas fueron diseñadas, al menos para mi generación, en torno a la ingenua felicidad de la niñez, por lo que es freudianamente imposible que la mente no se retrotraiga a esa época, y que las imágenes que llevan los recuerdos, no emerjan de manera atropellada del lugar donde se alojan.
En mis anteriores entregas, quizás producto de mi situación personal y de mi desarraigo, escribí acerca de aquellos colegas petroleros, que habiendo sido expulsados de su trabajo y de su país, se habían esparcido por todos los rincones del planeta donde hubiese petróleo, en búsqueda de trabajo y a la expectativa de un pronto regreso al paraíso perdido de Venezuela, y ocupando un país imaginario que di en llamar Petrolia
Este año hubiese sido fácil repetir la fórmula. Después de todo, una creciente cantidad de colegas y compatriotas han tomado el camino del exilio y seguramente pasarán la Navidad solos y lejos de su patria, añorando entrañablemente el ideal de país en el que a estas alturas se ha convertido la Venezuela que dejamos atrás.
Pero para ser perfectamente franco, se me antoja que tal ejercicio luciría superfluo de cara a lo que ocurre en Venezuela mientras escribo esto. La pérdida acelerada de libertades, la expropiación del derecho a disentir y la expropiación de los espacios de dialogo entre las partes, abonan el camino hacia un conflicto fratricida o a la total pérdida de la república.
El triunfo del resentimiento sobre la convivencia, y la destrucción total de las reglas sociales, ante los ojos de una comunidad internacional indiferente, no son sino la tempestad que sigue a los vientos que han pasado desapercibidos para muchos durante los últimos años.
Muchos de los habitantes de Petrolia verán en los eventos de hoy, no sin razón, una suerte de reivindicación a su posición frente a los hechos que en el 2002/2003 condujeron al despido masivo de 20.000 trabajadores y el desmantelamiento de la capacidad productiva de PDVSA; pero eso, como dirían en Maracaibo, es "alegría de tísico".
Venezuela se acerca hacia un precipicio, de eso no nos debe quedar la menor duda. Hay que prepararse. No habrá soluciones milagrosas, ni podemos pedirle al Niño Jesús que nos regale una salida a este atolladero. Los que nos desgobiernan han escogido ya su estrategia: la destrucción y la tiranía. Se acaban las excusas para aquellos que han escogido la indiferencia como estrategia, y las prebendas por sobre los principios.
Con este telón de fondo es difícil reivindicar la esperanza y alegría que viene con la navidad. En el horizonte solo se ven nubarrones de tempestad. Pero lo obvio no es necesariamente verdad. Sin embargo, si algo hemos aprendido de la experiencia de Petrolia es que tenemos la capacidad de volver a empezar de la nada y construir una nueva vida para nosotros y nuestros afectos.
En esta Navidad entonces, recojo los deseos de todos mis compatriotas de Petrolia, no ya en la añoranza del pasado inalcanzable, sino en la solidaridad con la patria tambaleante y desesperanzada. Mis deseos son para que el destino nos otorgue la oportunidad y la fortaleza para reconstruir lo que hoy está siendo destruido por la banda de facinerosos que ocupa el poder.
Así que, aun reconociendo lo terrible de la situación de Venezuela, levantó mi modesta voz para que alcemos la vista por arriba de la polvareda del hoy, y reivindiquemos el verdadero espíritu de la Navidad. La Navidad es el tiempo del nacimiento de la redención, el tiempo de la victoria de la luz por sobre la oscuridad. Estas son ideas eternas que hacen que el hombre justo siempre este del lado de la libertad y en contra de la tiranía.
El pasado es un juego de niños en comparación con el reto que nos espera a la vuelta de página de la historia, pero es un reto que debe ser enfrentado con confianza y fortalecidos por la experiencia.

¡Feliz Navidad a todos!

P.D. A los que nos han acogido en tierras lejanas con los brazos abiertos, vaya nuestro eterno agradecimiento, y la seguridad de nuestra contribución a esa nuestra nueva patria.

Publicado en Analitica.com Diciembre 23, 2010

Sunday, October 24, 2010

La Hoja en Blanco




Hace ya unas semanas que no encuentro ni el tiempo ni la motivación para sentarme a escribir, tal y como me lo había prometido a mí mismo que lo haría en mis propósitos de año nuevo (2009). No faltan los amigos que, en su generosidad, cuando me ven preguntan por las razones de mi silencio, a lo cual contesto siempre con alguna excusa trivial que me salve de una explicación que seguro no quieren oír.
Para aquellos que como yo intentan chapotear en esto de la escritura, la página en blanco es siempre un obstáculo que luce infranqueable, una barrera atemorizante. No es solo que hay que decidir acerca de que escribir, sino que una vez escrito aquello que uno iba a escribir, debe estar uno dispuesto con estoicismo a escuchar las opiniones de aquellos que adquieren el derecho a opinar como retorno a la inversión de su tiempo en la lectura de lo escrito.
Hace unos meses, aquí en Bogotá, tuve la oportunidad de compartir una tertulia con Ibsen Martinez, uno de mis héroes desde sus tiempos como el libretista de "Por Estas Calles". En esa muy amena conversación, que trató de lo humano y de lo divino, de béisbol, de política y de petróleo, finalmente Ibsen le dedicó lo "mejor" de su verbo a criticar a aquellos, que sin ser escritores de oficio, se atrevían a invadir lo que él veía como su territorio, aprovechando las herramientas cibernéticas, y con resultados en su opinión generalmente desastrosos.
Me imagino que ese día Ibsen, sin premeditación, pero si con alevosía, enterró la posibilidad de que yo escribiera algún día la gran novela petrolera venezolana. ¡Por ahora!
Sirva todo este introito, no para explicar porque no escribo tanto como desearía, sino para aclarar porque la mayoría de las cosas que sí escribo, terminan en el "archivo vertical", léase la papelera.
Contrario a lo que Freud enseñó, el reconocer el origen del trauma no cura la sicosis, al menos en mi caso. La hoja en blanco siempre emerge amenazante, altanera, infranqueable, celosa de su virginidad, ansiosa de no ser profanada por los pixeles equivocados (hoy en día solo los neo-luditas usan papel y lápiz).
La vida, cuando comienza, es también una hoja en blanco. Preñada de posibilidades, de horizontes interminables, de dramas y alegrías que se repiten desde que el mundo es mundo, pero que en lo individual siempre son novedades sorprendentes.
El devenir de nuestras vidas nos obliga a ser los escritores inadecuados de esas páginas. Si tenemos suerte, encontramos en el camino quien nos hable de la sintaxis adecuada y de la conjugación correcta a ser utilizada, pero pocas veces nos enseñan de que escribir; eso debemos aprenderlo en el camino, a la fuerza, con noches oscuras pero también amaneceres, entre mares turbulentos y tranquilas bahías, entre errores y aciertos.
Cuando era niño tenía sueños que poblaban mis noches e iluminaban los días. Mi primera aspiración fue querer ser musculoso a lo Charles Atlas, el ser llamado "el flaco" era demasiado denigrante (ah! tiempos aquellos). Luego quise, humildemente, ser el Papa, sueño que se me antojaba posible pues era solo la progresión natural de la vocación sacerdotal que los jesuitas y mi Tía paterna, Carmen Julia, me habían sembrado. Afortunadamente para la Iglesia, este capricho no duró mucho.
Al sacerdocio le siguió la ambición de emular a Luis Aparicio Jr., sueño natural para alguien criado en la Tierra del Sol Amada, pero para el cuál no tenía ni la ambición ni las condiciones requeridas: era muy mal bate, fue así como migre a jugar en la arquería del equipo de del futbol colegio y de ahí, vía la natación, al waterpolo.
Con la adolescencia, le cedí el control de mis sueños a mis hormonas y a la sentimentalidad. De la mano de mi hermano mayor y su guitarra, aspiré a ser Paul Mc Cartney a su John Lennon, para luego seguir sus pasos en la ingeniería. De la mano de mi hermano menor aspiré a la intelectualidad y a la revolución, lo cual a la sazón me parecían sinónimos. Música y conocimiento son las pasiones de esa época que han perdurado a través de los años, y que hoy me conducen a garabatear páginas.
De muchas caras y experiencias están llenas las que alguna vez fueron página en blanco. No las he escrito solo, infortunado es aquel que escribe su vida en soledad. Tortuoso ha sido el camino que nos ha traído hasta aquí, pero siempre ha sido interesante. Las inevitables lágrimas siempre han regado tierra fértil y se han transformado en nuevas y mejores experiencias.
Aunque toda mi juventud la pasé evitando trabajar en la industria petrolera, mi vida adulta la he transitado en ella. Mi familia, mis afectos, mis amores, mis hijas, mis amigos, mi educación, mis éxitos y mis fracasos, todos son actores en la novela de la industria petrolera de Venezuela, y hoy de Colombia. El petróleo ha sido y continúa siendo generoso conmigo, a pesar de mi precoz y aún continua desafección por él.
El año en que nací, mi abuelo, veterano del Barrosos No.2, se acogía a su jubilación de la entonces Shell de Venezuela, y pasaría el resto de sus días haciendo crucigramas y en discusión solitaria con los narradores de noticieros de televisión.
Hoy, después de un largo camino, que se ha hecho muy pero muy corto, llego al mismo punto en que Luis Julio se encontraba hace sesenta años. Sin embargo, otro es mi destino. Lejos estoy de querer hacer crucigramas como ocupación de vida, aunque discutir con los noticieros de la TV lo llevó en la sangre. Debo construir un nuevo hogar lejos de casa. Aún hay muchas páginas en blanco que llenar, amigos que cultivar, amores que conservar.
El presente nos trae el mayor reto de nuestra vida, contribuir a la construcción del país que nos ha adoptado como suyos, mientras luchamos por recuperar el país que nos vio crecer. Es un desafío en el cual afortunadamente no estoy solo, me acompañan muchos otros que, como yo, aun sueñan y luchan.
Dijo alguna vez el historiador Manuel Caballero: "soy periodista cuando escribo y escritor cuando corrijo". Esta página la escribo aspirando ser lo primero, en la esperanza de que algún día pueda aspirar a ser lo segundo.
La Cabrera, en un domingo frío y lluvioso en Bogotá, un 24 de Octubre de 2010. A mi lado, al calor de la humeante chimenea, Emiliana y Anabella escriben sus discursos de apertura como embajadoras ante la Organización de las Naciones Unidas (versión escolar)…mañana será muy pronto.
Publicado en ABC DE LA SEMANA

Saturday, August 07, 2010

Sukhoi sobre Bogotá

Por enésima vez durante este tiempo en que nos ha tocado vivir en Bogotá, los inquilinos de los Palacios de Miraflores y Nariño, uno de salida y el otro con popularidad en picada, nos asoman a la antesala de un conflicto bélico. Como diría mi abuela: el uno que es llorón y el otro que lo pellizca. Dos países que se confunden en uno, de más de una manera, se vuelven a distanciar sin aparente ganancia para ninguno, para los países digo.

En un lado Colombia, con una confrontación interna de larga data, que uno pudiera argumentar con razón, tuvo su origen en problemas sociales no resueltos, pero que hoy sesenta años más tarde, ha devenido en una violencia irracional generada por grupos armados al margen de la ley. Estos grupos, acosados militarmente y sin una salida política evidente, se limitan a actos de bandidaje en la defensa de intereses económicos asociados a actividades del narcotráfico, y usan a Venezuela y Ecuador como zonas de respiro.

En el otro lado Venezuela, cuya última confrontación violenta de alguna significación fue los levantamientos militares contra la democracia post Pérez Jiménez, y las subsiguientes refriegas con grupos armados de inspiración y financiación Castro-comunistas durante la década de los años sesenta en el siglo pasado. Los guerrilleros de entonces fueron "pacificados" y reinsertados, luego de su derrota militar. Hoy sabemos que los más recalcitrantes nunca abandonaron sus objetivos, y hoy con ideas vetustas, camufladas de "bolivarianismo revolucionario", han resucitado como grupo político dominante, bajo la todavía poderosa influencia cubana.

Dado este telón de fondo, a uno no le queda claro el objetivo de este recurrente sainete entre las dos naciones, que sino por historia sí por conveniencia, estarían destinadas a integrarse. Claro está, la historia no es letra trivial y marca las más de las veces el presente y los futuros posibles, sobre todo cuando los líderes no tienen más que ofrecer que el constante regurgitar de leyendas mal recordadas e interpretaciones históricas de libro de primaria.

La explicación más comúnmente oída es que estos episodios, sobre todo los que se originan del lado oriental de la frontera, no son más que repetitivas distracciones dirigidas a hacer olvidar la falta de gestión de un gobierno que tiene tiempo empantanado, como consecuencia de esa extraña combinación latinoamericana, y particularmente venezolana: incompetencia e ideología. Si a eso agregamos que los militares que dirigen Venezuela, activos o no, han sido secularmente educados bajo la sombra de un potencial conflicto con Colombia, uno puede entender que sus alforjas intelectuales solo contengan como respuesta a los conflictos políticos el batir de tambores de guerra, a pesar de lo destemplados.

De lado de Colombia, no me queda duda que su conflicto interno extrae tal precio económico y social, que poco apetito le queda para estarle buscando camorra al vecino, más allá de los conflictos naturales entre países que comparten tan vasta y activa frontera. Sin embargo, la política no es juego de niños, y capital político siempre se puede extraer de estas situaciones, sobre todo cuando el vecino constantemente "da papaya".

¿Pero cuales son las realidades objetivas? ¿Será posible que el ejército colombiano después de un largo periplo a Maicao, para luego atravesar el puente sobre el río Limón a marcha forzada, ataque y ocupe a Maracaibo, la ciudad del Sol Amada? Digo Maracaibo, pues ocupar San Antonio del Táchira sería como un desperdicio de esfuerzo, ya que para todo propósito práctico esta y Cúcuta tienen décadas recíprocamente invadidas.

Por otro lado, ¿será posible que una de estas madrugadas el silencio del cielo sobre La Sabana sea roto por el ruido ensordecedor de las turbinas de un Sukhoi, señalando así el comienzo del conflicto tan anunciado? ¿La guerra que dilucidará por todos los siglos la trifulca no zanjada entre Bolívar y Santander, y que hace trasnochar al líder bolivariano, mientras Venezuela agoniza de mengua?

Pero si la historia reciente es en algo útil, podemos predecir con certeza que en pocos días el buscador de pleito de hoy se trocará, sin ningún asomo de contradicción, en el constructor de la paz mañana.

Escribo esto en una madrugada Bogotana, algo angustiado, debo confesar, de verme atrapado en la reyerta, pero el ruido que me saca de mi ensimismamiento no es la turbina de un Sukhoi, sino la reconocible voz nasal que colorea kas mañanas sabatinas en esta amable ciudad, y que es más real hoy que cualquier recreación de escaramuzas decimonónicas: " Tamaaaaales, Tamaaaales…"

Sunday, July 25, 2010

Aviones y Otros Artefactos




Después de abordar el quinto avión en sólo tres días, uno puede ser perdonado por pensar que la vida es nada más que una sucesión de vuelos, y que lo que pasa en la tierra abajo es de poca o ninguna importancia. Entre aterrizajes y despegues, asientos incómodos, bebidas gaseosas, comida de avión y sueños intermitentes, el tiempo transcurre en lo que pareciera ser otra dimensión, brumosa y aislada del mundanal ruido.
Si a eso le agregamos esos inventos de la vida moderna, el IPOD y la LAPTOP, con los cuales uno intenta mitigar el eterno aburrimiento de ir de un lugar a otro, bien sea en la búsqueda de entretenimiento, o como continuación de aquello que pasa por trabajo para el hombre moderno, uno comienza a ver el mundo tan plano y estéril cómo las pantallas de esos artilugios.
En ese mundo electrónico bidimensional que hoy nos rodea, hasta las páginas crujientes de los libros han empezado a ser sustituidas por nuevos artefactos que reclaman para sí la capacidad de guardar en memoria más páginas que toda la Enciclopedia Británica – suerte de Wikipedia de papel para aquellos de mis lectores que hayan olvidado o nunca hayan oído de ese monumento a la hoy fallecida hegemonía intelectual de la Isla de Albión.
Es solo cuando uno llega a un aeropuerto, y enciende ese otro artefacto de esclavitud moderna, el teléfono celular, que una suerte de realidad retorna a nuestras vidas. La marejada de datos que hoy tomamos como información, represada durante nuestra ausencia aérea, inunda rápidamente estos artilugios casi milagrosos, despertándonos rápidamente a la vida que transcurría mientras volábamos.
Con toda rapidez nos reencontramos con la última ocurrencia en algún recóndito lugar del planeta. Nos enfrentamos con los problemas que antes podían esperar días a ser tratados, hoy transformados en emergencias por virtud de su inmediatez; y alguna que otra vez somos sorprendidos por un mensaje de esa persona que nunca puede ser sustituida por 0's y 1's.
Uno aprende rápidamente, mientras espera la próxima conexión, a vaciar la bandeja de entrada y a llenar la salida, en una aproximación cibernética a lo que antes se conocía como trabajo y que un amigo alguna vez llamó: "ingeniería postal".
Hete aquí entonces que hemos sustituido las muy pensadas y artesanales cartas de antaño, por la rapidez del correo electrónico. La enrevesada llamada telefónica transoceánica, por la inmediatez de la videoconferencia o el "chat". Pero ayer como hoy, las ausencias se cuentan en interminables horas, que no hay tecnología que acorte. No hay sustituto para la calidez del abrazo o el aliento que despide la sonrisa que con nostalgia llevamos en la memoria.
Pero no se me malentienda, no expreso los mandamientos de un nuevo Ludismo, todo lo contrario. Para alguien que pasa fuera de su casa tanto tiempo de su vida, el tener esta tecnología es una tabla de salvación, casi la única manera de intentar mantener contacto con los afectos. Los eventos de los últimos años nos ha llevado a ser trashumantes aéreos y por necesidad artilugio-dependientes; si estos no existieran, habría que inventarlos.
Escribo esto a 35.000 pies de altura en el teclado de mi HP, oyendo en mis audífonos a Pedro Castillo cantar "Rio", a la espera ansiosa del aterrizaje y de la próxima oportunidad de conexión con la vida que transcurre mientras volamos. A mi lado, mi vecino de asiento teclea furiosamente en su laptop, en un intento infructuoso de recuperar tiempo perdido. Seguro que él también extraña...

Publicado en ABC DE LA SEMANA

Friday, April 23, 2010

SER UN EX



Hace unos pocos días recibí una nota vía “Facebook” de una gran amiga, periodista y alguna vez compañera de trabajo y de quién no sabía hacía ya tiempo, preguntándome si estaría interesado en hablar con una de sus colegas del diario El Mundo, en Caracas.
Según entendí de la corta y afectuosa nota, la reportera en cuestión quería entrevistar a ex - trabajadores de PDVSA que estuviesen trabajando todavía en el sector, pero en empresas fuera de Venezuela. Por pura coincidencia, o quizás no, el diario El Nacional publicó esta misma semana una nota muy extensa sobre un grupo de petroleros venezolanos que han encontrado alguna fortuna construyendo una compañía petrolera en Colombia.
Debo confesar que la nota de mi amiga me generó sentimientos ambiguos. Por un lado, alegría, como petrolero, por la oportunidad de usar el vehículo de la prensa venezolana para hacer visible frente a la opinión pública venezolana, que poco a menudo se ocupa, a los más de 20.000 trabajadores que fueron despedidos de PDVSA durante el período 2002-2003. Pero por el otro lado, sentí tristeza, como individuo, que a pesar del tiempo transcurrido y los baches sorteados durante más de 7 años, uno siga siendo calificado como un ex-“algo”.
Esta línea de pensamiento me llevó a rumiar que en la vida, si uno trabaja y tiene algo de suerte (mala y buena), uno evoluciona de una etapa a otra. Esto hace que la vida pueda ser vista, de una manera simplista, y en mi opinión errada, como una sucesión de ex(s).
Ex–alumno de tal cuál colegio o liceo, ex-jugador de tal o cual deporte, ex-miembro de tal o cual grupo, coral, partido político, equipo deportivo, universidad, compañía y hasta ex – esposo(a). Esas son muchas de las descripciones que pueblan nuestras vidas y que sirven de muletillas convenientes para describirnos, tanto positiva como peyorativamente. Suerte de etiquetas de conveniencia y faltas de profundidad. Valga la pena anotar que, salvo en situaciones excepcionales, uno nunca se transforma en ex – hijo(a) o en ex –padre (madre).
La connotación positiva de ser ex(s), se deriva de si la membrecía que se reclama nos da autoridad o preeminencia ante nuestro grupo social, como si de una condecoración de batallas ganadas se tratara. Lo negativo, por otro lado, se desprende de cuando esa misma membrecía nos asocia con algo que el grupo considera como una mácula denigrante o censurable. Más aún, si a ver vamos, esto de los ex(s) pareciera implicar que es más importante juzgar a alguien por la acumulación de ex(s) de un pasado reciente o lejano, que juzgarlo por las realidades del presente.
Es ese presente, y la real posibilidad de contribuir a nuestro futuro y el de nuestro entorno, lo que determina nuestro verdadero valor de cara a la sociedad, y en última instancia ante nosotros mismos. Mi colección de ex(s) describe lo que fui, y quizás hasta mis posibilidades de ser, pero no determina ni me da licencia, sobre el presente. Eso solo lo hacen mis actos de hoy en día.
En el caso que nos ocupa, el gobierno que en mala hora nos tocó, quiere convertirnos también, como si de etiquetas se tratara, no solo en ex-PDVSA, sino también en ex- venezolanos.
Es así que desde hoy en adelante propongo eliminar el apelativo de ex – PDVSA, para denominar a aquellos que dedicaron sus vidas a construir la industria petrolera que ayudo a ensamblar la Venezuela del siglo XX. Si las cualidades humanas que los llevaron a dedicar, y en algunos casos a sacrificar sus vidas, están todavía hoy presentes en sus quehaceres, en Venezuela o fuera de ella, estén o no cerca del petróleo, no son ex(s), sino son y seguirán siendo merecedores del mejor título que se puede tener en una sociedad libre: Ciudadanos.
Así que apenas termine de escribir y revisar estas cortas líneas, le enviaré una nota a mi amiga diciéndole que estoy más que dispuesto a conversar con la reportera de cómo los venezolanos, petroleros o no, dentro y fuera de los confines de la patria, demostramos que si se puede construir a pesar de las dificultades y por encima de los apelativos.
El día que Colombia, que es donde hoy nos toca en suerte estar, tenga a bien recibirnos formalmente como parte de sus hijos, añadiremos un gentilicio, pero tengan por seguro que nunca seremos ex-venezolanos.
Publicado en ABC DE LA SEMANA

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IRAN AND ITS ALLIES STEP UP PRESSURE

  El Taladro Azul M. Juan Szabo [1] y Luis A. Pacheco [2] Published  Originally in Spanish in    LA GRAN ALDEA   The fragile ceasefire in th...