Sunday, April 12, 2020

En Búsqueda de la Oportunidad Perdida - Públicado en la Gran Aldea 19/02/2020


LA GRAN ALDEA




“Ha tomado la mejor parte de once años para que este gobierno reconozca lo que ya era obvio en los noventa: que las oportunidades petroleras venezolanas siempre serán más de lo que la compañía estatal por si sola puede acometer, la de antes y qué decir de la de ahora; y que la autarquía petrolera es incestuosa y en última instancia ineficiente. De que valen declarar las reservas de hidrocarburos mayores del mundo cuando se tiene una industria petrolera alicaída e ineficiente.”
LA NEO-APERTURA PETROLERA. L.A. Pacheco, marzo 2, 2010



En febrero 10 de 2010, el entonces ministro de Energía y Petróleo y presidente de PDVSA, Rafael Ramírez, anunciaba que el consorcio español Repsol y la petrolera estadounidense, Chevron, entre otros, habían ganado la licitación para la participación en el desarrollo de los bloques Carabobo 1 y 3, respectivamente, de la Faja Petrolífera del Orinoco. Esto bajo un discurso de falso nacionalismo petrolero.

Hoy, una década más tarde y con una industria petrolera operacional y financieramente en ruinas, el régimen chavista, regurgita un desgastado gambito: anunciar que va a cambiar las reglas para incentivar a los socios de PDVSA, privados y estatales, a invertir y tratar de recuperar en algo la producción de petróleo y gas.

Si no fuera porque todavía muchos miran a estos desgastados anuncios como algo novedoso o como señal de un bienvenido “viraje” a la política petrolera del régimen, promovido bien por el desespero o por alguna suerte de improbable epifanía, no merecería que le dedicáramos el tiempo: estos últimos veinte años están plagados de promesas incumplidas, reempaquetadas una y otra vez para una audiencia de corta memoria.

La institucionalidad de la industria petrolera venezolana de los últimos veinte años es un estruendoso fracaso, si juzgamos por los resultados versus el objetivo explícito: “Valorizar nuestro recurso natural de hidrocarburos en beneficio de la nación” (website de PDVSA). Más allá de que el lenguaje que usa la estatal no es necesariamente el más claro, es sencillo concluir que aquello que no se produce de una manera eficiente y oportuna, no genera el máximo valor posible para la industria y mucho menos para la nación: esa es la historia petrolera de los último veinte años.

Muchos piensan que el resultado de una buena política petrolera se mide bien sea por el tamaño de la renta que la actividad genera y/o por los volúmenes de producción, o alguna combinación optima de esas dos variables. Venezuela, desde la estatización de 1975, ha oscilado de manera azarosa entre lo uno y lo otro, persiguiendo objetivos político y económicos de corto plazo, muchas veces contradictorios,  en una industria que por su propia naturaleza es de largo plazo – o al menos lo ha sido hasta ahora.

Cambiar las reglas del juego es el pasatiempo favorito del estamento político de los países que tienen la explotación de los recursos naturales, y en particular los hidrocarburos, como su principal fuente de ingreso. Las flexibilizan en tiempos de precios bajos, cuando tienen necesidad de atraer capital para desarrollar una industria que necesita actores con el apetito de riesgo implícito en la actividad, para luego, en tiempos de bonanzas de precios, o siguiendo dictámenes ideológicos, dar un giro y cercar legal y financieramente a los que se atrevieron a tomar el riesgo, hasta llegar a la expropiación; con sus matices, esa es la historia simplificada del petróleo en Venezuela desde al menos 1976, y con más intensidad desde 1999.

No es entonces de extrañar que los cantos de sirenas del régimen chavista sean escuchados con escepticismo por los inversionistas, sobre todo por los que ya están comprometidos en Venezuela; aunque no queda la menor duda que algunos de ellos, cual Ulises, deban ser amarrado al mástil para no sucumbir a las voces seductoras.

Sin embargo, aun en la poca credibilidad que pueden tener los gestos de apertura del régimen hacia las compañías petroleras, hay un mensaje que debemos oír, aunque no sea explícito, y es que el actual arreglo institucional de la industria de los hidrocarburos es inservible, y que él no cumple ni con su cometido legal, económico y mucho menos con el objetivo de beneficiar a la Nación.

¿Pero como cambiar el arreglo institucional para que promueva la maximización del valor de la explotación de los recursos de hidrocarburos? Esa es una pregunta cuya respuesta se nos puede antojar sencilla, pero que infortunadamente no es fácil identificar o al menos consensuar: le propongo al lector que haga una búsqueda en la “web” y descubra lo variopinto de las propuestas que sobre el tema se han hecho y que se continuarán haciendo, en particular para el caso venezolano.

Por otro lado, aunque la existencia de una estructura legal apropiada es fundamental para el desarrollo de la industria petrolera, como se ha demostrado con diversos grados de éxito en Colombia, Brasil, México, Perú, el Reino Unido y Noruega, no es menos cierto, como los mismos países evidencian, que, si esa legislación no va acompañada de una visión compartida de manera amplia en la sociedad, sobre todo por las fuerzas políticas, su utilidad y hasta su existencia es efímera.

Los tecnócratas pueden llegar rápidamente a consensos sobre las virtudes y defectos de diferentes modelos de institucionalidad, la literatura sobre el tema es amplia y la experiencia ha dado lecciones importantes. ¿Por que entonces, sobre todo en Venezuela, del aparente consenso general que existe entre los diferentes actores, se derivan visiones particulares tan diferentes? El diablo está en los detalles, reza el refrán anglosajón: 

·      ¿debe o no existir una compañía estatal? ¿de que tamaño debe ser?
·      ¿es el capital privado un socio adecuado o el actor principal? 
·      ¿debe o no existir una agencia reguladora? ¿cuan autónoma debe ser?
·      ¿el sistema de regalías debe ser variable o fijo? ¿se debe distribuir las regalías a las regiones? ¿a los ciudadanos directamente? 
·      ¿Se debe ahorrar parte de la renta?
·      ¿cuál es el rol del capital privado nacional? ¿cuáles son las reglas de compra nacional?

                                                                                                           

Las respuestas a esas preguntas están condicionadas por la ideología, las visiones de país, la experiencia, las percepciones sobre cuales son las palancas de poder asociadas al petróleo, las ortodoxias en general, entre muchas razones. Lo que es eminentemente lógico y obvio para un grupo, se le antoja a otro como inaceptable, aunque todos profesemos tener el mismo objetivo. Mi tesis es que como sociedad no estamos reacios al cambio en el tema petrolero, sino reacios a los cambios que percibimos como pérdidas, en particular pérdida de poder de los grupos alrededor del petróleo: políticos, petroleros, sociedad, empresas de servicios, etc.

Pero regresemos al principio: las propuestas que el régimen chavista parece hacerle a las compañías petroleras son sin duda ideas lógicas y deseables desde el punto de vista de atraer inversiones que el estado no está ya en capacidad de hacer, después de haberse reservado el control del sector; intentan recuperar algo de la mucha capacidad de producción que sus mismas políticas han destruido. Un reconocimiento a regañadientes que la institucionalidad petrolera instalada por el chavismo no funciona.

Cualquier nueva propuesta de institucionalidad petrolera pasa entonces por entender de manera meridiana que el modelo del estado como inversionista es el que nos ha traído a la presente coyuntura, y que es imprescindible modificar ese modelo si nuestro objetivo es maximizar el valor de nuestros recursos, en la ventana de oportunidad que todavía tenemos.

El petroestado que se generó a consecuencia de la estatización del petróleo, y las subsecuentes distorsiones durante el régimen chavista, poco nos han servido en la construcción de una industria petrolera robusta y sostenible, a pesar de las eventuales bonanzas de precio.  Por el contrario, la evidencia histórica es clara en demostrar que, contrario a la mayoría de nuestros socios y competidores, el desarrollo de nuestra industria ha sido volátil e inestable, a veces temeroso: períodos de crecimiento seguidos de contracción y estancamiento: un acordeón disonante

Cambiar la institucionalidad petrolera, para no repetir la historia, no es una tarea fácil, el camino está lleno de obstáculos mitológicos y sobre todo intereses que se resitirán. Sin embargo, la tarea es una que debemos enfrentar como sociedad, buscando no solo deslastrarnos de los fetiches que nos siguen acompañando aun hoy en la tercera década del siglo XXI, si no también adaptándonos para sobrevivir en un mercado cambiante para el que hoy no estamos preparados.

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No hay soluciones mágicas, ni dogma que se ajuste completamente a nuestra situación. Avancemos, seamos audaces en los cambios, pero al mismo tiempo evaluemos continuamente los resultados y sin temor cambiemos lo que fuese necesario. Por primera vez en nuestra historia nos encontramos con una industria de los hidrocarburos destruida, eso es una tragedia, pero a la vez nos permite construir una nueva institucionalidad desde la base y quizás, quien sabe, podamos recuperar parte de la oportunidad perdida.

Monday, February 10, 2020

Antes que el Sol se Ponga. Publicado en La Gran Aldea el 16/01/2020





En 1959, Lord Bertrand Russell, filósofo y matemático británico, daba una entrevista en la BBC, y ya para terminar, el entrevistador le preguntó qué consejo daría a la generación de mil años después. Casi sin inmutarse Russell dio dos respuestas, una intelectual y una moral. Citaré aquí lo que él denominó el consejo intelectual:
“Cuando estén estudiando cualquier asunto, o considerando alguna filosofía, pregúntese cuáles son los hechos y cuál es la verdad que los hechos confirman. Nunca se dejen desviar por lo que desean creer o por aquello que creen tendría efectos sociales beneficiosos si se creyera, miren única y exclusivamente a cuáles son los hechos”.

De igual manera, cuando se habla de Venezuela y en particular de la industria venezolana de petróleo y gas, se debe comenzar por tratar de entender la situación en la que se encuentra y cómo derivamos a ella, y a partir de ahí tratar de imaginar un camino hacia objetivos bien definidos, y en principio acordados, por los actores políticos y sociales de la Nación. Muchos son los deseos y creencias que nos han guiado por décadas en el tema petrolero, y que han servido de sustento a decisiones que, si vemos los resultados, han sido claramente fallidas.

Pero, como bien señala Lord Russell, necesitamos separar nuestras creencias de los hechos, porque si no corremos el riesgo de quedarnos atrapados en el laberinto de nuestras ortodoxias.
No es un secreto que la naturaleza ha sido generosa con Venezuela, bendecida con una amplia base de recursos de hidrocarburos, y qué decir de otras ventajas comparativas: Clima, geografía, etc. De esa base de recursos, el país ha derivado mucho de lo bueno y de lo malo que nos caracteriza como una nación.
Hemos aprendido, a fuerza de errores repetidos, que tener la base de recursos naturales es una condición necesaria, pero no suficiente para construir una industria petrolera próspera, una economía saludable, o más importante aún, una sociedad floreciente, al menos de manera sostenible.
Durante las últimas dos décadas, Venezuela, en general, ha transitado un camino accidentado y difícil de explicar: De una aparente bonanza, producto del auge sostenido de precios en las materias primas que alimentó una ola de gasto irresponsable e insostenible, a un colapso económico total. Los apagones, la escasez crónica de alimentos y medicinas, la inseguridad desenfrenada y las migraciones masivas, han convertido al país que alguna vez fue la envidia de América Latina en un estado fallido. Lo que fuese una vez una orgullosa industria de petróleo y gas está hoy en bancarrota. Existen tantos diagnósticos como analistas, y ciertamente no hay escasez de propuestas para solucionar los problemas, pero por ahora soslayaremos tales discusiones. Sólo diré que la lección principal que uno puede extraer de las últimas décadas es que una industria petrolera exitosa no necesariamente conduce a una sociedad bien equilibrada; pero que, una industria petrolera fallida, sobre todo en un lugar como Venezuela, es a la vez síntoma y una señal principal del deterioro de la sociedad.Igualmente, la experiencia señala que, si hay una desconexión entre la industria petrolera y la sociedad en general, esta última arrastrará consigo a la primera si no percibe que recibe beneficios reales. Esa brecha sigue siendo muy real en Venezuela, a pesar de la palabrería oficial y uno debe trabajar para cerrarla para que cualquier nueva recuperación sea sostenible.
Pero suficiente de eso…
Venezuela ha pasado, durante sus más de 100 años de historia de explotación petrolera, de una industria completamente abierta, al monopolio estatal, a un sector parcialmente abierta, a la anarquía dilapidadora que tenemos hoy. Paralelamente, pasamos de no tener una empresa estatal, a tener una PDVSA reconocida internacionalmente, con todo y sus defectos, a la compañía disfuncional que ahora pasa por PDVSA.
A lo largo de toda esa historia, no tengo dudas de que los mejores capítulos se han escrito cuando los actores privados han trabajado en conjunto con el Estado y sus agentes bajo reglas claras, que aunque siempre son perfectibles, han permitido el despliegue de personas, tecnología y capital y, por lo tanto, el desarrollo efectivode nuestra base de recursos; cualquier trazado de los datos históricos de la producción de petróleo lo confirmará.
Si, por un lado, uno tiene en cuenta esa perspectiva histórica y, por otro, entiende la enorme cantidad de capital financiero, tecnológico y humano necesario para recuperar la industria venezolana del petróleo y el gas, no le sorprenderá oírme decir que Venezuela necesita atraer inversiones privadas, en cantidades colosales, si queremos tener alguna posibilidad de recuperación
Increíblemente, hoy, la realización como sociedad de la necesidad de participación privada no es una píldora tan amarga como antes; saturados como estábamos con la ideología del nacionalismo de recursos. En los últimos 20 años se ha multiplicado la participación extranjera y nacional en la industria, paradójicamente bajo el disfraz de una “nacionalización real”.
También hemos aprendido, durante el período Chávez-Maduro, que tener acceso a una amplia base de recursos e invitar a la “participación privada” no asegura el éxito. El marco institucional incorrecto, una política fiscal inadecuada, la politización de PDVSA, la falta de transparencia, entre otros ingredientes, han demostrado ser una receta venenosa para la industria petrolera. Lo que vemos hoy, después del mayor y más sostenido auge de los precios del petróleo en la historia, es innumerables oportunidades perdidas como resultado, principalmente, de un acuerdo institucional fallido.
No hay escasez de propuestas de reforma institucional, algunas radicales y otras simplemente paliativas, y nuevamente no voy a adelantarme a la discusión. Sin embargo, soy de la opinión de que no hay soluciones mágicas: El nuevo marco institucional debe equilibrar las necesidades de inversión de la industria, las necesidades fiscales del Estado, el interés de los inversores y los requerimientos de los actores nacionales, pero no en el vacío, sino en el contexto de un complejo mercado petrolero competitivo.
Más aún, el nuevo marco institucional debe ser sostenible en lo que puede resultar un entorno muy volátil, económica y políticamente, y por lo tanto debe tener como su característica más destacada la capacidad de adaptación, en caso de que nuestras suposiciones resulten erradas o los resultados inconvenientes.
Lograr un consenso político en torno al marco institucional y la política fiscal es una de las prioridades de cualquier nueva administración. No es una tarea fácil, pero hay muchas experiencias internacionales de las cuales aprender, y suficientes personas inteligentes que piensan en estos temas, que me hacen confiar en que estamos cerca de diseñar un marco institucional que haga posible la recuperación y el crecimiento sostenibles.
También creo que los partidos políticos, representados en la Asamblea Nacional (AN), también han llegado a conclusiones similares, aunque todavía con algún escepticismo atávico.
Cualquier análisis de la industria petrolera venezolana en los últimos doce meses, se puede resumir en dos pensamientos fundamentales: Por un lado, la inimaginable profundidad del colapso de la industria (aguas arriba y aguas abajo), lo que resulta muy desalentador; pero, por otro lado, el enorme potencial (tanto técnico como humano) que se encuentra debajo de esa capa de desesperación.
Existe también una diversidad de opiniones sobre cómo recuperar la industria petrolera venezolana, algunas tienden a ser más optimistas que otras sobre la velocidad o la profundidad de la recuperación. Sin embargo, creemos en la posibilidad de una recuperación robusta, y no porque seamos ciegamente optimistas, sino porque somos racionalmente optimistas.
Otra lección de nuestra historia es que la combinación de una visión poderosa y personas muy comprometidas, le permite a uno concentrarse en las soluciones y no quedarse atrapado en un pantano de dudas. Aunque somos optimistas, no estamos ciegos al hecho de que la industria mundial del petróleo y el gas ha cambiado radicalmente en los últimos 20 años.
La revolución del petróleo de esquisto (shale oil), el nuevo arreglo de los jugadores (OPEP + Guyana), los agoreros del cambio climático, la naturaleza de las reservas de hidrocarburos venezolanas, la salida a bolsa de Saudi Aramco, los problemas de seguridad que se enfrentarán en Venezuela, por nombrar sólo algunas de las variables, configuran un escenario complejo que no existía en la década de 1990, la última vez que Venezuela salió en serio para venderse como la cuenca petrolera preferida.
Todavía somos una cuenca atractiva, pero uno debe ser muy consciente de que la geología ya no es la única variable en la que los inversores confían para tomar sus decisiones, si alguna vez lo fue. Existen amplias oportunidades para invertir en petróleo y gas en todo el mundo, y la competencia para atraer inversiones es feroz. Pero nuestros competidores no tienen una ventaja insuperable, ni nosotros una debilidad irremediable.
Con ese complejo telón de fondo en mente, también es necesario evaluar cuál será el papel del Estado como operador, y en particular el papel de PDVSA y sus filiales, que hoy en minusvalía, tienen poca o ninguna relevancia. Muchos defienden la necesidad de rescatar y reenfocar PDVSA en su función principal como compañía de petróleo y gas, liberándola de las actividades superfluas que hoy en día obstaculizan su eficiencia. Por otro lado, no se puede estar seguro acerca de la reestructuración o del tamaño que PDVSA debe tener sin tener un diagnóstico adecuado; pero el simple hecho de que, como dije anteriormente, hay una nueva realidad en el mercado petrolero, indica que hay un tema donde no se debe tomar decisiones que por obvias pudieran ser erradas.
Hoy en día, hay más de 50 empresas mixtas o en asociación con PDVSA que operan nominalmente en el país. Algunas de ellas han sido clave para mantener una producción mínima de referencia en medio del caos que es Venezuela hoy. No es difícil deducir que algunas de ellas también desempeñarán un papel clave en cualquier recuperación. Cómo gestionar esas empresas es una pregunta importante, cuya respuesta depende de la reinvención de PDVSA, que hoy es incapaz de cumplir ese papel o cualquier otro.
Tampoco hay que olvidar que la industria venezolana de hidrocarburos es mucho más que pozos y barriles de petróleo. La producción y recolección de gas natural, clave para la generación de electricidad, que a su vez es clave para la producción de petróleo, también debe ser una prioridad.
Qué hacer con las refinerías abandonadas, el suministro de combustibles al mercado interno, la reactivación de las plantas petroquímicas, para enumerar sólo algunas, todas son preguntas que piden respuestas, pero que también se presentan como oportunidades para aprovechar.
No podemos pasar por alto el tema de los recursos humanos, existentes y necesarios en cualquier recuperación. Es un desafío que no se puede minimizar, pero, nuevamente, uno que debe abordarse con una nueva perspectiva. 
Reproducir la industria petrolera de finales del siglo XX con todos sus procesos y estructuras no sólo es imposible, sino que probablemente sea un error. La tecnología no sólo ha transformado la manera como se desarrollan y producen hidrocarburos, sino que también ha impactado la forma en que se utiliza la mano de obra y el conocimiento que se requiere; pecaríamos de indolentes si no aprovechamos esas nuevas visiones y también reinventamos la relación labor-capital.
Si el conjunto de incentivos dados al proyecto de inversión en la industria petrolera venezolana son los correctos, los inversores crearán las soluciones que hoy se nos pueden hasta antojar desconocidas. De nuevo se nos presenta la oportunidad como venezolanos de aprender de los mejores.
Antes de terminar, permítanme subrayar cuatro mensajes clave: 
Venezuela sigue siendo una de las principales cuencas de petróleo y gas, geológica y geográficamente.
La estrategia debe preceder a la ejecución, y ahora es el momento de pensar estratégicamente.
La destrucción de los últimos 20 años presenta oportunidades para cambios reales y útiles en el marco institucional.
Dado que la participación de la industria privada y el financiamiento son una parte integral de la recuperación, es clave establecer una visión compartida para la implementación de la recuperación y su sostenibilidad; la colaboración, la integridad y la transparencia son fundamentales para atraer socios privados y financiamiento.
Venezuela fue una vez un faro que atrajo no sólo a petroleros, sino también a inmigrantes de todo el mundo, que vieron muchas oportunidades de mejorarse al participar en la construcción de un país incipiente. Hoy en día, las circunstancias son diferentes, pueden ser aún más difíciles que en el pasado, pero las oportunidades, antiguas y nuevas, siguen ahí, atrayendo a todos los que tengan alma y voluntad de emprendimiento.
Y si antes tuvimos todo el tiempo del mundo como nación para desarrollar y usar el petróleo como motor del desarrollo, las nuevas realidades nos obligan a tomar atajos y con valentía innovar para aprovechar un recurso que pareciera estar en su atardecer. Las generaciones futuras no nos perdonarían que, por defender deseos y creencias, que se les antojarán curiosamente anacrónicos, hayamos puesto en peligro su futuro.


Hay que avanzar con decisión, “antes que el sol se ponga” * .



*Basado en un discurso escrito para la conferencia sobre Venezuela organizada por CWC Group, Houston, Diciembre 2019.

*Presidente de la junta administradora ad hoc de PDVSA.

Saturday, December 21, 2019

NAVIDAD 2019 – Petrolia 2.0 - Públicado en La Gran Aldea 23/12/2019

Publicado en la Gran Aldea


Hace ya 15 años comencé lo que ya para mi es lo más cercano a una tradición: escribir algo para compartir en la época navideña con mis amigos; sustituto un tanto elaborado de esas tarjetas de buenos deseos que acostumbrábamos a intercambiar llegado diciembre.

Todo comenzó, como un ejercicio muy personal, llevado casi siempre por recuerdos que dejaba que afloraran como incipientes ideas, que dejadas a su albedrío pensaba podían tocar una nota sentimental en los que me leyeran: que es la Navidad sino una época para dejar emerger los sentimientos.

Con el pasar de los años he tratado de buscar ideas, que si no novedosas, sirvieran para que el destinatario se sintiera tentado a dedicarle unos minutos a leer mis cortas líneas, y pudiera, bien sonreír, o sentirse nostálgico; la nostalgia y la Navidad son casi inseparables.

En la Navidad del 2005, me topé, por puro accidente, con la idea de Petrolia (http://elrecadero.blogspot.com/2005/12/petrolia-2005-comienzo-escribir-estas.html) : un país imaginario, sin fronteras, donde habitaban los emigrantes venezolanos, para ese entonces en su mayoría petroleros, que todavía soñaban con un pronto regreso a casa. Con el correr de los años, Petrolia se tornó, al menos para mí, en un lienzo en el cual dibujar, cada diciembre, mis esperanzas, y la de muchos otros, por volver a casa; en retrospectiva una ingenua esperanza nunca realizada.

Muchos años han pasado desde que comenzó el goteo de gente fuera de Venezuela, en mi caso más de 12 años. Las gaitas que recuerdo ya son todas “clásicos”. En el camino he perdido a amigos con los que soñaba en la reconstrucción: Gustavo Núñez y Ramón Espinasa, entre otros. Mis padres hoy se marchitan en una Caracas a la que no puedo regresar, como tantos otros. Mis hermanos son un recuerdo lejano, hace tanto que no los veo. Pero también conservo amigos que como compañeros de viaje han hecho de este un periplo mucho más enriquecedor, y que decir de las nuevas amistades que se han ido formando en este mi nuevo hogar y que han alivianado la odisea. 

Hoy, Petrolia es mucho más que los innumerables petroleros expulsados de su tierra, los primeros damnificados de un régimen que ya se asomaba como la némesis de una sociedad adormecida. No sé que nombre se le debiese dar a ese país sin fronteras que es hoy habitado por más de cinco millones de venezolanos que se han visto forzados a dejar su patria, pero a falta de mejor idea la bautizaré como Petrolia 2.0.

En esa comarca, que hoy se extiende por toda la “bolita del mundo”, marcada por ese símbolo de la colonización criolla del siglo XXI, la arepera, la Navidad tendrá seguramente un sentimiento agridulce, es inevitable. Por un lado, la tristeza que ocasiona la distancia y la circunstancia; pero por otro, la realización de que los venezolanos si pueden reinventarse, sin importar la dificultad. Eso es una esperanza para cuando más temprano que tarde haya que reinventar el país, junto con los que hoy luchan en Venezuela día a día. 

En vez de buscar algo nuevo que decir, les comparto a todos, petroleros y no petroleros, amigos todos, un relato que escribí hace ya ocho años y que, para mí, inmerso como estoy en tareas para las cuales necesito renovar esperanza a diario, representa las ideas por las que lucho.

¡Feliz Navidad a Todos!


Thursday, December 15, 2011
Navidad en Campo Rojo


“Sin rencor ahora te digo, que lo nuestro ha
terminado, que este bello amor sagrado para mi, no
tendrá olvido, estoy donde solamente, tu y yo
somos los testigos, cuando tu cuerpo y el mío, en
su piel tierno amorío, se unieron ardientemente.”
Sin Rencor, Abdénago “Neguito” Borjas


El estruendoso silencio que hace una casa cuando todo deja de funcionar, le anunció a Betulio que la electricidad se había ido otra vez. Ya se había empezado a acostumbrar a las ya no tan inesperadas carencias, pero francamente, que se fuera la luz la noche de Nochebuena no era el mejor de los augurios. Betulio maldecía entre dientes, se imaginaba que la hallacas, que con tanta dificultad había conseguido intercambiando favores en el pueblo de Lagunillas, corrían el riesgo de pudrirse en la ahora inerme nevera.

Trató de pensar en positivo, después de todo Campo Rojo era un campo petrolero, y aunque lejos habían quedado los tiempos cuando la compañía se ocupaba de todo, desde el mantenimiento de las alcantarillas hasta cambiar los bombillos de las casas, todavía confiaba en que su amigo Jonás, de la superintendencia de mantenimiento, se estuviera ocupando de restablecer la electricidad. Vaya que Noche.

Betulio salió al porche de la casa que hace ya décadas habían construido los holandeses, se sentó en la vieja mecedora que había sido de su padre y miró al cielo estrellado que lo acompañaba desde su niñez. Estaba solo, Miriam y los niños habían ido a visitar a su hermana en Campo Florida; resignado se balancea en el desgastado mimbre, esperando, remembrando. La noche se ha silenciado, solo se oye el murmullo de voces en las casas vecinas y el lejano ronronear de los carros en la intercomunal. Al final de la calle de asfalto rasguñado se levanta el viejo balancín que alguna vez bebió de las entrañas de la tierra, pero que ahora despojado de vida y maniatado por luces multicolores, languidece.


A kilómetros de distancia, Heriberto se prepara para la Nochebuena. La nieve ha cubierto el jardín de la casa, a pesar del tiempo transcurrido la nieve le sigue maravillando, y no puede evitar recordar el viejo chiste del maracucho que ve entre los arboles nevados a su primer venadito. Para él los recuerdos de las navidades en Campo Rojo se le antojan ahora como postales amarillentas, un pasado lejano y nebuloso; ha dejado ya de contar los años desde la última celebración de la navidad en el campo. Distraído le echa un leño más al fuego que calienta la sala de la casa, a pesar de los años en estas latitudes no se acostumbra al clima; “más frío que culo de foca”, hubieran dicho en el campo.

Otra Navidad fuera de casa. No, esa no era la mejor manera de pensar. Esta era ahora su casa. Él y Erlinda eran los afortunados, el destino les había abierto nuevos senderos, era Navidad en esta su casa lejos de casa. En la sala el Ipod toca la banda sonora de las navidades de su niñez en el campo, gaitas de Cardenales y El Saladillo, “unplugged” como dirían sus hijas. Pronto la casa se llenará de amigos y ahogaran en risas y canciones la nostalgia que todos sienten pero que ninguno admite.

Betulio suspiró aliviado, la electricidad había vuelto a Campo Rojo, y con ello se había salvado la cena de Nochebuena, por ahora. El campo se había vuelto a iluminar, y en las calles se volvía a escuchar la música y las risas que escapaban por las puertas de las casas, todavía abiertas buscando mitigar el húmedo calor de la noche. El aire acondicionado está racionado por considerarse un lujo innecesario.

En las cornetas del viejo CD-player vuelve a sonar una gaita de esas que llaman modernas, llena de sonidos electrónicos que disfrazan el ancestral ritmo del furro. Betulio, sin razón aparente, piensa en Heriberto, su amigo de la infancia, su compañero desde la escuela, la vida los había separado. ¿Es que acaso había valido la pena el fratricidio inducido por el ahora moribundo proceso? Los años habían borrado la sin razón y solo había quedado Campo Rojo venido a menos la noche de Nochebuena. El rencor le había ganado al afecto.

Heriberto, a pesar del frío, sale a ver la noche, de repente se siente atrapado entre sus recuerdos, uno de los grilletes del inmigrante. Camina alrededor de la casa, patea la nieve, que se levanta como una nube que refleja la luz de los faroles. En ese momento, y sin razón aparente, Heriberto no puede evitar pensar, aunque solo sea por unos instantes, en Betulio, su amigo de siempre. La vida los había separado, el afecto no había podido contra el rencor.

Erlinda le grita a Heriberto: “que hacéis allá afuera, metéte a la casa que te vais a congelar las orejas”. Heriberto parece ver una sombra entre los arboles. No, es solo su imaginación. Encogiéndose de hombros se dirige a la casa donde construye nuevas memorias. Mientras camina alcanza a decir, sin saber a quien ni porque: ¡Feliz Navidad Hermano!

Betulio se levanta de la mecedora para llamar por teléfono a Miriam, ¡coño! ¿donde se habrá metido? No quiero estar solo en esta noche de fantasmas. Le parece oír una voz conocida que lo llama, se sobresalta, busca la cara en la calle, pero no ve a nadie. Encogiéndose de hombros camina hacia la puerta de la vieja casa de mil memorias y deja que estas lo envuelvan, murmura entre dientes: ¡Feliz Navidad Hermano!

Monday, November 18, 2019

Algo más que Energía - Publicado en la Gran Aldea 08/11/2019

LA GRAN ALDEA


“La repetición constante de la letanía y las exageraciones ambientales que a menudo se oyen tiene muy serias consecuencias. Nos atemorizan y hace mas probable que usemos nuestros recursos y enfoquemos nuestra atención en resolver problemas fantasmas, mientras que ignoramos los verdaderos y perentorios problemas” Bjorn Lomborg


En una semana cualquiera, alrededor del globo, 3 millones de personas migran de las zonas rurales a zonas urbanas, 156 millones de seres humanos al año, y si hacemos las matemáticas eso es alrededor 300 personas por minuto. Estas multitudes terminan invadiendo terrenos baldíos y construyendo comunidades ilegales alrededor de las ciudades “formales”, y con poco o ningún acceso a los servicios que la sociedad moderna considera como la base de un bienestar mínimo: agua, electricidad, salud y comunicación. Hoy día mil millones de personas, 1/6 de la población mundial vive en estas condiciones.

Aproximadamente el 54% de las personas en todo el mundo ahora viven en ciudades, en comparación con el 30% en 1950. Las fuentes estiman que esto crecerá a 2/3 de la población mundial en los próximos 15-30 años. Más de la mitad de los habitantes urbanos viven en las 1,022 ciudades con más de 500,000 habitantes. Actualmente hay 29 mega ciudades con poblaciones de más de 10 millones, frente a las 2 de 1950 y se proyecta que crezcan entre 41 y 53 para 2030. Estas comunidades al margen son lo que Robert Neuwirth llama en su libro “Las ciudades en la Sombra”, las ciudades del futuro. Estas comunidades estimulan la entropía, es decir el grado de desorden, de la comunidad organizada a su alrededor, en su legítima búsqueda de libertad, representación política y en última instancia bienestar personal.
El vínculo entre el uso de la energía y la intensidad económica es complejo y muy dinámico y depende de la etapa de desarrollo que se analice y de la nación que se trate. Sin embargo, uno puede concluir con cierta certidumbre que la tasa de uso de energía es función directa de el nivel de desarrollo económico de las sociedades humanas.

La calidad de vida es también un concepto complejo y significa diferentes cosas para diferentes sociedades o grupos sociales. Sin embargo, uno pudiera proponer que el acceso a servicios médicos y nutricionales como vía hacia una larga expectativa de vida, al igual que el acceso a una buena educación y el ejercicio de libertades individuales establece una parte importante del bienestar del ser humano
Es de esperar, entonces, que la emergencia de estas ciudades informales no solo contribuya al aumento en el consumo de la energía, sino que también contribuyan al aumento en la ineficiencia del uso de las fuentes de energías tradicionales.

Algo más difícil de establecer es el vínculo entre el consumo de energía y los arreglos políticos que garantizan el disfrute de lo que hoy conocemos como los derechos humanos. Esto no es de sorprender, ya que las libertades individuales fundamentales, así como las instituciones de participación democrática fueron codificadas por nuestros ancestros muchas generaciones antes de la emergencia del uso intensivo de la energía.

La Agencia Internacional de la Energía ha delineado sucintamente los retos que enfrenta el mundo a comienzos del siglo XXI: “El mundo se enfrenta a dos amenazas relacionadas con la energía. Por un lado, la no disponibilidad de los recursos de energía adecuados a precios razonables y por el otro el daño ambiental causado por el exceso consumo de esos recursos”.

Estas señales de alarma, compartidas universalmente con diversos grados de urgencia, son el anverso de la demanda creciente por energía y el consiguiente bienestar que las “multitudes” ya descritas consideran su derecho inalienable. Esta es una discusión compleja no solo porque no tiene una solución única, sino porque su dinámica hace que el objetivo este en continuo movimiento.
En este contexto, y desde la publicación del primer estudio del Club de Roma en 1972: “Los Límites de Crecimiento”, se ha tratado de establecer la discusión de estos temas dentro de dos conceptos que a primera luces lucen complementarios, pero que un análisis mas crítico los muestra contradictorios: el concepto de recursos finitos y de desarrollo sustentable.

Los recursos o son finitos o no lo son. Si lo son, la única manera de asegurar de que duraran para siempre es no usarlos más, con el efecto negativo que esto tendría en el desarrollo económico de la sociedad humana. No es solo que debemos parar el crecimiento, sino que para evitar el agotamiento de recursos finitos deberíamos reducir el consumo neto a cantidades infinitesimales. Por supuesto, ni los más fanáticos propulsores de la sustentabilidad estarían dispuestos a ir tan lejos, y en su intimidad aceptan que la humanidad encontrará maneras de balancear la demanda y la oferta de recursos.

Por otro lado, hay aquellos que piensan que tal discusión es banal ya que para propósitos prácticos el concepto de recursos finitos es falaz desde el punto de vista de la cadena económica de producción, y aunque no lo fuese, la humanidad encontraría maneras de sobrevivir sin algún recurso en particular.
El concepto de sustentabilidad es aún más controversial. Wilfred Beckerman (A Poverty of Reason: Sustainable Development and Economic Growth) argumenta que mantener el ambiente tal como se encuentra hoy sería una acción inmoral, dado el agudo estado de pobreza y de degradación ambiental en el cual una gran parte de la población vive. Más aún, el mismo autor argumenta que si el objetivo es mantener el desarrollo de hoy salvaguardando las necesidades de las generaciones futuras, no es posible determinar de una manera clara y robusta ni el sacrificio necesario de las generaciones presentes, ni las necesidades de las generaciones futuras.

Esto nos lleva de vuelta a la cuestión de las poblaciones emergentes y como establecer las oportunidades para que la sociedad pueda satisfacer sus necesidades de calidad de vida tanto física como espiritual, sobre todo cuando la persecución de ese objetivo no puede estar divorciado del uso de cada vez más energía.
¿Pero es esta visión posible, dada las aparentes limitaciones que el uso de los recursos naturales parece tener? El calentamiento global y otras barreras amenazan con atraparnos en una discusión circular sin resolución aparente.

Sin embargo, la convergencia de las fuerzas de mercado, ambientalismo e innovación tecnológica presenta la oportunidad de una nueva síntesis hacia delante. Las poblaciones emergentes de las ciudades del futuro son la fuerza, que, junto a la economía establecida, mueve el mercado de la energía hacia un nuevo horizonte: no el horizonte de la búsqueda de la utopía agraria de los intelectuales luditas, sino el horizonte del uso de la tecnología como herramienta de liberación individual y grupal.

Tal como el desarrollo del comercio informal en todo el mundo revela, las poblaciones del mundo no están esperando sentadas por la ayuda de los llamados países desarrollados o esperando por la caridad de los capitostes locales. Estas poblaciones demandan energía, orden, pero sobre todo libertad de aspirar a la modernidad; y estas fuerzas, en conjunción con las nuevas formas de colaborar que la tecnología habilita, están estructurando una revolución silenciosa que soslayará con toda seguridad a los guardianes de la ortodoxia política.

Estas poblaciones demandan el mas viejo de los ideales humanos: la libertad de decidir por si mismos como combinar los recursos de la naturaleza y su talento para lograr su bienestar y el de los suyos. Esta es una fuerza casi irresistible, y la interconexión que hoy es omnipresente hace que tal sueño sea posible, mas temprano que tarde. Los intentos de gobiernos individuales o de organizaciones multinacionales de tratar de restringir o dirigir la libertad económica del individuo han resultado ser catastróficos, y en última instancia una pérdida de oportunidad inconmensurable, y contra eso también habrá luchar.
¿Quien suplirá la energía que hará posible ese futuro? Es difícil de extrapolar, pero seguramente será una sorpresa para los que hoy se creen indispensables, solazándose dentro de una ciudadela que los aísla del tumulto de la revolución tecnológica y económica emergente.

Sunday, October 13, 2019

¿Nueva Narrativa o Nuevos Narradores?. Publicado en La Gran Aldea, Oct 2019



“La historia no es más que un conjunto de mentiras acordadas”. Napoleón Bonaparte


No hay reunión de venezolanos interesados en el futuro de su país, donde no se mencione que hay que desarrollar una nueva narrativa: una manera diferente de comunicar y vender las nuevas o no tan nuevas ideas con las que se pretende construir un mejor futuro o al menos sustituir un presente que se nos antoja odioso.

Nuestras memorias determinan nuestras narrativas . Nos enfrentan a diario con la imagen que construimos de nosotros mismos, bien porque refuerzan nuestra autoestima, o bien porque nos recuerdan el origen de lo que percibimos como nuestras debilidades.

Sin embargo, no hay recoveco en nuestra memoria que no haya sido modificado por el mero hecho de recordar. Buenos y malos recuerdos están continuamente en metamorfosis. Los unos cuando nos da por revivir momentos que nuestra memoria clasifica como felices, y los otros porque lo que nos ha dado tristeza siempre acecha, en particular en la penumbra. 


Las naciones, me atrevería a decir, sufren un poco de ese mismo síndrome: sus memorias y su historia, que no necesariamente son lo mismo, sufren una transformación continua. A diferencias de nuestras memorias personales, las naciones tienen su historia escrita, que trata de hacer de esas memorias verdades inamovibles, dogmas cuasi religiosos, que se erigen en los relatos que nos identifican como grupo.

Sin embargo, de cuando en cuando, bien porque nuevas generaciones de historiadores revisan la historia a la luz de nueva evidencia o su particular visión, o bien porque un nuevo estamento político decide revisar el pasado para ajustarlo a su proyecto, la historia como es contada es modificada. 

George Orwell, en su novela 1984, apuntaba: "Quien controla el pasado controla el futuro. Quien controla el presente controla el pasado”. En el libro de Orwell, el protagonista, Winston Smith, está cargo de modificar los archivos históricos para armonizarlos con la cambiante realidad política, borrando la existencia de personajes que, aunque alguna vez fueron parte de la historia oficial, al estado se le antojan como incómodos; Orwell imaginó esto sesenta años antes de que existieran las herramientas digitales que hoy día permiten desaparecer a la nada, o crear de la nada, narrativas enteras.

Por otro lado, hay ideas (información) que pasan de generación en generación, sirviendo de pegamento a comportamientos que denominamos cultura. Richard Dawkings, en su libro El Gen Egoísta (1976) acuño el término meme (por su semejanza fonética con gene) para referirse a una unidad de información cultural que se transmite de un individuo a otro y de una generación a la siguiente. Dawkings propone que los memes pueden agruparse constituyendo un sistema de memes interrelacionados, como por ejemplo una mitología; y como los genes ellos tienden a replicarse, y también a mutar.

Cuando la historia como disciplina no soñaba en ser inventada, las narraciones orales, los cuentacuentos, las mitologías, hacían sus veces. Ya decía Bernard Le Bovier de Fontenelle, en su “Origen de las Fábulas” (1724): 

“¿Por qué nos habrían legado una masa de falsedades? ¿Qué pudo haber sido este amor de los hombres por la falsedad manifiesta y ridícula, y por qué no duró más? Porque las fábulas griegas no eran como nuestras novelas, que son cuentos y no historias; no hay historias antiguas aparte de estas fábulas.”

Todo esto no pasaría de curiosidad académica, sino fuese porque la historia, o en su defecto esas mitologías, en el sentido más amplio de la palabra, modelan el comportamiento de las sociedades o son usadas por grupos dentro de ella para justificar decisiones políticas e ideologías.  

La visión que Venezuela tiene de si misma no solo no escapa a estos síndromes sino que es un producto inacabado del pugilato entre las mitologías militaristas, sobre todo las construidas durante más de 200 años sobre la narrativa de Simón Bolívar y la gesta de la independencia, y la mitología de una modernidad no del todo legítima por haber sido construida por la renta petrolera. 

Pero hete aquí que nos encontramos en el umbral de la tercera década del siglo XXI, con un país en ruinas económica e institucionalmente, con una población en pobreza cuyas opciones son morir de mengua o emigrar con un destino incierto.  La mayoría de los grupos que aspiran o detentan el poder debaten entre si con herramientas discursivas basadas en unos memes que, a punta de mucho mutar, hoy no son más que aberraciones de la ideas o hechos que los originaron.


Siendo Venezuela lo que es, el petróleo es mayoritariamente el tema sobre el cual se predica la necesidad de una nueva narrativa. Por un lado se reconoce explícitamente que la industria y su institucionalidad debe ser transformada radicalmente, pero por el otro lado, entendemos que nuestra carga de memes alrededor de ella hace el intento de cambiarla casi una tarea de Sísifo.

Los memes de la soberanía y el nacionalismo son un lastre importante. Rómulo Betancourt veía, no sin razón, que el capital extranjero que explotaba el petróleo apuntalaba a la dictadura y se llevaba una tajada más que razonable de la actividad y que había que modificar esa relación de poder. Hoy, 60 años más tarde, otra dictadura, esta vez disfrazada del nacionalismo que predicaba Betancourt, y al que pocos se atreven a cuestionar, usa el petróleo para también doblegar a la sociedad.

Pero a pesar de su evidente fracaso, el meme del control monopólico por el estado de la actividad petrolera sigue vivo. Sobrevive en los que lo usufructúan o esperan usufructuar el poder político. Sobrevive en las universidades, en los petroleros, en la industria privada, en fin, sobrevive en una sociedad acostumbrada a vivir a la sombra de la renta.

Así las cosas, cambiar la narrativa pasa por cambiar como contamos la historia o que al menos la contemos con todo y sus lunares. Cambiar la narrativa es quitarle el valor mitológico a lo que ha pasado. Debemos diseñar un nuevo abecedario, adaptado a una realidad social y económica que no reconocerían ni Betancourt, ni Pérez Alfonzo, ni ninguno de esos prohombres del pasado que tanto citamos pero que poco entendemos. 

¿Pero están los jóvenes de hoy interesados en el petróleo y su narrativa? En un mundo donde la palabra meme representa una viralidad instantánea y perecedera, quizás esto de la nueva narrativa no es más que una ansiedad de otra generación. En un mundo donde los combustibles fósiles son casi impresentables en sociedad quizás estamos teniendo como sociedad un debate anacrónico.

Los retos que tenemos como país no hay duda de que pasan por el nudo gordiano de cómo mejor desarrollar nuestros recursos naturales, pero eso no es más que el puente hacia una nueva realidad. Quizás, perdemos la oportunidad, dada por la destrucción del país, de discutir como construir una sociedad del conocimiento, capaz de competir en el mundo interconectado de hoy, empeñados como estamos en zanjar una diatriba acerca del petróleo que ya no tiene relevancia y cuyas soluciones ya se han encontrado en otras latitudes.  

La nueva narrativa empieza por tener nuevos narradores con nuevas historias. Se buscan voluntarios

Tuesday, August 27, 2019

Petróleo, Colapso y Redención - Publicado en La Gran Aldea. Agosto 27, 2019

LA GRAN ALDEA

Una casa muerta entre mil casas muertas, mascullando el mensaje desesperado de una época desaparecida”. Casas Muertas, Miguel Otero Silva.

En 1955, Miguel Otero Silva (MOS) publica su novel Casas Muertas, donde da cuenta de un pueblo en los llanos venezolanos llamado Ortiz y de su devenir a consecuencia de las enfermedades y de las migraciones de sus habitantes a las ciudades y las zonas petroleras.

Carmen Rosa Villena -protagonista de esta historia- dejó el pueblo de Ortiz, presa de temor y cargada de esperanzas, para iniciar una nueva vida en la moderna Venezuela. Modernidad que nace, crece y se desarrolla gracias a la presencia del petróleo, narrada y descrita en detalle en la novela Oficina Nº1, del mismo Otero Silva.

Seis décadas más tardes y sin un MOS que le sirva de cronista, la Venezuela que se desarrolló por y a pesar del petróleo, se transforma en Casas Muertas a lo largo y ancho del país, donde ya la gente no huye del campo a las ciudades o los campos petroleros, sino fuera del país, en cantidades sin precedentes en Latinoamérica (más de 4 millones según cifras de la OEA). 

En 1998, Venezuela produjo 3,4 millones de barriles de petróleo por día (MMBOPD), un máximo histórico desde los días previos a la nacionalización de la industria petrolera en 1975. En junio 2019, Venezuela produjo 745 MBOPD de acuerdo con fuentes secundarias (OPEC Monthly Oil Market Report – julio 2019). Las refinerías del país, otrora centros industriales de clase mundial, procesan hoy menos del 20% de su capacidad nominal; la poca gasolina que hoy se consume es importada a un alto costo. En el oriente del país, cada 24 horas se queman o ventean más 1.8 billones de pies cúbicos de gas, no sólo un gigantesco crimen económico sino también ecológico. La empresa estatal, PDVSA, alguna vez admirada en el mundo petrolero, no es mucho más que una caricatura de su gloria pretérita, sus trabajadores uniéndose al éxodo de sus compatriotas.

Este inusitado colapso en la producción, en toda la actividad, en el espacio de 20 años, es único dentro de la Organización de Países Exportadores de Petróleo (OPEP) y le da a Venezuela la dudosa distinción de ser la nación productora de petróleo de peor desempeño, en un momento en que los productores de petróleo compiten por cuota de mercado y los precios del petróleo luchan contra la volatilidad.

Que la industria petrolera venezolana, alguna vez la joya de la corona, se encuentre en esta situación es, para la mayoría de los venezolanos, una sorpresa inesperada y amarga, y para los extraños un acertijo difícil de descifrar.

Esta situación se hace aún más desconcertante cuando uno recuerda que Venezuela tiene los mayores recursos de petróleo extra-pesado del mundo, las mayores reservas convencionales probadas de petróleo en América Latina y un potencial de gas natural muy significativo, tanto en tierra como en costa afuera.

Muchos analistas han intentado explicar este enigma y, de hecho, han encontrado explicaciones plausibles que van desde una intervención estatal excesiva y la corrupción resultante, hasta la falta de capacidad técnica y, en los últimos tiempos, la falta de inversión debido a la caída de los precios del petróleo desde 2014.

En la década de 1990, PDVSA, con el reacio apoyo del Estado, implementó una estrategia para atraer a las empresas extranjeras para que invirtieran en toda la cadena de valor. Las crecientes oportunidades de mercado en Asia y América Latina, así como el tamaño de la base de recursos venezolana presentaron una oportunidad única para utilizar a la industria petrolera como motor de crecimiento para el resto de la economía. Dos principios fundamentales guiaban la estrategia: El país tenía más recursos a desarrollar que capacidades para lograrlo, y la necesidad de introducir tecnología y competencia a una industria que comenzaba a mostrar síntomas de ineficiencia producto del monopolio que ejercía.

Con la llegada de Hugo Chávez al poder, en 1999, la industria petrolera venezolana entró en una etapa donde se mezclaron todos los peores rasgos de la relación de la sociedad venezolana con el petróleo. El Gobierno, envalentonado por los altos precios del petróleo (2004-2014), repitió sin pudor todos los errores de las administraciones que lo precedieron: Controles de cambio, sobrevaluación de la moneda, destrucción del aparato productivo y adquisición de una deuda externa impagable.

Además de eso, renegoció la mayoría de los contratos existentes con las compañías petroleras extranjeras, expropiando a quienes no dieron su consentimiento a los cambios; los contratistas petroleros, considerados adversarios políticos, también fueron nacionalizados. PDVSA se convirtió en un brazo político del Gobierno, convirtiéndose en una palanca para su estrategia geopolítica en la región y una fuente de fondos extrapresupuestarios para sus programas sociales; la industria petrolera se convirtió en moneda de canje para obtener favores políticos, bajo un discurso de falso nacionalismo.

Mientras tanto, durante ese mismo período de altos precios del petróleo, no hubo nuevos proyectos petroleros. Los viejos campos de producción languidecían por falta de inversión y conocimientos técnicos, y al contrario de lo que otros países productores de petróleo hicieron durante los años de bonanza, Venezuela no invirtió lo suficiente en su industria petrolera. El país, bien por negligencia o porque los altos precios del petróleo maquillaban la crisis que se gestaba, asistía silente.

A medida que los precios del petróleo comenzaron a desmoronarse en noviembre de 2014, el sector petrolero y PDVSA, en particular, se desquiciaron. Hubo accidentes catastróficos en refinerías y plataformas de perforación; derrames; pérdida de capacidad de refinación y, por lo tanto, necesidad de importar para suministrar gasolina al mercado interno; y lo más revelador, la rápida disminución de la capacidad de producción y la aparente incapacidad o voluntad de recuperarla.

Hoy Venezuela, en medio de la hiperinflación y una profunda crisis política, continúa cayendo en barrena, y con ella su sector petrolero. El aparente paraíso socialista ha resultado ser sólo una Aldea Potemkin, con pórticos pintados con renta de petróleo, pero sin sustancia detrás de ellos.

Uno pensaría que, después de la experiencia de los últimos años, los venezolanos deberíamos haber aprendido la lección de que tener abundantes recursos en el subsuelo no garantiza que la sociedad se desarrolle de una manera harmónica; y que tener a un Estado que controla la renta petrolera no ha traído más que sinsabores y una aberrante relación Estado – sociedad.

La idea de que el control estatal de las mal llamadas industrias estratégicas, el petróleo incluido, es la mejor vía al desarrollo, sin embargo, perdura en el ADN de la política venezolana, aún en las nuevas generaciones que consideran este particular “maná” como un derecho de cuna.

El calentamiento global, la cambiante matriz energética mundial, el desarrollo del “shaleoil”, la nueva OPEP (con Rusia en precaria alianza con Arabia Saudita), la emergencia de energías alternativas competitivas, entre otros, son factores que a principios del siglo XXI lejos estábamos de imaginarnos. Atrás quedaron los días en que el petróleo venezolano era el objeto de deseo de la industria petrolera mundial. Ahora, con una industria en ruinas, cercada y debilitada por legislación rígida e inadecuada, debemos escalar una empinada cuesta en poco tiempo.

Si queremos volver a ser actores de relevancia, ya que el petróleo aun nos da una ventana de oportunidad, debemos liberarnos de ideas que han demostrado ser fallidas: Monopolio estatal, legislaciones inflexibles, control centralizado de la renta, el perjudicial divorcio entre petróleo y sociedad, entre otras.

Los recursos humanos, financieros y tecnológicos necesarios para esa reconstrucción sólo emergerán si somos capaces de estructurar las condiciones legales, sociales y fiscales que nos hagan competitivos con relación al resto del mundo petrolero.

Por otro lado, mientras el país discute en cómo salir del atolladero en el que se encuentra, y hace contabilidad del número de barriles que necesitaremos para tan titánico esfuerzo, nuestros competidores y aliados siguen su marcha hacia un futuro del que parecemos tomar poca cuenta.

Por eso y más, el petróleo ya no será suficiente para desarrollar una economía que compita en siglo XXI. El petróleo, como el carbón, seguirá perdiendo relevancia. ¿A qué velocidad? No sabemos. La vieja conseja de sembrar el petróleo no nos ha servido mucho, pero al menos como catalizador del desarrollo debemos usarlo.

La mejor manera de conseguir la redención de este infierno que es hoy Venezuela es liberarnos de los fantasmas que continúan atándonos al pasado. Nuestros mitos están hechos de héroes a caballo que, inmortalizados en bronce en medio de plazas, son incapaces de adaptarse al huracán de cambio que enfrentamos. Es nuestro deber crear nuevas narrativas, que nos lleven a acceder a la modernidad, sin tener que dejar atrás más “Casas Muertas”.

HORMUZ, FROM A STRAIT TO A TUNNEL

  El Taladro Azul M. Juan Szabo [1] y Luis A. Pacheco [2] Published  Originally in Spanish in    LA GRAN ALDEA       The energy market situa...